Cinco verdades para una necroloquía sagrada
Desde hace algunos años, la obra de Agustín Conde De Boeck emergió en los márgenes de la literatura argentina. Cultor de novelas anacrónicas y defensor acérrimo de la escritura como experiencia sagrada, los libros del autor tucumano recorren el horror, el argot tribal y la posesión.

Imagen de portada: Lajos Vajda

Alguien anda por ahí, alejado de las veleidades del participar en la Plazoleta de la Cultura Argentina, con humilde afición heresiarca y aprendiz de brujo. Provoca gravitación: se reúnen a su alrededor y escuchan atentos. De oírlo se devela que hay tantos otros que escriben en la dispersión de una literatura argentina ocultural y de toda lateralidad, que existe un hilo de plata, una flor azul del pensamiento, una palabra que viene desde el barrio de la Muerte. 

Él es Agustín Conde De Boeck y en su verborrea hiperidearia fue dicho, alguna vez, el giro atávico

El signo de la nomenclatura funciona como una astilla cerebral y obsesiva. Desde entonces ya no puedo dejar de entrever que los textos del giro atávico acechan, informes y lejanos. Es un nombre y revela un pacto de sangre. 

Ojo, no le estoy ofreciendo a usted, como lector, la noticia de la “nueva figurita para el álbum” con la que podrá ponerse cocarda distinguida para impresionar en sobremesas y decir chabacanero:

—Ah sí, es como dice el Conde…

—¿Quién?

—¿No conocés al Conde?

—¿Qué Conde?

—El que te la Cifra en el nombre.

Le estoy ofreciendo otra cosa. Mire adentro de esta cajita de verdades, acérquese, vea…

Primera verdad: la literatura emerge de los antiguos pactos de sangre

Agustín Conde De Boeck es un escritor, pensador y docente. Originario de las provincias argentinas, aquel territorio del siempre empezar la historia que permanece en la bruma de un bochinche temporal que funciona como nuestro medioevo de bolsillo. Actualmente reside en Italia y mediante cataptropías innobles hace llegar doctrina que se expande pestilencial entre los cultores del fumadero de Indias de la literatura nacional. 

Conde De Boeck es sin embargo un índice sintomático, un adelantado nominalista, con la capacidad de esbozar el contorno de un corpus hermeticum que está presente en la obra de artistas como Pablo Farrés, Agustín Caldaroni, Felipe Polleri, Norberto Luis Romero, Ignacio Bartolone o Aguxtina Pérez. Tengo otros nombres en cartera pero el objeto de estas palabras es formular una exposición más o menos ordenada de los axiomas cóndicos que he podido extraer de la obra en cuestión. En definitiva, las personas que considero forman parte de la constelación del Giro Atávico son, en tanto Variaciones del Nombre, anecdóticas diferencias delunus mundus que conoceremos. Pero ¿qué es el giro atávico?, se preguntará usted, en palabras del mismísimo Conde para la revista La Papa Online: la recuperación del sustrato ritual de la literatura, de su ancestralidad prepotente y, con ello, del ejercicio de rehabilitación de sus viejos instrumentos, los cuales consistían […[ en una manera de hacer venir cosas, objetos, imágenes desde el lugar de donde viene la muerte […[ en la postulación de la inmortalidad vía la necroloquía.

Uno tropieza con la literatura de Conde De Boeck y alucina excentración. Se apresta a la mesa de novedades de la literatura argentina, con el espíritu famélico y compungido de nuevas poses para entretener el hastío, y el alma observa la batea editorial para devolvernos los ojitos anhelantes, como diciendo, todos estos libros giran alrededor de un círculo cuyo centro no está en ningún lado. 

Es cuestión de ver cómo la primera línea de nuestra literatura se aboca al circo de las agendas y la castración ontológica ultra, todo prefabricado y esterilizante. Obras para las buenas causas del egotismo confirmatorio. Compruébelo usted mismo cuando, al leer las novelas argentinas, le confirmen que usted se encuentra del lado que está bien. El giro atávico de Conde De Boeck está lejos, gira alrededor del Centro Expulsado de la manija global. El centro es un animal frágil, hay que cuidarlo en un ambiente oscuro y húmedo, por eso se lo resguarda en la boca. Así es cómo se trafica. 

