Si estuvieran vivos, me hablarían
¿Qué pasa entre el momento de nuestra muerte y el destino de tierra o fuego? En esta crónica, Nicolás Ghigonetto acompaña y registra una sesión de tanatoestética en la ciudad de Córdoba.

Lo malo de morir

es que ya no se puede

ser gracioso ni encantador.

John Updike

1.

Mi abuelo siempre contaba un chiste:

-El otro día murió don Vicente, fui al velorio y después pasé por su casa a tomar unos mates, como de costumbre. Toqué timbre. ¿Saben quién atendió?

-¿Quién, abuelo? -respondíamos los nietos sabiendo el remate.

-Nadie. 

2.

Lo mejor que te puede pasar es morirte en un geriátrico. El guardia de turno llama al médico, certifica la defunción y ahí ya puede actuar el servicio fúnebre. Lo segundo es un hospital. El médico que te atiende es el mismo que certifica tu óbito y ya podés salir de ahí. Si te morís en tu casa, puede pasar lo siguiente: un vecino o familiar viene a verte, llama a tu médico de cabecera, firma la defunción y pasa una chatita del servicio a recolectarte. 

Sin embargo, si nadie te viene a ver en un período de una semana, puede que los vecinos llamen a la policía por el mal olor que emana el domicilio y tu muerte se judicialice. A tu cadáver le van a hacer una autopsia completa: una sierra te abre el cráneo; otra, el pecho y la panza. La misma suerte corren los muertos en la vía pública. Después de todo este proceso, pasan los gondoleros de la tierra que, como Caronte, llevan los muertos a un lugar de paz

3.

En Córdoba se mueren 90 personas por día, un 10% del total del país, según los datos del sitio argentina.gob.ar. La empresa funeraria CalMar Sepelios, en Córdoba capital, acapara el negocio de un promedio de diez por día. Los días más movidos hacen 17 y los menos, 3, según los datos de la memoria de Pablo, un empleado. Los turnos son de 24 horas. Si cada servicio dura una hora y mueren 17, sólo tienen 7 horas para hacer nada; si mueren 3, les quedan 21 hs. En 13 días podrían ver las 20 temporadas de Grey ‘s Anatomy. 

Ya van dos horas que estamos Jeremías, Damián, Pablo, Fernando y yo en la oficina. Hoy es uno de esos días en que no se muere nadie.

Ni una paloma para coserle el pico -dice Fernando sin sacar su vista del celular. 

Pablo se recuesta sobre el sofá, Damián prepara el mate y Jeremías es el único que me mira:

Lo único que tenés que tener cuidado es con las agujas, un muchacho se clavó una y hasta el día de hoy tiene una infección rara.

Damián se mete:

El otro día una chica que murió tenía HIV y en ese caso te avisan y no se le sutura la boca, ahí le ponemos gotita. 

Fernando deja el celular y se para: 

Tenemos que sacar a una viejita de 82 años de la clínica Los Arcos

Fernando y Pablo retirarán el cuerpo en una Berlingo ploteada con la palabra Ambulancia y el nombre de la empresa. Damián y Jeremías quedan de guardia. Yo los esperaré en la sala de estética ubicada en calle Rioja 20. 

4.

Pablo trabaja en el ámbito funerario desde muy joven. Tuvo mucho miedo al principio pero aprendió a convivir con los cuerpos, a dormir en ambulancias o entre cajones, y a desarrollar una relación práctica, desdramatizada, incluso irónica, con la muerte. Se define a sí mismo como alguien que “nació para esto”: considera que su trabajo lo hace de manera excelente y que no cualquiera puede sostenerlo. Ha pasado por distintas empresas y observa cómo muchos abandonan al poco tiempo. 

Vine a Córdoba en 2002, desde Camilo Aldao, Santa Fe, porque mi papá se enfermó de cáncer de pulmón. Nueve meses después falleció. La funeraria que hizo el servicio era de tres hermanos y, poco tiempo después, mi hermana empezó a salir con uno de ellos; se conocieron en el velorio de mi viejo. Por eso me llevaron a trabajar con ellos. Empecé cinco meses después de su muerte, tenía 14 años.

Fernando se especializa en la preparación estética de los cuerpos. Su trabajo implica intervenir directamente sobre rostros y heridas, reconstruir lo que falta, corregir gestos, devolver una apariencia humana y serena. Es detallista, puede hablar horas de facciones, gestos y particularidades de los cadáveres. Me cuenta que tuvo que pegar con gotita y coser un sinfín de rostros accidentados para que los familiares pudieran despedirse de la mejor manera posible. Ama ir a la morgue, retirar los cuerpos más demacrados. 

A mí de chico me gustaba quedarme mirando los perros muertos de la calle. Veía cómo se hinchaban o se descomponían. A veces con un palito los tocaba. 

5.

No sabés cómo está, hecha mierda.

El cuerpo está tapado con una sábana blanca, fina. La saca Fernando de la chatita, golpeando las ruedas contra el piso. La lleva hacia una sala contigua con piso de cerámico y una serie de cuadritos que muestran edificios musulmanes. 

