Rosaura a las diez. Un clásico invencible
En 1955, el ignoto Marco Denevi salió a la luz de la literatura argentina con una novela policial constituida por la historia de un desamor que conmovió a los lectores de su época y a uno de los grandes directores de cine argentino, Mario Soffici.

Escribir es un acto solitario. Demanda tiempo y dedicación, en pos de concebir cosas que todavía no existen, hasta el momento en que las palabras toman forma. El milagro de la vida. La primera chispa. Por tanto, el escritor se abre paso en un territorio brumoso al que da forma y estructura; tiende un camino que será recorrido por el lector cuando tenga en sus manos el fin último de todo: el libro.

Para Marcos Héctor Denevi, nacido el 13 de mayo de 1920, en Sáenz Peña, Provincia de Buenos Aires, la literatura era algo más que una actividad metódica; se trataba de un sacerdocio. Una labor sagrada, destinada a iluminar a los lectores y seducirlos con otro mundo, donde lo imposible se hacía posible. 

Nacido en el seno de una familia compuesta por Valerio Denevi, inmigrante italiano dedicado a la construcción, y María Eugenia Buschiazzo, argentina e hija también de italianos, Marcos era el menor de siete hijos. Se desarrolló en un contexto donde la literatura y la música se hallaban presentes en el hogar. En el caso de esta última, llegó a darse bastante maña como pianista ocasional en los bares que habitaba junto a los amigos. Era un noctámbulo empedernido y amante del tango.

Denevi llevó la creación literaria más allá del horizonte esperado, integrándola en su propia vida. No dudó en adulterar datos personales (su nombre, su fecha de nacimiento, entre otros), tanto en las biografías de sus libros o en entrevistas a distintos medios, donde solía mentir a destajo. Fue un mentiroso compulsivo pero piadoso, pues su deseo de preservar la intimidad lo eximía de tener que rendir cuentas ante los curiosos.

En los cuarenta y tres años de su vida como autor, Denevi entregó a la literatura argentina una serie de novelas y cuentos que, por fuera de su notable calidad, son un claro ejemplo de una pluma fina, culta e irreverente, que no negó los saberes populares, sino que los integró en armonía. Ya fuera la anécdota que le contó un taxista durante un viaje del centro porteño al conurbano, o una nota de diario que atrajo su atención, todo era material vivo para la producción literaria.

Tapa de la primera edición de Rosaura a las diez

La excusa para dar el primer paso

Hacia 1954, Marco Denevi trabajaba como Segundo Jefe de la Asesoría Letrada en la Caja Nacional de Ahorro Postal, ubicada en Hipólito Yrigoyen 1770, en el barrio de Monserrat. Soltero, de treinta y cuatro años, vivía en la casa de Saénz Peña junto a su madre y sus hermanas. Llevaba una vida tranquila, sin grandes contratiempos. En cierto momento había coqueteado con la idea de ser abogado, pero abandonó la carrera en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. “Era un burócrata que leía. Porque hay algo que es que no se lo puede entender a Marco si no se señala eso. Leía como una hoguera de San Juan desde que era chico. Leía de todo. Amaba la novela policial, había leído de todo. Y aparte de la ópera italiana; Marco era como un personaje de Verdi, con todos sus desplantes… cuando era joven era deslumbrante eso. Cómo ocupaba el escenario donde estaba. Y esa cantidad enorme de lecturas, esa cultura que fue juntando a lo largo del tiempo, de pronto surgió y se convirtió en Rosaura a las diez”, lo recuerda Cristina Piña, amiga y confidente, en el documental El hemisferio nocturno de la Tierra. 

El giro que lo llevó de su vida anónima a la pública se dio de manera tontamente fortuita, a leer la sección Los libros por dentro, del 20 de abril de 1954, del diario Noticias Gráficas. En un apartado titulado Concursos literarios “América en la novela” se anunciaba: 

“Dos concursos literarios organiza la editorial Kraft a fin de difundir los valores —nuevos y consagrados— de la narrativa americana. En el concurso de novelas argentinas podrán intervenir los escritores nacionales, como así también los extranjeros que residan en el país y estén incorporados a nuestra literatura. Para este concurso se constituye un premio de $30.000 que será conferido a cada dos años a partir de 1954. Las novelas que se presenten al concurso deberán ser inéditas, venciendo el plazo de admisión el 30 de septiembre del corriente año”.

