Presentamos un adelanto de Historia del sol (Editorial Nudista, 2026), de Manuel Moyano Palacio. Ambientada en la ciudad de Córdoba en 1999, la novela presenta a Miguel P., un adolescente que entra a la casa de su vecino alemán y descubre un secreto. De ahí en más, “todo se conecta con todo”. Paranoica pero también mística, esta es la historia de un desdoblamiento y la crónica de un momento en que el mal adquiere forma literaria y la imaginación encuentra, en el fondo de la casa, algo que se parece al oro.
…
Miguel se durmió. La habitación quedó en silencio salvo por el ventilador de piso que giraba lento. En ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia, donde los objetos todavía tienen nombre pero ya no tienen peso, escuchó un sonido pequeño en el piso. Como el movimiento de algo vivo que no debería estarlo. Abrió los ojos apenas y vio la bolita gris desplazarse con una lentitud que no correspondía a ninguna pendiente del suelo. Las varias bolitas en que se había separado volvían a unirse con una determinación que le pareció extraña. Entonces el mercurio realizó un salto y Miguel no tuvo tiempo de cerrar los ojos. Ingresó en su pupila izquierda.
No se pudo explicar cómo eso había sido posible. Creyó que estaba delirando y no encontraba los límites entre la realidad y la imaginación. Volvió a cerrar los ojos y el sueño se apoderó de su cuerpo. No fue un sueño oscuro sino uno de textura extraña, casi táctil, donde las escenas se abrían una dentro de la otra como habitaciones que contenían otras habitaciones. De fondo, él se sentía adentro y afuera del sueño a la vez. Y en ese vaivén, cada tanto recordaba el mercurio y el hecho de que hubiera ingresado en su cuerpo, aunque no podía decir si eso efectivamente había sucedido.
Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el techo. No era el techo de su habitación. Tenía una mancha de humedad en el ángulo izquierdo que formaba una figura irregular, como un país sin nombre en un mapa antiguo. Tardó varios segundos en entender que eso era un techo, que los techos pertenecen a habitaciones, y que él estaba en una habitación que no era la suya.
El adolescente no estaba en su habitación. El colchón sobre el que yacía no era el de su cama, tampoco le eran familiares las sábanas. Mientras tomaba conciencia, se dio cuenta que estaba tirado en un catre y que había libros arriba suyo colocados de manera desprolija, en estantes cascados, con telarañas y polvo. Parecían tratados de otros siglos, libros de dibujos animados, con formatos exageradamente grandes, como solían ser los manuscritos en los años de la Edad Media. Había un escritorio pegado a la biblioteca cuyos anaqueles recorrían irregularmente las paredes. Papeles, lápices y mapas abundaban sobre la tabla. Las pestañas de Miguel se abrían y las imágenes ingresaban en su cerebro de manera duplicada, mareándolo un poco. Sentía que estaba saliendo de una larga postración, de una droga, de un viaje que lo había mantenido alejado del mundo. Finalmente, después de unos minutos, logró obtener un panorama claro y sin tambaleos. La habitación le llamó la atención. ¿Dónde estaba?

Un hombre alto y de espalda ancha lo miraba. Su cara delataba una edad incierta entre los cincuenta y sesenta años. Se notaba que pertenecía a una clase intelectual por los ademanes que circulaban entre su pecho, sus hombros y sus ojos. Y también por la sonrisa. Al mismo tiempo, en su figura había algo desencajado, demasiado caricaturesco. Sus ojos tenían líneas rojas en las escleróticas. El pelo engominado y peinado con raya al costado debería haber resultado desagradable, pero aún con la particularidad del peinado grotesco resultaba elegante. El saco que llevaba puesto era de otra época, decididamente anacrónico.
—Bienvenido, Miguel. Soy Carlos Argentino Daneri —se presentó.
Al escuchar esa presentación, algo se ordenó y se desordenó al mismo tiempo en la cabeza de Miguel. El nombre era conocido. Demasiado conocido para pertenecer a alguien real. Lo había leído decenas de veces en el cuento que más amaba releer, ese en el que un hombre mediocre y grandilocuente le mostraba a Borges el Aleph en el sótano de su casa de la calle Garay. Carlos Argentino Daneri era el primo de Beatriz Viterbo, el poeta aficionado que creía haber descubierto en un punto del espacio la totalidad del universo y quería describirlo en un poema interminable. Miguel sabía eso con la precisión con que se saben las cosas que se leen a los catorce años y se graban para siempre. Sabía también que ese hombre no podía estar parado al frente de él porque pertenecía a la literatura y la literatura no tiene cuerpo. O no debería tenerlo. Y sin embargo el hombre estaba ahí, con su saco anacrónico y su pelo engominado, mirándolo con una familiaridad que resultaba más extraña que cualquier otra cosa en la habitación.