Nuestra literatura ha sido dadivosa en sus avernos estéticos y no se puede escribir como si Castelnuovo, Martínez Estrada, Laiseca, Libertella o Lamborghini no hubiesen escrito antes. Nuestros escritores de la batea mercantil claudican, rastreros, por el temario de la ONU (medio ambiente, crisis de la democracia, guerra e intervencionismo, migración y reparación al flagelo de las minorías) en su abandonarse a la sinonimia de la confusión máxima: naturalizar la falacia de que “literatura” y “cultura” son fenómenos complementarios entre sí. Agustín Conde de Boeck, escribe desde el centro de la herencia: el infierno de bolsillo que se transmite de boca en boca entre los poquísimos feligreses de la menestralía argentina, a sabiendas de que las tres tortugas que sostienen al mundo en sus lomos se llaman el Amor, la Locura y la Muerte. 

Agustín Conde de Boeck (1987)

Segunda verdad: la literatura cura y enferma

El giro atávico tiene raíz de númeno artaudiano. Hay dos formas del arte: la cultural (anquilosada, civilizatoria, deshumanizante, traficable e hiperlegible) y la sagrada (sagrada). Se le atribuye a Pablo Farrés la divisa de que la literatura cura y enferma: pharmakon xenotrópico, veneno trascendentalista que viene de un Afuera Radical. 

Las obras que fungen como documento de la barbarie y dispositivo para coagular la convivencia comunitaria son aquellas que deben ser tratadas como “culturales”. Cuajan identidades nacionales, establecen el paradigma ético de una época determinada y satisface la demanda del malestar de turno de la ciudadanía entendida como el canal de distribución de la angustia y la mercancía. 

Esta última es la función primordial de las obras que circulan, dar consuelo al lector (consumidor y post-sujeto): novelas sobre el divorcio, novelas sobre el duelo, novelas sobre el descubrimiento de los cuarentones en temas de jardinería, novelas sobre la intimidad de los ritos cotidianos, novelas sobre el embarazo, novelas sobre los padres, novelas sobre las novelas, novelas sobre las becas, novelas sobre la especulación inmobiliaria, novelas sobre las fotos que hay en una caja de zapatos. En su Laiseca (Entre Ríos, 2021), Conde De Boeck dice: El mundo artístico supura de gente biempensante, de escritores que ambicionan ser correctos y encastrar perfectamente en el sistema cultural. Nadie quiere quedar fuera, ¿cómo va a haber vanguardia (y su primo más maldito, la retroguardia)?”. Bajo el manto de un híper etiquetado frontal y con diseño canchero en la portada la oferta nutricional de la batea literaria inocula una democratización tentacular cuyo axioma es tratar al lector como un nicho a-histórico que debe rellenarse con el relato de la época.

La supuesta democratización de la oferta se ampara en los estilos “claros, simples y despojados” que no son otra cosa que el homologado fónico de la estética y la teleología de esa forma inocua de experimentar el mundo desde la impotencia práctica y la superioridad moral de esa ONU del Pensamiento.

El grado máximo infatuado está en el efecto de la conjura. A saber: conjurar es el acto mágico por el cual se pronuncia aquello que no habrá de hacer presencia. Se dice para que no pase. Y la conjura zozobra en la oferta del mercado: claro que se cita a Borges, a Roberto Arlt, a Macedonio o Di Giorgio, incluso a Laiseca. Claro que las novelas nombran el amor, la locura y la muerte. Pero lo hacen desde la conjura que provoca el mero cartografiar emociones de agenda en lugar de la catábasis para una espeleología de estos barros. Y uno sale de la literatura contemporánea de la misma forma en que sale de un kiosco después de comer un panchito completo: siendo exactamente el mismo.

Conde De Boeck, iniciado en la psicomagia de su maestro Laiseca, señala una vía de reingreso al territorio de lo sagrado: Una de las formas de salirse de la Literatura con mayúscula, es la superstición como ficción mental productiva. Admitir cierto infantilismo, cierto pensamiento mágico, oxigena las inhibiciones y bloqueos interiores […[ la pretensión de que la literatura cumpla con las exigencias de utilidad política, actualidad de agenda, participación autofágica en la tradición literaria nacional. […[para supersticiones, prefiramos fantasmas, energías, mudras y cuanta escoria pseudocientífica se pueda rasquetear de los basureros de la cultura popular.

Partiendo entonces de la clarividencia de que existen objetos culturales y objetos de otro orden (totémicos, talismánicos y payé) podemos entrever la distancia teleológica entre uno y otro. Mientras que el primero se encarga de la conformación del sujeto a un relato histórico e identitario, la segunda, la sagrada, opera de otra forma y otros son sus fines.

