Recuerdo de Edgar Allan Poe

*Por Julien Green

 

Hace poco más de un año estaba todavía en Baltimore, Maryland, y me decía: «Llegará el día en que regresaré a Europa, pero antes de partir iré a depositar un ramo de flores en la tumba de Edgar Poe». Pues es en Baltimore donde está enterrado. ¿Y qué flores —pensaba— le puedo llevar al poeta? Las más hermosas, las más reales de todas: lirios azules. No hay nada que iguale en magnificencia su azul deslumbrante y nocturno a la vez. Pero llevar un ramo de lirios azules no es tan fácil como podría parecer; eso hace que uno parezca en cierto modo torpe e ingenuo. En fin, el respeto humano pasó por encima de mi proyecto y el ramo se volatilizó. Ya no pensaba más en el hasta que un día me dijo mi prima:

—Esta tarde te voy a llevar a la tumba de Edgar Allan Poe.

(Allí nunca se le llama de otra manera).

¡Con cuánto detalle me imaginaba la tumba! La veía completamente al final de una avenida de cipreses, naturalmente, «de cipreses con mi alma, Psique», tal como dice en Ulalume. Lo que facilitaba la peregrinación era el coche de mi prima. Así que nos subimos en él, y en marcha… Durante el trayecto pensé varias veces en las flores. Lirios azules. Podría haber añadido gladiolos, por el contraste, y dos azucenas, una blanca y otra negra. Así componía mi ramo Imaginario mientras atravesábamos la ciudad y, cada vez que me venía la idea de hablarle a mi prima de las flores, ella me dirigía la palabra como para impedirme decir lo que quería decir. Las calles por las que circulábamos aquel día de junio eran espantosas. A uno y otro lado desfilaban las casitas de ladrillo como si refunfuñaran; el calor caía como una pesada losa y el asfalto se hinchaba formando placas como si rebelara. Por último, una gran avenida bordeada de edificios un poco más altos, con los tres pequeños escalones de mármol que la tradición impone en Baltimore. Pasa un tranvía chirriando sobre los raíles. ¡Cuánta prisa tengo por llegar! El fulgor de esta luz implacable y el ruido estridente que parece ser el mismo grito del calor triunfante, todo eso me resulta hostil y me hace suspirar por los románticos parajes umbríos que me esperan. De pronto se detiene el coche: «Baja, ya hemos llegado».

 

 

Me apeo, pero no entiendo nada. Delante de donde me encuentro hay una iglesia de ladrillo, pero apenas si la miro. No es fea, sin embargo, con ese aire que tiene de iglesia campestre que busca sus prados. Está rodeada por una verja que la separa de la calle, pero no del rumor de los coches que la envuelve y golpea.

—No podemos entrar —me dice mi prima—. Han cerrado la verja. Pero la tumba se ve bien.

Su voz la cubre el estrépito de un nuevo tranvía. Con su mano enfundada en un guante negro me señala un pequeño espacio, entre la verja y la iglesia, donde crece una hierba raquítica y veo de repente un grueso cubo de piedra amarilla adornado con bajorrelieves carcomidos por el tiempo. Al fin comprendo. Así pues, es aquí donde lo han dejado, donde lo han abandonado. Toco con los dedos los barrotes ardientes. Una enorme tristeza me invade. Al otro lado de la verja está lo que queda de Poe. ¿Podría decirse que duerme? Doloroso es el sueño de los muertos. Cuánto desprecio inspira todo el estruendo y la vulgaridad que rodea a este hombre al que «cada serpiente le tuerce la boca, excepto la risa»… Le importan muy poco las gentes que vienen y van y hacen ruido. Fui muy ingenuo hace un instante cuando pensaba que le pondrían cipreses, y me imagino la cólera de Baudelaire si lo hubiera sabido; me viene a la mente la frase vengativa de Mallarmé… En este momento se acerca a nosotros una mujer; ha visto que mirábamos; es una mujer del pueblo.

—¿Quizás son ustedes de la familia? —nos pregunta.

—No.

—Ah, claro. Ustedes son turistas —y añade enseguida—. Hay que ver cuánto llegó a beber. Un día lo encontraron en una de las calles de aquí, caído en un charco.

Y poniendo una mano áspera en el brazo de mi prima le dice como sin darle importancia:

—Pero, chica (sister), se dicen tantas cosas…

—Vámonos  —le digo a mi prima.

