A partir de impresiones minimalistas de lobbies, espacios de desayuno, piletas y pasillos interminables, en Cuarto sucio, ubicación peligrosa (Ediciones Universidad Diego Portales, 2025) Martín Rejtman incursiona a su manera en el género de reseñas de hotel con el foco puesto en los detalles y no en la acción, una mirada en la que objetos y personas comparten la jerarquía.
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Existe una tradición que vincula a los cuartos de hotel con la literatura argentina. Podría empezar por José Hernández escribiendo el Martín Fierro en el Hotel Argentino y continuar con otros escritores tan disímiles como Osvaldo Lamborghini en su Hotel Callao. Otro caso emblemático y canónico es el de Julio Cortázar con su cuento “La puerta condenada”, que más tarde utilizará Enrique Vila-Matas en Montevideo como excusa para emprender un viaje de intertextualidades. También hay trabajos menos importantes aunque dignos de mención, como el de Ricardo Piglia con su “Hotel Almagro” y “En un cuarto de hotel”, de Juan José Saer. Dos cuentos que operan con las ambigüedades y la soledad del hotel y la posibilidad de ser otro cuando se viaja.
En este linaje ahora se inserta Martin Rejtman con Cuarto sucio, ubicación peligrosa, un conjunto de entradas de diario o crónica de viaje curadas por Leila Guerriero y publicadas por la Universidad Diego Portales. Sin respetar ningún orden cronológico, el director de La práctica nos pasea por diversas partes del mundo dando sus impresiones de los cuartos de hotel que visita. Casi como si fuese una reseña de Airbnb, despliega una literatura prosaica y minimalista que pone el acento en los detalles y no en la acción.
Rejtman se toma muy en serio la tarea de documentar sus estadías en el hotel, ya que casi no existe el afuera, la ciudad que lo rodea. Los espacios que frecuenta son el lobby de la planta baja, el espacio del desayuno, la pileta, los pasillos interminables, el ascensor. Salvo alguna que otra mención de sus excursiones a ciertos lugares para comer afuera o visitar puntos turísticos, las ciudades que visita son fantasmales, libres de detalles. La habitación de hotel y sus amenities son los protagonistas de estos relatos. Aparecerán personajes y empleados pero, al igual que en Silvia Prieto, estos son igual de importantes que un shampoo o el café de la mañana. En el mundo de Martin Rejtman, al igual que en la posmodernidad, los objetos y las personas son intercambiables, poseen las mismas jerarquías.

Como si fuese una secuencia de Shakti (2019), corto que él mismo definió como la historia de “un joven judío, la muerte de su abuela, la depresión, los Hare Krishna, la Pascua judía y los knishes de papa”, los platos de comida desfilan a lo largo de los viajes. La gastronomía resulta fundamental tanto en la persona Martín Rejtman como en el escritor que encarna y el director que dirige. De la gran variedad de notas de color que redundan en estas páginas, la comida es la que va marcando los puntos, los movimientos a desarrollar. Sobre todo los desayunos. Siendo una persona que no come carnes pero sí pescado, las variaciones por lo general asiáticas de estos momentos le dan un detalle extra a los relatos. Se viaja para comer y se come para viajar.
A estos hoteles va algunas veces como director de cine, otras como turista. Lo interesante es el cruce de estas dos identidades. Mientras que el director de Los guantes mágicos es “famoso” y por lo tanto agasajado, cuando aparece el turista las cosas se complican, no son tan fáciles. Rejtman deambula entre estos dos polos de igual manera. Tanto cuando va a un festival de cine de Berlín como cuando está inmerso en un retiro de yoga, su actitud frente al mundo no difiere. Su mirada minimalista se posa en ciertas temáticas recurrentes que también tienen una ligazón con su obra: el absurdo de las relaciones humanas, las historias sin sentido y los objetos populares de consumo, las pequeñas cositas de la vida.
Las páginas de Cuarto sucio… no despliegan una gran erudición cinéfila. El cine es una pasión subyugada por las obligaciones del viaje. Salvo ciertos pasajes como jurado o autor en festivales, y alguna que otra mención a películas que aparecen esporádicamente, de forma azarosa, sobre todo en la parte de Iowa City, lo cinematográfico se encuentra al margen.