Tercera verdad: posesión literaria

Dice la doctrina boeckiana que hay libros que actúan como dispositivos de interrupción mental. Por ello debe entenderse a las obras que logran un cortocircuito en el normal desenvolvimiento del Relato Yoico, fundamento y móvil del relato histórico, para el Conde el delirio salva. El delirio es la cosa en sí, dirá Alberto Laiseca en Los sorias. Todo lo que no es exagerado no vive. O bien, sólo lo exagerado no muere. El arte debe ser la exploración última de ese delirio salvador, ya que el arte sirve para que funcione todo lo otro, es el sustento ontológico del universo, los pilares de la tierra, el elefante sobre el que reposa el mundo.

Si el Yo logra suspender por un momento el interregno que se abre en la alocución interior que mantiene las bases de la identidad se rajan y de la tal rajadura vemos emerger una panoplia de espectros que de inmediato arman un teatrino de marionetas. El teatrito de la miseria no es otro que el acontecer atávico de las potencias conjeturales del Ser. Somos el producto momentáneo de un manojo de espectros arquetipales, antiquísimos y revirados, cuyo proscenio cerebral entra en actividad mediante la vivificación del Arte Sagrada.

La interrupción mental opera por dos vías regias: el horror y la risa. De aquí extraemos el principio de revelación delhorroreír que anunció alguna vez el bueno de Leónidas Lamborghini. En el arte del desarme y la disolución hay ungidos maestros argentinos. Y el horroreír es el destilado de plata de la Segunda Demiurgia: la risa de una afueridad exacerbada que resuena en las paredes del claustro mental (la tan famosa carcajada de Dios cuando tira al bebé por la ventana).

Entiéndase una cosa: el desarme de las instancias del “nombre propio” que surge del giro atávico es el índice del retroceso deshumanizante: los borramientos culturales que se disuelven con el nombre nos empuja al umbral del diálogo primero, de la noche inaugural. Mientras que el Gran Aparato del Mundo para Someter a las Almas a las Pasiones Tristes busca recortar la raíz de lo humano para disolverla en la abulia del Gran Desamparo, la interrupción del Yo Mental de la literatura sagrada suspende las relaciones del lector con su inmediato ambiente para llevarlo a sus orígenes preternaturales: el pantano del Ser donde las Entidades se entretienen en el culebrón del quererse embarrados.

La literatura del giro atávico se escribe y se lee con un único objetivo: engordar el alma (la inteligencia) porque a ella se la comerán los dioses. Y a los dioses no hay que darles panchito completo si queremos que ellos salgan de nosotros transformados. 

Cuarta verdad: la complejidad es tribal

Entiéndase con este ejemplo: las palabras de mayor implicación atávica serán aquellas que nos hiperbolicen para cruzar umbrales del Ser. Existe un grado de umbralidad,en todo lo que hacemos, específicamente en la literatura. No es que haya libros “dictado por espectros” y “libros comunes”, sino que hay libros con vertiginoso grado de umbralidad (ver la obra de Farrés) o de umbralidad nivel nulo, mínimo, agonizante. La máxima complejidad será siempre la del argot, es decir, la que se pronuncia en connivencia de aquelarre. En la primera novela de Conde De Boeck, Nigredo (Nudista, 2022), leemos: Escuchándolo a usted y a su amigo interpretar esa canción me vino como una rêviere. Veía cosas, se me aparecían imágenes vinculadas al sentido profundo de esas melodías…¿usted sabe que esos tangos que le hacen tocar no son argentinos, propiamente dichos? Son egipcios, muy antiguos. Se cantaban con otra melodía, con otra letra, en otro idioma. Pero créame, son los mismos.

Paradigma de la complejidad, no como la dificultad intelectiva que pueda tener un texto (aunque sí, también) sino más bien el grado de umbralidad contenido en el argot de un híper-localismo tribal e intraducible. Porque el giro atávico reconoce que existe el Un Secreto, y que ese misterio es el mismo para todo el campo de lo humano pero que sólo puede pronunciarse y transmitirse en la lengua más íntima, particularísima. Grado máximo del argot de umbralidad ultra: la lengua de los pájaros (que es la más mejor de todas).

