Perseverancia de las calesitas
Especie sobreviviente, los calesiteros resistieron a los cambios urbanos y el avance de la tecnología como guardianes de una tradición infantil que atraviesa generaciones. Cada año crece la impresión de que la mano del progreso digital terminará por aplastarlos, pero no sucede. Crónica de un oficio en peligro de extinción.

—Antes venían más chicos. Y los domingos se laburaba mejor. Ahora las familias se van a otro lado, al río, al parque. Los que tienen un mango no vienen tanto a la plaza. 

Como otras prácticas artesanales, el oficio de los calesiteros ha sobrevivido a los cambios urbanos. Cada año que transcurre crece la impresión de que la mano del progreso técnico terminará por aplastar a las calesitas como reliquias sin razón de ser. Inexplicablemente, siguen en pie. 

Cacho es uno de esos pocos y viejos artesanos que proviene de una estirpe de calesiteros. Es un señor entrado en la vejez, con poco pelo, de mejillas sonrosadas y de piel curtida por el sol de la plaza; habla pausado, enfático, demorándose en los detalles de sus historias, mientras, con mirada vivaracha, observa a su alrededor. 

Atiende a diario su propia calesita en una plaza de San Fernando que construyó junto a su familia: el entablado de los pisos, el techo que remata la estructura, incluso modelaron con resina poliester y madera las figuras a las que suben los niños en cada vuelta. El biombo está ensamblado con paneles de chapas pintadas con dibujos hechos por el propio Cacho usando distintos motivos populares: un Jerry sonriente, el Linyera de Caloi, un Lennon caricaturizado, Pepe el Grillo… 

Al contarme las historias de esas pinturas, señala una imagen lánguida que contrasta con los otros cuadros de motivos alegres. Es el retrato de un niño, un Oliver Twist pensativo y triste. Cuenta que en una época una nena corría alrededor de la calesita, como escapándose de esa figura afligida. Una tarde, charlando con la madre, se enteró de que ya estaban tratando el asunto en terapia. 

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Cacho construyó y reconstruyó varias veces la calesita ayudado por familiares y amigos. Se nota en sus dedos gruesos, en sus manos curtidas, cruzadas de cicatrices por años de trabajo. Lo acompaño a dar una vuelta alrededor de la calesita. Las figuras estáticas aguardan pacientes a los próximos niños. Hay toda una variedad: un helicóptero amarillo, un autito azul de cuatro asientos, una moto chopera, los infaltables caballitos que flotaban subiendo y bajando (encanto que suprimió, porque también se subían  los adultos). Se detiene y contempla una maquinita de tren pintada en rojo y negro:

—Ésa la hice en el ´81. Una vez encontré acá en el piso, un juguetito tirado. Era una locomotora a vapor, así, en miniatura. Y me gustó la idea de hacerla en grande, a los chicos les gustan los trenes. Entonces, con un tambor le hice el cuerpo. Las ruedas eran de las poleas de una máquina que no servía más. El deflector de adelante lo hice soldando unas varillas, y así. Pero, fijate que si a esta maquinita la ponemos en una vía chiquitita, se abriría camino barriendo cualquier obstáculo.

Vivimos tejiendo una constante red de remisiones y recuerdos. Un mate nos remite a la bombilla y a la yerba; la yerba, al yerbal donde creció; la bombilla, a la fragua donde fue forjada. En el mundo analógico de Cacho, esas remisiones son más intensas porque los objetos son apropiables en su uso y en su materialidad. Y él, como buen inventor, tiene en su casa un galpón lleno de máquinas: herramientas de todo tipo, motores de autos viejos, una calesita desmontada que le gustaría rearmar —artefactos siempre a mano para crear y arreglar el mundo. Como artesano también aprendió a pulir versos que, como un don de la palabra, ha regalado a sus amigos íntimos. Curiosamente, Cacho atesora esas poesías en su memoria pero nunca necesitó escribirlas. 