Sin embargo, hay una escena que resume las ligazones circunstanciales que unen cine y literatura en los recovecos de la ciudad y se destaca del resto. Recuerda Rejtman:
En Black Jack hay otro cliente que busca DVDs entre las bateas y los paneles exhibidores. En un momento oigo que el cliente le pregunta a Marcos, el dueño, por una película de Billy Wilder en la que actúa Walter Matthau, que acaba de morir. Cree que el título original es Primera Plana. Marcos va a buscar en el catálogo para verificarlo. Para ahorrarles tiempo intervengo y digo en voz alta que sí, la película de la que hablaban se estrenó en Buenos Aires como Primera Plana. Marcos dice entonces que no la tiene. Le recomiendo al cliente, al que hasta ahora vi siempre de espaldas, que alquile la primera versión, que se llama His Girl Fridayy dirigió Howard Hawks. En ese momento el hombre se da vuelta y veo que es Ricardo Piglia. Nos saludamos. Me pregunta en qué ando y, entre otras cosas, le cuento que a fin de agosto viajo a Iowa. Me dice que Libertella y Di Benedetto estuvieron ahí y que el lugar es “un bosque”. También me habla de unos amigos suyos que trabajan en la Universidad de Iowa, un argentino y una americana, un matrimonio. Ella está en el Departamento de Cine de la universidad. Debe ser la argentina que conoció Vivi en Barcelona, en casa de Fresán: “Parece que ya saben que va un argentino que se dedica también al cine, un judío”, me dijo Vivi que le comentaron y ella inmediatamente se dio cuenta que hablaban de mí. Marcos no tiene el video de His Girl Friday. Le digo a Piglia que grabé la película de la tele y me comprometo a dejársela a Marcos, y Piglia se compromete a dejarme con Marcos los datos de sus amigos de Iowa.
Es el año 2000. Los nombres propios que surgen de las relaciones sociales, los contactos, forman un mapa que traza parentescos culturales. Un Piglia que también se estaba yendo al exterior a dar clases en Princeton por una década se cruza con un Rejtman que recién empezaba a comerse el mundo con su Silvia Prieto estrenada el año anterior. Existe algo así como un reconocimiento entre pares. Un retrato de época que no anuncia su pronto declive.

Se suele plantear que las obras de Martin Rejtman carecen de un matiz político marcado, que sus personajes viven en una desidia generacional ajena a los vaivenes de la historia argentina. Esta quizá pueda ser una lectura aplicable a Dos disparos o sus Tres cuentos, pero no así a este libro. Aquí emerge la mirada antropológica del escritor, aquella que intenta desentrañar las curiosidades de su entorno inmediato. En este sentido, uno de los momentos más luminosos que aparecen es un viaje al aeropuerto en una de las tantas apps de transporte. La anécdota es de por sí elocuente:
Viajo a Ezeiza. El chofer de la aplicación es venezolano y está contento porque el dólar está quieto. Estamos mucho mejor, me comenta. Pero los sueldos no suben, le digo, siguen igual que antes y todo cuesta el doble o el triple. Es cierto, me responde con un tono que parece querer decir que eso no es importante.
¿La colisión de dos mundos distintos o un diálogo de sordos? Cualquiera sea la lectura de esta situación, lo que ocurre es una desviación del discurso canónico de Rejtman, del repertorio conocido de gags. Aparece la protesta, el pequeño disentimiento, el intento de discusión y su abandono. El director de cine independiente, como la mayor parte de la población, sufre de los embates de las políticas de ajuste del gobierno y lo deja por escrito. Lo sugiere sin hacerlo explícito con el método efectista de la anécdota.
Más allá de ciertos viajes como la invitación al programa de escritores de Iowa City, o ciertos pasajes relacionados con el yoga que suceden sobre todo en el sudeste asiatico, Cuarto sucio, ubicación peligrosa no es un libro que termine de cerrar, que se encuentre del todo logrado. Yendo a caballo entre el apunte diario y la observación metódica -muchas veces sin ínfulas literarias aunque sea literatura- tiene momentos de gran aridez. De a ratos transitamos el desierto hasta que aparece un oasis y nos permite continuar. No por eso deja de ser de interés lo que ocurre entre el check in y el check out de Martin Rejtman a lo largo del globo terráqueo. El problema se encuentra en el tedio de las horas muertas, de cómo una habitación de hotel luce como una masa uniforme de arquitecturas y a la vez ninguna es igual a la otra. El tema está, como ya lo planteó José Hernández a finales del siglo XIX, en cómo disipar el fastidio de la vida de hotel.