William T. Vollmann en la oscuridad más oscura
El escritor estadounidense sigue siendo un secreto a voces. Publicado en España pero leído poco y nada en la Argentina, Vollmann desciende a las simas de la sociedad actual con una escritura exigente y poética. 

Sentado a la sombra de un árbol, el niño lee su revista de cómics. Cada tanto, desde el tanque australiano, su hermana de seis, tres años menor que él, le pide que vaya a jugar con ella. Sin embargo, El Lector de Cómics sigue atrapado por las viñetas.

De golpe, mamá y papá anuncian que van a comprar algo para el almuerzo. Antes de irse, le encargan a El Lector de Cómics el cuidado de la más pequeña, que sigue meta chapuzones y brazadas. 

Al rato:

—¿Y tu hermana? —dice mamá, ya de regreso, acercándose al árbol, mientras papá pasa de largo con las bolsas de la compra.

—No sé. Ahí —responde El Lector de Cómics, sin sacar la mirada de la revista y señalando el tanque. 

—No la veo —es lo que mamá alcanza a decir antes de girar y salir corriendo.

Después, en medio del turquesa y del amarillo y del verde de una típica mañana estival, un grito llega a sacudir la sombra del árbol bajo la que sigue estando (y probablemente será así por mucho tiempo, sino para siempre) El Lector de Cómics. 

“Eso pasa por encargarle a un niño una tarea propia de adultos”. Un remate de este tipo podríamos esperar de William T. Vollmann, aquel Lector de Cómics. El pequeño Bill tenía nueve años cuando la tragedia lo mordió fieramente. A lo largo de distintos reportajes y relatos, Vollmann se ha referido a la pérdida de Julie, su hermana menor (en “Bajo la hierba”, por ejemplo, que se encuentra en su monumental El Atlas, publicado por la editorial Pálido Fuego). Mientras sus coetáneos seguían descubriendo el significado de palabras nuevas, él ya se las tenía que ver con la muerte. 

Oscuridad 

Si tuviera que sintetizar en una palabra la literatura de William T. Vollmann, no dudaría: oscuridad. El autor se ocupa de evitar los malentendidos, sobre todo a la hora de construir unidad de sentido. Viaductos. Solares. Cabarets. Alcantarillas. Vagones. Antros. Morgues. Hospicios. Callejones. Estacionamientos. Casas de crack. Hoteles de mala muerte. Puentes. Peajes. Autopistas. Rutas que conducen a ninguna parte.

De más está decir que las historias y los personajes que pueblan estos escenarios se acoplan perfectamente a cada atmósfera. También el estilo de la prosa de Vollmann. Sus páginas han de contarse de a miles, y nosotros, los lectores, tenemos la sensación de que uno de los secretos mejor guardados de la literatura contemporánea probablemente escribe con la misma facilidad con la que respira. 

En el planeta Vollmann, las prostitutas no tienen reparos a la hora de contagiar sus infecciones. Los heroinómanos tampoco se hacen lío por inyectarse un poco de mierda con tal de llevar algo a sus venas. Y los hombres de familia no dudan en levantarse a una travesti de un callejón que huele a vómito para ser penetrados en la cama, cuyos resortes chirrían oxidadamente, del cuarto de una pensión saturada de dealers, yonquis y policías fuera de servicio. 

Entre los muchos atributos de Vollmann (imaginación apabullante, creatividad cuasimaníaca, pluma refinada como ninguna otra) sobresale su capacidad de contarnos la más ruin de las vilezas en el tono y la focalización justos. Cuando cualquier otro escritor apelaría a lo grotesco, Vollmann consigue arrancar un pedazo de belleza del panel de un tríptico de El Bosco. 

Pero cómo…, ¿belleza en el barro? En Vollmann, precisamente, esa es la virtud del narrador. Porque ahí donde el observador promedio no detectaría más que injurias a la buena conciencia, Bill nos recuerda que incluso lo siniestro tiene un reverso. Y el método que emplea no se limita a su capacidad analítica. También se refleja en pasajes como “su alma descansaba en una tumba solitaria bajo el árbol sin hojas de algún campo de batalla de la Guerra de Secesión, o deambulaba por los refugios de Verdún, poniendo los pies en una viga viscosa tras otra, rodeado del olor a barro y buscando cartuchos en los bolsillos de sus camaradas muertos, conteniendo la respiraciòn cuando llegaba a los charcos turbulentos de gas cloro donde habían caído los demás, dejándole a solas para aguardar y validar el ataque; pues ser un skinhead es algo solitario, tan solitario que sólo otros soldados con mala fortuna pueden imaginárselo”. 