Se preocupó porque hizo el simple ejercicio de seguir lo que el evento sugería: entonces si estoy en un libro, yo mismo soy un hecho de ficción. Pero la preocupación duró apenas un instante. Había algo en ese juego de locura y lectura que no le resultaba del todo ajeno.
El hombre no estaba con el hijo de los P solo en la piecita. En una silla al frente del catre, un esqueleto se acomodaba y cruzaba las piernas, colmando la escena en un punto donde el grotesco sucumbía en el absurdo. Era la mujer con la que dormía Carlos Argentino Daneri, que según Borges era su prima. Era la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, como la describió el gran autor con una metáfora. Ahora la metáfora se había vuelto literalmente horrísona, ya que la delicia atroz era un esqueleto de piernas entrelazadas con peluca, pollera y blusa color caqui, y también era una delicia que tenía la mandíbula en forma de carcajada y los ojos vacíos como los de la muerte.
El esqueleto se presentó de una manera que, según pensó Miguel, los personajes de ficción nunca lo harían:
—Ich bin die Muse.
El adolescente vio la situación desde fuera por un segundo y la aceptó como una morada más de los delirios que la fiebre le había causado. Pensó, con la lentitud con que se piensan las cosas cuando el cuerpo está enfermo: ¿qué pasaría si uno se encontrara con los personajes de las ficciones que leyó con ahínco? La pregunta se formó sola, sin que él la buscara, y no tuvo respuesta sino más oleadas de incertidumbre. A la vez, apareció otra pregunta, en otro ataque de lucidez mezclado con la fiebre, lo cual le resultaba más incómodo: ¿qué pasaría si la literatura que uno lee forja en su totalidad el principio de realidad de su vida y le provee el guion en cada situación? Otra vez, oleadas sin afirmaciones para caer, sin transición lógica, como suceden las cosas en la fiebre, en la insoportable estupidez de las preguntas retóricas: ¿qué pasaría si la imaginación de otro hombre puede lastimar las certidumbres más básicas que alguien tiene? Las tres preguntas coexistieron un momento en su cabeza sin tocarse, como objetos flotando en un líquido denso, en un oleaje de alquitrán.
¿Era lunes o martes o jueves?
Miguel no lo sabía. Le dolía la cabeza y la espalda baja, las piernas se sentían pesadas. Entrecerraba los ojos y el mareo volvía a consumirlo en un movimiento incesante, aun cuando estuviera quieto.
De los mamotretos en los estantes parecían salir palabras de un idioma similar a una música difícil escuchada por primera vez. Miguel, en su devaneo, creyó que eran palabras alemanas y también alimañas con vida propia que inundaban la habitación de modo humeante. El calor que venía de su propio cuerpo se confundía con el calor de enero que entraba por las hendijas de los postigos. No sabía si la habitación era real o si él mismo lo era.
Alguien golpeó la puerta.
—De seguro es el Sr. Weinbrecht —dijo el poeta Carlos Argentino Daneri—. Es la hora del té y la hora del té se respeta siempre en esta casa.
—Ich bin das Verb —el esqueleto continuó con su monólogo.
Se hizo un silencio.
—Ich bin das Verb. Ich bin das Verb —repitió una y otra vez.
Viterbo, sintió Miguel que decía ella en la repetición que no cesaba, y pensó en un lugar de Italia que había visto en un mapa consultado en una enciclopedia de su madre.
El nombre y el mapa y el esqueleto y el calor se mezclaron en su cabeza de una manera que no podía separar.
Mientras veía esas imágenes, su cabeza se perdió en un monólogo interior que lo sacaba de la situación al mismo tiempo que se la devolvía en forma distante. Pensó en Borges. No en una idea de Borges ni en un argumento de Borges sino en el hombre físico: ciego, con bastón, con ese traje que debía oler a naftalina. Lo imaginó caminando por una biblioteca infinita sin poder ver los lomos de los libros. Lo imaginó dictando a alguien que escribía por él, eligiendo cada palabra con una lentitud que era también una forma de dolor. Y después, sin que pudiera explicar la conexión, lo imaginó ahí, en esa habitación, sentado en el mismo catre donde él yacía, mirando al esqueleto con la misma expresión con que miraría cualquier cosa: con ojos que ya no veían pero que seguían el cuerpo de una mujer que no lo correspondía. Borges en la fiebre de Miguel. Miguel en la fiebre de Borges. La musa alemana repitiendo su verbo en el fondo de la habitación.
