Leonardo Favio: “La canción me ha permitido vivir con libertad”
Lugares excéntricos, amistades inolvidables, destierros, canciones dispersas, pobreza y éxito rotundo: todo ocupa un lugar en la intensa biografía de Leonardo Favio. En 2005, el músico Pablo Dacal, uno de sus más fervientes admiradores, lo entrevistó junto a la escritora Tálata Rodríguez. En esta charla, el gran cineasta y trovador nacional habla de su amor por la música, Spinetta, Charly, Calamaro, los Beatles, Silvio Rodríguez e incluso George W. Bush. 

Por Pablo Dacal y Tálata Rodríguez*

Llegamos con retraso a las oficinas de Leonardo Favio. Verónica, su asistente, acude a la puerta y nos invita a subir un piso más arriba del que hemos visitado en otras ocasiones. Hay albañiles trabajando. Detrás de ellos, otra puerta se abre y Leonardo Favio nos recibe cálidamente, “siéntanse como en su casa”, dice, mientras sale para despedir a un amigo. Entonces, nos acomodamos frente a su escritorio, probamos nuestro grabador, y esperamos.

Hace dos años hicimos “Salón Favio”, una serie de veladas en torno a su obra musical y fílmica, invitando actores y músicos a participar de cada evento. El instinto que nos llevó a realizarlo estaba en nosotros desde algún tiempo atrás, en las versiones junto a la Orquesta de Salón o en solitario de sus canciones, en los textos, en los recuerdos de niñez. Algo en su visión sentida del mundo —plena en tanto sensible, inevitable en tanto pasional— conmovía nuestra capacidad creadora, disparándola. En los últimos meses, su voz nos sorprendió por teléfono: 13 Grandes Éxitos, primer disco junto a la Orquesta de Salón, lo había cautivado. ¿Por qué? ¿Había sentido en él su presencia artística? ¿Qué otras canciones sonarían en su mundo? ¿Tendríamos cosas en común?

¿Cantás canciones en tu intimidad?

No. Hace como diez años que no agarro una guitarra y tres que no salgo de gira. Estuve en todos lados. Cada vez que he necesitado un peso, he salido por toda Latinoamérica a cantar. Todos los años hacía una gira. A la canción la adoro. Es lo que me ha permitido vivir con dignidad, no vivir tan torturado porque el cineasta, en general, vive muy angustiado por lo económico. La canción me ha permitido vivir con cierta libertad. Y te da satisfacciones. Gracias a la canción estoy en el inventario de toda la gente, en el inventario familiar de todo el mundo de habla hispana.

Además viviste en Colombia y México durante un tiempo.

Latinoamérica me conoció cantante. Son casi treinta, cuarenta años recorriendo América Latina como gitano con mis músicos, con los sonidistas. Grababa con músicos de acá, de Colombia, de México, según donde me encontrara. En Colombia viví casi ocho años, en Pereira. Mi familia vivió más que yo, que lo utilizaba como centro de operaciones. De ahí salía a todos lados. Fui muy feliz. Tengo muchos amigos allá. En México estuve muy poco, unos tres años. Dos años en una oportunidad y después uno. También lo pasé muy lindo, pero nunca como en Colombia. Tenemos mucho más en común. Allá yo prendía la radio y escuchaba a los trovadores de Cuyo, ¿te das cuenta? Escuchaba D’Arienzo, Los Chalchaleros. Era como si estuviera en mi casa. Tenía que prender la radio, no tenía que comprar el disco. Colombia es aparte, hay mucho talento. El vallenato, por ejemplo. Yo soy loco del vallenato.

Leonardo Favio y Pablo Dacal en 2005

Cuando aparecieron Los Beatles, ¿qué te pasó?

¡Bueno… fue muy importante! Fue lo que movilizó todo.

Pero, ¿a vos te movilizó?

Más bien, todo, todo movilizó. Yo en esa época escuchaba Los Wawancó, o Vivaldi o Cimarosa, toda música clásica y barroca. De golpe salieron estos tipos que te hacían pelota, era otra historia, otra dimensión. Eran como inalcanzables. 

Siento que hay algo de rock en tu música, pero también muchas otras cosas. Creo que lograste digerir todo de una forma muy interesante.

Es muy posible…

Porque, si bien se hicieron cosas muy buenas, creo que el rock arrasó con todo, y después empezaron a brotar las músicas de acá, armando la identidad musical de hoy. Pero en su momento fue un choque bastante fuerte…

Fuertísimo.

Y entonces quería saber que sentís frente a las obras de Charly García, Spinetta…

¡Ah! Spinetta me parece un ser de una sensibilidad exquisita. Charly, ni hablar. Los textos de este otro pibe, Fito, son maravillosos ¿no? Gente muy lúcida. Muy lúcida. Ahí tengo los cds. Es gente de mucho talento, desborda talento. Spinetta es un tipo increíble. En aquella época, cuando hizo “Muchacha ojos de papel”… Todo, todo en él. Es un chico… un muchacho, impresionante. Era toda una generación muy especial. Yo los conocí cuando todavía no cantaba. Facundo Cabral estaba en esa época, pero hacía otra música. Eran toda una banda de creativos.

¿Ibas a los recitales?

No, no. Yo nunca fui de ir a lugares, pero los solía ver ahí, en el bar del centro, en la esquina de Montevideo y Paraguay. Ahí estaban siempre. Cerca de las oficinas de La Columbia, donde grabé el primer disco. Ahí se juntaban todos. De vez en cuando caía Sandro, siempre misterioso. También ahí conocí al famoso Tanguito. Era muy amigo de Facundo.

