El tabú de la clase alta en la literatura argentina (parte III)
Seguimos explorando la historia de las clases altas en las letras nacionales. Última de tres entregas.

(Leé la primera parte)

(Leé la segunda parte)

Foto de portada: María Gainza (Rosana Schoijett)

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La reticencia en la representación de la clase alta en la literatura argentina de los últimos treinta años, que son más o menos los años de la democracia electoral recuperada tras la dictadura, tiene otra explicación concurrente. Y es que en estos años sin censura el desarrollo del periodismo gráfico y del neo-periodismo que encuentra una salida en revistas y libros ha sido considerable. Y a este neoperiodismo se deben, también, algunos de los más salientes libros de estas tres décadas, muchos de los cuales, o casi todos, tienen como tema a la ‘clase dominante’. Entendida como ‘élite del poder’, pero también en sus vinculaciones con la ‘clase alta’ en el sentido estricto. Libros, en orden arbitrario, como El Jefe (sobre Menem) o El Pibe (sobre Macri) de Gabriela Cerruti, los de Sylvina Walger sobre la vida social de Menem o de Cristina, el libro de Susana Viau sobre el banquero y viñatero mendocino Raúl Moneta, el libro de María O’Donnell sobre los Born, el de Nicolás Wiñazki Fueron por todo sobre los Kirchner, la biografía de Amalita Fortabat por Marina Abiuso y Soledad Vallejos, libros sobre Bioy, Borges, las hermanas Ocampo, biográficos y chismosos, libros que revalorizan los palacios, los jardines, las mansiones, los paisajes de las residencias privadas de la ‘clase alta’, un libro como Malvinas- La trama secreta, de sostenida crónica narrativa, de Cardoso, Kirschbaum y Van der Kooy sobre la élite militar, la guerra de Malvinas, y la apertura democrática, libros como los de Rosendo Fraga sobre los presidentes y vices últimos de la oligarquía, Justo o Roca, libros sobre la nueva élite agroexportadora y agroindustrial, libros como los de Gonzalo Sánchez sobre los nuevos dueños de la Patagonia.

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Para la definición en términos puramente -meramente- ‘sociales’ de la upper class argentina, la de ‘patriciado criollo’, la tenencia de la tierra puede resultar menos determinante que la antigüedad de la establecida y reconocida presencia familiar sobre el suelo que hoy es argentino. La lista de los firmantes en el cabildo clave, el del 22 de mayo de 1810, aun previo al abierto del 25, da una idea de esas ‘400 familias’, de esos ‘Founding Fathers’ –so to speak. Muchos de esos linajes se extinguieron para siempre, y sus apellidos sólo dicen algo a quienes conozcan la historia sudamericana decimonónica, pero cuántos otros son todavía reconocibles.

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Entre esas familias, las había terratenientes, pero también las había comerciantes o, a partir del siglo XVIII, con las reformas borbónicas y la creación del Virreynato del Río de la Plata –en simultáneo con la Independencia norteamericana-, también familias de algún Gran Funcionario (Grand Commis de l’État). La peculiaridad argentina surge con aristas más cortantes si se compara a Buenos Aires con Montevideo, según El patriciado uruguayo de Carlos Real de Azúa.

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Ahora bien, a estas familias originarias, además del destino de extinción final, podía tocarles el más transitorio de ‘decadencia’. Había una clase alta ‘venida a menos’, la del ‘Palacio de los patos’, condominio post Belle-Époque de la calle Ugarteche esquina Cabello, en el barrio Norte porteño. Llamado así, coloquial, irónicamente, porque vivían familias post-patricias, que tenían apellido, pero no dinero, eran ‘patos’, no podían ‘pagar(se)’ nada-. Las familias podían perder las tierras, las posiciones públicas, los ahorros; podían caer en desgracia política y perder sus efectivas influencias (novelas como La casa o Los viajeros, de Mujica Láinez, tratan de esto). No perdían, sin embargo, su lugar de respeto social en el sistema, y las ‘nuevas clases ricas’, los nuevos parvenus, aprendían a respetar esos apellidos: la velocidad en la adquisición de ese aprendizaje cultural y aun estético rendía a su vez dividendos: este entregent, este don de gentes, era un capital que demostraba ser más que simbólico. 

