Kanafani, Walsh y la palabra como arma
El 8 de julio de 1972 el escritor palestino Ghassan Kanafani fue asesinado en Beirut, en un atentado con coche bomba atribuido al Mossad. En esta nota, la investigadora y especialista en culturas árabe y hebrea Carolina Bracco retoma las vidas y las obras de Kanafani y Rodolfo Walsh para reflexionar sobre el oficio de escribir como forma de intervención política.

En mayo de 1974, Rodolfo Walsh llegó a Beirut para cubrir la revolución palestina como enviado especial de la revista Noticias. Oficialmente, viajaba para escribir una serie de crónicas sobre la resistencia palestina. Algunos sostienen, sin embargo, que el verdadero objetivo del viaje era establecer vínculos entre Montoneros y Fatah, la principal organización política de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

La ciudad que encontró estaba habitada por una ausencia. Apenas dos años antes, el 8 de julio de 1972, una bomba colocada por el Mossad había asesinado allí al escritor, periodista y portavoz del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), Ghassan Kanafani. Walsh y Kanafani nunca llegaron a conocerse. Sin embargo, no es casual que la presencia del primero y la ausencia del segundo confluyeran en Beirut, por entonces la gran capital del internacionalismo revolucionario.

Ya en 1971, otros dos argentinos, Jorge Denti y Jorge Giannoni, habían recorrido esas mismas calles para filmar Palestina, otro Vietnam, el primer documental argentino y latinoamericano dedicado a la revolución palestina, cuyo título retomaba el llamado del Che Guevara a crear “dos, tres… muchos Vietnams”. Exiliados ellos mismos, filmaban a un pueblo que había hecho del exilio una condición histórica. Todo indica que Kanafani no llegó a cruzarse con Denti y Giannoni, aunque compartía con ellos, como muchos intelectuales árabes de su generación, la admiración por el Che, cuya fotografía aparece sobre su escritorio en una foto de 1970. 

Ghassan Kanafani (1936-1972)

Beirut, la “Hanoi árabe”

Durante la “larga década del sesenta” —que para el contexto árabe sitúo entre mediados de los años cincuenta y el estallido de la guerra civil libanesa en 1975— Beirut se convirtió en uno de los principales centros políticos, intelectuales y culturales del Tercer Mundo. La derrota árabe de 1967 y la muerte de Gamal Abdel Nasser en 1970 desplazaron progresivamente hacia la capital libanesa la centralidad política, artística e intelectual que Egipto había ejercido durante décadas sobre el Mundo Árabe. 

La llegada de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1971, tras su expulsión de Jordania durante los acontecimientos conocidos como “Septiembre Negro”, transformó profundamente la ciudad. Beirut se convirtió en un espacio de encuentro para militantes, periodistas, escritores, cineastas e intelectuales provenientes de África, Asia, Europa y América Latina. Allí confluyeron las redes del internacionalismo revolucionario, las luchas de liberación nacional y una intensa producción cultural al servicio de la revolución. Como sintetiza el historiador libanés Fawwaz Traboulsi, el Líbano dejó de ser únicamente la “Suiza de Oriente Medio” para convertirse también en la “Hanoi árabe”.

A esa efervescencia política se sumaban las características propias de la capital. Antes del auge petrolero de 1973, Beirut era el principal centro financiero, editorial y universitario del Mundo Árabe. Su relativa libertad política, el dinamismo de su industria editorial y una vida cultural excepcional atrajeron a escritores y artistas de toda la región. Las editoriales se multiplicaban, los cafés reunían a marxistas, existencialistas, nacionalistas árabes y baazistas en interminables debates; mientras revistas, periódicos y centros de investigación convertían a la ciudad en uno de los grandes laboratorios intelectuales del entonces llamado Tercer Mundo.

Ese magnetismo alcanzó también a intelectuales comprometidos con las luchas revolucionarias de otras latitudes como Rodolfo Walsh. A partir de su recorrido por los campamentos de refugiados y de sus entrevistas con dirigentes de la resistencia palestina, estableció un profundo paralelismo entre Palestina y las luchas de liberación del Tercer Mundo, denunciando el colonialismo, el imperialismo y el papel de los grandes medios de comunicación internacionales. Fiel a su estilo, sus crónicas buscaron desmontar las representaciones construidas por la prensa occidental y restituir a los palestinos su condición de sujetos históricos. Como ocurriría poco después con ANCLA y la Cadena Informativa durante la última dictadura cívico-militar argentina, la disputa por la información aparecía ya como un terreno decisivo de la lucha política.