Esta experiencia nos religa con el xenotropismo instilado en los códigos de la tribu. No son experiencias transferibles mediante la transducción ordinaria. Tan sencillo como psicologista: la profundidad ontológica de un enunciado sólo puede transmitirse (como el conocimiento gnóstico) en términos comprensibles por un grupúsculo cofraternizado gracias a los magnetismos astrales. A estas formaciones argonáuticas se ingresa por el compromiso en el delirio: para ser aristócratas de esta guisa y dar ingreso a su menestralía es necesario transformarse en un Croto Mercurial.

El Aristrocroto es la forma última en la que deviene el teatrito mental. Se comprende entonces que el gran aparataje de la literatura de mercado se demuestra impotente a estos fines porque rechaza la tribalidad y su vértigo en pos de la levedad homologatoria del tráfico traducible.

El paradigma de la complejidad está en la antítesis del sucursalismo literario. Mientras que el mercado se empecina en fomentar “al Stephen King de Argentina” o el “Kafka del Uruguay” o la “Amelie Nothomb de las Pampas” el paradigma de la complejidad camina hacia las obras en proporción 1:1. 

Una literatura que no corre con el miedo de no ser comprendida por la época y quedarse sola ya que está escrita para un afuera de época y tamiza in extremis a su lector. Tan poquitas personas la leerán porque son en efecto rarísimas las que de hecho quieran hacerlo. En este sentido, la única competencia sin la cual no se puede acceder a la literatura sagrada es la Voluntad (que no es otra cosa que una Vocación).

Esta vocatio es el voto del inútil. En La danza de los juguetes rotos (Nudista, 2023), usted puede leer: Embellecerse es fácil. Afearse es un arte. ¿Cuántos minutos o segundo se necesitan frente a un espejo para embellecerse hasta alcanzar lo bello? No muchos. ¿Cuántos para volverse al menos aceptablemente feo? Imposible contabilizarlos. Meses, años, una vida. Elegir transformarse en linyera y hacer forzudas inversiones intelectuales para inmunizarse de toda urgencia y utilitarismo práctico. Hacer de la inteligencia un árbol inservible que ni para aserrín y que, oculto de la Mirada del Mundo gracias a su inoperancia, alimenta la savia de su arquitectura con los destilados del traspaís hiperideatorio.

Quinta verdad: la literatura forja poderes mentales

Cada libro es la promesa de un tesoro del cual apropiarse. Hay libros cuya lectura nos permitirá extraer la piedra de la locura, otros que darán solaz y entretenimiento, florilegios de sobremesa, criterio político y ético, libros que nos darán consuelo de víctima o prestigio borreguil. Dejemos las resultas aquellas para la cultura. Pues en lo que la literatura de atávica tiene, su novelidad esencial, la promesa es una y la misma. Conde De Boeck la postula como camino y deseo en la pathografia de Laiseca: De eso se trata. Colocarse no encima de esa palabra psicótica, sino sembrarla en la propia mente para hacer experimentos y esperar resultados. Queremos obtener poderes mentales y aguardamos el advenimiento de nuevos profetas

No existe otro afán antropológico que justifique aquel llamado de la especie para la transformación en Croto Místico. Escribimos y leemos con el secreto inconfeso de que nuestras palabras se demuestren ajenas (ellas vienen de algún lugar y en ese lugar pasan cosas) y al mismo tiempo profundamente íntimas y propias. 

Los poderes mentales son aquellos que, en terminología laisequeana, nos blindan de la manija. ¿No le ocurre, querido lector, de ver gente por la calle, parientes en la cena o amigos en el café que de pronto hablan como para interlocutores que ya no existen, frente a angustias que no son tal o con obsesivos desencantos inoculados? 

Extraviarse en la manija del mundo es perder. Creer que la Edad Media terminó es perder. Creer que nosotros le acontecemos al mundo es recontra perder. Los poderes mentales, en cambio, nos entrelazan en una necroloquía de corazón purísimo: danzaremos un movimiento que es en realidad un mudra-fósil y con él llamaremos la atención de la Diosa Mishiadura para que siga contándonos los cuentos del bosque feérico, de tal guisa que seremos salvos.

Atávico, solitario y final

Hay una paráfrasis de Groucho Marx en la última novela El Estudiante de Gotinga (Nudista, 2023): Él señaló y le dijo “en esa casa hay un fantasma” y ella le contestó “allí no hay ninguna casa” y él replicó “construyamos una”.

Digamos que lo mismo para la literatura sagrada: en el alma hay un fantasma. Pero no hay ningún alma allí. Entonces construyamos una.

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