Graciela Borges, una voz en la pantalla

En plena cuarentena y azarosamente, como sucede todo en las redes, se viralizó un fragmento de la comedia televisiva El hombre de tu vida, de 2011. En él, una jovencita insistía en no tutear a una dama de cierta edad por razones de educación y la mujer le espetaba con cadencia aristocrática y voz perturbadora: «Tuteame, pelotuda, por tu supervivencia».

La dama en cuestión no era otra que Graciela Borges, en una de las pocas participaciones televisivas que ha tenido. Quizás porque su hábitat natural siempre fue el cine, donde conoció la fama y cuyas cámaras no hicieron otra cosa que amarla.

Las décadas del ’40 y ’50 alumbraron estrellas distantes, etéreas y misteriosas. Melodramas y teléfonos blancos llevaron a la cima a Zully Moreno, Mirtha Legrand, Mecha Ortiz o Delia Garcés (que llegó a filmar bajo las órdenes de Luis Buñuel). Pero a partir de la irrupción del nuevo cine argentino, pasada la mitad de los ’50, la impronta intimista se adueñó de la pantalla y las noveles actrices que vinieron a reemplazar a la generación anterior fueron imagen y semejanza de la época. Desestructuradas y menos glamorosas, su estilo se acercaba más a vecinas de lujo. La televisión se había instalado como el nuevo juguete mimado y el mundo artístico entraba ahora a las casas: Bárbara Mújica, Elsa Daniel, María Vaner y Marilina Ross fueron parte de la troupe que aterrizó en el celuloide. Pero solo una pareció ser la elegida por las divas de antaño para heredar el halo misterioso del estrellato cinematográfico.

Convención de vagabundos (1965)

A Graciela Noemí Zabala el mismísimo Jorge Luis le prestó su apellido, según contó alguna vez, después de que su padre le negara usar el propio. Un mágico golpe de suerte que quizás marcó como un sino su frondosa carrera.

Con su piel tersa, sus ojos oscuros y su característica voz ronca, Borges logró convertirse en poco tiempo no solo en una actriz muy sólida sino, muy a su pesar, en una diva, un mote que siempre le ha disgustado. Es que su austeridad mediática talló, sin querer, el mito que tanto le molesta.

Con una vasta filmografía, desde su temprano debut no hubo década que no la tuviera presente ni director de renombre que no sucumbiera a su encanto. Su primer trabajo fue con el inmenso Hugo del Carril, pero sus criaturas fueron también moldeadas por realizadores como Leonardo Favio, Fernando Ayala, Daniel Burman, Lucas Demare, Raúl De La Torre y Juan José Campanella, entre otros. Acumula, así, títulos como Una cita con la vida, El jefe, La terraza, El dependiente, Crónica de una señora, Pubis angelical, Funes, un gran amor, La ciénaga, Pobre mariposa, Pasajeros del jardín, Viudas o El cuento de las comadrejas.

Crónica de una señora, el debut como guionista de la talentosa María Luisa Bemberg, fue la película con la que ganó el premio a mejor actriz en el festival de San Sebastián, un papel que aceptó luego de ser rechazado por Bárbara Mújica, otra de sus entrañables amigas.

Con Catherine Deneuve

Su Mecha meditabunda de La ciénaga, la opaca señorita Plasini en El dependiente, la soñadora Ana, enferma grave en Pubis angelical, su misteriosa pianista de tango en Funes, un gran amor o la hermana insufrible de Antonio Gasalla en Hermanos son parte de una galería de personajes maravillosos que la hicieron partícipe fundamental de los últimos sesenta años del cine vernáculo. Un largo camino para una actriz que allá lejos en el tiempo hacía suspirar a Alberto de Mendoza en El jefe, una película que, escrita por David Viñas, carga con el mito de ser una alegoría sobre Perón.

Y sin olvidarnos de la bella María que debe lidiar con el dolor por la enfermedad terminal de su amado en Los pasajeros del jardín (1982), de Alejandro Doria, basada en una novela de Silvina Bullrich y cuya canción principal (“Cuatro estrofas, creada por Alejandro Lerner) fue un hit poquito antes de la llegada de la democracia. Tiempos donde «no quedaban más disfraces para actuar ni me quedaban más palabras para no llorar».

A su vez, con su estampa y elegancia, y lejos de envolverse en el ego, Graciela supo entrelazar amistades con todo el mundo artístico. Hace poco Araceli Matus, la nieta de la gran voz argentina, Mercedes Sosa, en plena charla vía instagram le dijo varias veces «tía», y ambas contaron el amor que se profesaban con la cantante. El mismo amor que por ella sienten desde la escritora y periodista Florencia Etcheves hasta la conductora Cecilia Laratro, pasando por Natalia Oreiro o Martín Bossi.

Es que Borges ha sabido a lo largo de los años tejer una red invisible con la popularidad sin que ella se entrometiera en su vida. Posar para la revista Gente con apenas unos stickers en los pechos (una moda que pasó como un suspiro en pleno destape alfonsinista), protagonizar una telenovela junto a Carlos Monzón (Pelear por la vida) o ser parte del Alta Comedia de la era Romay al lado de Pablo Echarri no la hicieron nunca abandonar esa necesidad por dar terminada la actuación y huir de los flashes.

Ni los romances inesperados como el que tuvo con el joven arquero Marcos Gutiérrez o sus confesiones sobre pretendientes megafamosos como Paul McCartney o Waŕren Beatty lograron tampoco que pasara más de una tapa o dos frente a nosotros. A diferencia de su último personaje, Mara Ordaz (una actriz retirada que vive sumergida en la nostalgia en El cuento de las comadrejas), Graciela cuenta que no sufre rememorando el pasado, más bien confiesa que lo hubiera modificado. De volver a nacer la escritura hubiese sido su destino.

Además de conducir todos los sábados un programa de radio de tono casi confesional en el que intercambia anécdotas con invitados o charla sobre cultura, la actriz maneja sus redes sociales con la picardía de tantos años de profesión. Sus avatares estimulan nuestra fantasía. Ella, con los hombros al aire en una pose de femme fatal, mientras responde e interactúa con el público, como bien se describe a sí misma: una muchacha sobria y amorosa.

Porque para Graciela la fama es puro cuento. Un cuento que, leído con su voz, por cierto, sería mucho más bello.

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