En una entrevista con Manuel Monteavaro, Denevi decía: “Quería dejar alguna huella de mi efímero paso por la vida. Y hasta ese momento nada… Como lo único que sabía era leer y escribir, entonces pensé en escribir. Estimulado por un concurso. El concurso Kraft, cuyas bases leí en un diario. Yo tenía una idea vaga de una historia. El premio era importante, por qué no decirlo, desde el punto de vista económico”.

Influenciado por las novelas La piedra lunar (The Moonstone: A Romance, 1868) y La dama de blanco (The Woman in White, 1860) del autor británico William Wilkie Collins, editadas en la colección El séptimo círculo, impulsada por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares a partir de 1945, Denevi se lanzó a la aventura de escribir una novela. “Entonces en dos meses y medio sentado a la máquina en mi oficina de funcionario público, para no quebrar la tradición de que los funcionarios públicos hacen cualquier cosa menos trabajar, escribí Rosaura a las diez. Y la terminé el mismo día en que se cerraba el concurso” le confesó a Monteavaro.

El tono épico en el que solía rememorar cómo entregó el manuscrito a Kraft, ubicada en la calle Reconquista 319, es parte del juego que mencionamos con anterioridad. Denevi escondía la verdad —arriesgo una teoría— porque la consideraba simple y aburrida. Prefería la potencia de la ficción: “Kraft lo recibía hasta las seis de la tarde del 30 de septiembre de 1954. Y yo lo mandé el 30 de septiembre a las cinco de la tarde por un empleado a quien uno de la editorial le dijo: ‘Bueno, ojalá se cumpla lo de las Escrituras que los últimos serán los primeros’”.

Marco Denevi en su casa, en la localidad bonaerense de Sáenz Peña (Foto: Juan Mestichelli)

La espera y el éxito

Los meses transcurrieron sin contratiempos para Denevi. Continuaba su labor como funcionario público, que alternaba con la apacible vida en Sáenz Peña. Hasta que el 15 de marzo de 1955, su hermana Celia lo llamó al trabajo. Con un tono dudoso, acaso como si hubiera cometido un delito, le preguntó si había escrito una novela; ignoraban su condición de incipiente escritor. Fue así cómo Marco Denevi se enteró que había ganado el Premio Kraft con Rosaura a las diez

Al día siguiente, el 16 de marzo, fue entrevistado por Noticias Gráficas en un artículo titulado Marco Denevi, el «Escritor Ayer Desconocido y Hoy en Pos de la Fama, Cree en la Literatura Meditativa y se ‘Asombra’ del Premio Logrado»: 

“–Es mi primer intento literario… ¿Qué ha ocurrido?… No sé, es algo de mi asombro… Estoy realmente apabullado….

Marco Denevi, el escritor desconocido hasta ayer a la tarde, destacado en el concurso organizado por la editorial Kraft, apenas puede explicar al cronista de Noticias Gráficas su situación de hombre eminentemente notorio en estos momentos.

–Les repito que todo esto me resulta sencillamente fantástico. Sobre todo, porque si bien tenía confianza en mi Rosaura a las diez, en ningún momento pensé que sería destacada entre ciento once originales, muchos de los cuales correspondían a escritores consagrados en nuestro país. Sin embargo, como puede apreciar, todo se ha confabulado para que mi ensayo salga a la luz pública en circunstancias para mí inesperadas”.

Su humildad, por fuera de lo lógico al tratarse de un autor emergente, escondía cierto desconocimiento de cómo se manejaba el ambiente literario; qué se debía decir o no, qué autores estaban en boga, qué discusiones se suscitaban… Todo esto lo enfrentó como pudo, en un verdadero aluvión de periodistas que lo buscaban para saber más sobre él y sobre su futuro autoral mediato. 

