Un recorrido por los paisajes y los pobladores del lago navegable más alto del mundo, en la frontera entre Bolivia y Perú, el lugar donde los incas ubicaron el origen de todo, con el cambio climático como telón de fondo.
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Titiqaqa. De acuerdo con los disputados orígenes puquina y quechua de la palabra, “peñón del sol”. Un cuerpo de agua tan alto que parece habitar el cielo. Si hay un lugar capaz de contener el fuego originario, es este.
Verlo –desde las alturas, desde sus costas o desde sus entrañas– evoca una sensación de infinitud. A más de 3.800 metros sobre el nivel del mar, con 8.200 kilómetros cuadrados de superficie, constituye el espejo de agua navegable más elevado del mundo y el más extenso de Sudamérica.
Es compartido en su totalidad por Perú y Bolivia, aunque su importancia precede a los Estados nacionales y se muestra esquivo a divisiones. El estrecho de Tiquina une al Lago Mayor –o Chucuito–, de mayor extensión, y al Lago Menor –o Wiñaymarka–.
Este territorio fue el corazón de la cultura chiripa, el centro ceremonial de la civilización de Tiwanaku y, posteriormente, el eje productivo del Imperio Inca. Hoy, los pueblos ribereños –mayoritariamente aymaras– perciben cambios en el clima, el aire y el agua. La desaparición de aves y peces altera las formas productivas, los despoja de certezas. El ritmo de sus días se quebró.

A lo largo de la cuenca, el mapa se fragmenta en múltiples terminales: puntos de la costa e islas donde el descenso del agua adopta una fisonomía distintiva, aunque ningún recorrido alcanza a nombrarlas todas.
Por historia e imponencia, la Isla del Sol, en el municipio de Copacabana, funge como punto de partida reflexivo. Allí, donde las laderas de arenisca y piedra caen sobre el azul encendido, los incas veían un sitio mitológico primigenio, el origen de todo, como recogieron los cronistas de los siglos XVI y XVII.
“Nuestro Padre el Sol (…) envió del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos para que los doctrinase (…) en la laguna Titicaca”, escribió el Inca Garcilaso de la Vega. De igual manera, Bernabé Cobo, jesuita cronista del siglo XVII, sostuvo que “hubo un Hacedor del universo (…) en la isla de Titicaca, que está en la gran laguna de Chucuito”.
El Templo del Sol, la Fuente de las tres aguas y la escalera de Yumani son recuerdos vivos de esos tiempos tan diferentes. Todavía hoy bajan por ese sendero los habitantes con sus cosechas y sus raciones de ispi, carachi amarillo, mauri y suche, aunque las redes lleguen cada vez más livianas y hace mucho las ranitas –como otros anfibios, peces y plantas– hayan abandonado las aguas próximas a la costa.
En las comunidades de Challapampa, Challa y Yumani, los mayores todavía evocan épocas en que el plástico no existía y transportaban sus alimentos con aguayos; cuando la tierra se sostenía con abono natural y el ciclo previsible de lluvias y heladas marcaba el calendario.
Los muelles ahora se llenan de nuevas ofrendas: las lanchas con turistas ávidos por recorrer lo que queda de esa tierra sacra rodeada por un cuerpo de agua que parece no tener fin.

En otros sitios de la cuenca, en cambio, el agua retrocedió sin dejar siquiera espejismo. Es el caso de isla Cojata, hacia el norte, en el municipio de Huarina: un desierto blanquecino que cruje, donde las canoas quedaron encalladas, como lápidas.
Desde los patios de las viviendas, los lugareños observan una llanura nueva, extraña. Donde solían pescar, ahora llevan vacas y otros animales de pastoreo. El agua se aleja cientos de metros por temporada y hay que perseguirla. Al fondo, el Illimani –la montaña nevada que custodia La Paz– exhibe laderas desnudas, despojadas de hielo. Llueve poco y el calor quema la piel. El aymara sigue siendo la primera lengua de las familias, una resistencia que no cede ante la sed.
Hacia el sur, pegada a Bahía de Cohana –donde, en 2015, una floración de microalgas devoró el oxígeno del agua y dejó la orilla cubierta de peces, anfibios y aves muertas– otra isla pelea hasta por su definición.
Pariti, una joya arqueológica donde se encontraron restos tihuanacotas, ya no está rodeada por aguas abiertas, sino por canaletas estancadas y olorosas que hacen difícil el acceso y la salida. El río Katari, que baja desde El Alto, arrastra aguas servidas y desechos sólidos, con fósforo y metales pesados de fondo que atentan contra el ecosistema hídrico.

En este rincón hay apenas treinta hogares compuestos, en su mayoría, por personas mayores. Los jóvenes van a trabajar a las ciudades cercanas, a Argentina o a Brasil, por lo cual ya casi no hay renovación poblacional: solo quedan dos chicos, que no pudieron construir recuerdos del Titicaca. Existen zonas tan secas que permiten llegar caminando o en bicicleta.
La economía se sostiene con agricultura de subsistencia y con el museo comunitario que abrió en 2005. Los escasos pobladores se preguntan quién las va a cuidar cuando no quede nadie.
En la zona peruana la situación no mejora. Desde el puerto de Puno, las lanchas se adentran en el lago hacia las islas flotantes de los uros: plataformas de totora que la mano humana viene tejiendo sobre el agua desde hace siglos, capa sobre capa, y que hoy exigen una renovación que el entorno ya no regala fácil.
El camino resulta cada vez más complicado. Por la contaminación, la basura y la elevación de temperatura, el espejo de agua aparece irregular, interrumpido por tramos áridos. Las familias excavan sus propios canales entre el lodo para no quedar atrapadas.
Aquí también la pesca cedió su lugar al turismo de paso –lanchas que entran, miran, sacan una foto, se van–. La totora se deshidrata cada vez más rápido y hay que viajar más lejos para encontrarla. Los techos, construidos tradicionalmente para aguantar doce meses, ahora ceden a los cuatro. Al cortar el chullo, la parte inferior de la planta que se come cruda, la diferencia es evidente en la boca: antes era grande, refrescante y dulce; ahora, pequeño, leñoso, amargo. Ni los sabores permanecen.
En todos lados, se repite la maldición del fango y las redes vacías. Las pieles laceradas y la evaporación del lago son, para algunos, un castigo arcano. Como si el sol quisiera subrayar la importancia del Titicaca, para que desde la profundidad emerja –una vez más– algo disruptivo, completamente nuevo.