Nueva York, ciudad de locos
Apuntes de un viaje a la vidriera del consumo y la locura silvestre, donde mendigos y turistas se confunden en la Quinta Avenida y todos buscan su lugar bajo el sol. 
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Nueva York, ciudad de locos. De locos, literal. Camino por la Quinta Avenida hacia el sur de Manhattan. Hay tiendas de lujo y, fuera de ellas, hay linyeras que parecen más locos que linyeras, que le gritan a nadie o a todos, no sabemos, gritan cosas que tampoco entendemos bien, casi todas tienen que ver con el fastidio. Nueva York es una ciudad que se parece a la película Pánico y locura en Las Vegas, de Terry Gilliam, lisérgica por donde se la mire, aunque las drogas que más circulan por las calles son la cocaína, la keta y la marihuana: en las calles hay olor a weed. Es así: la locura cerca del asombro, el asombro cerca del aturdimiento, el aturdimiento cerca de la libertad, pero qué libertad. 

Nueva York, una ciudad prohibitiva, donde turistas y linyeras se confunden, personajes posmodernos de la urbanidad contemporánea, Nueva York, con sus precios altísimos, con sus restricciones a la sentada humana (no hay sillas, no hay bancos, no hay lugar para “parar un rato”), con sus baños con códigos para poder ingresar o, en realidad, para que sólo ingresen los que consumen. Y marea, claro que marea, porque el turista es un linyera con plata: tiene sólo la capacidad de compra: acá estoy, en mi metrito cuadrado, lo que pude pagar, un colchón, una ducha y a girar. Esa es la sensación, la de una calesita infernal que da vueltas y vueltas y vueltas hasta marearte. Abrumador, eso me dijo mi amigo mexicano que ya la visitó varias veces. Wey, New York es un monstruo, al principio te va a abrumar pero si te dejás llevar vas a poder disfrutarla. Eso: dejarse llevar, subirse a la calesita, girar, como decía Fito Páez en su álbum de 1984, casi como un presagio: en ese momento Nueva York era la ciudad cúpside del capitalismo occidental, nacía el monstruo y todos reconocemos el Empire State y King Kong subido a la cima. Fantasear quizás con ser un wannabe, también Nueva York es eso: gente preparada para posar, para ser lo que quieren ser por un rato, para caminar por Lower East Side y comerse un pastrami y visitar tiendas vintage con ropa vieja y cara y vinilos que no sabemos bien si valen lo que valen. ¿Qué es lo que vale, entonces? Estar acá. Pisar la tierra de Nueva York, la ciudad que además tiene una constancia, o más, sí, mejor: la altura, la luz, la oscuridad, el agua. 

Manhattan es una isla recorrida por dos ríos, una especie de península que se separa de Estados Unidos y anda ahí medio tambaleando, como si un buque enorme, un casino a flote, pero un casino shopping donde, como dije, no te podés sentar sin consumir. Mentira, hay parques. Por ejemplo, el Bryant Park, donde el Estado dice: yo estoy presente, yo te doy comodidades, claro, pero con mis reglas, por eso en esa especie de pulmoncito verde en medio del caos del midtown pareciera existir algo de paz, una paz fugitiva, contrastiva, si es que existe esa palabra, y no hay contraste más grande que el de poner un pedazo de pasto gigante en el medio del cemento y prohibir pisarlo. Miralo, pero no lo toques, salvo cuando yo te lo diga.

Primer día en Nueva York y decido comerme una hamburguesa en 7th street y luego ir hacia el Bryant Park para comerla ahí sentado en esas sillas que no cuestan dinero. Cuando llego al parque veo el show: alrededor de mil personas o más haciendo yoga al atardecer, cada una en sus propio mat (casi todos iguales) estirándose al ritmo del reggaeton. La que guía todo eso es una latina negra que grita en voz alta indicaciones típicas de una profe de yoga, pero a la manera de relator de un partido de fútbol americano. Y lo hace desde el escenario, porque siempre hay un escenario y un micrófono en cualquier evento (en las canchas de básquet, en el voley que se juega en el Domino Park, etcétera). Los yanquis necesitan de eso: alguien que entretenga, que convierta cualquier actividad en un producto comerciable, o algo que te ancle al entretenimiento. De todo: un show. ¿Y qué significa show? Mostrar, subrayar, decir: esto es esto, una tautología de lo viviente. 

Eso es Nueva York, una especie de vidriera al mundo con sus rascacielos que quieren mostrarse, con las luces encendidas durante toda la noche, con helicópteros que sobrevuelan la puta isla. Nueva York, una ciudad de locos. Pero hay una periferia, en todo centro hay una periferia, y no hablo del Lower East Side, o del East Village, lugar donde viven los hipsters con plata, hablo de otra isla: Brooklyn. 

