A veintinueve años de la muerte de Carl Sagan, Ana Regina evoca los domingos frente al televisor para ver la serie Cosmos. Entre la poesía y el rigor, el científico y divulgador estadounidense escribió un mensaje que, como la sonda Voyager, llega hasta el presente para seguir interrogándonos. A pesar de las dificultades hacia las estrellas…
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La memoria miente, la memoria alucina, pero a pesar de la ansiedad que hace hiperfoco en un futuro que pinta oscuro, la memoria resiste. Esta es una memoria ritual. De domingo por la mañana, en familia, frente al televisor, una memoria noventosa con padres optimistas que esperaban muchísimo de la comprensión de sus pequeños hijos que apenas sabían leer.
Recuerdo la caja del VHS azul, las letras doradas que rezaban “COSMOS” y la revista que lo traía:Descubrir. Recuerdo, probablemente, la primera propaganda de anticonceptivos que vi: “Hoy elegís una anticoncepción eficaz: Cuidarte es quererte”.
Recuerdo una mujer que se presentaba y que se llamaba como yo: Ann. Hablaba de un hombre que ya no estaba con ella, de un mundo que había cambiado y de una obra, que todavía era “rica en profecías”. Recuerdo la música tranquila y la idea del viaje. Recuerdo el espacio que se transformaba en un océano. Y su voz. Grave y clara:
“El cosmos es todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que será. Nuestras más ligeras contemplaciones del cosmos nos hacen estremecer: sentimos cómo un cosquilleo nos llena los nervios, una voz entrecortada, una ligera sensación como de un recuerdo lejano o como si cayéramos desde una gran altura. Sabemos que nos aproximamos al mayor de los misterios”.

El poeta
Veintinueve años atrás Carl Sagan moría. Para muchos fue el hombre que más acercó la ciencia al público masivo, el que llevó al lector y al televidente, a todo aquel que quiso leerlo o escucharlo a preguntarse “por las aguas del océano cósmico”.
En su libro Los dragones del Edén (1997) sostiene que “la historia reciente de la biología demuestra sin lugar a dudas que en buena medida somos el resultado de las interacciones de un complejísimo conglomerado molecular. Hoy, la naturaleza del material genético, antaño sanctasanctórum de la biología, se explica básicamente en función de los procesos químicos que desarrollan los ácidos nucleicos que lo constituyen, el ADN y el ARN, y de sus elementos activos, las proteínas”. Ese postulado, como otros, podría ser leído como una declaración de confianza o reducción absoluta del hombre a cuestiones bioquímicas. Sin embargo, cuando recuerdo a Sagan, recuerdo su poesía. Si Carl forma parte del imaginario popular es gracias a su poesía, es decir, a su capacidad de hilvanar la divulgación científica con una sensibilidad poética.
Este afán poético ya se podía encontrar en un breve ensayo escrito por Sagan cuando todavía estaba en la preparatoria, “Space, Time and the Poet”. En el ensayo, el joven escribía: “Es una experiencia estimulante leer poesía y observar su correlación con la ciencia moderna”. Continuaba después con una selección de poesía de temática astronómica compuesta por Alfred Lord Tennyson, Edgar Allan Poe, John Milton, Helen Hunt Jackson, T. S. Eliot, Karl Shapiro, John Gould Fletcher, Robert Frost y George Santayana, así como una selección de la Biblia. Incluía también una lista de nombres para seguir ampliando ese estudio.
Luego de analizar los poemas y su armonía con la comprensión científica del cosmos, Sagan concluía considerando el lugar de la humanidad en el universo: “Tras viajar por el espacio sobre el centro galáctico y a través del tiempo hasta el final de nuestro insignificante planeta, debemos sentirnos impresionados por la absoluta insignificancia del hombre ante el universo”. Una idea que volverá una y otra vez en su poesía estelar y que marcará su ética de divulgación basada en un escepticismo optimista.
