Suspensión de la vida cotidiana, encuentro entre integrantes de algo parecido a una comunidad o una familia provisoria, las fiestas electrónicas ganan terreno en la noche porteña y en boliches de todo el mundo. ¿Qué van a buscar las personas ahí? ¿Cuándo empezó esta especie de trance, esta forma de desaparecer en la música? Un ensayo sobre la jodita y sus derivados.
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¿Qué es el MDMA o éxtasis? Una droga que se usa en fiestas electrónicas, pero también una máquina emocional que libera serotonina, dopamina, noradrenalina y oxitocina, hormona que aparece cuando la madre amamanta a su bebé, cuando dos cuerpos se reconocen, cuando el amor deja de ser ansiedad y se vuelve algo parecido al refugio. El éxtasis no promete ver dragones ni hablar con Dios, promete algo más extraño: querer al otro. En “La Ruta del Tentempié”, Charly García canta: Éxtasis / todo el mundo quiere éxtasis / un misterio de amor / una forma de ser feliz. Lo probaron en el laboratorio. Ratas embebidas en silencio, no pasaba nada; ratas embebidas en música electrónica: producían serotonina, dopamina, etc. La droga y el ritmo continuo del techno parecen diseñados para borrar los bordes del cuerpo, o mejor dicho: para hacer que el cuerpo deje de sentirse tan solo.
En Sirat, la película de Oliver Laxe que ganó en 2025 el Premio del Jurado en Cannes, un padre con su hijo viaja en auto por las montañas de Marruecos buscando a su otra hija, Marina, desaparecida en una rave clandestina en el desierto. La buscan entre parlantes gigantes, persiguiendo a una combi medio hippie con personajes raros que bailan como si ya estuvieran en el infierno. O en el purgatorio. Eso también es una fiesta electrónica: una forma de desaparición. Entrar para dejar de ser quienes somos por algunas horas. Un limbo.
Emedé, un hijo del capitalismo tardío
La metilendioximetanfetamina —o md— es una de las drogas de diseño más comunes de la noche, junto con la cocaína. Pero el md no sirve para todo. En cambio, la cocaína encaja demasiado bien con el mundo. Sirve para trabajar, para hablar, para coger, para crear, para ir a cenar con alguien, para fingir entusiasmo un martes a las cuatro de la tarde mientras el semáforo no avanza. El md necesita un contexto específico: una pista, una noche, botellas de agua, un bajo que golpee en el pecho, la mano de un amigo en el hombro y la pregunta obligada: ¿cómo estás?
El md fue sintetizado por primera vez en 1912 por el laboratorio alemán Merck, pero recién explotó culturalmente a fines de los ochenta y principios de los noventa, cuando las raves empezaron a ocupar galpones, fábricas y terrenos baldíos abandonados por la desindustrialización. Es un hijo del capitalismo tardío: nace con el neoliberalismo de Thatcher. La pastilla viajaba junto al techno, la globalización, junto a ese mundo todavía bipolar pero a punto de desaparecer. En 1989 cae el muro de Berlín; pocos años después, internet empieza a conectar el planeta. Nadie sabía demasiado qué podía producir a largo plazo en el cerebro esa pastilla. Tampoco hoy terminamos de saberlo.
Entrar a la jodita
En Berlín, en Barcelona, en Ámsterdam, en Buenos Aires, da la sensación de que cada vez hay más fiestas electrónicas. Existe una aplicación llamada Resident Advisor donde uno puede pasar horas mirando clubes, DJs y personas interesadas en asistir a eventos que ocurren en todas partes del mundo. “Las grandes fiestas suelen ser la primera experiencia de mucha gente con la electrónica. Son caras, quedan lejos, te revisan en la entrada y muchas veces te tratan como ganado. Sin embargo, cumplen una función importante: son una puerta”. Esto dice Manuel Oubiña, quien se dedica a la música electrónica desde hace más de quince años. Es DJ, vive en Buenos Aires, tiene una disquería llamada Cyberwax. Para él, el boom tiene menos que ver con la música que con un permiso. Un permiso para entrar. Porque una vez que uno entra descubre otras cosas. Fiestas más chicas. Productoras nuevas. Quinientas personas, ochocientas, mil quinientas como mucho. Manuel las llama “fiestas del bien”. Son fiestas organizadas por gente de la propia escena. Donde importa quién toca, sí, pero también cómo tratan al público, al DJ, al que vende entradas. Menos empresarios de la noche, más personas intentando armar una comunidad. “Uno paga la entrada para escuchar a alguien que le gusta, como podría ir a ver una banda de rock. Hay gente que sabe perfectamente quién toca, qué sello discográfico tiene, qué set hizo hace dos semanas en Ámsterdam”.
