Entre las páginas de Franco, vida de mi padre (2025), Alejandro Modarelli lee una tragedia familiar que va de Shakespeare a Cambaceres. ¿Cómo narra su propia genética el expresidente Macri? ¿Hasta dónde siente la sombra del progenitor este Simba ojos de cielo?
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A nuestra alta burguesía contratista le faltaba un drama freudiano que nos condujese al espíritu de las tragedias sobre linajes, ascensos y ocasos. Por curiosidad, por diversión y un poco por encargo, leí Franco, vida de mi padre. La historia de mi mayor maestro y mi mayor antagonista (Planeta, 2025), de Mauricio Macri. Confieso que aquello que podía pintar una elegía tardía de la figura de un padre difícil, como un Rey Lear calabrés de posguerra, demasiado pronto se impregnó de autoelogio. El objetivo pareciera ser la limpieza del propio apellido, mediante el uso del género biográfico naïf.
Los genes del éxito
Mauricio Macri empieza la operación literaria evocando un personaje familiar más pulido que Franco, el abuelo Giorgio, emigrado de Calabria a Roma y por último a Buenos Aires. Refinado al extremo de afrancesar en un momento el apellido deviniéndolo Macry, rodeado de personajes de la vanguardia intelectual italiana —de Croce a Marinetti— Don Giorgio se casó con una mujer de familia rica y cofundó un partido posfascista de centro, el Fronte dell’Uomo Qualunque (Frente del Hombre Común).
Franco, su hijo, y Mauricio, su primogénito nieto ingegnere, han repetido las elecciones afectivas del abuelo, de acuerdo a la necesidad de acumulación de capital social, marcando en el catálogo de muchachas a las de procedencia familiar más prestigiosa (de la joven rica provinciana Alicia Blanco Villegas en el caso de Franco, a, por ejemplo, Isabel Menditeguy, hija del aristócrata y dandy porteño más estrambótico, Charlie Menditeguy, en el caso de Mauricio). El dato revela la odisea ascendente del inmigrante italiano enriquecido en un país donde hasta no hace mucho se seguía celebrando la sonoridad de los apellidos patricios; ese blanqueamiento de estilo que Macri, heredero de las aventuras exquisitas de Giorgio más que de la obstinada vocación imperial del padre, denomina “genética”.
A contramano de las teorías de diván, en las que se dejó madurar desde que empezó terapia con un esmerado psicoanalista (que, remarca, no le indicó su padre), Mauricio cree que sus decisiones inconscientes, sobre todo las exitosas, dependen del ADN familiar. Los genes de Giorgio habrían impulsado a Mauricio a probar la política, aunque dentro de esta las ideas liberales, a diferencia del populismo romano del abuelo.

La muerte del padre
Los pupitres del Cardenal Newman, su habitus en la adolescencia, estructuran y expelen una clase dominante muy diferente a la del Colegio Nacional Buenos Aires. Aquel universo homosocial privado y lujoso promueve otras camaraderías que no son las intelectuales sino las financieras (hay que leer los cuentos de Juan Forn sobre su compañero Macri). A fin de cuentas, la élite económica argentina hace mucho mutó sus preferencias, de París a Miami, de la alta cultura a los libros de autoayuda y de defensa del egoísmo como motor social (Ayn Rand es la autora de cabecera de Mauricio), el Jockey Club por la farándula, y el antiguo honor señorial (cierto o simulado) abrió paso al cuevero con cuentas offshore.
La opción Estados Unidos versus Europa es un hecho lógico para alguien como Franco Macri, que durante varias décadas soñó con disputarle a Donald Trump el mercado inmobiliario de Nueva York. Trump, por supuesto, lo traicionó (lo puso en su sitio), a pesar de los esfuerzos de Mauricio por seducirlo mediante los partidos de golf y la feria de mujeres. Un capítulo del libro describe cómo el pibe se mueve a tientas en las ligas del gran capital internacional, aprende del poder y sufre las malas elecciones del padre.