Ya para 1957 Rosaura a las diez llevaba su quinta edición, convertida en un verdadero éxito. Los argentinos se habían conmovido con Camilo Canegato, aquel “hombrecito pequeñín y rubicundo” (en palabras de Denevi), enamorado de Rosaura, hija de un acaudalado caballero del barrio de Belgrano, que lo había contratado para restaurar la pintura de su finada esposa. La novela estaba constituida por las distintas versiones de lo ocurrido, a través de las voces de los personajes involucrados. Esta estructura, Denevi la había extraído de las novelas de William Wilkie Collins. Pero ese detalle no le quita la originalidad a Rosaura a las diez, todo lo contrario, le da sentido de origen y pertenencia. 

El éxito también atrajo la atención de Mario Soffici, el renombrado director de cine. Junto a Denevi trabajaron en el guion de la adaptación cinematográfica, que se estrenó el 6 de marzo de 1958 en el Cine Gran Rex de Buenos Aires. Protagonizada por Juan Verdaguer, en el rol de Camilo Canegato, la película se transformó en un clásico de la filmoteca nacional. Esto quedó demostrado en 2024, en la edición del Festival de Cannes, en cuya sección Cannes Classsics, de clásicos restaurados, se incluyó el film de Soffici con una copia nueva y en alta calidad, además de la presencia de Luis Alberto Scalella, de Argentina Sono Film. 

Fotograma de Juan José Delaney en el documental El hemisferio nocturno de la Tierra.

Rosaura entre nosotros

Me encontré con Juan José Delaney, que actualmente trabaja en la historia del género policial en Argentina, para volver a hablar sobre la pervivencia de Rosaura a las diez. Es importante destacar un gran problema: la obra de Marco Denevi no se reedita. Sus libros son difíciles de hallar, lo cual obliga a navegar en la red en busca de usados. Las últimas reediciones, por parte del sello Sudamericana, datan de los años 2006 a 2007 y lanzamientos en formato ebook de 2013. Otro caso de lo que el escritor Juan-Jacobo Bajarlía ejemplificaba al decir: “Me mataron con balas de silencio”.

A setenta años de su primera publicación, Rosaura a las diez sigue demostrando ser un clásico. ¿Qué elementos tiene esta novela que la mantienen vigente, y cuáles ya no?

Juan José Delaney: El elemento central que mantiene vigente a la novela está en la escritura misma, en la materialidad del texto. Ya con esta primera obra publicada empezó el narrador su contribución a nuestras letras con una voz típicamente argentina, interesante por la creación de personajes extraños y atípicos aunque verosímiles que se revelan por lo que dicen y cómo lo dicen. Son, efectivamente, los respectivos discursos de los personajes los que los identifican. En otro sentido, la soledad de nuestra condición, expresada de un modo poderoso y conmovedor a través de la figura de Camilo Canegato, constituye un tópico esencial en esta obra, cuestión que campeará en toda su poética. Estas características son las que hacen que su obra venza la prueba del tiempo, pese a adversidades legales que bloquean su presencia en el mercado de hoy. Finalmente, el desplazamiento del gusto del público de la novela policial clásica a la “dura” o “negra”, oscureció la vigencia de Rosaura. 

El misterio de cómo Denevi salió de la nada y formó parte de la literatura argentina continúa activo. ¿Realmente Rosaura a las diez fue, como él mismo dijo, su primer ejercicio literario? ¿Habrá tenido obra previa inédita?

Juan José Delaney: No. Rosaura a las diez fue su primer trabajo publicado. Pero hubo una labor previa sobre todo como lector y ocasional creador ya desde sus tareas escolares (algunos sonetos incluidos). En uno de los cuentos de Los locos y los cuerdos (“Pobre Carolina”) el narrador informa, mediante nota al pie, que se trata de un texto que constituyó la prehistoria de Rosaura. Buen crítico de su propio quehacer no vio en aquellos trabajos previos méritos suficientes como para intentar su publicación. Inteligentemente cedió al prestigioso jurado del concurso Kraft la decisión de si su trabajo merecía, o no, difusión. Esto explica la cantidad de cuentos y minicuentos que fueron apareciendo en revistas masivas y literarias inmediatamente después de la fama: eran, claramente, textos anteriores que exhumó, revisó y reescribió para un público que ya lo conocía y reconocía. 

Denevi dijo, en alguna entrevista, que esculpió a Camilo Canegato sobre la base de la descripción que hacían sus hermanas de algunos hombres, un poco apagados, del barrio. ¿Qué influencia tuvo esto en la escritura deneviana? 

