Juan Gelman y los hijos recuperados de la neblina

En 1990, la cronista uruguaya María Esther Gilio entrevistó al poeta argentino con motivo de la reciente identificación de los restos de su hijo Marcelo, desaparecido en 1976. A 46 años del último Golpe de Estado, una charla sobre la identidad, la búsqueda de justicia y el miedo como proyecto político de la dictadura.

 

En enero de 1990, ya bajo la presidencia de Carlos Menem, Argentina atravesaba los coletazos de la crisis económica que había adelantado a comienzos de 1989 el fin del mandato de Raul Ricardo Alfonsin, el primer presidente democrático después de la dictadura cívico militar de 1976-1983.

El país había visto renacer en esa década la esperanza en la democracia, pero el contexto era difícil: después del Juicio a las Juntas (1985), el todavía poderoso partido militar ejercía su presión para lograr una serie de medidas que le garantizaran su impunidad y evitar el avance en el juzgamiento a los crímenes de la dictadura. Así llegarían las leyes de Punto final (1986) y Obediencia Debida (1987) y los decretos de indulto de Menem (1989-1990), que liberarían a militares que habían sido detenidos por torturas y desapariciones.

En ese clima de creciente impunidad, a fines de 1989 el poeta Juan Gelman (1930-2014) recibía una noticia que había estado esperando durante trece años. El Equipo Argentino de Antropología Forense, un grupo interdisciplinario creado en 1984 con el fin de realizar investigaciones y exhumaciones para identificar restos de desaparecidos, había logrado reconstruir el destino de su hijo, Marcelo Ariel Gelman Schuberoff, secuestrado en agosto de 1976 junto a su mujer, María Claudia García Irureta Goyena; su hermana, Nora Eva Gelman Schuberoff, y un amigo de la familia, Luis Eduardo Pereda.

Todos habían sido llevados al centro clandestino de detención Orletti, en el barrio porteño de Floresta, y desde entonces sus caminos se habían bifurcado. Mientras que Nora y Luis Eduardo habían sido liberados a los pocos días, a Marcelo lo asesinaron en septiembre del 76 y su cuerpo, como se dijo, fue encontrado en 1989. María Claudia, por su parte, que al momento del secuestro estaba embarazada de siete meses, fue llevada a Uruguay, donde fue asesinada luego de dar a luz a un bebé.

Recién a comienzo de 2000, a partir de gestiones junto a Abuelas de Plaza de Mayo, Juan Gelman se enteraría de la identidad de esa nieta a la que buscaba: se llamaba Macarena, tenía 24 años y había nacido en el Hospital Militar de Montevideo en noviembre de 1976 y adoptada por un comisario uruguayo y su esposa, quienes la habían anotado como hija propia.

Pero al momento de esta entrevista que sigue a continuación, en enero de 1990, el poeta y periodista desconocía todo eso. Ni siquiera sabía el género del o la nieta a la que buscaba. “Tengo la certeza de que nació”, le decía, como única seguridad, a la cronista uruguaya María Ester Gilio, quien entonces lo abordó para el Semanario Brecha para conocer más sobre la reciente identificación de su hijo Marcelo después de años de búsqueda: “Recuperar sus restos es recuperar su historia”.

Recuperado de la neblina

Por María Ester Gilio 

(Semanario Brecha, enero de 1990)

 

María Claudia García Irureta Goyena y Marcelo Gelman, secuestrados en agosto de 1976

 

“Un fulgor en la noche de los verdugos

es tu rostro hijo mío un fulgor

y por el vivo y muero en estos días

hijo mío en la noche de los verdugos y

creo en la claridad de los gemidos en

la claridad o luz que cae de los llantos

la claridad que cae de la carne golpeada

torturada matada la claridad”.

 

Dice Juan Gelman, el poeta argentino, a su hijo secuestrado en Buenos Aires en agosto de 1976.

Encontrados sus restos hace menos de un mes, velado y enterrado, hoy Juan habla de ese joven, de aquel niño. Habla con serenidad, a pesar de los ojos a menudo enrojecidos. “Lo he recuperado de la neblina”, dice. En “Carta abierta”, publicada en España, había dicho: “Hasta que no vea su cadáver o sus asesinos nunca lo daré por muerto”.

