¿Cómo se forma un lector? ¿Cómo construye su biblioteca? Julián Berenguel lee a contrapelo vida y obra del autor de Plástico cruel y exhuma un relato perdido en la revista El Libertino en los años 90.
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José Sbarra es uno de esos nombres que circulan en los pasillos laterales de la literatura argentina. Nacido en Ciudadela en 1950, fue poeta, narrador, periodista, libretista teatral, guionista de historietas, televisión y fotonovelas, y autor de literatura infantil y de letras de canciones. Falleció a causa del SIDA, a la temprana edad de 46 años. Tres días después que Carlos Jáuregui por la misma enfermedad y el mismo año que Salvador Benesdra y Fabián Polosecki se mataron. Pérdidas que anunciaban la debacle cultural en la segunda mitad del menemato.
Sbarra dejó una novela inédita, Bang Bang, que completaba la trilogía de su literatura “para adultos”, junto a Marc, la sucia rata (1991) y Plástico cruel (1992). También se desempeñó como creador de juegos de ingenio, autodefinidos y crucigramas para revistas como Billiken y Cordones Sueltos. Colaboró, además, en Vigencia, publicando sus reseñas junto a las de un joven César Aira. Durante la dictadura, se exilió en España. Ganó premios, tuvo un taller literario y organizó encuentros poéticos. Sbarra fue, con todas las letras, un escritor.

Un libro en el basural
Pero antes de todo eso, José Sbarra fue lector. ¿Cómo se forma un lector? ¿Cómo construye su biblioteca? Casi siempre, se empieza por el impulso de un libro. En una entrevista con Enrique Symns para la revista El Cazador, en 1992, Sbarra cuenta así un hallazgo en un basural de Ciudadela durante su infancia: “encontré un libro, no voy a decir qué libro es, para no perder la magia, pero ese tipo sabía mi vida. ¡Ese libro era mi vida!”.
Este descubrimiento inicial reapareció en clave ficcional, en su novela Marc, la sucia rata, cuando un adolescente (que, a su vez, es un personaje del libro que escribe el protagonista) encuentra un libro:
“Humean montañas de basura a ambos lados de la carretera. Seres andrajosos suben y bajan por ellas. Un adolescente, recostado sobre una pila de cartones y trapos, lee.
(…) Es la primera vez que lee un libro desde el comienzo hasta el final. Es la primera vez que descubre que alguien que no lo conoce y a quien nunca vio, sabe exactamente lo que le pasa y lo que piensa”.
Tal vez el joven Sbarra también haya experimentado esa identificación entre la ficción y la realidad propia. Su hermana Pipi recuerda haber visitado un depósito de basura y cartones durante su infancia, con José y su papá, en donde también había pilas y pilas de libros hasta el techo, que ellos trepaban y revisaban con curiosidad. Al notar el entusiasmo, el encargado del lugar les permitió elegir un libro a cada uno para llevarse. No hubo, entonces, un basural como el que describía. Al igual que tantos otros autores, Sbarra trabajaba con materiales biográficos y con la hipérbole como recurso narrativo.
Una biblioteca destruida
Esta escena de formación lectora se ubica entre tantas que recorren la literatura argentina y la construcción de figuras de autor: la de Silvio Astier en El juguete rabioso de Arlt; la del Sarmiento adolescente leyendo de forma voraz atrás del mostrador de la casa de comercio donde trabajaba; o la de un Piglia de tres años sosteniendo un libro al revés, por imitar a su abuelo, en una vereda de Adrogué, hasta que un hombre que pasaba (¿Borges?) le indicó el error.
Consultada sobre el vínculo de Sbarra con las bibliotecas, su hermana Pipi cuenta:
“José visitaba muchas bibliotecas y él tenía una biblioteca espectacular, no en la cantidad sino en la calidad de todos los libros, pero dejó de tenerla cuando se la destruyeron, cuando fueron a intimidarlo al departamento. A partir de ahí, compraba libros y los cambiaba o compraba otros y daba los que tenía. Nunca más tuvo una biblioteca tan grande. A José le gustaba mucho recorrer las librerías de Corrientes y siempre compraba esas ofertas porque tenía un arte para encontrar unos libros fantásticos y unas poesías hermosas”.
