Los juguetes de Lucas Nine
Publicada por primera vez hace quince años en la revista Fierro, Té de Nuez, del dibujante y guionista Lucas Nine, es un secreto literario alucinante. Agustín Conde De Boeck viaja a la belle époque porteña, visita piringundines y palacios y se fascina con los casos policiales de Timoteo, el bebé atildado, y su exhuberante ama de leche.

Timoteo, bebé dandy y agente especial al servicio del Ministerio de Asuntos Infantiles, en compañía de la inefable adláter Mamelón, su ama de leche, recorren quijotescamente el mapamundi de la infancia, con todos sus meandros posibles de ternura y corrupción, enderezando los entuertos del perenne caos pueril. Los diez episodios autoconclusivos de Té de nuez se ven interrumpidos, a modo de separadores, por un cambalache de entremeses que desborda el vastísimo entramado de recursos artísticos de Lucas Nine. Collages, fotonovelas, juegos recortables, dibujos para colorear, facsímiles de prensa apócrifa, publicidad de época y hasta segmentos fraguados en el estilo de los clásicos historietísticos fundacionales, a lo Sarrasqueta o Viruta y Chicharrón…

Publicada originalmente en la ya legendaria segunda época de Fierro, dirigida por Sasturain (y recordada por otras gemas, como las realizadas por Lucas Varela, Gustavo Sala o la dupla De Santis-Sáenz Valiente), Té de nuez tuvo una edición integral francesa en 2011 y posteriormente una argentina, en 2015, por La Editorial Común.

En sus correrías, el célebre Timoteo, el “bebé de acero”, preferido de la prensa, vestido de noir et blanc (galera, capa, bastón y guantes, la elegancia pretérita y folletinesca), se enfrenta a diversos némesis esperpénticos: una gata madama que regentea un cabarute infantil, la polimorfa bruja de los rosedales que merodea por los bosques de Palermo, la insidiosa Gachi, la animadora de fiestitas infantiles y Alfonso, su perro-títere. Además, se da cita toda una comparsa de perennes caracteres de la infancia como el elefante Trompita, la tortuga Manuelita, el payaso Plin-Plin, degradados a situaciones vejatorias en las que se sugiere la mancha creciente e incontenible del mundo adulto.

Cada episodio de Té de Nuez presenta un caso cuya resolución habilita un juego infantil rocambolesco, tensionado entre un humor cándido, casi naíf, y una retahíla de guiños escabrosos y chistecitos verdes, escondidos en una lengua repleta de calambures y derroches del más finísimo mal gusto, como diría Laiseca. Una picaresca donde la pedofilia plástica pareciera remitir a las estilizadas Lost Girls de Alan Moore y, más atrás, a las andróginas Vivians de Henry Darger, ese ejército de inocentes niñas fálicas. Pensemos que un escenario recurrente es el piringundín infantil La Gata Alegre, regenteado por una gorda felina-madama a cuyas nínfulas asisten a ver libidinosos niños escolares.

Los viejos tiempos de la infancia

Lucas Nine trenza esa sicalipsis a la elegancia de vieux temps de un dandismo perimido donde se funden el barro canyengue de una eternizada era del tango, con cierto amanerado primor bellepoqueano de los tiempos del Centenario, con sus prototípicas escenografías señoriales. Vemos los bosques de Palermo, la confitería El Molino, la noche burdelera, las fiestas de la alta sociedad, los fastuosos palacios ministeriales, la refinada aventura ferroviaria estilo Poirot. Todo siempre circundado de drapeados telones, como si los espacios estuvieran enhebrados y condensados en un mismo artificio teatral por el que se pudiera entrar y salir sin transición, y cuya principal operación exploratoria fuera el corrimiento de diversos velos de corrupción. 

En una escena tan hilarante como traumática, un escandalizado Timoteo asiste al patético show de strip-tease de la tortuga Manuelita. El villano Escruche la ayuda a despojarse de su caparazón: “¡Miren, niños, nos revela sus secretos! Lo esencial, invisible a los ojos… ¡hasta ahora! ¡Abajo con los empalagosos misterios que envuelven la infancia! ¡Luz sobre la verdad!”. La tortuga, entre contorsiones eróticas sobre la tarima, exclama: “¡Oh, pobre de mí! ¡Saqueada! ¡Despojada de mis secretos!”