—Contame de antes, de hace mucho, de cuando tu hijo era niño, remontate un poco en el tiempo…

Te cuento de cuando él y su hermana Nora eran muy chiquitos. Él tenía dos años, ella uno y apenas sabía algunas palabras que decía muy arrevesadamente. Era difícil entenderla. Entonces él la traducía. Durante largo tiempo ella habló por intermedio de él. Esto nos hacía reír mucho a todos.

—¿Cuándo empezó su preocupación por la política?

—Muy, muy temprano. Hace unos días, durante su velatorio, llegaron dos muchachos que habían sido sus compañeros en la escuela primaria. Ellos dicen que en el quinto grado él ya hablaba de política. Trataba de explicarles por qué tal o cual situación era injusta. A los trece o catorce años, en el secundario, empezó su militancia.

—Eso era en el comienzo de los setenta…

—Sí, recuerdo un día en que fuimos a un restaurante por Villa Crespo. Uno de esos viejos restaurantes con papel de estraza en las mesas. Habíamos ido solo los dos. Nos sentamos, hablamos mucho. Y él escribió un poema sobre el papel de la mesa. Yo lo recorté y lo guardé. Marcelo tendría doce años en ese momento.

—Me gustaría ver el poema…

—Luego te lo doy.

—¿Cómo se fue él interesando en la política? ¿A través tuyo?

—Cuando él tenía once o doce años fuimos juntos a Córdoba, de vacaciones. Allí él ya me discutía cuestiones sobre el Che, sobre Cuba, qué se yo…

—Cuando yo te pregunté pensaba en otra cosa. Si entró a lo político cuando descubrió las injusticias del mundo o su entrada fue menos afectiva, más racional. Aunque pensando en la edad…

—Mirá, yo te voy a decir como dice (Eduardo) Galeano que dicen los pescadores colombianos, él era un sentipensante.

—Contame del momento en que se lo llevaron…

—A Marcelo lo secuestraron el 24 de agosto de 1976. Y esto que te voy a contar lo supe hace unos días, por el padre de un amigo de él que vino al velatorio. El hijo de este hombre, muy amigo de Marcelo, había desaparecido en abril del ‘76. Cuando el muchacho desapareció, Marcelo acompañó al padre durante cinco días a través de comisarías y juzgados.

—Eso puede ser tan peligroso como poner bombas…

—Sí, eran momentos muy duros, pero eran muy amigos. El padre me contó que Marcelo iba mucho a su casa. Que solían hacer asados y comer juntos allí, con la familia.

—¿Cómo fue la desaparición de Marcelo? Tú dónde estabas…

—Yo ya estaba en Europa, exiliado. Estaba en París cuando me enteré de la desaparición de él, de mi hija Nora y de la mujer de Marcelo, Claudia, que estaba embarazada de siete meses y medio.

—Y ese niño, niña, ¿nació?

—Tengo la certeza de que nació. Porque por el hecho de estar Claudia esperando un chico que nacería en poco más de un mes se movieron muchas fuerzas políticas en Europa. Entre ellas el Vaticano. La noticia del nacimiento vino a través de un jesuita, el padre Cavalli, que trabajaba en la Secretaría de Estado, en Italia. Este sacerdote, en febrero del ’78, me informó que había recibido de Buenos Aires una comunicación sobre el nacimiento. La comunicación en idioma inglés, decía: ‘The child was born’.

—‘Child’ no indica sexo. Quiere decir que sabés que la mujer de tu hijo dio a luz, pero no sabés si tuvo niño o niña…

Exactamente

—La búsqueda así se hace más difícil…

—Sí, en un momento hubo un niño que coincidía en una serie de detalles con el que podría haber sido mi nieto. Se hicieron los análisis de sangre y dieron hasta cierto punto en que dejó de haber coincidencias.

—¿Sabés si su padre adoptante era militar?

—Sí, militar. Yo te cuento. Conozco el método porque tuve la oportunidad de hablar en Suiza con un tipo de adentro…

—¿En qué sentido de adentro? ¿Un militar?

—Era un miembro de la policía argentina que estaba afectado al Batallón 601.

—¿Qué hacía ese tipo en Suiza?

—Como era “mano de obra desocupada” estaba tratando de cobrar un secuestro

—¿Y cómo lo agarraste para hablar?