—Ich bin das Verb. Ich bin das Verb. Ich bin das… —repetía Miguel con la cara transpirada mientras giraba de un lado a otro sobre la almohada.
Su madre estaba sentada al lado de la cama y trataba de sostenerle un trapo húmedo en la frente. El calor se había hecho insoportable y el ventilador de piso apenas alcanzaba a mitigar los bruscos cambios de temperatura. Caían gotas por la sien de Miguel, pero se notaba su escalofrío. Tiritaba, la fiebre no cedía, la temperatura subía. La mucosa le acosaba la nariz, la boca y los oídos, inundándolo con esa materia extraña que produce el cuerpo para defenderse del mundo y sus virus.
Marga se levantó del banquito que había colocado junto a la cama. Dio dos pasos en una dirección y luego volvió sobre ellos. Estaba pensando qué hacer. No sabía si era momento de ir al hospital o si estaba exagerando. El miedo se mezclaba con una sensación de culpa que también estaba atravesada por una sensación de hartazgo. La enfermedad de un hijo descalabra la rutina y el mundo entero de los padres. Se dirigió al living a organizar cosas, entre ellas el tema del alemán. Llamó por teléfono al vecino de inmediato para avisarle que su hijo no podría ir ese día para ayudarlo con el jardín.
—Está volando de fiebre —dijo.
—Comprendo —respondió el hombre.
—Si esta noche sigue así, le voy a decir a mi marido que lo llevemos al hospital para internarlo —un arrebato de llanto la hizo callar—. ¡Nunca lo había visto tan mal!
—¿Ya probó con una gota de mercurio tras del lóbulo de la oreja izquierda? En la guerra nos curaban así.
La mujer hizo silencio cuando la palabra guerra fue pronunciada y sus erres acentuadas. La vacilación del diálogo creó una imagen con el color del pasado, pero también con el color de los secretos. Ambos presintieron que en esa palabra dicha por el vecino alemán había, por lo bajo, una confesión por su parte y una confesión que también sonaba con el clamor de una leve, muy leve advertencia. Marga no dijo nada al respecto, quiso hacerse la que no entendió aunque lo hubiera hecho de forma completa.
Por esa referencia, confirmando así los comentarios del barrio, la mujer supo que el viejo había estado en una situación que para ella sonaba remota. Las imágenes que se cruzaron por su cabeza venían de las noticias televisivas que había visto, las fotos de libros y diarios, y las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. En medio de esa secuencia, pensó en los comentarios de los otros vecinos cuando salían de misa, que afirmaban que ese viejo había sido un oficial alemán en la Segunda Guerra Mundial. Un oficial alemán. Eso significaba que el hombre había luchado y seguramente había matado, pero no en cualquier bando sino en el famoso bando de los alemanes con esvásticas.
Eran los noventa y en Argentina ya habían explotado todo tipo de historias sobre alemanes escondidos, muy parecidos a ese viejo que al comentar aquello se volvió alguien más punzante de lo que ya era.
Marga le hizo caso. O más bien, lo fue haciendo de a poco, porque primero se quedó parada en el living con el tubo del teléfono todavía en la mano, mirando la pared. Pensó en lo absurdo del consejo. Pensó también en que era un viejo y que los viejos tenían sus propias lógicas, forjadas en experiencias que ella no podía imaginar. Pensó en la palabra guerra y en la manera que tenía el vecino de pronunciar las erres. Luego fue a la cocina, llenó un vaso de agua y lo tomó de a sorbos lentos mirando por la ventana el jardín. Afuera, el calor aplastaba las plantas.
Volvió al pasillo y se detuvo frente a la puerta cerrada del cuarto de su hijo. Lo escuchó murmurar algo en un idioma que no era el castellano. Entonces tomó el termómetro, lo partió usando las dos manos como pinzas y cuando vio que la gota de mercurio cayó al piso, la recogió como pudo entre sus dedos y la acercó al lóbulo de la oreja izquierda del chico que se movía de forma lenta, mareada, lenta y marítima.