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Entonces, a algunas familias patricias había tocado la extinción final, letal, fatal; a otras, la decadencia transitoria: una transitoriedad por lo común definitiva, porque faltaban los casos de recuperación, una vez perdido, el status económico y político anterior. Por lo tanto, ¿cómo no pensar que ese será, con el tiempo, el destino final de absolutamente todas las familias y apellidos antes patricios, una vez que el ciclo, tan estudiado por la sociología, del ‘recambio de las élites’ haya dado una vuelta, un giro absolutamente completo, cuando ese recambio sea definitivo? 

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La vida del patriciado, su cotidianidad, debía ser una preparación para la pobreza. Se les enseñaba a las hijas oficios de ‘empleaditas’, como taquigrafía, para cuando tuvieran que ganarse la vida; por eso se las preparaba para una emigración, exilio a la vez político y económico final, ‘con lo puesto’: the country is going to the dogs… Como rusos blancos, duquesas zaristas haciendo de secretarias en Nueva York, príncipes polacos haciendo de taxistas en Roma… Hay que decir que no falta, en estas preparaciones, la fruición estética del frisson nouveau presentido…

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Un componente de placer masoquista, pero de ningún modo reservado a ese pigeonhole de la taxonomía, del tema y motivo literario ‘Esperando a los bárbaros’ es uno de los veneros más y mejor transitados por la literatura argentina de ‘clase alta’. Puede ser el fuego, en «Un león en el bosque de Palermo» y «Mito de Orfeo y Eurídice», dos cuentos de Bioy sobre el incendio del Jockey Club, o en la novela Setiembre, de Carmen de Silva; el agua, la inundación, como en La inundación de Martínez Estrada, «El evangelio según Marcos» de Borges o la novela La creciente de Silvina Bullrich o antes las mareas humanas de Se vuelven contra nosotros de Manuel Peyrou. «Vencen los bárbaros, los gauchos vencen», dice Laprida en el «Poema conjetural» de Borges (de 1943: en contra de la revolución militar pronazi de ese año), cuyo último verso se estremece ante la violación oral: «El íntimo cuchillo en la garganta».

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​Este elemento ‘medieval’ (diría Jacques Le Goff, dice Mujica Láinez en su novela histórica El unicornio), de inseguridad de las posesiones que pueden perderse a sangre y fuego en cualquier instante decisivo, parece una herencia, en el patriciado, de sus memorias del siglo XIX, marcado literariamente también por la violencia, que alimenta la novela del siglo XX sobre esos años, Polvo y Espanto del mendocino Arias. La literatura argentina, sugería Viñas, empieza con una violación homosexual en banda, la del unitario por un grupo de carniceros federales en El matadero de Esteban Echeverría (escena que él replica, con una más púdica tentativa de violación finalmente no consumada, en la primera escena, el íncipit de su novela Dar la Cara, sobre el frondicismo).

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Con los 35 años de democracia últimos, ese temor, esa inquietud permanente de que todo puede arder en el fuego o hundirse en las aguas en cuestión de minutos, desapareció, o se invisibilizó, o se morigeró enormemente. Es por eso que, en la narrativa de María Gainza, la hija (la narradora) ya puede tener, sin miedo, vencido su pasaporte, y la nieta, directamente, no tener pasaporte. Una parte del efecto y éxito dramático de la ex presidenta Cristina Kirchner, cuya serie favorita es Game of Thrones, consiste en haberle recuperado contemporaneidad al terror upper class de la abuela en El nervio óptico, aunque al fin de cuentas pudiera resultar más alarde e impostura de red social que característica grupal efectiva.  

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Rasgo significativo de la posición ‘patricia’ en El nervio óptico parece el que todas las obras pictóricas con las que María Gainza, hija (natural pero reconocida), construye una relación son todas obras que se encuentran en Museos Públicos. Aquellos cuyo acervo forjó y formó la élite. Nunca en el MALBA o en otras colecciones de parvenus

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Algunas de estas obras no integran un canon mayor, ni es posible identificar a priori su valía. Aun venido a menos, aun en la decadencia y las más miserable de las indigencias, sigue concediéndosele al patriciado rangos de ‘modelo cultural’ y ‘magisterio estético y literario’. Pero nunca una vocación docente. Al contrario. Hay en toda preferencia estética ‘aristocrática’ un elemento de caprice, whim, de romántica Willkür en cada gusto y en el sistema de los gustos. Las clases medias desesperan: ‘¿Por qué te gusta esto y no te gusta lo otro? ¿No es contradictorio?’. No lo es, pero los aspirantes no le encuentran la vuelta, no consiguen inferir la regla, dar con la llave maestra, esa que les abriría todas las puertas. Y además, ay, quedan pocas sortijas. 