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Este viejo artesano trabajó casi toda su vida con calesitas: primero, en la de su tío Pascual; luego, en la de su padre, que le legaron el oficio, y ahora, desde hace décadas, en la suya. En los años cuarenta, los comienzos del oficio familiar, la calesita era itinerante: primero tanteaban si se podía instalar la estructura en algún potrero descampado y así se quedaban allí durante meses hasta moverla a otro lugar, a la espera de nueva clientela. 

Hace tiempo que la magia de Cacho echó raíces en el barrio de San Fernando. En una de las paredes de la plaza que cobija a la calesita hay un orgulloso cartel que anuncia con pompa al público: “CALESITA DON JUAN 1974 – MARZO 2019, 45 AÑOS EN PLAZA SARMIENTO”. El Padre de la Escuela también tiene su homenaje en una estatua que, perpetuamente ceñuda, examina desde lo alto de una pirámide la plaza y sus familias ociosas, recordándoles que las prioridades de la civilización son el estudio y el trabajo. 

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En esta época de novedades vertiginosas, ¿quién ostenta aún una dedicación artesanal a su trabajo? El oficio de calesitero, después de tanto tiempo, llegó a organizar toda la existencia de Cacho: su carácter, el vínculo con sus vecinos, sus amistades en San Fernando. Incluso, trabajando en la calesita fue como conoció a su esposa. Cuando me cuenta, con aire pensativo y como mirando para adentro, que el año pasado festejaron sus bodas de oro, de fondo suena una canción de Marcela Morelo. La letra queda flotando en el ambiente:

 Para toda la vida 

te quiero

Para toda la vida

—¿Escuchás? —me pregunta y arquea la palma de la mano cerca de su oreja como buscando escuchar mejor. —Esta canción la cantamos a dúo con mi mujer. El año pasado hicimos una gran fiesta en casa. Fue su idea, cumplíamos cincuenta años de casados. 

Se queda pensando. Su mujer falleció de cáncer hace unos meses. Le pregunto si no le molesta escuchar esa canción tan especial para él. Dice que no, pero que no soportaría ver fotos de ella. 

—Es difícil. Todavía estoy medio grogui. 

*

La verdad es que el trabajo de calesitero no podría hacerlo una sola persona. Cuando el lugar se empieza a llenar, especialmente en las tardes de sol cálido o durante las vacaciones escolares, hay mucho por hacer: cobrarle el boleto a los padres o a los niños cuyos padres relojean de lejos; pasar por cada asiento de la calesita levantando los boletos para esa vuelta; revisar que todos estén en sus lugares y que no haya ningún niño por caerse. Finalmente, ante las miradas inquietas del público, hay que salir corriendo a la cabina de control a encender el motor, un gesto que en esta calesita completan con un empujón sobre alguno de los postes, como si quisieran arrancar un auto descompuesto. 

*

En esta calesita de San Fernando, Cacho acaba de arrancar una nueva vuelta y aún falta algo esencial: la música que envuelve el movimiento irradiando melodías por toda la plaza. Antiguamente, recurría a un viejo tocadiscos; ahora, usa Spotify. Suenan una canción de Palito Ortega, Thriller, una canción infantil, más tarde Fito Páez. Un padre sentado acompaña el ritmo golpeándose el regazo, mientras sonríe a su hijito que da vueltas en un caballito. 

—La verdad, la música, más que para los nenes es para los padres—comenta uno de los hijos de Cacho, que lo incitó a modernizarse un poco. Calesita Don Juan ya exhibe su propio perfil en Instagram, algo que Cacho acepta con estupor resignado.

*

Ya en pleno movimiento, mientras todavía se venden boletos, es momento de dar la sortija y de que los valientes prueben su destreza. Décadas atrás, Cacho supo trabajar con sus hijos. Desde que falleció su mujer, quien también lo acompañó durante años en su trabajo, comenzó a ayudarlo su cuñado y compinche Carlos. 

