Una madre y tres hijos se reúnen para evocar al padre, el poeta y patriarca español Leopoldo Panero. Bajo esa premisa, y a través de las miserias de la familia, El desencanto (1976) retrata a una especie de raza sin descendencia, sumida en el alcoholismo y el rencor. Con motivo de su proyección en la 27.ª edición del BAFICI, el crítico Oscar Cuervo escribe sobre el mítico documental de Jaime Chávarri.
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Cuando yo era bastante chico, una película tuvo sobre mí un efecto arrasador y aún hoy difícil de olvidar. El desencanto (1976), de Jaime Chávarri. Nunca había visto una película así (y ahora puedo decir que no he vuelto a ver otra igual). Nunca pensé que un documental pudiera ser eso, quizá porque mi aprendizaje cinéfilo haya sido marcado por la revelación de que un verdadero documental siempre es más interesante, más fuerte y más peligroso que un film de ficción: un documental es más cine.
El desencanto: familia Panero, de la ciudad de Astorga, en las postrimerías del franquismo. Mediados de la década del 70. Leopoldo Panero: un hombre al que se refieren como poeta oficial del régimen declinante, un hombre ya muerto. Su viuda e hijos: Felicidad Blanc, Juan Luis, Leopoldo María y Michi. Al comienzo, vemos la estatua del poeta, envuelta y atada: ese hombre del que todos van a hablar en la película (del que van a hablar de una manera despiadada) no podrá responder a lo que de él se dice. Jaime Chávarri, el director de El desencanto, tiene la astucia de no mostrar nunca la estatua descubierta, de modo que Panero será siempre para mí un hombre envuelto y atado.
La viuda, Felicidad, es una señora melancólica de la burguesía española tratando de ajustar cuentas con la memoria de su esposo, con toda la delicadeza de la que es capaz (que tampoco es tanta), sin privarse por ello de que quede claro que él la hizo desdichada. Ese movimiento tenso de ella hacia una verdad cruel, sugerida con elegancia, será desbaratado constantemente por sus hijos, que se complacerán en darle la razón ridiculizándola, puesto que todos parecen acordar en que si el padre la hizo infeliz, ella se entregó a ese destino y se aseguró de hacerlos igualmente infelices a ellos.

Juan Luis es el hijo mayor. Acepta el rol antipático que los otros le dan (en la familia Panero todos están de acuerdo en hacer el papel que les toca), y todo el tiempo asume una pose histriónica que se mueve con más comodidad entre sus fetiches y citas literarias que abriendo sus sentimientos. Michi, el menor, el muchacho aún tierno, también el más bonito (la vida será después despiadada con Michi, pero eso queda afuera de El desencanto), defiende a su mamá, dice que ha sido el descubrimiento más deslumbrante que la vida le deparó, pero que tuvo que morirse el padre para que él se diera cuenta de eso. Y cuando Felicidad parece dispuesta a aceptar el piropo, entonces Michi la deja pagando, le tira un reproche que ella no sabrá esquivar.
Todos ellos hablan de Leopoldo María, el que “se ha terminado por convertir en un verdadero peligro para nosotros” (lo dice Michi). Pero ya pasó la mitad de la película y Leopoldo María, el hermano del medio, no aparece. Uno puede llegar a creer que la película se sostendrá sobre dos ausencias: la de Leopoldo padre y la de Leopoldo María hijo. Entonces Leopoldo María aparece. Y todo lo que hasta ese momento fue la irónica desarticulación del mito de la familia amorosa se vuelve con su presencia y su palabra una demolición implacable: “…ese repudio unánime que todos ellos han hecho contra mí, ese resentimiento que he encontrado en todos ellos como su única pasión…”.
Contra todas las apariencias, los Panero son capaces de deslizar palabras amorosas en medio de la demolición. Quizá ese sea su gesto más inquietante: que ellos puedan aún quererse y que sean capaces de decirlo en medio de los reproches más ofensivos. Ese terrible poder es ejercido ante todo por el más cruel, el que parecía el primero en quebrarse y ha sido al final el más fuerte, Leopldo María:
“Yo y Juan Luis, que éramos los que más bebíamos y llevábamos una conducta parecida a la de mi padre, nos convertimos en sustitutos de mi padre, pero al nivel más malo, no ya como la metáfora paterna, sino como su realidad, ¿no? Y mi madre… pues no sé, puede decirse que la verdad es que tenía razón cuando nos convierte en sinónimos de lo peor de mi padre, porque yo y mi hermano Juan Luis y mi hermano Michi, que ahora empieza (porque hasta ahora había sido el ideal), hemos sido la causa del desastre más absoluto de mi madre. Aunque, en fin, todos… aquí el que no corre vuela, porque mi madre también fue la causa de mi desastre, etcétera, etcétera”.