A fines de 1982, todavía durante la dictadura, un grupo de militares entró al departamento de Sbarra ubicado en Hipólito Yrigoyen y Pasco, en el barrio de Congreso. La misma noche, el teléfono de la casa familiar no paró de sonar. Preguntaban por él, una y otra vez. La familia contestó que no estaba en el país. Algunas horas después, la frase se volvía verdad. Sbarra se exilió en Barcelona, donde vivía su amiga Yoly Hornes, quien también había sido su vecina en el departamento forzado. Desde su regreso en 1983 con la vuelta democrática, como narra su hermana, no volvió a tener un mueble para los libros. ¿Qué es, entonces, una biblioteca? También puede ser eso, “libros apilados que leía y cambiaba por otros”. Como bibliófilo, Sbarra era más bien un asceta: se desprendía de los libros que ya no leía.
Pipi agrega que Sbarra frecuentaba bibliotecas cuando daba talleres literarios. María Inés Bogomolny, compañera de redacción en Billiken, recuerda que Sbarra, como colaborador freelance, a veces iba “a investigar en archivo o libros que teníamos en la redacción”. Si se revisan los viejos ejemplares de la revista infantil publicados a fines de los 80 y principios de los 90, en algunos figuran narraciones de la literatura universal versionadas y adaptadas por Sbarra, ya sea en forma de cuento o historieta. En diálogo con Symns, Sbarra destacaba el lugar de la lectura: “Aunque te parezca raro, leer y escribir son dos cosas que si no las tengo no me interesa la vida”. La lectura y la escritura como actividades complementarias y equivalentes: dos caras de la misma moneda.

Un lindo cuento
Cuando no leía, Sbarra participaba activamente en el Ateneo Popular de Versailles, fundado en 1938 por el padre Julio Meinvielle, también impulsor de Acción Católica Argentina y férreo defensor del nacionalismo católico. El club funciona todavía como institución social y deportiva del barrio, del otro lado de la General Paz, pero en las cercanías de Ciudadela. Se dice que alguna vez practicó boxeo ahí el campeón de peso ligero Justo Suárez, protagonista del cuento “Torito”, de Julio Cortázar. Sbarra hacía ejercicio en el lugar, pero sobre todo intervenía en el ámbito cultural. Eran los años 70. En este contexto se dan sus primeros acercamientos al teatro, cuando dirige las obras Ha llegado un inspector, de John Boynton Priestley, y ¿Quién yo?, de Dalmiro Saénz.
Durante esta época, Sbarra escribió el cuento “Los chicos poco refinados” que, como en su escena de formación lectora, toma un hecho real y lo deforma en el plano de la ficción. Como él y sus amigos del barrio, su hermana Pipi también formaba parte de la comunidad del Ateneo Popular de Versailles. Ella era la bibliotecaria del club. ¿El hecho real? En la biblioteca, a los 18 años, conoció a su esposo Rubén.
“Rubén vino de colado al cumpleaños de José en mi casa, porque sabía que iba a estar yo y él me veía pasar por el pasillo del Ateneo que iba para la biblioteca. Después de que nos conocimos ahí, al otro día vino a la biblioteca. Simuló que venía a estudiar, pero en realidad no venía a estudiar nada, venía a conversar. De ahí, tarde tras tarde, empezamos a salir. Cuando hablo con José y le digo ‘mirá, yo estoy saliendo con Rubén del Ateneo, vos lo conocés’, dijo ‘sí, sí, es un buen pibe, no hay problema, quedate tranquila’. Y empezamos a salir. Otro día hablo con José y le digo ‘mirá, estoy saliendo con Rubén’. ‘Bueno, bárbaro’, me dijo, ‘genial’. Y me preguntó dónde nos veíamos y le dije que nos empezamos a ver en la biblioteca y que así se fue creando la relación. Al tiempo me dice ‘Pipi, hice un cuento sobre tu historia, pero no te enojes porque le puse algunos ingredientes más’. Y yo me quería morir cuando leí la historia (risas). Pero bueno, lo conocía a José y es un lindo cuento”.
