¿De qué manera la novelista argentina se construyó a sí misma como una escritora “maldita” e “incómoda”? ¿Quiénes compraron esa imagen y tejen la red que alimenta el mito de la femme terrible de la literatura? Una nota sobre la última polémica de turno y el automodelaje autoral.
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Foto de portada: Facebook de Ariana Harwicz
El diario español El País nos ofrece un primer epíteto heroico: “la escritora incómoda que se niega a ser silenciada”. La Nación lo replica. También desde España The Objective le asegura un lugarcito cálido en el diván cultural: “una de las escritoras en español más arriesgadas de su generación”.
Incómoda. Arriesgada. Silenciada. Lo escriben, lo imprimen, lo publican.
Quisiera creer que al menos se ponen colorados, pero no. Ariana Harwicz, la escritora maldita editada por Anagrama. La incomprendida, glorificada por la prensa elegante de este y del otro lado del Atlántico. La femme terrible de la escena trasnacional.
Un festival de los tantos que suelen recibir con brazos abiertos a nuestra flâneur, solo por esta vez, la desinvita. Escándalo. Cientos de intelectuales firman una carta en solidaridad y desagravio. “Este comunicado, aclaran, no exige compartir las opiniones de Ariana Harwicz. Exige algo anterior: que nadie sea apartado de la vida cultural por sostener ideas propias”. Parece que tener “vida cultural” depende de participar o no en este específico festival universitario del corriente año. No importa si tu caja de resonancia engloba a El País, Infobae y La Nación, ni si sos la regalona de Anagrama, ni si te defienden referentes de todo el espectro político, desde la nebulosa que pide llamarse izquierda hasta diputados del Pro. Incluso Página/12 tuvo que decir algo al respecto y quedar, como de costumbre, bien con Dios y no tan mal con el Diablo.
Pero: ¿cuál fue el motivo de la desinvitación? Estudiantes de la Universidad de Granada denuncian que Ariana Harwicz niega el genocidio que Israel comete en Palestina. Se quejan con la dirección del festival. Desde ahí le dicen a la autora: “Che, por esta vez sería mejor que no vengas, está todo muy caldeado”. Berrinche. Llanto. Escándalo.
No soy ajeno a la polémica actualmente de moda en el debate público. Tengo mi opinión: el régimen de Netanyahu es genocida y cuenta con bochornosa complicidad internacional. Pero hoy prefiero hacerme otras preguntas: ¿Desde cuándo Ariana Harwicz es una mártir de la cancelación? ¿Quién la censura y quién la desagravia? ¿De dónde vienen esas voces que tan humanamente la reivindican? ¿Dónde está ese poder real que no soporta su genialidad contracorriente y por eso la silencia?
La mala judía
Al parecer es así: a Harwicz la odian por ser distinta. Ella es una mente brillante víctima de su época, un alma de vanguardia. La odian por argentina, la odian por francesa y, según ella misma, la odian por judía. La odian por su audacia, por escribir y pensar a contramano del mainstream, fuera de todo wokismo bienpensante. Provocadora. Mordaz. La odian, humildemente, por ser una genia.
Y así, después de enumerar todas esas virtudes que sus detractores convierten en motivos para odiarla, queda bien modelada la figura autoral. Queda publicada: un autor, antes o después de publicar textos, se publica a sí mismo, elige una versión de sí y la presenta en sociedad.
Cuando el propio autor construye su figura a pulmón, por muy vanidoso y afectado que sea, estamos ante un automodelaje irreprochable. Do it yourself. El espíritu indie más vivo que nunca. Todo el postureo de Harwicz resultaría justamente irreprochable, si fuera el caso. Pero a simple vista encontramos que recibe una jugosa ayuda por parte de ciertos agentes: La Nación, Perfil, Anagrama, The Observer, incluso el imprescindible contrapunto dócil de Página/12, que agrega notas de sutileza a toda la operación. Llama la atención, además, el silencio de Sudestada, que nos acostumbró a verlos posicionados a favor de todas las causas justas del universo. Dos opciones: o no quisieron comprometer el provechoso vínculo de su librería con Mardulce y Anagrama, o se quedaron sin tomatazos después de la última FED.
Veo, en fin, el despliegue de ese lobby mediático sin parangón, la combinación de ruidos abrumadores y convenientes mutismos, y advierto estar ante algo más que un inocente postureo autoral. ¿Y del otro lado? ¿Cuál es el poder que oprime a nuestra valiente maudite? ¿La comunidad universitaria de Granada? