La destrucción del Amazonas y el Pantanal, en fotos

El fotógrafo brasileño Lalo de Almeida retrata desde hace años el impacto socioambiental en su país. En 2020 viajó al humedal más grande del mundo para documentar el incendio que arrasó con la flora y la fauna del lugar. En este diálogo, cuenta lo que vio.

En junio de 2020, mientras en el mundo ya se hablaba el lenguaje universal de la pandemia, la noticia de que una serie de incendios estaba fuera de control en la región del Pantanal, en el centro oeste de Brasil, le llegó al fotógrafo Lalo de Almeida (1970), por entonces embarcado en otro proyecto de similares características.

“Junto al colega Fabiano Maisonnave estábamos produciendo para el diario Folha de São Paulo una serie de reportajes sobre el impacto de las políticas de Bolsonaro en la Amazonia, pero cuando nos llegó la información de lo que pasaba en el Pantanal, cambiamos el foco. El problema era que estábamos en medio de la pandemia y viajar era un riesgo. Pero a comienzos de agosto, cuando los focos de los incendios empezaron a aumentar cada vez más, decidimos que no podíamos quedarnos más en nuestras casas. El primer viaje fue a la región de Poconé, al norte del Pantanal”.

Así fue como De Almeida, reconocido fotógrafo con más de treinta años de carrera, colaborador estable de diarios como Folha y The New York Times, retrató a lo largo de esos meses finales de 2020 la devastación de la flora y la fauna en el humedal más grande del mundo, una serie documental que le valió, en abril de 2021, uno de los reconocimientos del premio World Press Photo 2020, el más importante de fotoperiodismo a nivel mundial.

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Según cifras del INPE (Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales), solo el año pasado el Pantanal sufrió la pérdida de 2,4 millones de héctareas, un equivalente al 25% del total de la región. La Amazonia, por su parte, perdió un aproximado de 1,5 millones de hectáreas de bosque primario.

 

Dedicaste tus últimos años a fotografiar la tragedia socioambiental en la Amazonia. ¿Cómo surgió tu interés por la región?

Comencé a fotografiar la Amazonia en 1994, de forma esporádica. Fueron muchos reportajes para Folha de São Paulo y The New York Times. Y en uno de esos viajes, en 2009, fui a hacer un trabajo para Folha en Altamira, en el estado do Pará, sobre las audiencias públicas que se estaban llevando a cabo para la construcción de la represa de Belo Monte, en el río Xingú. En ese momento entendí que con esa obra se produciría una transformación muy grande en la región, y quise empezar a documentar la historia. Empecé a viajar por lo menos una vez por año a Altamira para retratar ese cambio, y en 2012 gané una beca de Fundação Nacional das Artes ( FUNARTE) para fotografiar el impacto socioambiental de la obra. Ese mismo año realicé un gran proyecto multimedia sobre Belo Monte. Y desde entonces continúo trabajando en la región.

 

¿Cómo es tu método de trabajo en relación a la estadía y la movilidad por la zona y al vínculo con la población local?

Viajar por la inmensidad de la Amazonia es difícil, costoso y en cierta forma peligroso. Una gran parte de las actividades económicas de la región son delictivas. Algunas de ellas son la extracción de oro y madera y la deforestación en áreas protegidas. Por lo tanto, la población local ve la presencia de un periodista o un fotógrafo como una amenaza para su subsistencia, porque hay ciudades enteras que dependen de esas actividades ilegales.

En buena parte de la Amazonia hay una completa inversión de valores. El garimpeiro (minero informal), el madeireiro y el deforestador son personas que traen progreso económico para la zona, mientras que el fiscalizador del IBAMA (Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales) o el periodista son bandidos que quieren impedir el progreso. Esa visión trastocada de las cosas transforma al trabajo fotográfico en una actividad de riesgo. Y ahora más todavía, con un gobierno que tiene un discurso ambiental regresivo, de odio y de permisividad hacia las actividades criminales. En una ocasión tuve que huir de un bolsonarista que me amenazaba con un machete porque pensó que le había sacado una foto a su camión lleno de  madera, extraída de forma ilegal. Creo que estas situaciones serán cada vez más comunes en la Amazonia.

