Manaos, más tropical que parisina
¿Por qué millones de personas se concentran en un territorio tan difícil? ¿Qué sostiene una ciudad de diseño europeo en pleno caos natural? Desde Brasil, Ignacio Bisignano mira por la ventana a Manaos, una frustrada apuesta de hormigón en medio de la selva amazónica.

Foto de portada: Michael Dantas (AFP)

El cálculo y la anticipación de las ciudades suelen amortiguar el miedo atávico a lo incontrolable. Por el contrario, la ciudad que se ve por esta ventana exhibe el descontrol, expone, como una herida abierta, la extrañeza no domesticada del mundo natural. Manaos es gigantesca y está incrustada en el medio de la selva amazónica. 

Su fisonomía urbana se erige como un cluster de concreto, acero y vidrio que contrasta violentamente con el entorno. Antes de esta modernización, las comunidades que habitaron el bioma durante siglos trazaron un hábitat adecuado al clima, la actividad del río y la coexistencia con la naturaleza. Aún hoy en los márgenes del río Negro se observan frágiles palafitas de madera sostenidas sobre las orillas. En esa tensión visible entre la masa arquitectónica y la escala elemental de la selva se experimenta aquel deleite que los estetas llamaron “lo sublime”: una experiencia mixta de fascinación y miedo, de peligro y seguridad. 

A través de las ventanas de un edificio de Manaos puedo observar una yuxtaposición poco asimilable: por debajo, una recta avenida gris cargada de autos; por encima, un paisaje natural e irregular conformado por las copas verdes de los árboles. La rutina ciudadana de siempre: kioscos, cafeterías y estaciones de servicio. La desconexión es inmediata. 

Pero basta levantar la mirada para que esa oferta de consumo se disuelva ante una naturaleza sin atisbo de civilización. En ese desequilibrio visual la selva se revela desnuda, sin transición. Manaos convierte la selva amazónica en algo sublime: su grandiosidad es el contrapunto de una ciudad perfectamente delimitada.

Una ciudad estratégica

Manaos es una ciudad hostil para sus habitantes, el intenso calor húmedo que exhalan los millones de árboles del Amazonas no se lleva bien con la concentración de tres millones de personas amontonadas entre altos edificios, favelas y condominios. El cerco fluvial de el río Negro y el Amazonas aísla la metrópoli del resto de los grandes poblados de la zona, siendo casi imposible su acceso vía terrestre. Para llegar a las vecinas localidades de Parintins, Santarém o Belém, es necesario tomar un barco. 

Sin embargo, en Manaos abundan las motos y los automóviles. Son necesarios para atravesar las grandes distancias delimitadas por las manzanas, las calles y las plazas de trazo europeo. El auto resulta esencial dentro e inútil afuera. 

¿Por qué millones de personas se concentran en un territorio tan difícil? ¿Qué sostiene una ciudad de diseño europeo en plena selva amazónica? La respuesta es política. El Estado brasileño resigna millones de reales para la reproducción del mayor polo industrial en electrónica y electrodomésticos del país. 

Manaos fue declarada “zona franca”, es decir, las empresas que motorizan la industria no pagan impuestos tributarios ni aranceles de importación. La manufactura es producida en la selva y trasladada durante días hacia el corazón consumista del sudeste: Sao Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais. Esa ineficiencia permite reafirmar la soberanía territorial de la Amazonia. 

Toda esa gran región de tierra pertenece a Brasil porque Manaos existe.

Teatro Amazonas (Foto: Ignacio Bisignano)

Un teatro en el Amazonas

Antes de la política artificial y dirigida, Manaos creció de manera espontánea debido a la fiebre del caucho. La revolución industrial y la expansión automotriz demandaron miles de toneladas de caucho amazónico, generando una acumulación de capital extraordinaria para los dueños de la tierra. Alrededor de los sectores de extracción de borracha, la ciudad selvática emergió de manera abrupta. 

A principios del siglo XX, Manaos contaba con luz eléctrica, tranvía y calles pavimentadas, lujos ausentes en la mayoría de las ciudades europeas o estadounidenses. Esa modernidad exuberante le valió el apodo de “La París de los Trópicos” y como emblema de ese impulso se erigió su edificio más icónico: el Teatro Amazonas. 

El Teatro Amazonas condensa una incoherencia fascinante: los barones del caucho colocaron un trozo de la vieja Europa en el corazón de la novísima América. De cerca, es un rectángulo rosa ordenado por balcones y balaustradas que remiten a Palladio. Recuerda al palacio Chiericati de Vicenza, aunque lo osado del color elegido rompe el porte clásico y representa un signo de futuro. Por otro lado, la forma del teatro es a la vez imponente y delicada, la fineza que le otorga la alargada línea clasicista estiliza su volumen sin quitarle grandilocuencia. 

A la distancia, sin embargo, el europeísmo se desvanece. Frente a ello lo que prevalece es la cúpula del teatro, un cilindro de mosaicos verdes y amarillos que exhibe la bandera brasileña. Al salir unos metros de la plaza del teatro, sea desde la aledaña avenida Getulio Vargas, o desde Rua 24 de Maio, ese extraño conjunto cilíndrico parece flotar, como un asteroide autónomo, sobre la estructura central. 

El Teatro Amazonas es un ensamble de partes que no terminan de integrarse. Estructura y cúpula condensan la tensión viviente en Manaos entre ciudad y selva. Esta desconexión también señala una verdad más política e incisiva: el Amazonas es una tierra típicamente americana sometida y gobernada por Europa. El Teatro de Manaos exhibe la violenta imposición de la cultura occidental en la ajenidad. El escenario queda partido y sin mezcla: europeos o indígenas; sur o norte; dueño rico o trabajador pobre. 

Teatro Amazonas (Foto: Ignacio Bisignano)

Una verdad que late

Sin embargo, el proyecto europeizante en Manaos fracasó. La ciudad respira Latinoamérica por todos lados. En la zona del Mercado Municipal en estilo Art Nouveau o en las lojas de la avenida Sete de Setembro de casas neoclásicas, resiste una vibración carnavalesca y artesanal típicamente “tropical”, escasamente “parisina”. Hay maniquíes gastados, carteles pintados a mano, parlantes que ofrecen descuentos en un portugués atropellado, calles sucias, edificios decadentes intervenidos por murales brillantes, puestos improvisados con frutas exuberantes. 

Los europeos cambiaron la escena a los nativos, ya no habitan pequeñas comunidades ni caminan entre árboles, ríos y animales; ahora la vida transcurre entre edificios que dialogan con Serlio, Bramante y Christopher Wren. La arquitectura conserva el recuerdo de lo que Manaos quiso ser. Los cuerpos, en cambio, insisten en lo que es. Europa supo construir escenarios; América puso los cuerpos. 

En el corazón de Manaos, el Teatro Amazonas señala una verdad que late: el alma de una ciudad no está en el decorado, sino en sus actores.

Ignacio Bisignano

En Instagram es @nachobisignano

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