Y en tal tejido de peripecias exornadas de cantos de sirenas, Té de Nuez despliega como bajo fondo el arcano de la infancia, su misterioso mundo que flota en una todavía prediferencial unidad entre pureza y perversión. En cierto modo, Timoteo opera de misteriarca, intentando frenar el desborde de la esquizofrenia infantil (“no se juega con el misterio”) y de desentrañar el sustrato lúdico de determinados enigmas que ocurren en la ciudad, pero que bien podrían ser la versión expandida de un juego de patio o zaguán a la hora de la siesta. 

Como la figura del katechon en la filosofía de la historia de Carl Schmitt, el famosísimo Timoteo intenta contener o demorar el fin de la infancia y la irrupción de la adultez. Se vuelve un “retenedor” ferozmente puritano que, en pos de postergar la catástrofe depredatoria del sexo y salvaguardar la castidad infantil, es capaz de matar (cuando descubre la corrupción de Manuelita, imparte justicia impiadosa y ejerce su irrestricta licencia para matar). Es el niño eterno, habitado por una conciencia judicial de viejo iracundo, de inspector que en cierto modo está de vuelta ante las caprichosas sordideces de la infancia. Timoteo atraviesa la tragedia del niño prodigio, cuya excepcionalidad está marcada por una edad efímera. Finalizada la infancia le hace perder sus encantos prematuros para arrojarlo al mundo maturo de la indiferencia adulta, donde no hay aplauso para el talento, sino para ese simulador de talentos (del que hablaran Ramos Mejía o Ingenieros).

Al ritmo del canyengue manicomial

El estilo declamatorio y pomposo de Timoteo en Té de Nuez contrasta cómicamente con el absurdo pueril de los problemas que se le presentan, a veces desplegados con un surrealismo que sigue más las directrices sugeridas por el trazo distorsivo del propio dibujo que la lógica de los clichés narrativos que parodia. La propia deformación de la imagen desvía la historia de su cauce resolutivo y la proyecta hacia un delirio autónomo, cercano a las explosivas mascaradas de Tex Avery, o a los cambalaches manicomiales de Los autos locos o Mr. Magoo.

Lucas Nine dibuja fascinado por enhebrar todas sus historietas bajo la necesidad de justificaciones burocráticas torcidas, decadentes o innecesarias: el Bureau des Digressions de Budapest ou Presque, la oficial designación del gran escritor argentino en Borges, inspector de aves, el Ministerio de Asuntos Infantiles en esta historieta… Como si el wonderland nineano encontrara su trabazón ontológica en la necesidad de ir construyendo, oficina por oficina, un completo sistema administrativo de juguetes.

Toda la atmósfera se sintetiza perfectamente en la portada de Té de Nuez, donde Timoteo aparece en primer plano, apuntando con su revólver y con una lágrima de bebé deslizándosele por el moflete de bebé. Y, de fondo, una recámara palaciega, regado el suelo de juguetes en desorden, con su ama de leche dormida en una butaca y el novelesco paisaje nocturno recortado en un estilizado ventanal. Ese caos de juguetes es exactamente el frontispicio que hace al procedimiento de toda la obra, consistente en distribuir toda una economía de los objetos.

La realidad entera se traslada a la escala infantil, como por arte de birlibirloque, y queda sistemáticamente muñequizada. Todos los elementos que componen el inventario tradicional de la infancia se vuelven recursos experimentales en las viñetas de Nine. Por ejemplo, en la tira sobre la fiestita de cumpleaños de Helenita, la hija de los patricios Arana Copetín, tras los pasos de un crimen, Timoteo penetra bajo el mantel de una mesita de arrime y encuentra debajo, como por geometría no euclidiana, un extenso submundo: una gran pampa nocturna en la que vivaquean como crotos algunos niños marginales al cumpleañitos, renegados y bandoleros de cotillón.

El viejo poder del grotesco argentino

Lo que se expande en Té de nuez, esta especie de juguete de viñetas, no es únicamente la infancia (sus arbitrarias asociaciones de ideas, su literalidad, su candidez, su potencia para la crueldad, su ludificación de la vida), sino el pasado. El pasado como un instrumento, como un objeto del que podemos hacer uso, o una topología a la que, expandiéndola hacia adentro, se le pueden construir bolsillos internos como refugios ante el avance del vacío. 

