Hablamos con la artista transdisciplinar, curadora e investigadora sobre la escena cultural de Córdoba, el espacio comunitario que se conformó alrededor del Hotel Inminente y qué significa la ingenuidad en el arte.
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Mi madre es la risa, la libertad, el verano, escribió Héctor Viel Temperley como verso de apertura en su Hospital Británico y sin darse cuenta dejó abierto el sendero a una estética que calza a la perfección en esas tres maneras de gozar. La risa, la libertad, el verano.
Sofía Torres Kosiba nació en Córdoba, en el año 1974. Es artista, curadora independiente, gestora cultural, investigadora y docente de posgrado, especializada en estudios de performance. Y es una persona que puede ir de cosa en cosa, surfeando la vida.
En su obra lo performático, lo visual, lo sonoro y lo textual se cruzan de manera permanente. Sus proyectos van de la performance a la escultura, pasando por la instalación, el video y el dibujo. No se puede decir que haga una cosa o la otra. A veces sus piezas escultóricas se vuelven instalación o videos, para después convertirse en vestuario de un personaje de performance. Es justamente esta indeterminación la que la vuelve inclasificable. Y por eso, las olas en las que anda no son más que esos bordes de las disciplinas, esas salpicaduras, lo que va llevando una cosa a la otra, como una música del mundo. Sofía crea una poética de la irreverencia, que solo funciona en comunidad.
Entre sus últimas intervenciones, la encontramos junto a Manuel Coll en la curaduría del Mercado de Arte de Córdoba de 2025, un evento fundamental para la ciudad. También como curadora de la muestra Espíritu Bonino, llevada a cabo en la Casa de Córdoba en la Ciudad de Buenos Aires, y de actual reposición en la Colección Amalita Fortabat, donde se celebra el legado del artista Jorge Bonino, referente del arte cordobés que conectó la vanguardia, el humor y la comunidad como nadie.

¿Qué pasa en Córdoba?
Sofía Torres Kosiba: Es una mezcla, todo está muy mezclado siempre acá. El sábado pasado estaba en Un mundo feliz, tocaba Adicta y uno de los músicos empieza a hablar y yo sentí que decía unga, unga… Era algo muy raro, como distinto. No sé, pero me quedé pensando mucho en este tipo de lugares como Un mundo feliz, que conectan mucho. Pasa algo muy lindo que funciona como un espacio diferente.
¿Y qué experiencias de lugares para inadaptados te marcaron en tu vida?
Yo me crie en Venado Tuerto, donde hice parte de mi primaria y el secundario. A los 15 años, empecé a asistir a la Facultad Libre de Venado Tuerto cuando dejé el colegio. Mi viejo era médico y mecenas del espacio. Fue en el 91 o 92, y estuve durante mis 15, 16 y 17 años. Hice una carrera en la que te recibías de animador cultural. Me fascinaban las charlas, las clases, los debates. Era un lugar en el que éramos muy pocas personas… Dieron clases Felipe ‘Yuyo’ Noé, Tomás Abraham, Jorge Jalfen, entre muchos más. Había economía para no economistas que dictaba Moisés Ikonicoff, otras materias que era “el arte de amar” y los que íbamos éramos los veinte locos, los faloperos, los piojosos, los que éramos todo eso para Venado Tuerto. La pasé muy mal allá, pero lo que no te mata te fortalece, ahí resistís.
¿Y en Córdoba sentís que hay algo parecido? ¿Algún espacio?
Te puedo decir que Hotel Inminente tiene algo de eso. Es un espacio que empieza con la galería El Gran Vidrio, que los dueños tenían este edificio al que llamaban la escuelita, pero después nos organizamos varios artistas y nos independizamos en 2020. Pagamos los impuestos y alquilamos el lugar. Nos organizamos con un modelo asambleario, buscando la mayor horizontalidad posible y vamos probando diferentes tipos de proyectos. En este momento somos treinta y cinco personas que laburamos, la mayoría artistas que tienen su estudio acá. De alguna manera sentimos que estamos volviendo a algo de los oficios. Cada espacio se alquila según el tamaño. El lugar además está declarado Patrimonio de la Ciudad.
¿Cómo funciona lo comunitario además del estudio de cada artista?
El Hotel Inminente es una cosa increíble que ya tiene muchas historias encima, muchas situaciones de vida, muy fuertes e intensas. Como todo, tiene idas y vueltas, pero hay una gran capacidad afectiva. Hoy la mayoría son jóvenes, cada cual con sus cosas y sus problemas. Tenemos períodos de dramas tremendos, a lo Shakespeare, pero no deja de ser un espacio de formación y deformación. La mayoría somos artistas del palo de arte contemporáneo, pero hay oficios como serigrafía, orfebrería.

Siempre te veo produciendo espacios de comunidad, ¿eso te influye en tu obra artística?
A nivel estético, no me influye en la obra. Pero no me imagino la práctica artística en soledad, necesito estar con otros artistas. No sé si yo creo en el arte, yo creo en los artistas. Yo soy simplemente una de las más grandes en el Hotel y estoy desde el inicio, lo cual pesa en la organización, y a pesar de que hago mil cosas, siento que siempre tengo tiempo para el resto porque tengo esa capacidad de atención real. Y lo maravilloso es que pasan mil cosas, mucha conexión, interferencias.
¿Cómo empezaste en el arte?
No sé, la palabra archivo es algo que me persigue cuando pienso en eso. Supuestamente empecé en el año 93 en el marco de algo que se considera parte de la historia de Córdoba. Empiezo a hacer perfos, pero yo no sabía que eso eran perfos o más bien no entendía que hacía arte. Nadie usaba esa palabra en esos años.
Contame más de esa Córdoba de los 90.
En esa época pasaban cosas a la noche. Por ejemplo, íbamos a un recital y había una a la que le decíamos La Mapache, era una chica de la que nunca supe nada, pero ella estaba en onda mapache. Así había un montón. Después te ponías a charlar con Vicente Luy en la calle y ya esa charla, la forma que él tenía de andar, era una perfo… Ahora está todo más organizado, sigue sucediendo, pero se define más: esto es drag, esto es qué sé yo…