—A esta altura, Carlitos es como un hermano— dice de un señor gordito, de párpados caídos y bigote de morsa, muy ducho en hacer reír a niños y padres. 

Un viernes por la tarde, vuelvo a la plaza. Es invierno. A pesar del sol, hace mucho frío. No encuentro a Cacho; Carlitos me explica que ya va a llegar, que últimamente se está demorando un poco: 

—No le mandés mensajitos, no los lee. Capaz llamándolo tenés suerte. 

Espero un rato más. Las familias, libres ya del trabajo y de la escuela, viven felices el comienzo del descanso semanal. Cuando al fin llega, (queda bastante gente para una tarde invernal), se pone a tomar unos mates. Cacho cuenta que viene de comprar una bolsa de caramelos para la bocha de madera que aloja la sortija. Es un sistema que ingenió hace tiempo, una verdadera innovación sobre el elemental “sacar la sortija”, esa práctica heredada del juego de los gauchos a caballo. Todo aquél que ha subido a una calesita sabe que ganarse la sortija lo es todo. Significa mucho, que los grandes te están mirando y por un instante se preguntan: 

—¿Podrá en el mano a mano contra el calesitero? 

En Calesita Don Juan, sacar la sortija significa además que te ganaste un caramelo. 

Para Cacho, de incansable espíritu inventor, no bastaba con engarzar el anillo de la sortija a un alambre en forma de palito; él reemplazó el palito con un tubito de cobre para alojar en su interior el premio tan anhelado, un palito de la selva. 

—Sí, los nenes lo que quieren es el caramelo— dice, confiado de su mejora y perplejo con la nueva crianza saludable: alejar todo lo posible a los niños del azúcar. 

Esa tarde, antes de irse, una nena de tres años se acerca a saludarlo al mostrador. Abre enorme la boca y le muestra, alegre, que está comiendo el victorioso caramelo. ¡Chau!, saluda Cacho y los padres también se despiden. Muchos, que alguna vez vinieron como niños, hoy llevan a sus hijos y se entretienen charlando con él. 

*

En esta larga vida habitan ciertas intuiciones que, tal vez, alumbren el enigma de la perseverancia de las calesitas:

—Para mí, la calesita es una forma no tan monótona de ganarme la vida, (como cuando tuve que trabajar en un tallercito de pibe). Una forma de poder divertirme jugando con los chicos. Pero, ojo, esto no es para cualquiera. Hay que hacerlo con ganas. Si no, no sirve. La gente se da cuenta y no vuelve. 

—¿Y por qué te parece que los padres siguen trayendo a los nenes?    

—Yo creo que, en el fondo, agradecen poder llevarlos un rato a la plaza: sacarlos de su casa y que jueguen, que se peleen con la sortija. Ahora, cuando un padre le da el celular a sus nenes, ahí yo me enojo. ¡No, hermano! ¡El celular dáselo en tu casa! ¡Acá no! Para mí todo esto empezó con la tele. Ahí empezó el declive de las calesitas. Antes no había eso. La gente salía a caminar, a mirar vidrieras. Después los pibes empezaron a enchufarse al televisor. Y ahora cada uno anda por ahí llevando una tele portátil. 

Por ahora, las calesitas perseveran, venerablemente custodiadas por sus guardianes que, junto con niños y padres, siguen recreando el encanto del juego cara a cara. 

Ya es tarde, me decido volver y los saludo. Cuando empiezo a caminar, comienza una nueva vuelta y escucho para mis adentros la poesía que Cacho dedicó al maestro del oficio familiar, su tío Pascual:

Recaló por estos pagos

y lo llamaron Don Juan

por allá de donde vino

lo llamaban Pascual.

Le trajo al barrio alegría

y si la guita me faltaba

haciendo él la vista gorda

alguna vuelta me colaba.

Suena tu música organito

de vuelta sin parar

avión, caballos, autitos, 

que ya no me quiero bajar.

Lo vieron una tarde lento

y renguera al andar

que no se termine tu vuelta

dame la sortija Don Juan.

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