El próximo Nobel podría ser un viejo borgeano

Vive en Goroke, un pueblito del interior de Australia cuyo paisaje pampeano inspiró su novela Las llanuras. Tiene ochenta y seis años y una literatura lenta, dedicada a plasmar las deformidades de nuestras elucubraciones mentales: conozcan a Gerald Murnane, el secreto mejor guardado de la literatura.  

Alberto Laiseca le reprochaba a Borges no haber escrito la novela que da título al cuento “El acercamiento a Almotásim” y sólo se hubiera limitado a comentarla porque, según el autor de Los sorias, el tema del maestro y el discípulo es el motivo más grande para escribir una novela. Un escritor, seguía Laiseca en un ensayo de los 90, puede ocupar el centro de la literatura únicamente cuando tiene tesis: un autor sin tesis puede entretenernos mucho y ser muy digno de que se lo lea, pero no es un astro gravitatorio. 

Casi siempre Borges tiene tesis, y siempre —toda su vida— esquivó la novela. ¿Por qué? Las razones son demasiado conocidas: aborrecía la psicología de los personajes, elegía la intensidad antes que la extensión, buscaba la perfección de una idea antes que la acumulación de sucesos, y la idea, en su caso, estaba siempre por encima del argumento. Pero, ¿cómo hubiera sido una novela escrita por Borges? 

Como Las llanuras, del australiano Gerald Murnane. Publicada en 1982 —cuando el autor de Ficciones aún vivía—, la novela trae un epígrafe que bien podría pertenecer a uno de sus cuentos. Lo firma un tal Thomas Livingstone Mitchell, agrimensor y naturalista australiano del siglo XIX, y dice: “Habíamos descubierto una tierra preparada para acoger de inmediato al hombre civilizado”.

Bienvenido a las llanuras

Las llanuras de Murnane es el monólogo de un narrador cineasta instalado en el interior profundo de Australia con la intención de filmar un documental. Novela de espera, como Zama, de Antonio Di Benedetto o El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, en Las llanuras de entrada queda claro que el documental sólo sucederá en la mente del narrador, a quien la larga contemplación del paisaje colocó en una especie de estado onírico del que espera obtener alguna epifanía: “El paisaje llano que me rodeaba me parecía cada vez más un lugar que sólo yo era capaz de interpretar”. 

Como el océano protoplasmático de Solaris, de Stanislaw Lem, la observación de la materia que se describe en el libro de Murnane revela que estamos ante un organismo vivo, que modifica a quienes lo contemplan. Las llanuras de Gerald Murnane moldean a sus habitantes al punto de que practican un arte llanero centrado en los matices espectrales del paisaje, desarrollan una sensibilidad extrema (la fina franja de bruma donde la tierra y el cielo se juntan los conmueve más que cualquier otra cosa), experimentan alucinaciones leves y sienten la inminencia de una catástrofe indefinida. A pesar de todo eso —o quizá por eso mismo—, forjan lazos fuertísimos de arraigo hacia ese terruño y no envidian para nada lo que ocurre afuera, en la “Australia Exterior”. Las llanuras son un estado mental opresivo e hipnótico, un malestar deseante imposible de evadir: esa es la tesis de su autor.  

En lugar de condensarla en las breves páginas de un cuento, à la Borges, Murnane expande la tesis a lo largo de las 147 páginas de Las llanuras (Editorial Minúscula, 2015, trad. Carles Andreu). La novela incluye evidentes tics borgeanos: hay un poema célebre titulado “El horizonte, al fin y al cabo”; el cuadro Decadencia y caída del imperio de los pastos (a Borges le habría gustado el chiste); una disputa entre dos facciones de artistas, los horizontinos y los lebrunos. El cineasta- narrador describe la zona mientras le suceden aventuras mínimas, sobre todo interiores. En la primera parte, todavía interactúa con otros personajes, pero gradualmente se va afantasmando como el resto de los pobladores, como si lo espectral del paisaje se les metiera adentro. A Borges le habría aburrido la novela. 

