La Pasión según Angela Carter
Un encuentro fortuito con una novela de la autora inglesa dispara preguntas acerca de los caminos de la lectura, la escritura y la traducción. ¿Quién fue Carter, cómo escribía y por qué su obra ya no circula? ¿Se puede leer más allá del bosque del mainstream? 

Encuentro el libro en la mesa de saldos de la librería Huemul. Además de conservar anaqueles y bibliotecas en impecable estado, y de persistir en su ideología política histórica (en el centro de la mesa se destaca La ofensiva Neo-Fascista, de Ernesto Cadena), la librería exhibe una colección de hermosos ejemplares de ciencia ficción, todos publicados hace décadas, en el siglo pasado. Ahí está La Pasión de la nueva Eva, de Angela Carter. Tapa dura, ilustración surrealista flotando en un turquesa oscuro, 258 páginas amarillentas. No sé nada de la autora, pero lo compro porque fue publicado, en 1982, por la editorial Minotauro. 

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Desde las primeras líneas uno detecta que está frente a una escritora de género muy sofisticada. Descripciones elegantes, trama robusta, personajes bien construidos, citas que van de John Locke, Coleridge a Lord Byron y Nietzsche, incorporación de un rezo-poema beatnik. Y referencias culturales altas y bajas, como los shakers —secta de cuáqueros del siglo XVIII también conocida como “Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo”—, Sharon Tate y la familia Manson, Lilith —primera mujer de Adán— y Tiresias —adivino drag de la mitología griega. Promediando el primer cuarto de La Pasión de la nueva Eva (publicada en inglés en 1977), me sorprendo con una escena que rara vez aparece en la literatura o el arte: la violación de un hombre.

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Un puñado de chicas, fieles del culto de Beulah, se encarga de todo. Lo secuestran y lo arrojan al calabozo de un complejo de laboratorios subterráneos en el desierto de California. Durante la violación, al hombre le extraen el semen para luego aplicarle Psico-Cirugía y convertirlo en mujer. Luego, fecundan a esa mujer nueva con su propio semen, es decir, el semen del hombre que fue. Durante la inseminación, las chicas repiten a coro: “A menos que un hombre muera y vuelva a nacer, no entrará en el reino de los cielos”. La líder del culto —la Gran Parricida, la Castradora del Universo Falocéntrico, a quien sus seguidoras llaman “Madre”— gira y gira hipnóticamente en una silla como de dentista, la espalda enorme, la cintura poderosa, las tetas gigantes, y recita el poema sagrado: “Inextirpable abertura del ser, boca oracular / comienzo absoluto que hace posible la negación”. 

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La novela es una sátira violenta que enseguida admite la lectura en clave feminista: “Ser un hombre no es una condición dada, sino un esfuerzo constante” (las itálicas le pertenecen a Carter). Pero el primer impacto tiene menos que ver con las teorías de la segunda ola feminista —aunque las incluya— que con la increíble potencia imaginativa de la narradora para darle forma a un delirio apocalíptico en el que Nueva York es arrasada por ratas “gordas como lechones”, los negros de Harlem construyen un muro en torno al barrio, California vota su secesión, y en las catacumbas del desierto opera un Estado paralelo y matriarcal donde los misóginos son reprogramados para renacer con útero, vagina y menstruación. 

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Ya estoy adentro. No puedo soltar el libro. Me pregunto quién es Angela Carter y por qué nunca escuché hablar de ella. Me respondo, culposo, que acepto y consumo siempre los mismos nombres que agita el mainstream, esos que insisten en meternos hasta en la sopa.

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Nació como Angela Stalker en Eastbourne, Inglaterra, en 1940. Durante la guerra la mandaron a vivir con su abuela minera, en Yorkshire. Se crió en un hogar de clase trabajadora al sur de Londres, bajo la opresiva vigilancia de la madre, que no la dejaba ni hacer pis sola aunque ya tenía once años. Angela se sentía asfixiada y gorda. Una vez se describió como “una gran vaca masculina y torpe, físicamente muy desmañada, sin pechos y ancha de espaldas, una especie de capitana de hockey”. Empezó a fumar compulsivamente, a putear compulsivamente (en esa época, sólo los hombres lo tenían permitido), y a no comer. Resultado: anorexia (dejó de menstruar), leve aceptación masculina, primer trabajo en la redacción del periódico local, el Croydon Advertiser. Para escapar de su madre terrible, hizo lo que hacían las mujeres en los 60: a los 21 años se casó con Paul Carter, un químico industrial depresivo y frígido con quien compartió siete castos, aburridísimos años, pero para ella extraordinariamente productivos. Publicó cinco novelas, obtuvo un título de literatura en Bristol, ganó el premio Somerset Maugham con Varias percepciones (1968), 500 libras que le sirvieron para abandonar a su marido y volar a Japón, donde pasaría los próximos dos años.

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¿Qué es el mainstream? El árbol que tapa el bosque y también el bosque. El mainstream es lo que no te deja ver más allá del mainstream. Es la saturación de un mercado hasta invisibilizar todo lo demás. Como una heladería de Colegiales con pocos sabores para elegir, en reels, shorts y tuits del scrolleo cotidiano el mainstream literario te ofrece lo mismo de siempre: una escritora de terror, uno de weird, la cronista ubicua, un filósofo reciclador de teorías ajenas para entender la época, un bloguero de derecha para entender el pensamiento libertario, una intelectual para entender cómo funciona el deseo o los vínculos actuales, una autora muerta, reeditada y exprimida hasta la última gota, cuyo holograma autoral rebota incesantemente entre las paredes del algoritmo. Quizá por la desmesura de su prosa, por el sexo bizarro y la violencia explícita de su narrativa, porque el cupo weird y sci-fi estaba cubierto o por alguna otra razón del mercado editorial, Angela Carter no perteneció al mainstream ni tuvo la suerte de otros escritores ingleses de su generación, apenas más jóvenes, como Salman Rushdie (su amigo), Martin Amis o Ian McEwan. 