El rigor
Carl Sagan hizo una defensa profunda del escepticismo sin caer en el nihilismo, entendía que promover el pensamiento crítico era un deber que asumía como figura pública. En su libro El mundo y sus demonios (1995), Sagan ya nos advertía que una sociedad que renuncia a las herramientas del pensamiento científico se expone a explicaciones y relatos que, aunque prometen sentido y tranquilidad, en realidad ocultan las complejidades.
Para Sagan pensar con rigor, sin perder la curiosidad, nos haría más libres, creativos y, en definitiva, más interesantes. En su última entrevista con Charlie Rose en 1996, criticó fuertemente el lugar de las pseudociencias y subrayó que nuestra sociedad se construye sobre ciencia y tecnología que muchos no comprenden, lo que crea una “mezcla explosiva de ignorancia y poder”. Algo que podría estallarnos en la cara si no aprendemos a cuestionar críticamente tanto a las autoridades como a nosotros mismos. Sagan estaba convencido de que, sin ese pensamiento escéptico, corremos el riesgo de permitir que los charlatanes definan nuestra realidad.
Esa advertencia hoy me resuena más allá del ámbito científico. Si bien la literatura siempre estuvo enlazada a manifestaciones esotéricas y místicas, es común ver enfoques contemporáneos de análisis literario donde la astrología empieza a funcionar como atajo interpretativo. Leer una obra a través de una carta natal borra las contradicciones propias de una vida, los claroscuros que habitamos como autores, el estilo que hace única a una obra con sus ambigüedades, excesos e incomodidad. Todo queda reducido y domesticado por un marco que ya sabe de antemano lo que va a encontrar.
Volver a los textos no implica reclamar para la crítica literaria un método científico que no le corresponde. Sin embargo, como lo hacía el querido Carl, sí supone defender una ética de la lectura basada en la precisión, en la atención al lenguaje, al estilo, a la inmanencia del texto, es decir, a la poesía en tanto trabajo material con el lenguaje.
La defensa del rigor que hacía Sagan me sigue hablando, y creo que está íntimamente ligada a la voz poética que construyó como divulgador. Su modo de decir la ciencia nunca fue frío. Sí artificial por ser poético, pero no frío. Carl Sagan intentó dar cuenta de la vastedad del universo a través de esa voz poética y, a la vez, política. En un presente marcado por la ciencia en caída libre y el pensamiento precarizado, es necesario volver a Sagan.

La voz
Esa voz que sigue resonando en mi memoria y en la de muchos, me enseñó a pensar, a volver a la evidencia, a los textos. Esa voz que insistía en la rigurosidad y en la responsabilidad que tenemos como docentes, comunicadores, escritores o investigadores, atravesaba su obra y su actividad científica.
Sagan estuvo a cargo de los discos de oro de las Voyager, lanzadas en 1977. Las sondas que tardarán 40.000 años en alcanzar las proximidades de la estrella más cercana a nuestro sistema solar llevan dos discos fonográficos de cobre bañado en oro y de 30 cm de diámetro. Incluyen saludos en muchos idiomas del planeta, música, ruidos de animales, algunos otros “sonidos de la tierra” y una pista en código morse con la frase: “per aspera ad astra” (A través de las dificultades hacia las estrellas).
Como el poeta Lezama Lima, Sagan sabía que sólo lo difícil es estimulante. El 14 de febrero de 1990, a una distancia de aproximadamente 6000 millones de kilómetros y tras completar su misión principal, Sagan sugirió que la sonda girara su cámara para capturar una imagen de nuestro planeta. La insistencia casi innecesaria, casi caprichosa, nos dejó una fotografía bellísima y terrible. Desde esa distancia extrema, nuestra Tierra quedó reducida a un punto mínimo, suspendido en la oscuridad.
Carl Sagan detuvo la maquinaria para mirarnos, para recordarnos que todo lo que somos ocurre ahí, en ese punto frágil y diminuto perdido en la vastedad del océano cósmico. No puedo hacerle justicia a lo que escribe Sagan sobre ese pálido punto azul, cada uno debería leerlo o escucharlo. Esa voz de los domingos de la infancia frente al televisor todavía resuena en mi memoria sin nostalgia. Resuena como un deber cósmico, como una búsqueda de poesía en la difícil tarea de habitar este mundo.