Juan José Delaney: Gran observador y de fino oído, Denevi registraba y se servía de lo que la realidad le ofrecía, tanto hechos como palabras. Por ejemplo, los dichos de sus hermanas y tías a la hora del té. Más de una vez (y una de sus hermanas lo admitió) ellas utilizaban el nombre “Camilo” para designar a hombres insignificantes: “Es un Camilo”, decían con desdén. El apellido “Canegato” fue una creación que conjugaba las palabras “can” y “gato”, simbolizando la lucha interior del personaje.

¿Fue para Denevi complicada la traslación al cine de la novela? ¿Quedó satisfecho con el trabajo de Mario Soffici?

Juan José Delaney: Ya en la época en que se decidió la filmación de la novela, Mario Soffici era conocido como un jugador importante de nuestra cinematografía. La gravitación de Denevi en la escritura del guion fue secundaria aunque la marca del escritor está en los cuadros expresionistas y en el lugar que la noche ocupa en la historia. Detrás está la obra de de Franz Werfel, gran influencia en la escritura del argentino. Denevi quedó conforme con la versión fílmica y eso fue lo que expresó públicamente. Un par de años después el joven guionista estaba preparado para escribir solo el libreto de Los acusados, película cuyo argumento también le pertenecía y que dirigió Antonio Cunill.

¿Cómo podría resumir, en unas pocas palabras, a Marco Denevi como escritor?

Juan José Delaney: Fue un artista que con talento, honestidad y trabajo contribuyó notablemente a la renovación de nuestra lengua literaria. Y lo hizo desde el tratamiento de las cuestiones centrales que hacen a nuestra existencia. Lejos de modas y experimentos técnicos y muy cerca de la Gramática de la lengua castellana y del Diccionario de la lengua española que siempre lo acompañaban, forjó, silenciosamente, un corpus en el que, más allá de Rosaura, creo yo, los cuentos constituyen su realización mayor. 

Marco Denevi en su casa, en Sáenz Peña (Foto: Juan Mestichelli)

La esperanza no es un juego de palabras

Pocos escritores logran lo que Denevi: despertar admiración en sus cuentos o novelas, que —desde un punto de vista estilístico— sirven de modelo, tanto para autores noveles o experimentados.

La escritura como sacerdocio. Como devoción. El respeto supremo por el acto de narrar. Todo eso y más fue para Marco sentarse ante la máquina de escribir, con su cigarrillo en mano, y zambullirse en las penumbras de la imaginación.

Su última aparición en público fue el 23 de octubre de 1998, en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde recibió el “Premio al mérito”. En la conferencia brindada a los presentes, expresó: “Preguntarle a un escritor por qué se pasa la vida escribiendo es tan tonto como preguntarle a un pez por qué se pasa la vida nadando. En efecto, es como si le preguntáramos a Romeo por qué ama a Julieta, o a Julieta por qué ama a Romeo. Nos contestarían, azorados, ‘nos amamos porque nos amamos’. De ese rango absoluto participa el acto de escribir. Escribir, diría Borges, es un destino. A veces nos llegan, cuando nos llegan, las voces de los críticos. Pero nosotros no escribimos para los críticos. Escribimos para aquellos que, sin ser escritores ni críticos, buscan en la literatura aquellas experiencias, aquellas aventuras, que jamás conocerían”.

Falleció el 12 de diciembre de 1998, sin velatorio, por expreso pedido. Asimismo requirió que sus cenizas fueran lanzadas al Río de la Plata. Escritor sin tumba, su Rosaura a las diez le ha garantizado el paso a la inmortalidad. Un prócer de carne y hueso, laborioso y dedicado, que aguarda su debida resurrección editorial. 
A setenta años de su primera publicación, con incontables reediciones locales e internacionales, diversas adaptaciones para televisión y teatro (la última en 2025, a cargo de la compañía italiana Teatro del Sangro), Rosaura a las diez ha reafirmado su condición de obra maestra de la literatura argentina.

Diego Arandojo

Buenos Aires, 1978. Dibujante y guionista de cómics, realizador cinematográfico, guionista de televisión y escritor.

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