Esa preocupación por disputar el relato constituye uno de los puntos de contacto más profundos entre Walsh y Ghassan Kanafani. Kanafani insistía en que la revolución debía librarse también en el terreno de la cultura, rompiendo el cerco informativo impuesto por los grandes medios internacionales. Walsh llegaría a una conclusión similar: frente a la censura, la propaganda y la desinformación, producir, preservar y hacer circular información alternativa no constituía una tarea auxiliar, sino una de sus condiciones de posibilidad.

Las trayectorias de Ghassan Kanafani y Rodolfo Walsh revelan una historia más amplia: la de una generación de intelectuales del Tercer Mundo que hizo de la escritura, el periodismo y la cultura un frente de batalla. Existe, entre ellos, otra afinidad menos evidente. En la tradición árabe, se denomina ghorba a una experiencia de extrañamiento que puede producirse tanto lejos del hogar como dentro de él. No remite únicamente al exilio físico, sino también a la sensación de no pertenecer plenamente al lugar que se habita. En Kanafani fue la ghorba la que dio origen a la escritura. Expulsado de Palestina tras la Nakba, toda su obra puede leerse como un intento de narrar la pérdida, el exilio y la imposibilidad del retorno. En Walsh, en cambio, el recorrido parece invertirse: fue la escritura la que terminó conduciéndolo a la ghorba. Su compromiso político y periodístico terminó empujándolo a la clandestinidad y culminó con su asesinato en 1977.

Rodolfo Walsh (1927-1977)

El violento oficio de escribir

Como Walsh, Kanafani encarnó una forma de intelectual para quien la literatura y la acción política constituían dimensiones inseparables de un mismo proyecto emancipador. Refugiado primero en el Líbano y luego en Siria tras la Nakba de 1948, trabajó como maestro en Kuwait antes de establecerse definitivamente en Beirut. Esa experiencia de desposesión constituye el núcleo desde el cual se organiza toda su obra. Allí, la ghorba no designa únicamente el exilio físico, sino una condición histórica y existencial compartida por una generación de palestinos privados de su patria. Sus novelas pueden leerse como una exploración constante de la pérdida, la memoria, la espera y la imposibilidad del retorno, pero también como una búsqueda incesante de nuevas formas de imaginar la liberación.

Reducirlo al escritor del exilio significaría pasar por alto aquello que vuelve excepcional su trayectoria intelectual, ya que él no entendía la literatura como un espacio de representación pasiva del sufrimiento palestino, sino como una práctica capaz de transformar la realidad. Esa convicción atraviesa tanto su ficción como su trabajo periodístico y crítico. Fue uno de los primeros intelectuales palestinos en elaborar una teoría de la “literatura de resistencia”, entendida como una producción cultural capaz de disputar el sentido mismo de la ocupación y del colonialismo.

Su pensamiento se alimentó de influencias extraordinariamente diversas. Lejos de cualquier dogmatismo, leía con la misma atención a William Faulkner y T. S. Eliot, que a Bertolt Brecht, Máximo Gorki y los debates sobre el realismo socialista soviético. Esa combinación de modernismo anglosajón, realismo socialista y pensamiento anticolonial resulta poco habitual y convierte a Kanafani en uno de los intelectuales palestinos más cosmopolitas de su generación. Al mismo tiempo, seguía con interés el pensamiento maoísta sobre la cultura revolucionaria y estudiaba detenidamente la literatura israelí, convencido de que comprender el imaginario del colonizador constituía también una forma de resistencia. Esa amplitud intelectual explica la singularidad de su obra; profundamente palestina en sus preocupaciones, pero radicalmente internacional en sus referencias estéticas y políticas.