Claro, pero vos en ese contexto eras un bicho raro…

Era un bicho raro porque venía del cine, pero me conocían. Fue muy rápido lo mío. Grabé Fuiste mía un verano, y al mes fue una revolución impresionante. Entonces me integré, pero no tanto, me veían como “ahí está el que ha caído, el que entró por la ventana”.

Te resultó difícil el éxito en ese momento, ¿no?

No fue fácil, yo no estaba habituado a eso. Venía de un mundo más hermético, de Crónica de un niño solo. Mis amigos, el mundo que convivía conmigo, estaba más cercano a la literatura, al cine, al teatro. Estos estaban más en lo convulsionado de la música. Y me costó mucho, estuve muchos meses guardado en mi casa, me hizo mal acá (señala su frente). Lo mío es muy breve, desde finales del 69 hasta comienzos del 71. Retomo en el 76. Es raro porque no soy un tipo de una gran producción, ni en cine ni en discos. Tengo mucha suerte. Me grabó gente muy querida, eso es importante.

Escuchabas música francesa, ¿cierto? Aznavour, por ejemplo, que también es actor y cantante.

Sí, mucho. Vi a Aznavour la primera vez que vino. Me gustó mucho, lo vi en el Ópera, sentadito, chiquitito, ahí, en el centro del escenario. Ni se movía. Todavía sigue cantando el viejo, tiene un local en París. En esa época, algo que conmocionó mucho y cambió el estilo, fue Raphael. Un Raphael casi niño, de una gran sobriedad en contraste a lo que después fue. Pero cuando llegó, te conmocionaba, porque tenía un manejo de algo que en ese momento era nuevo para nosotros: el manejo de las cámaras de televisión. Y después se fueron sucediendo… yo fui el primero que trajo un disco de Serrat, en catalán. Se lo di a Cacho Fontana, ni bien llegué se lo regalé.

Así que algo te debe Serrat… (risas)

Ay, ¡qué tipo maravilloso! Lo escucho todos los días, me gusta mucho. “Mi pueblo blanco”, esas cosas.

¿Y Calamaro?

Me gusta por su desparpajo, canta como vive. Tiene una gran capacidad de sintetizar. Hoy en día todo el mundo quiere imitarlo un poco. Quién lo iba a decir… ¡Calamaro! Me alegra cuando lo escucho, me gusta.

¿Tenés alguna exigencia con respecto al cine o la canción? ¿Exigís honestidad?

No me lo propongo, me nace. Es un acto reflejo, ciego, no lo pienso. Cuando escucho canciones, no escucho la vulgaridad, me duele. La deshonestidad es un nivel de mediocridad, cada uno vuela hasta donde le dan sus alas. No me preocupa. No pierdo tiempo intelectual. Prefiero seleccionar lo que me gusta, lo otro muere solo.

Vos creés en el valor testimonial e histórico del cine, pero no lo considerás un instrumento de cambio. Con respecto a la música, ¿también tenés esa idea?

Creo que es evidente. Las artes pueden cambiar la estética, sensibilizar hacia determinada cosa, pero el único arte que puede cambiar el curso de las sociedades es el arte de la política. Y el curso de la humanidad es el arte del amor, a través de los diversos dioses que uno elija. Pero no creo que el arte… yo frente a La Piedad de Miguel Ángel lloré, pero no creo que La Piedad pueda cambiar la humanidad. Maravillosa es la música de Silvio Rodríguez, pero la revolución la hizo un político. Por eso el arte de la política, el Arte de la Política, es uno de los artes más bellos, y más prostituidos. Pero no creo que las artes puedan cambiar el mundo. Absolutamente no.

Claro, para nuestra generación es muy difícil pensar la política como un arte.

Obvio. Yo siempre, cuando hablo, hablo de la verdadera política, no del prostíbulo. Porque ellos son los que tienen el poder para el cambio de las cosas, sin poder no cambiás nada. Podés modificar las sensibilidades, eso sí. Colaborar. Es así desde que el mundo es mundo.

¿Y qué hacemos?

Seguimos. Cristo terminó en el madero, pero sigue ahí, miralo. Hay que seguir. Poco a poco va cambiando, lo que pasa es que los ciclos son lentos. Uno quiere apurar la vida de acuerdo a nuestros tiempos. Pero somos nada, ¡un soplo! Los tiempos son otros y se van modificando para bien, no para mal, por el contrario de lo que piensa la gente. Pero es lento el proceso, es muy lento.

¿Y Bush?

Nada, ya va a pasar. Son los ramalazos, los tumores de la naturaleza. Tal vez nos sirva para darnos cuenta, pero esto ya viene de hace rato, esto no es nuevo. Creo que cada vez se les va a hacer más difícil doblegar a los pueblos. Porque hoy en día ya no es cuestión de aviones y bombas atómicas. Hoy en día el que tenga más amor va a ser el que va a ganar. El que tenga más amor para responder a esa iniquidad. Y no hay acto de amor más humilde que el de dar la vida por un amigo, y el amigo es la carpa, luego la tribu, la provincia, el país, el mundo, la humanidad. Por eso el amor va a ganar, porque ¿cómo lo vencés? Terrorismo es el de ellos, lo otro es una respuesta, una reacción. Ellos tienen que pagar para que los sicarios maten, lo otro es un acto de amor. Yo amo a mi comunidad, amo a mis niños y si me dicen que tengo que morir por ellos, pregunto a qué hora para no llegar tarde. Mirá qué diferencia hay. ¿Cómo lo parás? No podés. Hoy en día podés llevar el amor, la pasión y la destrucción del mal, todo en tu cuerpo. No hay otra, el amor es un arma poderosísima.

*Este artículo se publicó originalmente en la revista Plan V (n. 2, noviembre de 2005) y fue republicada con autorización de sus autores. 

Bache

Revista digital. Cultura y sociedad.

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