 

En cuanto a mi ramo, ya no me importa; lo que quiero es pensar en Poe. Unas semanas antes de esta peregrinación me paseaba yo bajo los grandes árboles de la Universidad, algunos de los cuales podían acordarse del poeta. Hay que tener en cuenta que en la región del Sur en la que pienso, cuando se habla de la Universidad, se quiere decir la Universidad de Virginia y ninguna otra. En la época en que yo estudiaba en ella, Poe no era en la Universidad el fantasma en que se convirtió después. Lo único que se mostraba de su habitación era la puerta como si tuviera que estar abierta para dejar paso libre al muchacho tenebroso que, para nosotros, encarnaba el prestigio del genio y la belleza, y también de la indisciplina, pues gozaba de una mala reputación que le daba una extraña aureola. Sé muy bien que desde entonces ha habido candidatos a profesor que han escrito tesis con el fin de demostrar que nunca lo expulsaron de la Universidad por beber demasiado, pero, aparentemente, su leyenda es mucho más sólida que la documentación de esos señores. Como todos los personajes de leyenda, tiene sus enigmas y en un momento cualquiera de su vida desaparece en una sombra impenetrable. Nos gustaba ese desdén suyo; nos agradaba que este estudiante opusiera un altivo silencio a las cuestiones impertinentes de sus biógrafos. De sus lecturas sabíamos muy poco, pues, hacia finales de siglo, un incendio había destruido las fichas de biblioteca que nos podrían haber informado sobre sus gustos, pero a menudo había oído decir que un día, mientras paseaba con unos cuantos camaradas por las hermosas colinas salvajes que rodean Chalottesville, predijo la guerra de Secesión, y esa historia me encantaba porque engrandecía la figura de Poe; y es que me gustaba mucho que el poeta también fuera profeta, lo cual confirmaba en mi mente la idea de que los poetas son la vanguardia de la humanidad y conocen el destino de nuestra especie bastante mejor que los demás hombres.

Para nosotros, era como el hermano mayor, el gran camarada taciturno, y nos pertenecía más que al resto del mundo. Recuerdo la emoción que me embargó el día que vi por primera vez su habitación, desnuda como la celda de un monje, sin más adorno que una chimenea alta y plana, a la inglesa, pintada de verde oscuro. Sin muebles. Una leyenda aseguraba que los había quemado una noche de invierno para calentarse. Unos cuantos años después de que abandonara la Universidad para regresar a Francia, me ofrecieron como recuerdo una llave de la habitación, y así puedo entrar cuando quiero en la casa del «príncipe del misterio»; ir a Estados Unidos y abrir cuando me apetece la puerta de Edgar Poe es uno de esos rarísimos privilegios que me han sido concedidos en este mundo, pero es un privilegio del que quiero disfrutar.

 

 

¿Qué es lo que Poe veía cuando salía de su habitación? Gracias a uno de sus poemas, repleto de recuerdos de entonces para mí, me lo figuro soplando la lámpara para apagarla y cerrando la puerta al salir. A continuación, da unos pasos bajo la columnata: las farolas no dan ninguna luz porque los estudiantes, siguiendo una venerable tradición, las han destrozado a pedradas, pero en el cielo negro brilla la luna de primavera, y cada una de las columnas dóricas de blancura plateada tiene a sus pies la misma columna como dibujada por un grueso trazo de tinta. Qué infinidad de olores en la cálida sombra… Muy cerca hay racimos de glicinias que perfuman el ambiente. Dos o tres pasos más, y ahora camina por el césped que se extiende delante de la biblioteca, cuya enorme silueta se desdibuja sobre un fondo de estrellas. Los grandes pilares de mármol blanco con capiteles calados brillan con un resplandor casi sobrenatural como si estuvieran hechos con un material desconocido y, a semejanza de la nieve, reflejan la luz. El joven levanta la cabeza al cielo, y el cielo no es más profundo que la mirada de sus ojos admirables que viajan a través de los astros. Quizá en el cerebro del poeta se mezcla la intuición de un gran destino con todos los sueños de los veinte años.

Entreabre los labios, parece que hable solo. ¡Qué bien se acompasan en este momento los latidos de su corazón con los de la juventud de todo el mundo! «A medianoche, en junio, me quedo de pie bajo la luna mística… » Erguido sobre esta hierba que huele tan bien y que nosotros hemos pisado después, ahí es donde lo encuentro entre todas esas columnas y esos grandes árboles que susurran en la noche americana; ahí es donde lo busco.

 

*Publicado originalmente en el libro de crónicas Entre dos mundos (Alhena Media, 2009).

*Julien Green (1900-1998). Nacido en París de padres estadounidenses, su vida transcurrió entre Estados Unidos y Francia, y si bien escribió la mayor parte de su obra en francés, rehusó nacionalizarse. Junto a sus novelas, su obra más apreciada son sus diarios, publicados en diez volúmenes, que abarcan los años 1926-1976. Murió en París.

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Cultura de relleno. Revista digital.

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