Nueva York (Foto: Viviana Peretti, de la serie «Desperate intentions«)

Al cruzar el río de la mano de un subte que va bajo el agua, algo sucede, es como si desde otra perspectiva la isla tuviera un aura distinta. Acá no estamos inmersos ahí, ya no circulamos bajo la celda gigante de Manhattan donde la libertad pareciera ser dibujar un estilo, o mejor: comprarlo. Acá, en Brooklin, ya no somos esos loquitos, del otro lado del río vemos al loquero con cierta belleza, y eso es obra de la literatura: todo enunciador, todo narrador tiene una distancia, un lugar de enunciación y un tiempo, para todo se necesita tiempo y cambiar de perspectiva, sobre todo para narrar algo que se acaba de vivir. Brooklyn permite vivir en la fantasía de la periferia. Aunque, claro, no es lo mismo Williamsburg que Bushwick.

Williamsburg es algo parecido a un Palermo con mamis de yoga, cafés de especialidad, como si fuera un barrio de arrabal pero adornado por la lujuria del turismo, que hace mucho tiempo fue un lugar periférico de verdad, donde vivieron alemanes, holandeses, ingleses, irlandeses, y en el sur del barrio hay una comunidad judía ortodoxa antisemita que tiene sus propias reglas y costumbres, que viven en edificios donde las ventanas se parecen a celdas porque cada familia tiene mínimo seis hijos y viven con temor de que se les caigan por la ventana. 

Del East Side a Williamsburg, que quedan más o menos en la misma línea cruzando el río, fueron el pasaje del hipster, hace un tiempo, porque hoy, luego de que las fábricas industrializadas de Williamsburg fueron invadidas rústicamente por artistas que no tienen mucha plata y piensan su vida hacia adentro pero también hacia afuera, hoy, en realidad ya no es ese barrio: es un barrio, cómo decirlo: careta. Se puso de moda, subieron los precios, y el hipster huyó hacia otra periferia: Bushwick. 

Son las once de la noche del viernes y una amiga que sabe de estas cosas me dice: andá a Carmelo’s y lo hago. Subte L desde Bedford hasta una estación que me deja a cuadras del bar. Mientras camino ya es de noche y las casas tienen la misma arquitectura, casa de tres pisos con escalera de entrada y un sótano al que llaman primer piso, estructura importada de Holanda porque Nueva York, y sobre todo Brooklyn, que viene de tierra quebrada, broken land, sufrió muchas inundaciones. En fin: lo que veo es lo mismo pero suburbano, es decir, casas venidas abajo, hechas no de ladrillos sino de una madera gastada y casi podrida. El bar es previsible: una birra a seis dólares (baratísimo), mesas de pool, una barra larga con un bartender que te atiende a toda velocidad. 

Eso, no me quiero olvidar de nada: la velocidad. Nada pasa lento en Nueva York, no hay tiempo ni plata para eso. La lentitud es un lujo, como si acelerar fuera el ritmo constante de la ciudad, como si hubiera cocaína en el aire. Quizás, pienso, los cafés de especialidad nacieron para eso: para tomarte algo de tiempo en hacerte un café, para que exista un respiro. Pero no, acá, en esta tierra pantanosa donde en su momento más glorioso se construyeron los edificios más altos del planeta (el Rockefeller Center a la cabeza con su famosa foto de los obreros sobre la viga cuyos nombres ignoramos por completo), lo sólido parece evaporarse en el aire, como dijo el bueno de Marx: cuando caminás por las calles ves personas en la suya, que se visten como quieren, se clavan los auriculares y están inmersos interiormente en una especie de aura poscapitalista. 

Decadencia: algo de decadencia hay, si uno mira los edificios de Qatar o de Dubai o de Japón evidentemente dimensiona que el futuro está más cerca de Asia que de Estados Unidos. Pero es una decadencia tranquila, con cierta paz, como esos jugadores de fútbol que juegan sus últimos cinco años en el club de sus amores con la salvedad de que ya lo dieron todo y que lo único que resta es disfrutar de lo que hicieron: eso es Nueva York, belleza arcaica, culto a lo que fue y lo que nunca va a dejar de ser, acaso la única que puede reclamar eso que Walter Benjamin llamó aura. Nueva York, ciudad de locos. Ciudad de fluidos: de personas que se mueven como líquidos rápidos entre calles con rascacielos que buscan notoriedad. Ciudad de linyeras y de turistas que se parecen a linyeras. Ciudad donde el sexo, la comida y el dinero mueven la energía. Ciudad, sobre todo, prohibitiva. Ciudad, como todo lo prohibido, sexy y fantasiosa. 

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