—No, yo no lo agarré, lo agarró la policía suiza. Y en un momento en que lo pusieron en libertad condicional, yo, rastreando, y con la ayuda de un amigo pude ubicarlo y acercarme a hablar con él.

—¿Qué te dijo?

—Me dijo muy poco, pero usó un lenguaje curioso. Él se encargó, según sus palabras, solamente de las “entregas”.

—¿“Entrega” implicaba secuestro y tortura?

—Sí, él secuestraba y llevaba al “campo”. Era justamente del Batallón 601 que salían las órdenes de “detención-desaparición”

—¿Quién estaba al mando?

—El batallón respondía a la zona militar número 1, al mando de Suárez Mason. Bueno… le mostré las fotos de los chicos. No los reconoció.

—¿Pensás que realmente no los reconoció?

—Mirá, eso no lo sé. De lo que estoy seguro es de que nos mintió en muchas cosas durante la entrevista. Hay constancias de que su tarea no era exclusivamente la que él declara. Sus tareas eran bastante más amplias y comprometidas.

—¿Tú sabes adónde llevaron a tu hijo una vez secuestrado?

—A mi hijo, a su mujer, a mi hija y a un chico boliviano que en ese momento era su novio los llevaron a Orletti. A los cuatro días soltaron a Nora y al novio. Marcelo y su mujer quedaron adentro.

—¿Cómo sabés que estuvieron en Orletti?

—Por el testimonio del uruguayo Rodríguez Larreta y por el de otro sobreviviente que los vio.

—¿Qué dijeron?

—Ambos dijeron que los habían visto a Marcelo y a Claudia. Uno de ellos me dijo que a mi hijo lo habían torturado, pero no a su compañera.

—¿Por qué esa diferencia?

—Yo creo que seguramente quisieron preservar a ese niño que estaba por nacer, el cual es muy probable que ya estuviera adjudicado.

—Querés decir que ya había una pareja esperando al niño…

—Sí. En los “campos” había listas de espera. Las parejas de las Fuerzas Armadas, policiales, fuerzas de seguridad que no podían tener hijos, se anotaban en esas listas. Cuando la joven estaba por dar a luz, la trasladaban al Pozo de Quilmes, al de Banfield, o a Campo de Mayo. Allí tenía el hijo, sin ayuda del médico.

 —¿Por qué sin ayuda?

—El médico presenciaba sin intervenir. Simplemente cortaba y ataba el cordón. Una vez nacido el niño, la prisionera debía limpiar todo.

—Este tipo de cosas también salieron a la luz durante los juicios a los comandantes. El niño nacía, entonces…

—Según el tipo este que vi en Suiza, apenas nacido se lo llevaban y de inmediato venía para la madre la solución final.

—¿Esa frase empleó, “solución final»? ¿Igual que los nazis?

Fueron las palabras que usó.

 

Al ocultar sus muertos, buscaron matarlos por segunda vez. Buscaron impedir su identidad y negar su historia. Recuperar sus restos es recuperar su historia, darles la vida que tuvieron

 

—Sobre tu nuera y el niño no se supo más nada. Contame entonces cómo fueron ubicados los restos de tu hijo…

—Esto tiene que ver con el grupo de jóvenes antropólogos forenses que trabaja a partir de los datos que generalmente aportan familiares de desaparecidos. En este caso la madre de María del Carmen Pérez, una de las desaparecidas en el 76, recibió anónimamente la denuncia de que su hija estaba enterrada en la Segunda Sección del Cementerio Municipal de San Fernando. Con este dato se presentó en el Juzgado Federal de San Isidro, cuyo juez, el doctor Piotti, pidió la exhumación de los restos dando su ubicación aproximada, y pidiendo que el trabajo fuera hecho por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Entre octubre y noviembre de 1989 se rescataron ocho cadáveres. Dos de sexo femenino y seis de sexo masculino, de los cuales se identificaron cinco. Uno de esos cinco es mi hijo Marcelo, y otro le pertenece a María del Carmen Pérez. De los otros tres identificados no se conocen los nombres porque las familias prefirieron permanecer en el anonimato.

