En esta charla, el escritor mexicano habla de su nueva novela, Los nombres de mi padre, su obsesión por la arquitectura y la influencia de la literatura argentina en su obra.
…
“Henos aquí con un hijo y, después, dos padres” dice el epígrafe de Jacques Lacan que abre Los nombres de mi padre (Anagrama, 2025) de Daniel Saldaña París (1984). Una línea que resume, de alguna manera, la trama de la obra. La novela narra la historia de Camilo, quien busca adentrarse en un pasado familiar para descifrar un misterio. Entre la búsqueda de un padre y el dolor de una madre enferma, el protagonista se ve involucrado en diversas investigaciones que lo llevan de la Ciudad de México a Estados Unidos.
Saldaña París es escritor, ensayista y traductor mexicano. Ha escrito libros de poemas como La máquina autobiográfica, crónicas de viaje recolectadas en Aviones sobrevolando un monstruo, y novelas como El nervio principal o El baile y el incendio. En 2017 fue incluido en la lista Bogotá39 de los mejores escritores menores de cuarenta años de América Latina.
En su último libro trabaja diversos registros que se encuentran en función de una historia que se pierde en suspensos y derivas. Un hijo tiene que dilucidar quién fue su verdadero padre mientras que la madre sufre de una enfermedad terminal. En el medio aparecen historias de la izquierda mexicana de los sesenta, nazis refugiados y proyectos arquitectónicos que terminan corrompidos.
Los nombres de mi padre está compuesto de diversos materiales, parece atravesar distintos géneros: tiene elementos de crónica de viaje, de novela de detectives, historia del urbanismo mexicano. ¿Cómo fue que reuniste esta variedad de elementos? ¿Cómo surgió la novela?
La novela la empecé a pensar en México a principios del 2022. En realidad era una novela bastante más acotada en mi imaginación y era solo sobre la Ciudad de México y sólo en los años 70. No iba a tener ni presente narrativo en el presente, ni Nueva York. Luego me fui a vivir a Nueva York en agosto de ese año y ya la empecé a escribir realmente. Me puse a teclear y ahí se coló Nueva York, se colaron otros materiales, fue creciendo. Hice mucha investigación porque estaba en la biblioteca pública con una beca para escribir la novela y ahí me fui encontrando con materiales que terminaron casi todos filtrándose al libro. Pero me importaba mucho mantener el corazón emocional de la novela y que fuera eso lo que decidiera que entra y que no entra, es decir, que no hubiera un exceso, un rebose de materiales que no tuvieran relación directa con el núcleo emocional del relato que es este personaje central Camilo, el narrador, tratando de descubrir una especie de secreto familiar o investigando si Miguel Carnero es o no su padre biológico.

¿Te sirvió la beca de investigación en Estados Unidos? ¿Cómo fue el proceso de recolección del material y su posterior selección o descarte?
Yo no tengo ni idea de cómo hacer investigación, no tengo una formación académica especializada. Mi formación es en filosofía, donde no hay nada de trabajo de archivo realmente, o yo no lo hice. Entonces fue bastante improvisado, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Pedía materiales que me sonaban que podían tener que ver. De pronto un día me pedía un libro de Lacan, otro día me pedía un mapa de la Ciudad de México del siglo XVIII. Y hubo también muchos caminos en falso. Pasé meses leyendo sobre J. Posadas, que era un trotskista argentino, y luego me di cuenta de que no tenía absolutamente nada que ver con lo que yo estaba haciendo y lo dejé fuera. Pero en ese proceso me la pasé muy bien y era también una manera de permanecer más tiempo en el universo de la novela, aunque esa parte de la investigación no terminó en el libro al final.
Sí descubrí algo, que fue central para el libro. Es que el barrio de la Ciudad de México que me interesaba y que ocupa una buena parte del relato, que es Ciudad Satélite, un suburbio al norte de la ciudad, fue construido por un ingeniero nazi. Es una información que no se sabía, que en México no circulaba, que yo descubrí. Hice todo el trabajo de investigación en torno a esto y publiqué un ensayo en la revista Nexus.
Resulta muy preponderante el tema de la arquitectura en tu última novela. ¿Cómo es tu relación con esta disciplina?
A través de leerme y revisar las cosas que se repiten en mis libros desde el principio y de las cuales yo no era demasiado consciente, me he dado cuenta de que en todas mis novelas, mis ensayos, hay una obsesión por describir los espacios arquitectónicos. Las casas, pero también las ciudades. Y pescando esa insistencia en mi propia obra dije: “Bueno, me voy a poner más en serio”. ¿No? El tema de la ciudad siempre ha estado. Tuve ahí una fascinación con los situacionistas cuando estaba en la carrera. Tenía un grupo de estudio entre amigos que leíamos textos situacionistas y hacíamos cosas relativas al situacionismo. Entonces está ese lado del urbanismo medio revolucionario, de vertiente marxista. Pero sí, fue meterme más en serio con la arquitectura y en particular con la de la Ciudad de México. Parte del proyecto de esta novela fue la de sistematizar esa fascinación.
En tus libros aparecen las caminatas. ¿Cómo ves el caminar y la literatura?