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“Any minute now, this country is going up in flames. Thirty years on, they’re still awaiting the conflagration”. Así se lee en la traducción inglesa de El nervio óptico. Aquí algo suena raro, o resuena con un diapasón diferente, si se compara con representaciones mayoritarias, o presentes y corrientes, de ciclos históricos -ciclos ‘cíclicos’, por su reiteración estructural, o la repetición formal de su marco formal-, con la configuración del pasado argentino de los tres últimos cuartos de siglo por la literatura y por otras formas de imaginación histórica (y en primer lugar, la propia Historia profesional). Y es la constancia con que se postula el progreso histórico como una tensión y exasperación crítica de los acontecimientos que lleva a un movimiento o movilización de masas (the mob), a saqueos e incendios, pérdida de ahorros y del valor de la moneda, transición más o menos dolorosa, traspaso del poder a la oposición, emigración política o económica, colas en las Embajadas, pasaporte en mano, pidiendo nacionalización para descendientes de potencias europeas… 

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La ‘imagination of disaster‘ (Susan Sontag) de la madre de El nervio óptico sigue la forma mentis del patriciado, pero es menos incorrecta como representación de los ciclos históricos argentinos recientes de lo que da por sentado el aseverar que la conflagración nunca haya llegado. En los últimos 35 años, la diferencia (institucionalmente bienvenida) fue que el poder que se traspasó no ha sido ganado por un golpe militar o no ha significado, como el peronismo de 1946-1955, un cambio totalitario de régimen (sin que el régimen resultante necesariamente fuera totalitario). 

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Fuego y multitudes y saqueos hubo tras el fracaso de la guerra de Malvinas en 1982-1983, ídem en 1989 en la hiperinflación del fin del gobierno radical y democrático de Alfonsín que había sucedido a la dictadura, ídem en 2001 con el fin del ciclo de la convertibilidad menemista que había redimido a la Argentina de la inestabilidad cambiaria. Para gran parte de la literatura argentina de estas décadas, el 2001 ha sido o bien una divisoria de aguas con el período tranquilo, apolítico, de la inflación cero del Menemato, o bien un origen absoluto, si se es más joven.

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Alguien podría decir que la ex presidenta CFK exagera, cuando, en su libro de balance, memoria y prospectivas Sinceramente asevera que la palabra que caracteriza al mandato de su sucesor pero no heredero Mauricio Macri es ‘Caos’. Pero nadie podría decir que desvaría, que descarrila, que desconoce las formas tradicionales y asentadas de representar períodos de crisis y transición. Para Bioy, en su novela El sueño de los héroes, el peronismo era una larga pesadilla infernal; para Beatriz Guido, en El incendio y las vísperas, un largo incendio (arson) de toda la vida como se la había conocido hasta entonces.

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Esta contraposición entre memoria larga y memoria corta podría ser otro rasgo ‘patricio’: las conflagraciones que vivió la madre, el exilio, la confiscación de La Prensa por el gobierno, no son las que vive su prole, para quien las décadas fueron ‘sin incendio’. Estas tres décadas y media ‘sin representación’ aparente de la clase alta en una literatura ‘clasemediera’, ¿no resultan también las de ‘no representación’ por la clase alta de las crisis mayores para esas clases medias? La boucle est bouclée. Hay un triunfo paradójico, oculto, parasitario  -naturalizado dirían en la universidad y en la televisión- de la clase alta: el volverse sentido común de una clase media que naturaliza el mérito y los méritos como antes los otros la jerarquía, el nacimiento, la sangre, el nombre.

*Este texto fue publicado originalmente en la revista digital Invisibles

Alfredo Grieco y Bavio

Escritor, periodista y crítico.

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