Entre el manual de autosuperación, la reescritura del pasado y la fama como destino final, la serie de Netflix desvela la figura de Moria Casán a partir de sus omisiones.
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Moria es el suceso que acredita, con Netflix gastando y recuperando millones, la iridiscente despedida del antiguo mundo de las divas locales. Con Susana en autoexilio fiscal (según broma de Moria) y Mirtha aferrada al mantel, ejemplo de homo sapiens inoxidable en condiciones de vejez extrema, la elegida por la plataforma para “narrar una vida” posee los elementos dramáticos necesarios para satisfacer audiencias multigeneracionales crecidas bajo el calor de su gerenciada transgresión y el recopilado ingenio de su verba (aun siendo la Süller quien podría superarla, con creces, en esto del desvío de las normas sociales y el consecuente castigo).
Convocada por el destino para la fama y el éxito —de todo, el éxito es lo que le resultó más fácil—, la Casán desde muy joven se robó el pene sin cortarlo, para moverse como un camaleón en el mundo de poder masculino que era la revista porteña. Y en su plenitud cayó en el agujero legal y químico solo para mostrar todo lo espléndida que se puede ser incluso en la cárcel. Por último, en una edad de ocaso biológico, ofrece ahora a los seres comunes una lección contra la gerontofobia: su vagina florece como siempre, pregona, claro que si consigue que Galma haga su parte en la cama.

Moria no es un mito viviente sino una arquitectura de masas, es la mejor factura argentina de un tipo de supremo Yo contemporáneo a la ideología de la autosuperación, junto con las posibilidades exquisitas, superdivertidas y reactualizadas del lenguaje del eterno bardeo, copiadas hasta el infinito. Cocinada por el tiempo, sin embargo, siempre se le raspa lo quemado. Porque en su entronización del “momentismo absoluto” —manual de autoayuda en época de individualismo radical— aquello del pasado que no sirva, se archiva o se moldea a la necesidad actual del propio relato. Lo que ella es y de lo que posa en un momento, se cambia al rato, porque si algo quiere imprimirle a la vida para hacerla verdadera es la velocidad y la novedad. La muerte no es una opción, parece decirnos. Y si no resucita al tercer día, resucitará al cuarto.
Si los homenajes hay que darlos en vida, ¿quién puede organizarlo con la señora mirando por las ventanitas, sin alejar las uñas de titiritera? ¿Quién se animaría a cambiar una coma del cuento, cuando ella ya lo editó y escribió todo comentario al pie?
Sin embargo, lo que falta, truena. Y no es porque hubiera secretos que uno no conociera de antemano, y que se calle el decorado. Sino porque nos perdimos de una oportunidad única para pensar el contexto social y cultural en el que surge y se afianza el personaje Moria, más allá del machismo familiero en tiempos de la revista y los maletines sobre las piernas —su negativa a convertirse en culo mercancía como único destino y provecho de unos pocos— y el viraje de la televisión entre los ochenta y los noventa a confesionario en el que se podía desvestir la seriedad de los políticos en la cama (hoy llegan al set sin ni siquiera la cara) o ser “yo, la peor de todas”, sin que el bolsillo se resienta. Nadie como ella, y Tinelli, entendieron la nueva televisión como filosofía del basural donde todos nos convertimos en cartoneros de la fama.

En la serie, con el árbol colosal que es Moria haciendo pasarela triunfal entre las maquetas de la escenografía y las uñas cósmicas, diseminando su omnipresencia (muy buen recurso para que jamás olvidemos que el artificio va en serio), nos perdimos mientras tanto la dimensión del bosque. No solo se nos retacea la dictadura, época que se menciona solo para dar cuenta de la Moria Protectora de los Putos, salvando gays de la comisaría y participando de una fiesta clandestina en el Tigre (con el célebre Chicho de anfitrión; los guionistas hicieron los deberes revisando libros). Se pasa también de largo de algo todavía más importante: el nefasto vínculo entre la farándula y el poder en la Argentina.
Al final del último capítulo, la titiritera desciende en estado de beatitud para hacer girar la narración, plagada de pecados, hacia el triunfo del bien (propio). La mujer que había admitido ante Mirtha Legrand dos abortos, bastante antes de la marea verde, sin por eso tener que perder ni contratos ni fieles; la mujer que decía compartir con los gays la margenialidad, sin pagar ni uno de sus costos, la mujer que decía entrar y salir del consumo de drogas, la fuerza de la naturaleza que las sucesivas morias debieron descubrir en su interior para encarnarla, la mujer estado de excepción que pasó revista a su vida decide cerrar la serie diciéndonos que al cabo, y pase lo que pase, lo que vale es la familia. No es capitulación sino realpolitik. Qué vivan los nietos y el Galma.