Soy muy lector de esa tradición, sobre todo del ensayo inglés caminado. Empezando por ese texto genial de Virginia Woolf que es Street Hunting, donde ella sale a comprar un lápiz al otro lado de Londres y eso articula todo el ensayo. Llevo mucho tiempo coleccionando textos de caminatas: cuentos, novelas armadas alrededor de las caminatas. Te da una estructura. Hay un comienzo, un final, se parece mucho al trabajo de estructurar una novela donde hay algo que avanza, algo que tiene un destino o que avanza hacia un destino. Como en el caso de cualquier texto que tenga trama. Al mismo tiempo, hay una serie de recurrencias o de repeticiones o de leitmotivs más internos en una caminata. Es decir, en la tradición budista del peregrinaje, se peregrina hacia un destino exterior, pero también hay un destino interior al que se avanza. Entonces, esas insistencias o eso que uno trae consigo mismo en la caminata, me recuerda también mucho a la manera de armar una novela. Donde el personaje, aunque tenga un destino exterior, tiene cosas que lo interrumpen desde adentro.

Así como sos coleccionista de cuentos, novelas de caminatas, también sentís pasión por los diarios de escritores, además de tener el tuyo propio. Primero quería saber si estabas leyendo alguno, y segundo, ¿cómo es tu ritual a la hora de escribir tu diario?
Ahora mismo no sé si estoy leyendo alguno. Acabo de releer, que no es exactamente un diario, pero incluye ciertos diarios, el último libro de Sergio Pitol, que es un escritor mexicano muy importante para mí y en general. En El mago de Viena, que es su último libro de ensayos, pero también es de cuentos, de reseñas ficticias, un poco de todo, tiene un fragmento de diario. Yo creo que ese fue el último diario que leí. Y el de Helen Garner, que no ha salido en español, pero que es espectacular. Esta autora australiana es brillante, es de los mejores diarios que he leído.
Mi ritual con el diario varía mucho. Tengo periodos que lo llevo mucho más en serio, más comprometidamente. Luego lo dejo de escribir. A lo mejor un par de semanas, un mes, si estoy muy ocupado con otras cosas o estoy muy metido en una novela. Lo uso para diferentes cosas en diferentes momentos de mi vida. Si estoy en un periodo de drama personal y hay algo que tenga que procesar, lo uso para eso. En periodos más concentrados en el trabajo, lo uso también como libreta de apuntes, de ideas. Las novelas se terminan escribiendo parcialmente también en el diario y me gusta esa versatilidad del diario que es un poco cajón de sastre donde cabe todo. Releer los diarios también me ha servido mucho para detectar esas recurrencias o esas repeticiones que luego puedo explotar en mi obra de una manera más consciente.
En algunos de tus textos aparece la figura de Di Benedetto, la de Borges, la de Puig. Me pregunto dos cosas: si hay algún escritor argentino que te haya influenciado y cuáles de tu generación te interesan.
Soy muy argentinófilo en mis lecturas. Hay un montón de argentinos y argentinas que me han influenciado desde siempre. De adolescente leía mucho Cortázar y ahora sigo leyéndolo. Cuando doy clase en Estados Unidos uso muchos cuentos de Cortázar. Siento que en América Latina todos leímos a Cortázar y entonces sabemos qué esperar. Me gusta la sorpresa de los gringos de descubrirles ciertos cuentos de Cortázar. Luego fue muy importante en algún momento Saer, el descubrimiento de Glosa, Las nubes. La primera vez que lo leí fueron como deslumbramientos. Ahora me siento un poco más alejado.
De mi generación leo mucho a Mercedes Halfon, por ejemplo. Me parece un ejemplo de una liviandad del lenguaje, que es como un querer ser. Me interesa muchísimo el periodismo narrativo de Leila Guerriero, que es también una autora a la que leo y releo muchísimo con admiración. Hace no mucho descubrí a Sergio Bizzio, que no lo había leído nunca. Cayó en mis manos Rabia y me pareció una salvajada, es muy impresionante. Y entonces entré en una etapa Bizzio, en la feria del libro me compré dos novelas más que no había leído. Vi que salieron los cuentos completos, pero no sé si me va a caber en la en la valija, ya veré.
Por último,en cierto momento de tu novela el protagonista llega a Nueva York y fantasea con la idea de quedarse. De perder el avión e instalarse en esa nueva ciudad. ¿Te sucedió eso alguna vez acá en Buenos Aires?
Sí, todo el tiempo. Cada vez que vengo, me lo imagino. Luego hablo con los amigos de acá y me dicen “No, estás loco, no te quedes, es imposible vivir acá, todos estamos pluriempleados, etcétera”. Pero me sucedió. Llevo más de 20 años viniendo a Buenos Aires. Vine la primera vez en 2003 y he regresado siempre. Por relaciones afectivas, amistosas e invitaciones profesionales. Sí, me da mucha curiosidad saber cómo cambiaría mi idea de la ciudad si viviera acá. Creo que esa es siempre la pregunta que más me engancha. En Nueva York me pasó y me quedé. Viví un par de años allí y todo cambió muchísimo. Del deslumbramiento de los primeros días, que un poco está contenido en la novela, al hartazgo. Pero también de un ritmo mucho más amable de vivir la ciudad, solo en mi barrio, de tener una comunidad de latinoamericanos, amigos, más estrecha. Me gustan esos procesos de acostumbrarse y desilusionarse de las ciudades.