¿Quién es el autor de Las llanuras? ¿Su literatura —su tesis, como planteaba Laiseca en aquel ensayo de los 90— lo llevó a convertirse en centro de algo? Gerald Murnane nació en Melbourne hace 86 años. Nunca subió a un avión. Actualmente reside en Goroke: 300 habitantes, estación de tren, silos que acopian cereales, vacas pastando sobre la planicie como en un paisaje pampeano. Dice que vio pocas películas en su vida, y ninguna en los últimos años. Que nunca usó anteojos de sol. Que no sabe nadar. Que nunca tocó una computadora. Que en 1979 aprendió a escribir a máquina usando sólo el índice de su mano derecha y escribió todos sus textos de ese modo, en tres máquinas de escribir. Sus mayores influencias: Proust y las carreras de caballos (su papá era burrero). Hace unos años, su nombre sonó como candidato al Nobel de Literatura. 

Las llanuras (Editorial Minúscula, 2015, trad. Carles Andreu)

Por una literatura del tedio

Una idea para tesis —por ejemplo, que una organización secreta invente un planeta hasta en el más mínimo de sus detalles y que, cuando dos amigos lo descubran en cierto tomo de la Enciclopedia Británica, este mundo empiece a hacerse real—, sostenida en la extensión, siempre corre el riesgo del agotamiento. Estirada la idea inicial como un chicle sin gusto, lo que antes producía asombro, ahora causa tedio. En ese punto exacto de Las llanuras, Murnane acelera. Y se propone como el rey absoluto de la literatura del tedio. 

Eso también puede colocar a un autor en el centro: la marginalidad del que no le importa ser leído (aunque: ¡es tan difícil no gustarle a nadie!). En sí mismo, el tedio no garantiza la calidad de la literatura, más bien lo contrario. Pero ¿por qué existe la obligación tácita de “enganchar” al lector o lectora y ofrecerle desde las primeras líneas un anzuelo? Casi todas las novelas que se publican hoy están escritas a partir de fragmentos, y cada vez más breves. Literatura en tiempos de redes: se asume que el promedio de atención de un lector o lectora es de 1 minuto, lo que dura un reel, un TikTok. Pensar que hace más de una década, Elvio Gandolfo decía que a W. G. Sebald habían dejado de leerlo porque fue etiquetado como un autor “plomo”… 

Es cierto: en Las llanuras de Murnane las reflexiones metafísicas se encadenan en largos párrafos cuya lectura por momentos se torna insoportable. Sus frases son enloquecedoras. Crecen desaforadas sin comas ni puntos ni punto y coma. No paran de crecer. Incluso llegan a morderse la cola y terminan con las palabras con las que empezaron. “Frases cinceladas”, las llamó J. M. Coetzee. 

Dedicado a pulir la forma, el australiano se desentiende de la historia y del pobre documentalista, una voz sin cuerpo. El narrador es como un ingeniero agrónomo ultraanalítico que se tomó un ácido: en lugar de disfrutar de las alucinaciones, intenta explicarlas. Nadie definió mejor su estética que Matías Serra Bradford: “a Murnane lo fascina la dulce monstruosidad de nuestras elucubraciones mentales”. 

¿Aburrido? Tal vez. Pero se sabe que no todo lo interesante tiene que ser divertido; en este caso, el aburrimiento lo compensa la extrañeza de la propuesta. Digamos, entonces, que está bien que exista alguien como Gerald Murnane en el 2025, totalmente a contrapelo. Después de Las llanuras, sus libros se volvieron todavía más experimentales e introspectivos, con títulos como Landscape with Landscape o Inland. Una colección de sus relatos, bajo el título Azul esmeralda, vendió tan pocos ejemplares que decidió retirarse de la escritura durante una década. En 2017 publicó Border District, y anunció que se trata de su última novela. Se ve que Murnane ahora sí: se aburrió.

Juan Maisonnave

Escritor, editor y periodista cultural. Socio fundador de Pinka Editora. Publicó Los juegos compartidos (Santiago Arcos Editores, 2013), que obtuvo el Segundo Premio en la categoría Cuento del Fondo Nacional de las Artes. Participó de los talleres de escritura creativa de Federico Falco (2020), Hernán Vanoli (2019), Hugo Correa Luna (2016-2018) y Maximiliano Tomas (2009-2011).

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