Los textos akáshicos de Alberto Laiseca
Presentamos un adelanto de Textos akáshicos. Artículos y rarezas, la recopilación de ensayos y reseñas del escritor argentino fallecido en 2016 que la Biblioteca Nacional publicará en estos días.

En el prólogo del inminente y antológico libro Textos akáshicos. Artículos y rarezas, de Alberto Laiseca (Ediciones Biblioteca Nacional, 2026), el investigador Mariano Buscaglia explica:  

“Los escritos aquí reunidos, bajo el ostentoso título de Textos akáshicos, revelan un poco ese quehacer. La cocina secreta de Laiseca. El modo en que el autor de Los sorias pensaba la literatura, hablaba de literatura o criticaba la literatura. Y como era un narrador de genio es fácil descubrir desvíos inesperados, formas completamente originales de abordar un tema o de dedicarle espacio a materias exóticas o poco frecuentadas. Porque, más allá de su narrativa, también era un ensayista original, con una mirada única y a contrapelo de sus pares literarios. Basta pensar en sus extensas y brillantes crónicas sobre las cloacas o en su ensayo ‘Centro-periferia’ que escribió a raíz de su único viaje a Europa. Pero no solo eso, porque su talante se revelaba hasta en piezas aparentemente comerciales que escribió para diarios y revistas.

(…)

“De alguna manera, este volumen se formó solo, casi como un anexo a la muestra Laiseca, el iniciado que la Biblioteca Nacional montó entre septiembre de 2025 y junio de 2026. A medida que íbamos recopilando y descubriendo textos laterales de su obra considerábamos que era imprescindible nuclear ese corpus y marcar una línea de largada a libros por venir, porque tenemos conciencia de que esta compilación es una obra incompleta. Como ya veremos, aún queda mucho Alberto Laiseca por encontrar”.

A continuación, como anticipo exclusivo, reproducimos tres textos recopilados en esta obra y que fueron publicados por Laiseca en los años 80 en distintas revistas.  