Y es que en la inmensa urdimbre de fantasías políticas y arquetipales que aflora en la historieta argentina del siglo XXI —entre las cuales una no menor es el retorno a los viejos mystères de lo nacional—, claramente la casi metempsicosis paterna que formula Lucas Nine es síntoma absoluto del retaguardismo virtuoso en cuyo bucle se introduce nuestro tiempo ante la inminencia de un final. El único futuro no está en el futuro, que ya no será humano, sino en el archivo humano hacia el que podemos replegarnos para retroinhumar obras que expanden el pasado. 

Como si fuera posible (lo es) inventar objetos anacrónicos e inscribirlos en la facticidad retrospectiva, como si formaran parte legítima de ese pretérito. Al igual que los esperpentos de Aurora Venturini o ciertos artefactos extemporáneos de Augusto Munaro, las historietas de Nine, en su segunda venida, restituyen el viejo poder del grotesco argentino a lo que fueran sus prebendas atávicas.

Digo metempsicosis paterna: ese ideal de ser uno mismo y a la vez reencarnar al padre, restituir los trabajos y los días del progenitor, pero extenderlos, optimizarlos, sofisticarlos, intensificarlos, llevarlos, en fin, hacia el punto al que aquél podría haber avanzado de abarcar, la vida del artista, dos vidas. En todo caso Lucas Nine, al decantarse más absolutamente a la historieta que su padre Carlos, también en cierto modo vuelve literario y hasta dramatúrgico el disparador gráfico que arrancaba en Keko, el mago, Fantagás, El pato Saubón o en las ilustraciones de las Crónica del Ángel Gris.

Té de nuez, a fin de cuentas, crucificada de una elegancia canyengue que sólo puede propiciar una historieta que de tan porteña está a punto de dar el salto de devenir francesa, parisina, en un sentido espejísmico. En el mismo sentido en que el sibilino Segundo Urreca Mieza hablaba de la quimera por la cual Buenos Aires, más parisina que París, se comporta a veces como el papel maché arruinado de una París escenográfica montada detrás del proscenio de un teatro de cochambre y trampa. Esta imagología tortuosa reflota en la faceta dramatúrgica de Lucas Nine, que echa luz sobre los marcadores francófilos de su corpus historietístico. En su comedia negra Tirria (2025), rendición de cuentas también con el perimido cine de teléfonos blancos, reaparece el motivo iterativo de Lucas Nine: la tragicomedia nacional del afrancesamiento, la relación nunca resuelta de impostura, Doppelgänger y vicariato entre Buenos Aires y París. Ese pasaje coloca a la propia obra de Nine en una posición de engendrar historietas cuya maestría estriba en la tirantez exuberante que mantiene con una casi identidad de bande dessinée (pensemos en las muy francesas La Peur Émeraude, Les Cahiers du Corbeau, Delicatessen). Como en Budapest, ou Presque (Budapest, o casi), su arte galo-argentino encuentra su efecto de fascinación en ese “casi”, y en el reflujo general del europeísmo de las élites como una suerte de horizonte dúplice de sueño y pesadilla. 

La obra de Nine se encauza absolutamente en una específica subtradición de la literatura argentina, aquella que fragua fantasías compensatorias a partir del motivo de la decadencia de la oligarquía. Esos mismos invernaderos patológicos de los caserones hidalgos caídos en desgracia que circulan por las obras de Mujica Lainez, Beatriz Guido, José Bianco, Silvina Ocampo o Marco Denevi, vuelven como resaca grotesca en Té de nuez.

Lucas Nine es un autor de novelas gráficas que debieran ser leídas como literatura. Nacidas historietas, parecieran ir a dar, por prepotencia de sus distorsiones, al cauce de la tradición literaria argentina y configurar, asimismo, una de las grandes obras de la imaginación nacional del siglo XXI. Leer las correrías del celebérrimo bebé de acero en Té de Nuez, héroe folletinesco de una Buenos Aires a la Fantomás, es de una urgencia absoluta. ¿Cómo es que la gente en las calles no está hablando todo el tiempo de esta historieta? ¿Cómo es que las fachadas no están empapeladas con la efigie de Timoteo?

Agustín Conde De Boeck

1987. Doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba y becario postdoctoral de Conicet. Publicó los libros Sinfonía para un Monstruo. Aproximaciones a la obra de Alberto Laiseca (Eduvim, 2019; en coautoría con Celeste Aichino), H.P. Lovecraft. Vida y obra ilustradas (Diábolo, 2019) y Vida, obra y milagros de Marcelo Fox (Borde Perdido, 2021; en coautoría con Matías Raia). Y la novela Nigredo (Nudista, 2026).

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