Tomá, entretenete -me dice Pablo y me da los guantes. 

Fernando la destapa de un tirón, como Copperfield en un truco de magia. Queda totalmente desnuda: tiene unos moretones bordó en los brazos, una cinta azul con el número de cadáver que le ponen en el hospital y una de papel en la muñeca que sostuvo el suero. La cara manchada en los pómulos. La boca abierta y los ojos entrecerrados. 

Ves que está mirando a un punto, siempre que se mueren quedan mirando a un punto. -Me dice Fernando mientras le abre los ojos sin los guantes. 

Agarra la caja de herramientas y la pone entre las piernas del cadáver. 

¿De qué murió? -pregunto ingenuamente. 

Pablo trae el certificado de defunción y se hace el que lee: 

-¿De qué murió? Se olvidó de respirar, dice acá. 

Mónica O. murió a las 11:40 del 17 de agosto, a los 82 años en la clínica privada los Arcos, Córdoba capital, de:

Causa principal: Shock cardiogénico irreversible
Debido a: Disturbio ventricular grave
Debido a: insuficiencia ventricular aguda.

Pablo dice que las manchas en el pómulo son por el paro. Fernando dice que no, que a esa mancha la tenía cuando estaba viva. Fernando la recorre con la mano izquierda, la palpa, me dice: 

Está tibia, tocá.

Recuerdo la frase de Ulises Bueno de la canción Gabriela: fría como el mármol de la escalera. Nada más errado, Mónica murió al mediodía, son las 4 de la tarde y aún está tibia. 

¿Vamos pasando de a uno? -bromea Pablo.

El cuerpo no necesita baño, está limpio, sin pérdida de líquido.

A veces suelen estar todos cagados, ésta no debe haber estado mucho tiempo en la clínica. 

Me cuentan que los que tienen mucho tiempo de internación están llenos de medicamentos y al momento de la muerte empiezan a despedirlos. Ni Pablo ni Fernando usan barbijo, yo tampoco. 

Él ama meter la mano entre los cuerpos -lo ataca Pablo-: mientras más asqueroso es, más lo disfruta. Yo no, por mí lo meto en el cajón y se lo mando a la familia. 

Fernando se defiende:

Por ahí la familia pide cremación, como hoy, y vos la dejás así nomás. Después al crematorio le dicen: dejamela ver un ratito y está mal presentado el cuerpo. La funeraria queda re mal, viste. 

Fernando agarra el algodón, es un algodón normal, de esos que se compran en la farmacia. Vienen otros, que son como tiritas, para meter en la nariz, pero el dueño de esta funeraria no los quiere comprar, me dice Pablo. Fernando va haciendo las tiritas manualmente y las pone en la punta de la pizza.

Vos la tenés que taponar bien. Esta persona ahora no, pero de acá a un rato nos sabés si no va a perder líquido. 

Agarra la pinza, la pone en el orificio, la punta de la pinza es más fría que la tibieza del cuerpo de Mónica. Le deja la punta en el orificio para que yo vea bien. Presiona con fuerza hacia abajo. Entra toda la pinza de un golpe. 

Es grande el hueco, pensá que se conectan la boca con la nariz, a eso lo podés llenar si querés de algodón.

Ahora me toca a mí. Trato de formar las mismas tiritas que hizo Fernando, me salen deformes. Me dice que haga como un choricito. Apoyo la pinza en el orificio, con la otra mano le toco la frente, para que no se me mueva. 

Que el movimiento sea para abajo, porque si tocás la venita de arriba no para más de salir sangre.

Presiono con fuerza y hacia abajo, la pinza entra con un sonido crujiente, me hace acordar al carnicero cuando troza una patamuslo a ras del hueso. 

Se podría agregar talco Higroscópico, silicona o gelatina sin olor, pero el jefe no quiere gastar mucho, agrega Pablo. Fernando le abre la boca, me pide que le agregue algodón con la pinza. Esta vez es sólo rellenar, ya no tengo que tener cuidado de romper una vena, sólo siento los dientes de Mónica que me tocan los guantes.

Lo único que podés hacer llegar al fondo de la garganta es esa pinza -le dice Pablo a Fernando. 

Le toco los pómulos, siento como si se hubiera acolchonado, como si estuviera inflada. Fernando le baja un ojo, yo le bajo el otro. Le acaricio la frente, las sienes. 

Fernando enhebra el hilo en una aguja con forma de gancho. Es un hilo grueso. Choricero, dice Pablo, la rata del dueño no quiere comprar el otro. 

Mirá, fijate, ese es el frenillo- con dos dedos le abre los labios-, esa es la telita por la que tenés que meter la aguja. 

Me da la aguja, pienso en los casos de HIV de los que me habló antes Damián. Paso por el frenillo inferior, es una telita suave, la aguja desliza, no traba, no es el labio, es casi transparente. Queda el hilo en forma de U, atravesado de los dos lados, mirando hacia arriba. Fernando saca la aguja.