Mueran los potables y blanditos 

En Twist y Gritos, nro. 14, 17 de noviembre de 1984

El rock a los caretas se les sale. No pudieron domarlo jamás y hace treinta años que lo intentan. Tiene fuego porque hay combustible y viene de la nuca. En el pálido mundo de las artes de hoy (literatura, pintura, y hasta la propia música, donde casi nada que se hace es auténtico y siempre responde a otros fines, distintos de los anunciados), el rock apunta como la única forma estética que no miente. Es decir: el rock está lleno de mentirosos, pero tiene de bueno que cada uno, lo sepa o no, lo quiera o no, se coloca en el lugar que le corresponde. Claro que hay rockeros caretones, pero ya están vistos y oídos y no engañan más a nadie. Aparte del rock, de todo lo que se hace, yo rescataría al cine: estoy pensando, particularmente, en las películas del italiano Fellini; pero este es otro asunto que, más que una nota, llevaría un libro. De lo que sí quiero hablar en el artículo es de la violencia (en los recitales y fuera de ellos). Los psicólogos se vienen ocupando hace mil del porqué de la violencia: demasiada cáscara para lo que puede hacerse súper corto: hay dos razones y no más: primero que nada, los jóvenes están hartos de que les quieran encajar tanto principio antinatural y, ante todo, en lo referente al tema del sexo; los represores no se conforman con haber dejado que su fruta se pudriera en vano: quieren también averiar la de los que vienen. Aparte están las contradicciones, propias de los que no tienen principios: decir “A” en el día de hoy a las diez y media de la mañana, digamos, y afirmar “B” a las cuatro y cuarto de la tarde. Basta: se pudrió. Los viejitos verdes de la filosofía represora de la viviente encuentran inmoralidad hasta en el placer más sencillo: quieren, por un lado, espiar por la cerradura esas cosas tan interesantes, y por otra parte aplastar toda alegría porque cuando fue su tiempo vital no tuvieron el coraje cerebral y testicular de vivirlas. Todo acto de entrega, por parte de un joven, es como un cachetazo en la máscara del enano. El joven reprocha tanto como una conciencia, y así lo sienten los “morales-moralistas” antirock. Y se llenan de furia. Pero está bien: les llegó el turno de joderse. De mi archivo de rockerías (abarca desde sus comienzos y lo saqué de distintos diarios), tengo un recorte que debe ser algo así como el comienzo. Es de 1958. Era en el Palacio de los Deportes, en Berlín oeste, e iba a tocar Bill L. Haley, en aquel entonces Rey del rock and roll. Un piano hundido a patadas y cadenazos, sillas reventadas, carteles transformados en papel picado y focos perforados a tiros con pistolas de aire comprimido fue el saldo. Ya desde temprano se empezaron a concentrar los que no pagaron entrada. Miles y miles. Traían, entre muchas otras cosas, unas especies de chorizos de tela, llenos de arena; excelentes cachiporras, lo juro por la Stratocaster. Los norteamericanos (Haley y sus Cometas) tardaban en llegar, y los alemanes se iban poniendo nerviosos. Entonces una orquesta germana, de por ahí nomás, quiso cumplir con la sacrosanta ley de la banda relleno. Los rellenaron a peñascazos, o a piedrazos, como gusten. No eran una apisonadora contundente, y los espectadores se encargaron de demostrárselos. Pero no enseguida. Les dieron una cierta soga, a fin de poder gozarlos más. El público, pesadísimo, se reía entre dientes y con sadismo: les dejó hacer su cosa para luego poder exterminarlos mejor y con más ganas. Luego de uno o dos temas los expulsaron con cierta violencia: a fierrazos. Entonces llegó el Gran Bill y sus Cometas. A la gente, primero y por empezar, no le gustó las pilchas: serias, como de gente responsable, con moñitos finos. No había onda. Como si te estafaran desde abajo. Y ahí nomás se armó AQUELLA OTRA. Los rockeros pedían más y más y ¡el prudente Maestro Bill L. Haley no daba! Los Cometas, en vez de hacer como Pappo, que se integra, hicieron lo peor que podían haber hecho: viendo que la violencia se salía de control intentaron retroceder con cautela, muy discretos. Más les hubiera valido cortarse. A esta los alemanes no se la perdonaron: ¡el general huía en medio del combate! Horror de horrores. A partir de aquí, Haley perdió para siempre, por lo menos en Alemania. Detalle significativo: había muchas camperas de cuero negro, entre los jóvenes disconformes, pero un buen porcentaje usaba camisas a cuadros; estos últimos eran seguidores de un pibe nuevo (nuevo en ese momento, claro): Elvis Presley. Presley, antes de tocar, manejaba camiones, y los camioneros de EE. UU., en aquel entonces, se ponían camisas por el estilo, las que ahora llamamos escocesas. Elvis, con toda espontaneidad, la llevó al rock. Al principio, por lo menos, aunque luego usara otras cosas. Presley tenía más sexo que Haley: por eso quedó. Bill L. Haley hoy día no tendría éxito: todos, de frente, iban a decir: “Es un caretón”. Sin embargo, careta y todo, fue la primera fuerza en una época donde no había ninguna. Costó bastante salir de toda esa mierda, no te vayas a creer. Consiguieron para ellos una porción chiquitita de felicidad, y eso fue duro. Si vos ahora estás de la nuca es porque otros te abrieron paso, y no sabés entre qué roña hubo que caminar. Así que ojo con esos tipos y con humillarlos en nuestra memoria.


Histeria antigua (I)

En diario Nuevo Sur, domingo 4 de abril de 1989

El avaro derrochón 

El emperador Calígula se distinguió por los espectáculos extremos que ofrecía. No tenía términos medios: o dispendioso por completo o tacaño como ni siquiera Claudio se atrevió a ser. A veces sembraba la arena con bermellón y polvo de oro. Sus senadores conducían las cuadrigas mientras él contemplaba todo en su palco, tragando perlas valiosísimas disueltas en vinagre. Ello no le impidió más tarde (a fin de ahorrar) ofrecer verdaderos juegos para linyeras y menesterosos: hizo pelear fieras tiñosas y ancianas contra gladiadores y reciarios cubiertos de arrugas, que apenas podían moverse. Ingenióselas para construir cosas casi tan difíciles como las pirámides egipcias, pero que, sin embargo, pasaran inadvertidas. Terraplenó montañas y rellenó abismos. Sin objeto alguno, por puro capricho. Esta pasión por el cero (espectáculo cerrado, en sí mismo, que no deja vestigios), en un sentido, es más notable que la contemplación de la Gran Muralla china.