El jueves Miguel despertó por fin de una pesadilla que todavía le hacía doler los huesos, desde donde el dolor se bifurcaba hacia todo el cuerpo. Su padre lo fue a saludar a su cama antes de partir hacia la oficina. El adolescente escuchó los pasos del hombre a través del pasillo que daba a su habitación y simuló estar dormido. No tenía sueño, solamente se sentía cansado y sin ganas de hablar con nadie.
Pudo levantarse luego de algunas horas y se dio cuenta de que estaba solo, nadie de su familia se encontraba en la casa tal como pudo cerciorarse al recorrer las habitaciones y los diversos espacios del lugar. Tenía hambre y se preparó un sándwich con restos de carne que encontró en una fuente en la heladera. Le puso tomate y mayonesa. Cuando lo tuvo listo, sacó un plato y una servilleta. Se sirvió un vaso de agua fría, que también sacó de la heladera, y fue hacia el living.
Se sentó en el sillón familiar que daba de frente al televisor, tomó el control remoto con la mano derecha mientras con la izquierda acercaba y alejaba el sándwich hacia la boca. Estuvo a punto de prender el televisor, pero el botón del control remoto no funcionó y lo dejó a un costado. Digería con voracidad ya que sentía mucho hambre y una especie de ansiedad por consumir oralmente algo. Entretanto, tomaba agua dando largos tragos.
La pantalla grisácea del televisor reflejaba el ambiente con levedad. Casi que no se escuchaban ruidos, salvo los motores de los autos que pasaban por la Avenida, aunque eran pocos. La hora pico había pasado y la media mañana avanzaba. La situación lastimaba la imaginación de Miguel. ¿O acaso la incitaba? ¿Había pasado algo durante la enfermedad, algo que no recordaba del todo?
Se quedó mirando la pantalla apagada. En el reflejo grisáceo vio su propia figura sentada, el plato vacío sobre las rodillas, el vaso en la mano. Por un momento no reconoció al que estaba sentado ahí. Le pareció que esa figura hacía los mismos movimientos que él pero con un leve retraso, como si el reflejo tardara en copiarlo. Parpadeó. La imagen volvió a ser la suya.
Con la fuerza de la ingesta de comida y la calma de sentirse curado, decidió levantarse. En verdad se levantó directamente, como si se hubiera convertido en una máquina que seguía órdenes de manera automática. Sus piernas comenzaron a moverse. Caminó firme y decidido hasta llegar al cuartito del fondo donde su padre guardaba las herramientas. Buscó el martillo, pero no lo encontró. Entonces vio el hacha de mango avejentado y cabeza roja. La sabía usar bastante bien, ya que había aprendido, como todo en su oficio de jardinero, de la mano de su padre. La tomó a mitad de asta con el brazo derecho. Tenía pedazos de pan entre las encías que removía con la lengua y tragaba con dificultad.
Pensó en un vaso de agua.
Pensó en el agua otra vez cuando entró al living.
Y volvió a pensar en que estaba sediento cuando descargó la cabeza del hacha opuesta al filo contra la pantalla en un golpe seco. ¿Por qué lo había hecho?
Estallido, tajo y familia.
Volvió a tomar la herramienta por la mitad del mástil y caminó arrastrándola por el pasto. Llegó al portón de su casa y salió a la Avenida. La cruzó sin mirar el tráfico cuando el sol del mediodía lo dibujaba sobre su propia sombra.
En algún momento, mientras cruzaba, se dio cuenta de que no escuchaba el ruido de los autos. La Avenida era la misma de siempre pero el sonido había desaparecido como si alguien hubiera bajado un volumen. Sus propios pasos tampoco hacían ruido. Solo el arrastre del hacha sobre el asfalto producía un sonido, y ese sonido le parecía demasiado cerca, demasiado adentro de su cabeza.
Entreabrió con decisión lo que faltaba de abrir del portón a dos hojas de la casa del alemán. Atravesó la maleza, los desechos y las ruinas del jardín. Llegó a la escalinata de la galería donde estaba la puerta de entrada y donde colgaba un farol destartalado cuya bombita titilaba enloquecida, como si avisara algo a alguien, aunque no se podía decir si al intruso o al propietario.
Se quedó mirando la bombita un momento. Titilaba con una cadencia que le pareció deliberada, como si marcara un ritmo. Contó los intervalos sin querer. Eran siempre los mismos. Pensó que las cosas que titilan en las películas siempre anuncian algo. Luego dejó de pensar.
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