Fabián Casas dice que de la familia hay que entrar y salir, entrar y salir. Con la “jodita” pasa algo parecido: antes de que suba el md conviene salirse un rato de la pista, tomar aire, volver a entrar. Quizás una rave se parezca a eso: a una familia provisoria. Un lugar al que se entra y del que también hay que aprender a salir. Porque, como dice el mismo Casas, parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia. Y la fiesta también se pudre. A las siete de la mañana, después de bailar durante horas, la pista está llena justamente de eso: de algo que se pudre. Zombies vestidos de negro que se arrastran hacia alguna avenida. Un grupo de pibes que se queda en la vereda. Chupan un pico dulce, fuman un pucho, miran el celular. Las pupilas como dos naranjas. Buscan desesperadamente dos cosas: un Uber a casa o la próxima fiesta, el after.

El gasto improductivo
Durante algunas horas, las reglas invisibles que ordenan la vida de un varón en esta sociedad (seducir, conquistar, producir, resolver, hacerse el macho, sostener una versión de sí mismo que no siempre resulta fácil) parecen suspendidas por la electrónica. Surgen otros intercambios, mínimos, hasta infantiles: permiso, perdón, gracias. ¿Querés agua? ¿Querés bailar? ¿Necesitás salir un rato? ¿Estás bien? Ya no importa tanto el levante sino el trance. La música reemplaza parcialmente a la palabra y el cuerpo deja de ser una herramienta de rendimiento o seducción para convertirse en otra cosa: un cuerpo más entre otros cuerpos.
Victor Lenarduzzi, autor de Placeres en movimiento. Cuerpo, música y baile en la “escena electrónica” (Aidos, 2012), dice que en la electrónica hay una emancipación del baile respecto de los rituales de conquista. En una pista de techno ese rasgo se pondría en pausa (aunque no del todo en las llamadas “fiestas masivas”). Georges Bataille las llamaría un gasto improductivo: derrochar energía sin esperar lo de siempre. Bailar durante horas sin ansias de conquista, mover el cuerpo hasta agotarlo. Ser un zombie contracultural.
Claro que el cuerpo existe. Lo sabemos, y si no lo sabemos nos avisan: somos un cuerpo. Claro que el golpe de calor existe. La deshidratación es el peligro. No tomar agua o tomar demasiado agua. No mezclar. Los cuidados están al alcance de un click o de la boca de un amigo. La mandíbula al otro día quizá amanezca un poco dura. Ninguna idea cancela que seguimos siendo órganos intentando soportar la temperatura del mundo. El éxtasis toca algo sublime y fisiológico al mismo tiempo: te hace querer abrazar a todos y también puede convertir tu sangre en una alarma.
En “Sisyphos”, en “Berlín”, en “Input”, en “Barcelona”, en “Under Club” en Buenos Aires o en cualquier antro donde una luz roja cae sobre una cara transpirada, la pregunta no es qué tomaron, sino qué hace falta para que tanta gente quiera sentirse parte de algo. Qué tipo de soledad o de comunidad produce una época para que una pastilla violeta, rosa, blanca, con un logo cualquiera, o una bolsita llena de polvo, prometan algo parecido al amor.
Coda
Amanece y ya tienen los ojos abiertos. Le pide agua a un amigo y él le dice obvio, amigo, te quiero y lo abraza. Los dos tienen puestos gafas de sol y la felicidad sube como la marea y quedan lejos el barro, la cabina, las botellas que se acumulan en el piso, la sospecha de que tal vez la fiesta no era la fuga sino el síntoma, de que no fueron ahí para escapar del mundo sino para ensayar por unas horas una versión parecida a querer. Una escenografía donde el otro tiene que estar bien para que vos estés bien. Una teatralidad del goce, donde la pregunta todavía puede ser simple, casi infantil, casi revolucionaria, casi terrorífica: ¿cómo estás?