Seguimos explorando el blog como refugio antiansiedad en tiempos de redes y algoritmos. En esta quinta entrega, Javier Fernández Paupy, lector, escritor y dibujante sagaz y sensible, responde algunas preguntas sobre Palabras amarillas.
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+ Leé la entrega #1: El oficio del plumín, de Diego Parés
+ Entrega #2: Linkillo, de Daniel Link
+ Entrega #3: apóstrofe, de Pablo Makovsky
+ Entrega #4: FactorElBlog, de Alejandro Agostinelli
¿Cómo y cuándo surgió el blog Palabras amarillas?
Javier Fernández Paupy: Palabras amarillas surgió en 2007. Para entonces, el formato blog ya empezaba a perder protagonismo. Se parecía a un proto-Facebook. Una vidriera irrespetuosa donde cada cual podía mostrar lo genial o divertida o exótica o deprimente que era su vida. Mi interés era otro. Tenía muchos textos en archivos de word que hacíamos circular entre amigos por correo electrónico. Los leíamos, los comentábamos y desaparecían en las bandejas de entrada o en los discos rígidos. Me parecía un desperdicio. Quería sacar esos textos de ese circuito privado y darles una segunda vida. Palabras amarillas nació de esa necesidad. Fue mi venganza. No para construir una identidad digital, sino para que los textos siguieran circulando. Como una botella al mar. Sin destinatario fijo.
¿Qué criterios se fueron definiendo para la creación de entradas en el blog?
No hubo un programa previo. Los criterios aparecieron mientras iba subiendo los textos. El blog se fue inventando a sí mismo. Prefería textos breves. No por obediencia a una época que empezaba a desconfiar de la lectura de largo aliento, sino como una forma de concentración. Al principio publiqué muchas traducciones, fragmentos y notas de crítica literaria. Me interesaba poner textos en circulación, establecer relaciones, señalar lecturas. Nunca pensé el blog como un diario personal ni como una ventana indiscreta de opiniones. Era, más bien, una mesa de trabajo abierta. Un lugar donde las ideas podían ensayarse antes de convertirse en otra cosa. El blog para mí era y sigue siendo un espacio de circulación y trabajo con los textos, en oposición a la lógica de la exhibición personal.

¿Cambió el contenido y el enfoque desde su nacimiento al presente?
Sí. Al principio predominaba un registro más cercano a lo académico. Me interesaba compartir lecturas y abrir conversaciones alrededor de los libros. Con el tiempo el blog se volvió más permeable. Empezaron a aparecer textos de distintos géneros, apuntes, prosas breves y formas de escritura menos sujetas a las convenciones académicas. Dejé de pensar la crítica como un discurso especializado y empecé a entenderla como una forma más de la escritura. No fue un cambio de dirección sino de ritmo. El blog dejó de ser un archivo de lecturas para convertirse, también, en un laboratorio de escritura.
¿Cómo nació la editorial Palabras Amarillas?
La editorial nació en el año 2013 como una prolongación natural del entusiasmo que me había despertado el blog. Después de compartir lecturas y textos en ese espacio, apareció el deseo de hacer algo más. Transformar esa energía en libros y hacer que las palabras encuentren otra forma de circular. Una editorial como una forma de resarcirse de la hipocresía que enturbia lo que en nombre del libro y del humanismo recalcitrante de una cultura rancia y esclerótica enmascara ansias rapaces de lucrar.
Es persistente la selección de poesía, ensayo y narrativa en el blog desde sus inicios. ¿Alguna vez sintetizaste los criterios estéticos o literarios que guían el blog?
Si tuviera que sintetizarlos, diría: “Hacelo vos mismo”. Es decir, leer, escribir, traducir, editar y publicar sin esperar autorizaciones ni legitimaciones previas. Que el deseo de leer te encuentre leyendo, que las ganas de escribir te encuentren haciendo circular tus textos, por tus propios medios.
¿Qué es lo que más te gusta y lo que menos del formato blog?
Lo que más me gusta del formato blog es la libertad que ofrece. Se puede publicar casi cualquier cosa y, con el tiempo, todo termina encontrando una unidad, como si fuera una revista que va construyendo su propia coherencia. Lo que menos me gusta tiene más que ver con mis propias limitaciones para explorar sus posibilidades de diseño, especialmente cuando se trata de publicar poesía, un género que muchas veces pide otra disposición en la página.
¿Por qué seguir sosteniendo un blog en tiempos de redes sociales?
No entiendo la lógica de las redes sociales. Me aburren y las uso muy poco. No me gustan o me parecen una película estúpida y aburrida. “Desconfío de tu cara de informado”. Prefiero el blog porque ahí el tiempo pasa de otra forma. No hay que darle de comer a un algoritmo ni competir por unos segundos de atención. También hay, quizá, una voluntad póstuma de seguir diciendo algo después de la transformación definitiva. Mientras menos tiempo pase monetizando esos enormes emporios de capitales extranjeros, menos domesticado me siento, menos servil a la lógica de la visibilidad, menos cómplice del fraude de una época que confunde circulación con lectura y exposición con pensamiento.
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