Desde Bartleby a Cetarti, pasando por el jardinero adicto a la televisión del polaco Jerzy Kosiński y las novelas de Robert Walser, existe una estirpe literaria cuyos personajes prefieren no actuar y aferrarse a una potencia negativa que causa estupor y atrae con la fuerza de un misterio. Una serie posible de autores y novelas a partir de la abulia.
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No por nada Borges tradujo Bartleby, el escribiente (1853), de Herman Melville. En cierta medida, se identificaba más con el amanuense de Wall Street que con el Capitán Ahab. Él mismo, como personaje central de Borges a contraluz (1989), biografía escrita por Estela Canto, si se trataba de acostarse con ella prefería no hacerlo (“La realización sexual era aterradora para él”). Adoraba la potencia negativa del abúlico escribiente detrás del biombo. Por supuesto que en el prólogo no pierde la oportunidad para precursorear Kafka con Melville: en El proceso (1925), escribe Borges, otro oficinista es juzgado y ejecutado por un tribunal que carece de toda autoridad y cuyo rigor él acepta sin la menor protesta.
Para ciertas lecturas Bartleby encarna el sujeto fuera del sistema, que se rebela contra el mandato capitalista de productividad y las presiones de tener pareja, sexo y vida social. Pero ese recorte degrada lo más importante que posee: el misterio.
La palabra abulia proviene del griego, sin boilé (no voluntad), y como personaje literario el abúlico nunca revela cuál es el origen de su voluntad declinante, de su baja energía vital, secreto bien guardado que no sólo produce reacciones de estupor, incomodidad, escarnio, sino que constituye lo esencial de la trama. Hace crujir la razón humana, causa revuelo y desasosiego y se recorta en la superficie del texto, como detectó Giorgio Agamben en su ensayo “Bartleby o de la contingencia”, encarnando la potencia perfecta del “escribiente que no escribe”. Otros personajes lo observan afectados por su demostración de todo lo que ellos podrían no hacer, pero no se animan. Entonces reaccionan casi con violencia. ¿Qué le pasa? ¿Es tarado? ¿O sabe algo que yo no sé? En el espejo deformante del abúlico los otros se reflejan demasiado funcionales, poco interesantes, nítidos y hasta patéticos.
Quienes usan remeras con la leyenda “I would prefer not to”, como supuesta declaración antisistema, olvidan (o no leyeron) el final de la novela de Melville, cuando Bartleby termina encarcelado y rechaza lo único que se puede rechazar en prisión, la comida. Lejos de tratarse de una huelga de hambre en protesta, simplemente explica: “Me haría mal cenar; no estoy acostumbrado a cenar”.
Hoy ha muerto mamá
Descendiente de Bartleby y Josef K, Meursault es un abúlico que nos regala un puñado de escenas de ese humor seco e inexpresivo conocido como deadpan. El extranjero (1942) ya arranca con un tropiezo: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer”. Cuando Meursault va a pedirle a su jefe dos días de licencia por la muerte de la madre, el otro lo cuestiona. En lugar de enfrentarlo, o planear secretamente una venganza, o llenarse de odio, Meursault dice: “No es mi culpa”. Después recuerda cuando metió a la madre en el asilo: “Durante los primeros días lloraba a menudo. Pero era por la fuerza de la costumbre. Al cabo de unos meses habría llorado si se la hubiera retirado del asilo. Siempre por la fuerza de la costumbre”.
El crimen, un acto que implicaría afirmación de voluntad, es narrado como un efecto pernicioso del sol agobiante de Argelia. A su autor se lo juzga menos por el homicidio que por no manifestar emociones. Meursault exaspera a toda la corte, juez, testigos, compañeros de asilo de la madre, el nuevo novio de ella, el encargado, y a su vez les resulta un asesino fascinante. ¿Por qué se comporta así? Renuncia a mostrar sentimientos humanos, confiesa que más que pena por la muerte de su mamá sintió aburrimiento. Su misterio es un campo magnético al que nadie puede penetrar.

Abulia polaca
En 1970, el polaco Jerzy Kosiński publicó Being There, adaptado al cine en 1979, con Peter Sellers en el rol protagónico. Fue traducido al español como Desde el jardín. El protagonista de la novela es Chance, jardinero cama adentro que habita las dependencias de una mansión con amplios fondos arbolados desde tiempos inmemoriales. Cuando muere el dueño (su empleador), los abogados que van a liquidar los bienes no encuentran el nombre de Chance en el inventario. A él lo único que le importa en la vida es mirar televisión, actividad de la que obtiene un placer metafísico: “Cambiando de canal, Chance podía modificarse a sí mismo”.