Pipi y Rubén se conocieron en julio de 1974 y al mes siguiente empezaron a salir. A los pocos meses, José le mostró el cuento a Pipi entre risas. Recién fue publicado en 1992, en el n.° 6 del mensuario erótico El Libertino (1992-1994). En la revista, editada por Diego Ciardullo y Marta Dillon, participaron León Ferrari, Irene Gruss, Fernando Noy, Néstor Perlongher y Liliana Maresca, entre otros. El relato erótico en cuestión narra una escena sexual situada en una biblioteca (de ahí la reacción de Pipi). Probablemente la versión que transcribo tenga diferencias con el texto original, el de los 70, como se puede notar en el primer diálogo en el que se hace referencia a los años 90.

Un lector poco refinado
En el ensayo “La decadencia de la mentira”, Oscar Wilde afirma, a través de su alter ego Vivian, que “la Mentira, o sea, el relato de las cosas bellas y falsas, es la finalidad misma del Arte”. El artificio de Sbarra se ubica en esta línea: su narración es una forma elegante de la mentira, una mitomanía asumida. Ya en la contratapa de su primer libro de poesía Obsesión de vivir (1975), financiado por el autor, avisaba: “Desde niño fue mentiroso, es decir, amó la literatura”.
Osvaldo Jalil, amigo desde la infancia y también vecino de Ciudadela, cuenta que Sbarra tenía la costumbre de llevar una libreta a todos lados y anotar frases, chistes o vivencias que le podrían servir para escribir después. También recuerda cómo a veces Sbarra contaba una anécdota vivida por ambos ante un tercero y agregaba detalles inventados, para adornar la historia. La misma exageración de la realidad sobre lo autobiográfico que aparecía en su encuentro infantil con el libro.
Sbarra decía que no le interesaban los lectores “de los 30 años para arriba”. “Yo escribo para unos cuantos pendejos”, explicaba. Lean el cuento y saquen sus propias conclusiones.
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Los chicos poco refinados
Por José Sbarra
Publicado originalmente en El Libertino N° 6 (1992)
Hablan de lo que les pasa por la cabeza
hacen cualquier cosa dentro de sus pantalones
me refiero a los chicos poco refinados
no les importa un carajo el arte.
E. E. Cummings
—Perdón, señorita, quiero un libro que sea… —La bibliotecaria, que estaba de espaldas giró, era una mujer que si se la veía por primera vez en una playa nudista, aún así se habría dicho “esta debe ser bibliotecaria”— …que sea una historia de amor, de esta época.
—Ah, el amor, el amor no tiene época —dijo la infeliz mostrando sus horribles dientes.
—Pero yo quiero uno que sea actual, de la década del ‘90, ¿okey?
—¿Tiene su carnet al día?
Qué carnet ni carnet. Él jamás había entrado a una biblioteca, ni siquiera al hall de la universidad.
—Sí, por supuesto, pero lo olvidé en el aula magna.
Sacó esta respuesta de un pizarrón que anunciaba: “Conferencia en el Aula Magna”. Pero no resultó.
—Sin carnet no puede retirar el libro.
—No quiero retirar ningún libro, es para leerlo acá.
Mientras la bibliotecaria negaba con la cabeza y haciendo un sonido de t t t t, nuestro chico pensó en matarla, así como suena, matarla.
La salvó la aparición de otro estudiante —uno de verdad y con carnet— que la obligó a buscar quién sabe qué joya literaria en el estante más alto. No valía la pena mirarle las piernas, de modo que nuestro chico poco refinado, echó una ojeada a su alrededor. Y así la encontró. Ella era la historia que deseaba. El motivo por el cual había profanado ese recinto de la cultura. Mientras la bibliotecaria seguía en las alturas, atrapó un libro que había sobre el mostrador y se filtró en el salón de lectura.
Se sentó frente al motivo de su peregrinaje intelectual, con una ancha mesa de por medio. Era más que hermosa, era única. Pero tenía un defecto. El defecto no estaba en su persona, sino al lado. Era un tipo de anteojos que cada tanto levantaba la vista de sus apuntes y le dirigía una estúpida sonrisa.
Ella no leía, hacía dibujos en una carpeta. Era evidente que lo estaba esperando al otro, a su defecto.
El chico poco refinado abrió el libro sin ninguna intención de enterarse de su contenido, entre línea y línea su mirada iba directo hacia ella.
