Dos ghost writers extremos
En Luis Chitarroni por sus amigos (La Bestia Equilátera, 2026), escritores y editores celebran al autor, editor y crítico argentino fallecido en 2023. En este texto, Sergio Bizzio recuerda los días de trabajo en televisión junto a Chitarroni.

En 1988, Luis Chitarroni y yo trabajamos como guionistas en un programa de entretenimiento (El gran club, en ATC) conducido por un todavía joven y enérgico Víctor Laplace. Llegamos al programa de su mano, es decir, de la mano de un actor reconocido, un hombre de teatro que había hecho obras de Ibsen y de Chéjov, un profesional con decenas de películas y series serias en su haber y al que de pronto le ofrecían, desatando en él montañas de inseguridad, conducir en televisión un programa de juegos telefónicos. 

Era todo un riesgo. El productor de El gran club era el mismo que años atrás había inventado a Susana Giménez, sin ir más lejos. Así que Laplace, sin duda tentado por el dinero (tanto como Luis y yo, aunque en nuestro caso por una cifra asmática) y aterrado ante la posibilidad de convertirse en una versión masculina de la diva del mediodía —tirando años de prestigio dramático por la borda—, nos convocó para que lo mantuviéramos a flote sobre el nivel siempre ondulante de lo artístico: escribiríamos guiones (muy breves, de cinco minutos de duración como máximo) para sketches que él haría con invitados “del palo”, entre un llamado telefónico y otro.

Muy pronto quedó claro que nuestros guiones no servían, que no causaban ninguna gracia y que nosotros, los autores, no teníamos ni la menor idea de lo que era el timing, por no hablar de todo lo demás. Un par de semanas después del comienzo del programa el productor ya estaba totalmente convencido de que Luis y yo no teníamos nada que hacer allí y quiso despedirnos, pero Laplace se negó con un argumento indefendible. “Son —dijo, estábamos ahí y lo escuchamos— mis laderos intelectuales”. Preciosa definición. Y en efecto: los guiones podían no funcionar, pero el conductor se sentía más seguro con nosotros al lado. Éramos dos chicos cultos y chispeantes (Laplace también creía que inteligentes, como nosotros de él) y eso no era poco decir, aunque nos contradijera el rating

Luis Chitarroni por sus amigos (La Bestia Equilátera, 2026)

Así que Luis y yo seguimos escribiendo semana tras semana guiones inservibles y, aun así, dándolo todo en la tarea. Lo que escribíamos aspiraba concienzudamente a cumplir con las exigencias de un lenguaje desconocido que nos desconocía, pero resultaba siempre demasiado largo, o muy literario, o incomprensible, o no encajaba con el espíritu de la televisión en general. Luis ya era en esa época un lector exquisito y un erudito, y no entendía (recuerdo perfectamente la cara que traía cada vez que entraba al estudio y la cara con la que se iba, muy parecidas ambas e inexpresivas en el medio) cómo era posible que siguieran pagándonos. Tenía razón el productor. 

Dejamos de lado los guiones y empezamos a escribir (a anotar) las preguntas de las entrevistas que Laplace les haría a sus invitados. Nos convertimos, efectivamente, en sus laderos intelectuales. Preguntas serias, preguntas cultas, preguntas de las que las respuestas escapaban como de una peste, desconcertadas. Respondíamos también, por escrito, los reportajes que le hacían a él, quien había hablado siempre con la prensa sin ningún problema, y hasta con una solvencia envidiable.

Los invitados eran estrellas del mundo del espectáculo: cantantes, modelos y también políticos. En esa área, en la de las entrevistas, funcionábamos mucho mejor, pero no lo suficiente: nos excedíamos. Fue famoso en el canal el día en que Laplace sorprendió a un cantante melódico con una cita de John Donne y otro en que le habló de la nouvelle vague a la protagonista de una telenovela de la tarde. Con el tiempo, sin embargo, nos fuimos puliendo. Madurábamos, es decir, empezábamos a divertirnos. Ya no éramos solamente nosotros los que nos matábamos de risa con lo que le escribíamos a Laplace: también Laplace se reía con lo que le proponíamos que dijera, por lo que dejó de hacerlo. 

Pero ya era tarde. Luis y yo sobrellevamos buena parte de los cuatro o cinco meses que duró el programa (hasta que nos echaron a todos) en un rol de ghost writers extremos: no solo escribíamos lo que debía decir otra persona, sino que además la otra persona ni siquiera lo decía.

*Este texto fue publicado originalmente en la revista El Ansia (marzo de 2015) y editado posteriormente para el libro Luis Chitarroni por sus amigos (La Bestia Equilátera, 2026). Lo reproducimos con autorización de su autor.

Sergio Bizzio

(1956) Escritor, guionista, cineasta y músico. Publicó las novelas Rabia (2004, Interzona), Era el cielo (2007, Interzona) y Diez días en Re (2017, Random House), entre muchas otras, y libros de cuentos y poesía.

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