Kosiński lleva la abulia a otro nivel. Su personaje jamás aparece retratado como caso clínico (no se menciona la palabra autismo) porque no hace falta, quienes lo rodean lo encuentran extravagante y genial. Llega a trabajar como asesor de un viejo empresario con acceso al presidente de Estados Unidos. Su mantra, su preferiría no hacerlo, adaptado a la época y a la actividad favorita de Chance, es “Me gusta mirar”. Frase que provoca deliciosos malentendidos.
En una escena memorable de la novela, la mujer del empresario entra al cuarto de Chance e intenta una aproximación sexual. Él no se excita, ella se angustia. Chance dice: “Me gusta mirar”. Ella entiende lo que quiere entender y, por primera vez en su vida, se masturba delante de un hombre. Sobre la cama, cierra los ojos y continúa hasta el orgasmo, mientras que Chance observa atentamente la televisión. Lo mismo sucede con un gay que lo encara en una fiesta y lo invita a subir al cuarto. “Me gusta mirar”. El otro se desnuda y procede.
Tiene algo de santo o de idiota, Chance. Como todos en esta serie de abúlicos de la literatura. Los narradores suelen retratarlos casi con afán entomológico, como una especie de inquietantes bichos raros, y nunca sueltan las riendas; frases cortas, secas, ninguna exploración psicológica. Ya sea en primera o tercera persona, la estética de los abúlicos reclama una prosa tersa, limpia, que nos muestre el mundo con los ojos de ellos y así, sin barroquismos, ingresemos a la realidad asordinada en la que habitan, donde cada tanto se producen destellos de un humor involuntario, por acumulación de desgracias o absurdos.
El caso Walser
Tanto para los demás como para ellos mismos, o sobre todo para ellos mismos, los abúlicos se mantienen inescrutables. “Desde que estoy aquí, en el Instituto Benjamenta, he conseguido volverme un enigma para mí mismo”, dice Jakob von Gunten en la novela homónima de Robert Walser. ¿Cuál es el sueño de su vida? “El día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola”.
Walser era suizo. Publicó un libro de “composiciones”, tres novelas, un puñado de relatos, un volumen póstumo de “microgramas”. A los 51 años decidió internarse voluntariamente en el asilo de Herisau y se volvió uno de sus personajes. Carl Seeling lo visitaba y después registraba sus conversaciones. Compartían largas caminatas en la nieve. En uno de esos paseos, Seeling quiso saber: “Una vez fuera del hospicio, ¿volvería usted a escribir?”. Walser: “Ante esa pregunta sólo hay una reacción posible: no contestar”.

Falta de iniciativa, conducta desmotivante
En la literatura nacional, apareció una estudiante de Veterinaria que se adapta a su nueva vida rural extrañada (ketamina, neuropsiquiátrico, rápido embarazo no deseado) sin ofrecer resistencias: la protagonista de Opendoor (2006), de Iosi Havilio. Después vino el que quizá sea el personaje más abúlico de la literatura argentina, Javier Cetarti. En las primeras páginas de Bajo este sol tremendo (2009), de Carlos Busqued, nos enteramos de que lo echaron del trabajo por “falta de iniciativa, conducta desmotivante”. La serie podría seguir y la familia agrandarse (algunos personajes de Martín Rejtman comparten linaje).
El abúlico es una promesa de misterio y estupor. Su gesto incomoda porque señala la insoportable presencia de una ausencia. Por otro lado, ¿la obra no está en la mente del artista? Cuando no está levantando una casa, ¿el arquitecto es menos arquitecto? Quizá sea el caso de alguno de estos personajes, quién sabe si muy en el fondo no esconden otra personalidad. Bartleby, Chance, Cetarti…, ¿genios o idiotas? Por suerte, los narradores no lo aclaran. Una prosa ágil, desprovista de lujos, envuelve en peripecias al personaje, centro inmóvil que participa del vértigo de la realidad como quien mira la lluvia, y tensiona hasta el límite distintas formas de no ser. “Ser capaz, desde una potencia pura, de soportar el ‘no más qué’ entre el ser y la nada”, escribe Agamben.
Los abúlicos seducen por su enigma de renuncia, y porque se llevan el secreto a la tumba literaria; nada se resuelve en la última página. La potencia de todas las posibilidades que rechazaron y de todo lo que prefirieron no hacer bulle en su interior como una fuerza negativa que los convierte en seres a la vez cómicos, trágicos, exasperantes, invencibles. Raros santos de la literatura. Por las anchas avenidas literarias circulan hoy la autoficción, el new weird, el terror. Estemos atentos a los caminitos laterales (o internos), donde quizá transiten nuevas formas de esta escritura de abúlicos, narraciones sobre vidas que se sustraen del mundo y de su época y nadie sabe por qué.