La derrota árabe de 1967 radicalizó esa concepción de la escritura. Con la fundación del FPLP, liderado por George Habash, Kanafani asumió la dirección del área de comunicación y fundó al-Hadaf (El Objetivo), órgano oficial de la organización. Desde sus páginas escribió decenas de editoriales, ensayos y artículos donde el análisis político, la crítica cultural y la estrategia revolucionaria aparecían como dimensiones de un mismo lenguaje. 

Pocos días antes de su asesinato, su sobrina Lamis —que moriría junto a él— le pidió que redujera su actividad política y se dedicara exclusivamente a escribir. Después de todo, le dijo, era un escritor extraordinario. La respuesta de Kanafani resume con extraordinaria claridad toda su concepción de la literatura: escribía bien precisamente porque tenía una motivación política. No existía, para él, una contradicción entre compromiso y creación. Era la experiencia histórica de la lucha la que otorgaba urgencia, densidad y profundidad a la escritura.

Dos años más tarde, Rodolfo Walsh llegaba a Beirut. El autor de Operación Masacre, cuyo inolvidable comienzo (“Hay un fusilado que vive”) inauguró una nueva forma de narrar la violencia política en América Latina, escribía entonces que “la propaganda sionista convirtió al palestino en el hombre invisible de Medio Oriente”. Aunque nunca llegó a conocer a Kanafani, caminó una ciudad donde su presencia seguía siendo palpable. Beirut continuaba habitada por las preguntas que el escritor palestino había formulado en sus novelas, ensayos y editoriales: ¿cómo escribir después de una derrota?, ¿cómo transformar el exilio en un proyecto político?, ¿cómo impedir que la ocupación colonice también el lenguaje con el que se narra la historia de los vencidos?

Aunque nacidas de la experiencia palestina, esas preguntas trascendían Palestina. Formaban parte de un horizonte intelectual compartido por una generación de escritores, periodistas y cineastas del Tercer Mundo que concebía la cultura como un frente estratégico de las luchas de liberación. Beirut no era únicamente la capital de la revolución palestina; era también el lugar donde las luchas de Vietnam, Cuba, Argelia, Chile, Argentina y Palestina comenzaban a reconocerse unas en otras, descubriendo que compartían un mismo lenguaje político y una misma batalla contra el colonialismo, el imperialismo y la dominación.

Desde esa perspectiva, el diálogo entre ambos autores remite a un horizonte intelectual más amplio: una concepción de la literatura y del periodismo fundada en la coherencia entre escritura y acción, un compromiso que sostuvieron hasta las últimas consecuencias. Quizás allí resida el verdadero encuentro entre ambos. No en una conversación que nunca ocurrió, sino en una misma manera de entender el “violento oficio de escribir”. Los dos escribieron para disputar el derecho mismo a narrar la historia. En Kanafani fueron los refugiados palestinos, pero también quienes permanecieron en Palestina y quienes regresaban a ella desde la memoria y la imaginación. En Walsh fueron los fusilados de José León Suárez, los trabajadores, los perseguidos y, más tarde, los desaparecidos de la violencia estatal. Cambiaban los escenarios, los lenguajes y los protagonistas, pero la pregunta era la misma: ¿quién tiene derecho a narrar la historia y desde dónde se la narra?

No es casual que Walsh advirtiera que “nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires”. La observación podría extenderse al colonialismo que denunciaba Kanafani; convertir al pueblo palestino en un pueblo sin historia era también una forma de dominación. Frente a ello, ambos entendieron la escritura como un acto de restitución histórica: una manera de devolver memoria allí donde el poder buscaba imponer el olvido.

Cuando Walsh llegó a Beirut encontró una ciudad habitada por la ausencia de Ghassan Kanafani. Medio siglo después, esa ausencia sigue siendo una de las presencias más fecundas del pensamiento anticolonial contemporáneo. Las preguntas que formuló —sobre el exilio, la memoria, la resistencia y el papel de la escritura— continúan interpelando un presente en el que Palestina sigue disputando, además de su territorio, el derecho a narrar su propia historia.

*Descargá acá el libro La revolución palestina, de Rodolfo Walsh

Carolina Bracco

Politóloga por la Universidad de Buenos Aires. Maestra y Doctora en Culturas Árabe y Hebrea por la Universidad de Granada. Escribe sobre política, género y cine en Medio Oriente. En Instagram es @dra.carolina_bracco .

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