Bajó su mano y empezó a masajearse lentamente su verga, que no tardó en ponerse dura. Se concentró en la boca pequeña y entreabierta que tenía frente a él.
Ella no demoró tampoco en recibir los rayos gamma que le venían del desconocido lector. Y en un inolvidable instante ambos sintonizaron la misma frecuencia y vibraron en una mirada que, más que una mirada, era un cataclismo subterráneo.
Una de las sonrisas del defecto le hizo bajar a ella la vista por unos instantes. La verga del chico poco refinado duplicó su tamaño bajo la mesa.
El primer contacto se había establecido. Ella siguió con el juego de mirar y desviar la vista y volver a mirar.
Interesado en sus apuntes, e inconsciente del peligro, el anteojudo no captó la electricidad óptica que atravesaba la mesa por arriba y por abajo.
La entrepierna de la chica se llenó de calor y humedad. Una de sus manos se fue perdiendo por debajo del vestido.
En ese momento el aire se saturó. Las miradas quedaron incrustadas una en la otra. Parecían dos cowboys que se retaban a duelo y que acabaría por perforarse de plomo.
Esa saturación del aire provocó una polvareda que esfumó todo lo que no eran ellos dos. La biblioteca desapareció y apareció en su lugar el interior de una cabaña. El silencio panteónico se colmó de música pesada. Las mesas se borraron, el suelo se cubrió de pieles de oso. El escritorio de la bibliotecaria se transformó en un hogar encendido y la bibliotecaria se convirtió en un útil leño ardiente. El anteojudo quedó petrificado como en un bajorrelieve.
Ella avanzó ondulantemente hacia él. Le abrió el cinturón, luego bajó delicadamente el cierre de la bragueta y sacó a relucir con su pequeña mano el formidable pene. Se lo metió en la boca y lo besó y rebesó de mil maneras.
Para evitar una eyaculación demasiado rápida, él la apartó, le metió una mano por dentro de la blusa y la otra por debajo de la falda. Con una maestría digna del amante más experto del mundo, le desabrochó el corpiño y se lo quitó junto con la blusa. La otra mano, que trabajaba por la zona baja, fue descorriendo lentamente una tanga que terminó olvidada en la penumbra roja. Le arrancó la falda y la dejó completamente desnuda frente al fuego.
Ella se acostó sobre las pieles mirándolo desde abajo. Él se quitó la camisa y dejó caer sus pantalones. Desde la perspectiva de la chica, él era un titán del espacio. Sus músculos brillaban a la luz intermitente de las llamas. Su poderoso miembro rompía la figura como si fuera una espada amenazando con llenar de vías lácteas el universo entero. Ella se quedó inmóvil y él fue dejándose caer sobre su cuerpo, clavándole la caliente espada entre las piernas. Tenía la temperatura de un hierro al rojo vivo y en el pubis de la chica estaba la única fuente capaz de contener tanto fuego.
Él subía y bajaba, como si hiciera flexiones. Así entendió por qué le resultaba tan aburrido hacer flexiones en las clases de gimnasia. Lo aburrido era que tenía que subir y bajar el cuerpo, pero debajo no había nada más que el suelo. Ahora tenía un motivo mucho más fascinante para bajar… y subir… y bajar…
Ella armoniosamente se ondulaba hacia un lado y hacia otro, consiguiendo sentir la verga en todas las paredes de su maravilloso túnel.
Él ya no resistió más tanto gozo y empezó a agitarse, como un chico poco refinado que era, hasta que acabó con siete disparos que ella sintió como dardos. En el último disparo, él se arqueó violentamente y golpeó la mesa. Ella dejó escapar tres quejidos de placer tan inconfundibles que todos los habitantes de la biblioteca manifestaron su reprobación.
Luego dirigieron su indignación hacia el chico poco refinado que estaba rojísimo y ocultando con su mano la acabada debajo de la mesa.
El anteojudo salió del friso que lo retenía, sorprendido por el grito de su compañera, pero no entendió la infidelidad que había cometido con el desconocido de enfrente, porque carecía de imaginación al igual que el resto de los habitantes de la biblioteca, la bibliotecaria y el policía que la acompañaba para expulsar al intruso que había robado, del mostrador, su libro de reflexiones espirituales.