 —Se sabe que los cadáveres de estos ocho jóvenes habían sido colocados dentro de ocho bidones y arrojados en un canal de San Fernando. ¿Cómo se pudo vincular aquellos bidones con estos restos?

—Hay varias pistas. Primero, en el cementerio figuraban ocho personas que habían entrado juntas en el mismo día. Por otro lado los sepultureros se acordaban del caso, porque habían quedado muy impresionados con la chica, justamente María del Carmen Pérez, quien estaba próxima a dar a luz en el momento de la muerte. El bebé estaba en la posición previa al parto. El recuerdo de estos hombres fue tan intenso e imborrable porque todos los prisioneros habían recibido un tiro en la nuca a muy corta distancia, mientras María del Carmen había recibido los dos tiros en el vientre. Por eso los sepultureros se acordaban muy bien del caso. Y por eso también, cuando llegó el momento en que, por disposición administrativa, los N.N. y los indigentes debieron pasar al osario común, los sepultureros no los tocaron.

—Es curioso…

—Para mí fue una forma de protesta de los sepultureros…

—Lo que no entiendo bien es cómo pasan de los bidones en el río al cementerio. El 14 de octubre de 1976 los ocho bidones habían sido arrojados al río desde un puente del ferrocarril Bartolomé Mitre…

—Allí alguien ve la operación y la denuncia.

—Y aquí viene la otra cosa curiosa: ¿cómo es que la Prefectura manda sacar los bidones y procede a examinar su contenido a la vista y paciencia de todos? ¿No tenían idea de que podría tratarse de desaparecidos?

—La Prefectura creyó que los bidones habían sido arrojados por la subversión y que contenían explosivos. No habían tenido noticias de que esas personas serían arrojadas allí.

—Sabemos entonces cómo se vinculan los retos del cementerio con los cadáveres hallados en los bidones. Ahora, ¿cómo se vinculan los cadáveres de los bidones con tales o cuales personas desaparecidas?

—Por las denuncias de los sobrevivientes. Se sabe que a comienzos de octubre de 1976 fueron retirados de Orletti ocho personas cuyos nombres se desconocen.

—En el término de pocos días ocho personas salen de Orletti, ocho personas son arrojadas el río en bidones, ocho personas son enterradas como N.N.

—Exactamente. Y las conexiones entre todos estos hechos son descubiertas por los antropólogos.

—Es decir, que su tarea es bastante más amplia de lo que podíamos imaginar…

—Claro, la tarea empieza antes del examen de restos y termina, a menudo, dando entrada a otros profesionales. Es muy importante, por ejemplo, la colaboración de los dentistas. Marcelo se atendió con una persona de la familia, y luego con una dentista del Sindicato de Prensa, al cual pertenecía. Ambos dentistas reconocieron su trabajo.

—¿Y cómo fue para vos esta segunda muerte?

—No, en realidad esta no fue una segunda muerte. Creo que fue todo lo contrario. Yo siento que he podido rescatarlo de la neblina. Para mí, de pronto, cobró todo su sentido la frase del general Viola, “los ausentes para siempre”. Primero matarlos y después desaparecerlos, tirarlos al río, ponerlos en fosas comunes. Es una muerte tras otra muerte. Al ocultar sus muertos, buscaron matarlos por segunda vez. Buscaron impedir su identidad y negar su historia. Recuperar sus restos es recuperar su historia, darles la vida que tuvieron. Yo sé que el hecho de ser yo su padre puede haber influido en su secuestro. Pero eso no fue lo fundamental. Lo fundamental fue la militancia política de mi hijo. El cual no tuvo, según tengo entendido, una militancia violenta, pero militó sin pausas a partir de los doce años.

—Se dijo que a él se lo llevaron a partir de encontrar su número en una libreta de teléfonos de una chica del ERP…