Épica 

La escritura de Vollmann, su forma de estructurar en pequeños grandes bloques, se emparda con la gesta heroica de otros tiempos. Si el presente exige más y más poder de síntesis, entonces Bill contraataca con parrafadas que exceden la superficie de la página. Pienso en los relatos de Historias del arcoíris, más puntualmente en el que se titula “Naranja llameante”; o en su nave insignia La familia real, una suerte de reescritura de La Divina Comedia, donde el protagonista Henry Tayler se las tiene que ver con su propia catábasis. Así, la ambición vollmanniana dialoga en muy buenos términos con la de un Lars von Trier o un Ludwig van Beethoven.

Hay lugares de los que nunca quisiéramos irnos. Y la oscuridad de Vollmann, tan bellamente estética, es uno de esos lugares. De la misma manera en que Kapuściński se internó en la violencia para narrárnosla desde sus entrañas, Vollmann hace lo suyo, aunque con las criaturas y manufacturas que son expelidas por el reino de lo umbrátil. De este modo, se corona como falso monarca de todo aquello que no tiene cabida en la ciudad y sus luces, aquello que resulta confinado al ámbito de las sombras y que la misma idiosincrasia urbanita se ocupa de mantener lo más alejadamente posible. 

Sus oraciones, largas como la cadena de desgracias que afligen a sus personajes, se ordenan a partir de una lógica de compartimentos, en donde cada nivel funciona como el escalón de una caracol que, intrincada y largamente, desciende hasta profundidades en donde recién empezamos a ver cuando los ojos se acostumbran a la no-luz. Pero que lo cuantitativo no tape lo cualitativo. A la proeza de sus extensas oraciones Vollmann la reviste con una sensibilidad para lo microscópico. Y de esa manera los detalles nos pasan por arriba, aplastándonos, y derivando en una lectura que por momentos se torna inasible. 

“El reflejo del sauce era una silueta de un marrón más oscuro y sucio entre cuyas ramas podía apreciarse la reluciente podredumbre verdeazulada de la Inmensidad Azul en el interior de la charca. Una tabla podrida escorada en una espuma verde de algas. Una hoja amarilla de haya flotando. Unos nerviosos zapateros que se movían a toda prisa sobre la superficie. Un tocón seco que continuaba adherido al fondo mugriento, acariciado por hojas en descomposición. De vez en cuando los niños arrojaban monedas a la charca para que les trajera suerte y, puesto que no las había en cantidad suficiente para que su rescate mereciera la pena, los indigentes las habían dejado allí oscureciéndose y oxidándose e indiferentes a su brillo perdido, por lo que hacía mucho que ya no se parecían a la luna”. 

Así, en tiempos de recato, de sobriedad y de elogio al minimalismo, Vollmann parece gritarnos que no siempre menos es más. 

Luz

Valiéndose de un manierismo barroco, el viejo Bill apuesta por saturar de colores aquellos recodos ateridos por las sombras. Rojinegro. Verdigris. Naranja llameante. Vollmann apela a un sinfín de tonalidades en pos de rescatar a la oscuridad de su monocromía. O lo que es mejor: al descensurar todo lo que el puritanismo intenta obturar, no hace más que iluminar, como un extraño guía que, armado de su linterna, se abre paso a través de un intrincado sendero montañoso durante el transcurso de una noche cerrada, sin estrellas, ilimitadamente negra. 

De golpe, sin darnos cuenta, un aluvión de imágenes sale a nuestro encuentro allí donde reinaba la ceguera. Arcoíris de tubos led. Anocheceres de neón. Orgía de tornasoles. Toda una tecnología luminaria que no hace más que darle forma y contenido a lo que suele morar en la penumbra. En los libros de Vollmann cobran vida los despojos de la sociedad que los ‘ciudadanos de bien’ pretenden sacarse de encima. 

Gracias a la dicotomía luz-oscuridad, el autor de Europa central consuma un movimiento inesperado, que no consiste más que en postularse como el corresponsal de la antioscuridad. Al reservar gran parte de su estética a los temas oscuros, Vollmann consigue arrancar de la oscuridad a la oscuridad misma. Apuntándola. Alumbrándola. Negándola. Y ustedes, lectores, con justa razón, luego de haber llegado hasta acá, de seguro estarán con los ojos como búhos, listos para asomarse a las simas del gran William T. Vollmann.

Federico Morales Pfaffen

Buenos Aires, 1989. Publicó la novela Atardece sobre Kiev (Ed. Nido de Vacas, 2025).

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