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En Japón, Carter terminó de romper con todo, familia, patria y tradición. Por primera vez en su vida, conoció el amor real y un hotel alojamiento, al que fue con el escritor Sozo Araki. Junto a él vivió en una casa frente al mar, donde escribió Las máquinas del deseo infernal del Doctor Hoffman (1972). Araki la dejó. Ella decidió quitar un clavo con otro y sedujo a un coreano virgen de 19 años, a quien luego abandonó sin piedad, cosa de la que más tarde se arrepentiría. 

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Después de Japón vivió vertiginosamente. A mediados de los 70 se instaló en el sur de Londres y se casó con su plomero, Mark Pearce, quince años menor que ella. Encontró la editorial perfecta —la feminista Virago, fundada por la británica Carmen Calli en 1973, amiga de Carter—, donde publicó La cámara sangrienta (1979), acaso su libro más famoso, en el que, como Anne Sexton en Transformaciones, reescribe cuentos de hadas, y La mujer sadeiana y la ideología de la pornografía. Adaptó dos de sus obras al cine. A los 43 años, tuvo un hijo. Cuando le diagnosticaron un cáncer terminal, aceptó filmar un documental para la BBC con la condición de que ella tuviera la última palabra en la elección de la música, las imágenes, la estructura; al mismo tiempo, planificaba su propio funeral. Murió en 1992, a los 51 años.

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Escribía así: “Enigma alto, pálido, desvaído, tu rostro era una invitación a la necrofilia, el rostro de un ángel que se alza sobre una piedra sepulcral, un rostro que siempre me perseguiría, un rostro dominado por aquellos ojos encapuchados cuyas lágrimas destilaban todos los dolores del mundo, ojos que me deleitaban y aterrorizaban, pues en esas honduras luminosas y azoradas yo veía la desolación de Norteamérica”. 

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Le cuento a un amigo de mi hallazgo en la librería Huemul y me consulta por la traductora de La Pasión de la nueva Eva. En la página de créditos figura “Matilde Horne”. Argentina emigrada a España en 1978, fue célebre por sus traducciones de Tolkien para su amigo Francisco Porrúa, fundador de la editorial Minotauro. Mi amigo me dice que el nombre le suena. Por la noche, me reenvía un mail extraordinario de Leopoldo Brizuela, con quien mantuvo una breve amistad. 

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(Con fecha 17 de junio de 2008, el correo trae como asunto “Matilde Horne”) Escribe Brizuela: “Hola a todos. Acabo de enterarme de que murió en Ibiza, hace ya una semana, la traductora Matilde Horne. Tenía 94 años. Vivía en una ‘residencia asistida’ desde hace un tiempo. Matilde es célebre en su —nuestro— gremio porque tradujo El señor de los anillos. Pero ése fue sólo uno de los muchísimos autores que abordó, en su mayor parte para Sudamericana, de Buenos Aires, y para Minotauro. Lawrence Durrell, Doris Lessing, y su amadísima Angela Carter, son algunos de los autores que pasaron al español gracias a una exquisita alquimia, que era la de toda una generación irrepetible de traductores argentinos: Aurora Bernárdez, José Bianco, Enrique Pezzoni. Autodidacta como todos ellos —ni recordaba cómo había aprendido el inglés— traducía como quien recrea. Haciendo, literalmente, poesía. Y doy fe, vivía en ella”.

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Termino la lectura de La Pasión de la nueva Eva, libro intenso, barroco, desparejo, estructurado en doce capítulos de extensión totalmente arbitraria (los hay de dos páginas, o de treinta y tres), con largos pasajes cinematográficos y una escritura muy virtuosa. Me pregunto por qué esta autora no tuvo un relanzamiento triunfal. La editorial Sexto Piso e Impedimenta publicaron sus cuentos, y Edmund Gordon escribió The Invention of Angela Carter. A Biography (Oxford Press, 2016). Pero no hubo reediciones de sus novelas más jugadas, ni intelectuales, influencers, clubes de lectura, lectores y lectoras recomendando y posteando sus libros. ¿Por qué? Si viviera, ¿tendría el reconocimiento (merecidísimo, por otra parte) de una Ursula K. Le Guin? ¿Circularían sus libros como los de Donna Haraway, Octavia Butler, Margaret Atwood? ¿Por qué estas autoras, sobre todo post-MeeToo y con las nuevas luchas feministas, entraron con fuerza al mainstream de su género y Carter no? ¿Quién decide el canon de nuestra época?

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Carter escribe novelas de ciencia ficción y terror, que ella alguna vez definió como “pesadillas slapsticks”, en las que conviven el surrealismo y lo gótico con la cultura popular. En La Pasión de la nueva Eva entrelazó la identidad de género y la sexualidad al sometimiento y la violencia, el goce a lo monstruoso. Quizá los excesos de su prosa no la ayudaron demasiado. ¿Alguien rescatará, en estas últimas poblaciones, la obra desmesurada de Angela Carter?

Juan Maisonnave

Escritor, editor y periodista cultural. Socio fundador de Pinka Editora. Publicó Los juegos compartidos (Santiago Arcos Editores, 2013), que obtuvo el Segundo Premio en la categoría Cuento del Fondo Nacional de las Artes. Participó de los talleres de escritura creativa de Federico Falco (2020), Hernán Vanoli (2019), Hugo Correa Luna (2016-2018) y Maximiliano Tomas (2009-2011).

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