Nunca imaginé que un documental pudiera desplegar tal grado de ferocidad y de melancolía, que yo pudiera terminar queriendo a esos seres reales, personas que dan miedo pero también quiere uno guardar en su memoria. El blanco y negro plateado y la música elegíaca de Schubert envuelven la penumbra de Michi cuando dice: “Por mi experiencia personal a lo largo de estos años, me temo que no vamos a tener descendencia. Entonces me interesa resaltar esto, porque somos un fin de raza nada wagneriano. Somos un fin de raza astorgano, muy erosionado por el tiempo, y tampoco es nuestra la culpa, llevamos tantos hectolitros de alcohol en nuestra sangre, tanto por parte de padre como de madre, que hay un momento en que por lo visto no damos más de sí. Yo precisamente ahora en septiembre voy a hacerme unos exámenes médicos para descubrir si podemos perpetuar la raza de alguna forma”.
Y la imagen final, la del principio, del poeta oficial envuelto y atado, y su epitafio: “Ha muerto/ acribillado por los besos de sus hijos,/ absuelto por los ojos más dulcemente azules,/ y con el corazón más tranquilo que otros días…”.
II
Hemos de asumir que los Panero ya eran unos personajes extraordinariamente fascinantes antes de que la cámara de Chávarri se pusiera a rodar la primera toma. Histriónicos, mordaces, desesperados, fotogénicos, locuaces y muy conscientes de sus atributos. Cuando Chávarri los filma su mérito será primeramente no arruinar semejante maravilla del horror. Como la película fue un encargo de la propia familia, más precisamente de la madre, Felicidad, y del hijo mayor, Juan Luis, para hacer una especie de homenaje institucional, que Chávarri confiesa que nunca hubiera emprendido por su propia iniciativa, debe haber habido algún momento en el rodaje en el que advirtió que ellos mismos estaban dispuestos a llevar a cabo un ajuste de cuentas familiar, literario y político de envergadura mayor, una ceremonia fúnebre capaz de desbaratar la inocuidad de cualquier homenaje institucional hasta convertirse primero en un parricidio simbólico y luego en la celebración elegante y cruel del fin de una época: la muerte de Franco, de la que la muerte de Panero y su “fin de raza” son una expresión melancólica y veraz.
Michi dice al final de El desencanto: “En esta familia, lo que no es literatura es silencio”. Esa conciencia autonarrativa que los cuatro comparten es la base existencial y sociológica sobre la que Chávarri va a erigir su hazaña: si contó con horas de testimonios donde los hermanos despedazaban a sus padres y entre ellos, incluso cada uno a sí mismo, el cineasta comprendió que su oficio solo debía dejar sonar a todos juntos como si se tratase de una orquesta de cámara, encontrar el tempo preciso de la agonía familiar, su tono, su luz plateada, dejar que la entonación de cada uno los construyera como personas dramáticas y manifestara con elegancia el proceso de corrosión que en ellos dejaba ver el trauma franquista. Posiblemente Chávarri, mientras hacía todo esto, no fuera extremadamente consciente de lo mucho que tenía en sus manos.
Quizá no haya un documental previo que pudiera servirle de antecedente para fundar un género nuevo, que desde entonces tiene en esta película su modelo insuperable. Es posible que Chavarri no controlara la operación política y familiar que la madre y los hermanos estaban haciendo, que ellos sí podían ejecutar con exquisita maldad y piedad y poniendo en juego todas las referencias literarias que el mejor guionista no hubiera podido concitar. Chavarri solo los dejó ser y encontró la arquitectura precisa, sin repetir y sin soplar.
La paradoja es que los Panero sabían que eran un fin de raza, que no tendrían descendencia filial ni literaria, pero ofrecieron su testimonio para iniciar un linaje cinematográfico. Esa conjunción astral que hace de un naufragio humano una obra de arte feliz es lo que medio siglo después, cuando todos ellos murieron y ya no pueden hacerse más daño, agradecemos.
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