Franco es una novela sentimental, el drama edípico de bandera entrelazado con la narración de buena parte de la historia económica, política y social argentina del siglo XX y principios del XXI. Es el texto narrado por la voz de un héroe republicano futbolero, que pagó el precio sacrificial de un secuestro para lanzarse a la fama y a la escalera al poder a través de Boca Juniors, que vio hacia dónde se dirigía el capital en los años noventa, y que luchó contra la terquedad de un padre anclado en el pasado, el viejo constructor desarrollista megalómano que debió ceder su lugar. El crimen simbólico del padre se consumará definitivamente con el salto a la presidencia del hijo: “fue duro para papá que de pronto lo señalaran como el padre de Mauricio”.

El rebranding del patriarca
El resultado de la empresa literaria es tierno. No existe el Mal en el seno de la Familia (nadie capaz de las mayores hazañas en beneficio del país podría albergar el Mal) sino la Caída del Padre en el supuesto síndrome de Hubris. Según me entero, en el presente de diagnósticos clínicos inconmovibles se atribuye a líderes o personas poderosas, que sucumben al ego y narcisismo destructivos. Aquel maldito Hubris sería la causa del ocaso paterno, la razón por la que debieron enfrentarse judicialmente, pobre muchacho, aunque no hace mención a otros entuertos económicos familiares, por ejemplo con el hermano Mariano, que lo acusó de ser un psicópata y pretender quedarse con las joyas de SOCMA (Sociedad Macri).
Mauricio, dice en el libro Franco, zafó de aquella caída monumental del padre (de la cúspide en los 90 a la intrascendencia en los 2000) gracias a su entorno y su capacidad de “crear equipos” horizontales, el orgulloso eslogan de campaña. Cada entrevista sobre el libro en cuestión es una oportunidad para señalar que el éxito se produjo a fuerza de resistir el espejo de El Padre, y por la intervención de un sustituto de aquel, primero el tío Blanco Villegas y luego el psicoanalista. Así, Mauricio nos dice, aprendió a aceptar los consejos de su mesa chica, incluso si se oponían a sus deseos, como presentarse a la presidencia en 2011.
El kirchnerismo había herido la “dignidad de la familia”, inventado supuestos delitos como los manejos del Correo, insistido en pecados absueltos como el contrabando de Sevel, y otras miniaturas. Y él estaba hecho una furia y sólo tenía en mente barrerlos del poder. Pero Cristina había quedado viuda y según le aseguró el consultor ecuatoriano de cabecera, Jaime Durán Barba, una viuda es imbatible. Así que prefirió seguir en el puesto de Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, “haciendo grandes obras”, como décadas antes su admirado brigadier Cacciatore, intendente durante la dictadura.
Hay que reconocer que “el Pibe” —así se llama la biografía que le prodigó Gabriela Cerutti hace algunos años a Mauricio Macri— deja a la familia lejos en estas páginas de lo que llama “crímenes del Proceso”. Incluso evoca la defensa que hizo Héctor Timerman de su padre Franco. El empresario no habría sido antisemita, como se lo acusó (los inmigrantes italianos cargaban a menudo con ese sambenito). “Dictadura” es un término que Mauricio esquiva, creo yo, menos por deformación cultural de clase que por la íntima certeza de que había algunas masacres inevitables.
Los esfuerzos por callar las evidencias de corrupción familiar, o negarlas, conducen a otro tipo de género que no es el biográfico sino el de los cuentos de superhéroes y villanos. Hay adultos que, incluso cuando el poder enferma la mente, no dejan de ser El Bien. Obscenos, verdes, jodidos, pero esencialmente buenos. Aquel padre que había declarado públicamente que prefería votar a La Cámpora (el villano supremo es siempre el kirchnerismo) antes que a su hijo, también fue el que le enseñó desde demasiado joven las astucias de los grandes negocios y antes de que China amenazara la hegemonía de Estados Unidos, vaticinó en un auto sobre las avenidas de Pekin, junto a Mauricio, que ese gigante arrasaría pronto los mercados. “Me acuerdo de que veíamos a los pocos autos haciendo volar las bicicletas, fue algo que me asombró”, cuenta Mauricio del mismo modo que un relato sobre películas de Disney. Hoy, Franco, vida de mi padre. La historia de mi mayor maestro y mi mayor antagonista es un certificado de reconciliación, muy operativo, una vez que se asoma la propia vejez y se mira hacia atrás sin quedar por eso como estatua de sal bíblica, mientras se centrifuga el pasado. A fin de cuentas, los hechos del príncipe Mauricio superan los del padre, para qué dejar huellas del crimen simbólico.