Digamos que empezaste siendo una performer.
Yo sigo sintiendo que soy una artista de la acción, incluso cuando hago piezas. Yo no fui a la universidad a estudiar. Hasta mis treinta y pico no tenía idea de nada, la vida sucedía y yo respondía de alguna manera a eso. Pero sí tengo gente del arte y de la universidad con la que me encontraba, como Belkys Scolamieri, Gustavo Blazquez y Marcelo Nusenovich. Creo que antes el valor estaba puesto en otras cosas, en tener cierto modo de intelectualidad, pero que al mismo tiempo pudieras ser parte de la noche. Hoy me impacta cómo está todo tan definido y organizado. Estamos todos muy presos de la definición, quizás por las redes sociales.
¿Cuáles son tus primeros recuerdos de hacer algo que después entendiste que era arte?
Yo hago muñecos desde los cuatro años. Mi papá era peruano y mi mamá era polaca, y por ambos lados tenía abuelas con extrema motricidad fina. Después de grande tuve una fábrica de muñecos y viví de eso. Entonces, como siempre, me subí a las olas de las cosas. Hice ferias como artesana, así arranqué y después gané un premio de muñequería. Cosía por las noches y me empezó a ir bien, y contraté a las vecinas de Barrio Colón, de donde era hasta los nueve años que me fui a vivir a Venado Tuerto. Y la marca de muñecos se llamó Mundo Sofía. Vendía al por mayor, tenía como veinte vecinas laburando conmigo, algunas más jóvenes venían derecho del baile de la Mona a trabajar por la mañana. Una de las señoras, la Nely, se había hecho amiga de varias de esas, algunas eran las famosas tocabulto del baile. Hasta que por la crisis no se pudo más.
De ahí hay una gran conexión con tus piezas y esculturas.
Sí, muchas de las telas de mi obra de ahora eran telas de esas con las que hacíamos los muñecos. Y también el modo. Como siempre, todo muy mezclado. Pero lo más alucinante de todo son las personas. Mi abuela Rosa, la gringa polaca, me enseñó a coser. Mi abuela Carmen, la peruana, cantaba y de ahí tengo lo del canto. Entre las dos, que son de culturas totalmente diferentes, salí yo. Mi abuela Rosa era una artista, una Fernanda Laguna de acá a la China. Por ejemplo, una vez hizo un pesebre de ratas para un evento del barrio de esos pesebres en los porches y se armó un bardo porque pensaron que era un insulto. También me enseñaba a mentir, les hacía creer a las vecinas que yo sabía hablar en inglés y me decía que les mostrara. Todo era con humor, la sorna… con ella aprendí tener una visión estética.

Y sin embargo terminaste dando clases en la universidad…
La academia me da un título en 2015 o 2016 y luego hago una especialización de posgrado en estudios de performance, arte y antropología. Empiezo una investigación y ahí apareció el famoso marco teórico para mucho de lo que hago, el tema de la gestión de las emociones. Pero en mis perfos todo tiene que ver con la voz y el canto, de ahí vienen las piezas, las esculturas y las perfos. Alguna vez dije que yo hacía algo que se llamaba canto doméstico. La música tiene la capacidad de simplificar tanto el encuentro, que no es cantar pensando si cantás bien o mal, cantar por gusto, porque si te sacás eso de cantar bien, como pasa en los recitales, en la cancha, todas las personas están conectadas. Cuando hicimos Los cantores del horto en 2012, vinieron un montón de personas.
¿Qué fue eso?
Hice un grupo de Facebook con ese nombre, pensé que íbamos a ser diez o veinte personas, después veo que tenemos trescientas y me empiezan a llamar de la radio y de diversos lugares. La consigna era muy simple. Alquilamos un lugar y cada persona ponía diez pesos. Era un antrazo. Hay un buen video en YouTube.

Para vos, ¿cualquier persona es artista?
Sí, creo que cada persona es un artista. Yo tengo gente que no puedo creer lo que es. A veces hago el movimiento de llevar a esa gente al sistema del arte, pero para serte honesta últimamente estoy en crisis con eso. Es lo del arte ingenuo, que no sé. Todo está muy posado y cuando encontrás eso ingenuo, es puro, y a veces a la gente que no es del mundo del arte no le importa pertenecer. Por eso siempre vuelvo a Bonino, porque lo más radical de Bonino era que no especulaba, hacía sin expectativa del sistema, sin esperar nada.
¿Te considerás una artista ingenua?
Yo vengo de una familia rara, de personas que se disfrazaban. Yo no me considero ingenua del sistema, pero sí hago algo con un humor molesto. Soy consciente de que hago cosas para decir esto no, esto es solo disfrute y se trata de estar haciendo algo. Al mismo tiempo, hay cosas que no entiendo, pero soy muy consciente del sistema, por eso laburo mucho y soy una activista de los derechos laborales de los artistas. Es todo muy contradictorio, pero si no podés habitar la contradicción en el mundo del arte, estás al horno. Y como cualquiera, hay momentos en que quiero irme a la mierda.

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