—Sí, él había tenido una noviecita, a la que un día se llevaron. Bueno, se juntaron entonces varias cosas. Ese número, allí en aquella libreta, su militancia…. Lo que quiero decir con esto, y pensando en los trenta mil y pico de desaparecidos, es que el número de los que participaron directamente en la guerrilla no es ese. Tal vez sea un diecisiete o dieciocho por ciento de esa suma. El resto son militantes, gente que luchaba por los derechos de los trabajadores. Es decir, cinco o seis mil personas. Pero los desaparecidos son más de treinta mil. Hay cálculos que ubican el número en treinta y cinco mil. Yo no voy a pretender la “inocencia”, entre comillas, de los desaparecidos, porque esto no existió. Todos fuimos culpables, ¿pero de qué fuimos culpables? Los militares fueron culpables de un genocidio y estos chicos, y demás desaparecidos, fueron culpables de solo querer una patria más justa. Y más del 80 por ciento de ellos nada tuvo que ver con la guerrilla. Y volviendo a tu pregunta, yo creo que el hecho de encontrar los restos de Marcelo y de sepultarlos, que haya un lugar donde él esté, donde sus restos estén, es algo bueno. Esto ha sido bueno para la familia. Las palabras de su madre lo confirman. Digo, que durante estos años, y a pesar de tener la seguridad de su muerte, había momentos en que renacía la esperanza de que él viviera.

—El tiempo nunca empezaba a correr…

—Nunca. Ella pidió por eso ver sus restos. Le era necesario. Es muy difícil aceptar la muerte de un ser querido si no hay constancias visibles. También esto a ha sido bueno para su hermana, Nora.

—Hay algo que añade más dolor aún a esta historia. Es la edad de tu hijo, veinte años…

—Sí, pero la cantidad de jóvenes de esa edad que murieron es inmensa…

—Los de “La noche de los lápices” tenían entre catorce y diecisiete años…

—Hubo niños pequeños asesinados. Seis, si contamos a la hija de Ana María del Carmen Pérez, que estaba por nacer cuando la mataron junto con su madre. Estos asesinatos de niños durante la dictadura militar argentina no son “tal vez”, o es “probable”. Fueron probados fehacientemente.

—Dijiste hace un momento algo que todos sabemos, que es que en la Argentina hubo treinta mil desaparecidos, pero no treinta mil guerrilleros, sin embargo, ¿tenés algunos datos concretos sobre esto?

— Hay 93 periodistas desaparecidos, ¿todos guerrilleros?, varios sacerdotes tercermundistas, ¿también guerrilleros? Desaparecidos de quince años, ¿guerrilleros? Una y diez veces se ha probado que no era el principal objetivo acabar con la guerrilla. El principal objetivo era acabar con un proyecto. Y para esto fue necesario meter miedo. Miedo que sigue vivo. Porque, ¿puede perderse el miedo si los asesinos están sueltos, caminando junto a nosotros en la calle? La hermana de un periodista amigo sobreviviente de un “campo” estaba esperando un colectivo. Allí se le acercó uno de los torturadores que había allá y le dijo “¿Viste, piba?, estamos otra vez en la calle”. Y tengo amigos sumamente progresistas, militantes de izquierda, con una dignísima conducta durante la dictadura militar, que le ponen trabas a la hija adolescente para una simple militancia gremial en la universidad. Yo digo entonces que no solamente tenemos más de treinta mil desaparecidos, tenemos también la desaparición de una esperanza, de un proyecto. Y miedo.

—¿Eso sentiste al volver a la Argentina?

—Después de trece años afuera me doy cuenta de que no hay un lugar viable para los jóvenes. Quedan indefensos frente a muertes que, aunque diferentes de las que ya sufrieron, son muertes en definitiva. Me refiero, por ejemplo, a la perversión en las relaciones personales.

—¿En qué sentido?

—No lo digo en un sentido moral, me refiero por ejemplo a esa imposibilidad que hay hoy en este país de hablar de nada que no sea lo económico. La injusticia económica domina cualquier otro sentimiento. Pero además esta inseguridad económica ha hecho aflorar el egoísmo, el individualismo. Cada cual pelea por sí. Todos esto hace que la ruptura del tejido colectivo que produjo la dictadura siga vigente.

—Buscame el poema de los doce años de Marcelo…

Sí.

 

La oveja negra

pace en el campo negro

sobre la nieve negra

bajo la noche negra

junto a la ciudad negra

donde lloro vestido de rojo

 

—Pasaron veintiún años pero todo lo que dice sigue vigente para la Argentina…

—Sí. Creo que tenemos que empezar de nuevo, muy despacito y desde muy abajo.

 

Juan Gelman con su nieta Macarena, quien recuperó su identidad en 2000 (foto AFP)

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