 

 

La población local ve la presencia de un periodista o un fotógrafo como una amenaza para su subsistencia, porque hay ciudades enteras que dependen de las actividades ilegales.

 

Viajaste para cubrir el incendio en el Pantanal. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Conocías la región?

Antes de los incendios conocía el Pantanal más como turista que como fotógrafo. Es una de las regiones más bellas de Brasil, con una biodiversidad increíble. En mi cabeza, siempre que pensaba en la destrucción ambiental pensaba en la Amazonia. El Pantanal parecía ser un lugar relativamente poco amenazado. Pero eso era una falsa percepción, que fui asumiendo durante los incendios de 2020..

Cuando llegamos, con mi colega Maisonnave, tuvimos un susto. El camino de acceso para llegar al hotel estaba bloqueado por bomberos y brigadistas que combatían los incendios, porque el hotel estaba siendo evacuado, cercado por las llamas. Estaba todo fuera de control, era un caos. Volvimos tres veces más al Pantanal y lo que más nos llamó la atención de la devastación fue la cantidad de animales quemados, muertos o heridos. Una tristeza enorme.

 

 

En nuestro primer viaje, cuando atravesábamos una región totalmente calcinada, en la que todo era ceniza, vimos un punto marrón en el pasto quemado. Era un venado muerto. Más adelante, a unos 50 metros, a un grupo de quince monos carbonizados debajo de un árbol. Seguimos un poco más y encontramos a la cría del venado muerto, aparentemente sin heridas pero totalmente desorientado. Parecía un zombie. Era un escenario devastador.

Y ya en nuestro último viaje, a fines de octubre, presenciamos el incendio más intenso de toda la cobertura. Estábamos en Serra do Amolar, una región de difícil acceso, a la que se llega en un avión pequeño o en barco. La hacienda donde estábamos hospedados estaba cercada por el fuego, y en 24 horas el área quedó devastada. Escuchábamos el crepitar del fuego, un ruido parecido al de una turbina de avión. La velocidad del fuego fue tan grande que ni los animales más ágiles, como los monos carayá, pudieron escapar. Tampoco las aves tuvieron tiempo de volar. El escenario parecía salido de Pompeya.

 

¿Notaste en los últimos años una aceleración en la destrucción ambiental de Brasil?

La cuestión ambiental en Brasil siempre fue vista como una amenaza para el “progreso”. La deforestación y el desprecio hacia los pueblos originarios no comenzó con el gobierno de Bolsonaro. Es parte de nuestra historia, y es algo que me avergüenza mucho. Pero está clarísimo que este gobierno pisó el acelerador, llevando la destrucción hacia nuevos parámetros.

Porque al margen de lo discursivo, Bolsonaro tomó medidas concretas para desmantelar los órganos gubernamentales encargados de combatir la deforestación, que funcionaban como un contrapeso, aunque desigual, que frenaba un poco el modelo destructivo. Los datos indican que hubo un aumento constante en los índices deforestación desde que asumió Bolsonaro. La única expectativa de cambio será la presión que pueda llegar desde el exterior, especialmente desde Europa. Si dependiera de este gobierno, la Amazonia sería un gran campo de soja y bueyes.

 

¿Y la sociedad brasileña qué rol juega en todo esto?

Para el brasileño o la brasileña promedio la Amazonia es un lugar lejano, casi otro país. Gran parte de la gente la ve como una “colonia” de las regiones más urbanizadas, una proveedora de materias primas como madera, minerales y energía eléctrica. La mayoría de los brasileños ricos que viajan por el mundo nunca pusieron un pie en la región. El brasileño no conoce la Amazonia.

 

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