Para celebrar los cien años de su natalicio, el Museo de Bellas Artes inauguró Retrato de un momento, un recorrido por la vibrante obra de Carlos Gorriarena (1925-2007). En esta nota, Gabriel Reymann se para frente a sus cuadros y se deja golpear por la intensidad de los naranjas, los contrastes brutales, las figuras que parecen disolverse y los trazos cargados de ironía.
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El espectro que recorre el primer piso del Museo Nacional de Bellas Artes abandonó este plano físico en 2007, pero su potencia no decreció ni un ápice desde aquel entonces. Retrato de un momento es la retrospectiva que reúne treinta obras de Carlos Gorriarena (1925-2007), uno de los artistas plásticos más tenaces -en constancia y contenido- de la Argentina del Siglo XX.
Tenaz en constancia: al que fuera alumno de Lucio Fontana y Antonio Berni le llegaron de grande los laureles (1984: Primer Premio del Salón Manuel Belgrano por “Neón”, 1986: Gran Premio de Honor del Salón Nacional por “Pin-Pan-Punk”) por dos obras figurativas, costumbristas, que retrataban los raros peinados nuevos.
Tenaz en contenido, porque esas dos obras sí podían ser representativas de su visión desde lo formal, pero no tanto desde la sustancia. Gorriarena comenzó a ganar notoriedad en los 60’s con un estilo informalista, en algún punto intermedio entre la abstracción y la figuración -Ernesto Deira se puede mentar como un contemporáneo poseedor de obra con espíritu afín-, que abordaba las temáticas de los conflictos sociales y la resistencia al imperialismo.

De esta época, Retrato de un momento muestra cuatro obras, como pieza introductoria y muestra de contraste a lo que sigue, ya situado entre la década de los 80 y el año mismo de la muerte del artista. Ligero contraste, porque el ser humano no puede cambiar de cuajo su esencia.
Es reconocible la frontera formal y conceptual entre ambas épocas, pero también discutible. Banderas, fetos amorfos (“seres”, según el propio autor) y formas no identificadas esperando para tomar carnadura, la lucha de una Nación por abrirse paso en 1967; de 1980 a 2007, en la obra del pintor, las cosas cambiaron para seguir lo más igual posible.
Lo de Gorriarena en su fase más abiertamente figurativa es un expresionismo sin expresiones, protagonizado por hombres de acción -y mujeres de pasividad-, de rostros difusos esperando nacer, portadores de brazos largos en sus edificios de piel y hueso reclamados por una ley de gravedad asociada a la decadencia.

La falta de formas representativa de los 60 se torna más felina, el informalismo sigue siendo tal, solo que entra en un sistema de códigos reconocible. Y toda esa continuación de la abstracción por otros medios, va de alguna manera en paralelo al derrotero político del país por esa época, la continuación del sojuzgamiento por otros medios: la barbarie militar del Proceso va dejando paso con los años a la aparición de los otros actores necesarios, los que tienen que asomarse bajo el reflector cuando a los agentes previos se les fue la mano y el cambio de las olas ya no puede permitir eso.
Traficantes de armas, diplomáticos, jueces, políticos varios, élite y toda la fauna (poco) estética de la revista Caras en los 90: la crema que ocupa el protagonismo en los capítulos dedicados a esa década en la biografía de Galimberti por Larraquy-Caballero.

Es la hegemonía de Estados Unidos -en el instante previo a ponérsela contra la pared, o sea MAGA-, destilada en una aristocracia argentina poco aristocrática, emergentes de un liderazgo mersa, muy poco estimulante para ser seguido. Todos ellos están presentados en pinturas de paleta con alto contraste -muchos naranjas y azules complementarios, aunque también hay lugar para tonalidades más pasteles-, de volúmenes más bien bidimensionales con poca superposición de capas de pinceladas.
En despachos oficiales, en mansiones de lujos, a este bestiario nombrado con ironías – “Retorno de los dinosaurios”, “Querida nuestro siglo se acaba”, “El gusto de los americanos bis. El arbusto de la represión” – les es negado rastro alguno de naturalismo: las pieles van de la palidez a la estridencia.

Retrato de un moderno es, a través de la reivindicación de una figura insoslayable de la plástica argentina, también una puesta en valor del peso específico y el valor autónomo de la pintura; se exhiben los recortes de diarios, los cuales Gorriarena tomaba como referencia base y motivo de estudio, para arribar a esos peculiares estudios de casos, libres de imitación y pretensión de verismo alguno.
Retrato de un momento podrá visitarse desde el 3 de octubre de 2025 hasta el 11 de enero de 2026 en el Museo Nacional de Bellas Artes (Av. del Libertador 1473). Toda la info acá