Muerte de Pirro 

Durante la lucha por la ciudad de Argos, y a punto de matar a un soldado, la madre de este, que justo se hallaba viendo la lucha desde una azotea, arrojó contra Pirro una teja que le dio en la cabeza aturdiéndolo. De resultas del golpe cayó en poder de sus enemigos, quienes poco después lo decapitaron.

El horóscopo del fin 

Pocas veces, en la historia de las armas, ha existido un mejor general táctico y un peor estratega que Pirro. Un oráculo le habla predicho que moriría cuando viese a un lobo y a un buey luchando entre sí. En la batalla por la ciudad de Argos (donde perdió la vida) encontró a un buey y a un lobo, de bronce, ambos en actitud de combate. Lo comprendió demasiado tarde.


La senda del estilo

En El Ciudadano, nro. 29, 9 de mayo de 1989 

Reseña sobre Coche negro, caballos blancos, de Ernesto Schoo

Es de suponer que el título —sacado de uno de los cuentos de ese volumen— fue elegido por placer de imagen, pero más allá de ello es evidente el cariño del autor por las historias de fantasmas. Como dice en su prólogo: “reflejos […] del incesante fluir de las apariencias”. Nada más justo, pues en verdad todas estas fantasías tratan sobre lo mismo, son historias de fantasmas, en algún sentido, precisamente por el juego de las apariencias. Cada cuento, como los espejismos del mar, de la selva o los desiertos, muestra algo que o bien no es lo que aparenta, o en todo caso se encuentra en otro sitio. 

En un mundo de narrativa influenciada por el cine, sorprende leer historias poseídas por la pintura. Su cinemática, su movimiento interior, es el de los cuadros. Cuando los personajes —o a veces fragmentos de ellos— no se reflejan desde un lienzo o el río Tíber, lo hacen desde una vieja película de Georges Méliès (pero, oh casualidad, también pintada por una obrera miniaturista). 

Son particularmente notables las fantasmagorías —como en La luz de Vermeer o Consideraciones acerca de dos pinturas— donde los personajes se confunden con las telas, con el sentimiento pictórico. O si no: “El verde transparente de los ojos de Magda se enturbió al copiar el verde sucio del Tíber” (Ursina). Aquí la variación cromática en los ojos de la chica expresa un cambio en los reactivos emocionales. De una estirada calma pasa al odio del felino acorralado. Muchos de estos cuentos (no solo en El prisionero) esconden sucesos misteriosos en los segundos y terceros planos: así, en el último que cité, la pregunta de Antón a la bisabuela respecto a la sombrilla que aparece en su foto de jovencita recién casada: vemos el paso del tiempo, lo implacable del cambio de vibración como en un alto o bajorrelieve egipcio o hitita. 

Ella pinta tiene sus puertas inevitablemente abiertas a la caída: “A mí me encanta la pornografía”, dice el personaje femenino. “Adoro la pornografía”: en todo caso como rebelión contra su compañero, ser que en sus veinticinco años de casados no se tomó la molestia de mirarla ni oírla. Ella, in extremis, se lanza al rescate de un sexo abolido por definición. Rescata a sus gatos, vidrios rojos y balaustradas, y se entrega definitivamente al violeta del vacío. 

Debo señalar especialmente los juegos con la muerte, el erotismo de una “santa lascivia” —para emplear la expresión de Schoo— en Ursina y en La luz de Vermeer, este último salido de la convulsión gótica de la década del setenta. 

Roberto 1985: Roberto es un personaje de frivolidad asfixiante, post orwelliano (quizás post moderno y no creo que sea una casualidad que su ser transcurra un año después de 1984). 

Día de difuntos tal vez sea el más metafísico. La lucha de la solterona con el gato negro de brujas es, en verdad, el combate de esa mujer con el espíritu vital. Estimo que, como en los cuentos de Poe, al final le ocurre lo peor que podía pasarle. 

Creo que Ernesto Schoo desde hace mucho tiempo, con humildad, muy en lo suyo, con secreto y belleza, inició la senda incomprendida e inhóspita del estilo.

Bache

Revista digital. Cultura y sociedad.

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