Hacé un nudo –escucho de atrás. 

Le cierro la boca suave, atando ese hilo que perforé. Fernando me dice apretá bien, hacele otro. No, me dice, así: lo hace con fuerza y se le corta. La cabeza de Mónica se mueve de un lado a otro, como si hubiera un bache en la calle y estuviéramos arriba de la Berlingo. 

Hay que hacerlo de nuevo. Fernando antes de hacer el nudo le golpea el mentón con la palma de la mano, el mismo golpe que le damos al encendedor para abrir una cerveza. Me pide que golpee yo. Le doy un golpe seco. Más fuerte, me dice. La mandíbula cierra bastante. 

Le paso la aguja curva por el frenillo superior, deslizo el hilo, lo paso por el frenillo inferior y los dejo a los dos mirando hacia arriba. Anudo dos veces, con fuerza. El primer punto es para ajustar, el segundo para acercar los labios, indica Fernando. Meto el resto de hilo en la boca, para que no se vea. Fernando junta los labios con los dedos. Si los pegás con la gotita, el labio se endurece y no se puede maquillar después. Además la gotita al secarse se pone blanca y a eso lo ve la familia después, aclara Pablo. Me pide que masajee la comisura. Le toco los pómulos en redondo, los labios, aún sigue tibia. Con un peine plano de color azul le hago la raya, recorro todo el cabello que no está enredado. 

Me alejo dos pasos hacia atrás, para sacar una foto. Ahora sí, Mónica está en paz. 

6.

Siento que los movimientos del comienzo: trozar el pollo, taponamiento de algodón en la garganta, los golpes en el mentón, el tambaleo de la cabeza al ajustar el hilo choricero, no se condicen con la paz que adoptó el rostro después.

La vieja está hermosa, en cualquier momento les pido que me dejen estar un poco solo -dice Fernando. 

Lo último que hago es ponerle maquillaje a la cara, con el mismo algodón que usamos para rellenar la garganta. Unto una base suave, color piel, marca Silkey. Primero la paso por el brazo derecho, para corroborar que es el color. Después la paso muy suave por la cara, desparramo bien entre los orificios de la nariz, los pómulos, la frente. La base no llega a tapar las manchas que tiene en el pómulo.

Esas marcas son preexistentes y para taparlas tenés que ponerle cinco capas. Capaz te queda toda revocada y ella no era de usar maquillaje nunca.

7.

Mónica va a un cajón plano, básico, de aglomerado, porque la familia pidió cremación. El servicio costó 700 mil pesos en total. Existen otros más caros, por ejemplo uno de 930 mil en donde al cuerpo se lo viste, maquilla y se agrega sala velatoria y coche fúnebre para cuatro familiares. Con un traslado de menos de 100 km, el servicio cuesta un millón cincuenta pesos.

Hay quienes piden formolización, la última moda en tanatopraxia. El sistema consiste en vaciar los líquidos del cuerpo y cambiarlos por formol. El servicio se pide para familiares que llegan 3 o 4 días después del fallecimiento. El proceso de conservación de cuerpos a lo largo de la historia es parecido, sólo cambia el químico o fluido que se utiliza: los egipcios usaron bálsamos (por eso embalsamamiento), Pedro Ara, el embalsamador de Eva Perón, experimentó con parafina; ahora, Fernando y Pablo, lo hacen con formol. 

8.

Pablo y Fernando van adelante. Yo me voy agarrando de la camilla y de paso la sostengo a ella que tendrá su última vuelta por las calles de Córdoba. 

Hay muertos que se mueven –empieza a hablar Fernando-, un brazo se les va para un costado, una rodilla se flexiona. Hasta he visto que en los crematorios se sientan. Todo eso es por los tendones que se contraen. O también cuando los cambiás de camilla suelen dar el último suspiro. No es que respiren, suelen tener aire en los pulmones todavía. Pero no están vivos, si estuvieran vivos me hablarían. 

Llegamos al depósito. Pasará la noche en un cajón barato. Mañana el turno que ingrese a trabajar esperará a los del crematorio que la pasan a retirar. 

Al día siguiente, devuelven a Mónica en estado de cenizas. 

9.

La dirección donde vivía Mónica sale en el certificado de defunción: Independencia 1100, Nueva Córdoba, un departamento en el 4to piso. No es barato vivir ahí pero sí es barato el servicio que eligieron para ella. Voy hasta su casa. Toco timbre.

¿Adivinen quién atendió?

Nadie. 

Nicolás Ghigonetto

Isla Verde (1989). Licenciado en Lengua y Literatura (UNRC). Publicó textos en antologías en editoriales como Mansalva y Mardulce y tres libros de manera individual: Los días del desastre (Cartografías, 2016), Dos cachorros de sicario (Kintsugi, 2020) y Nenes raros (Elemento Disruptivo, 2023). Escribe en medios sobre arte, literatura, moda y boxeo. En Instagram es @n1k3l40s_

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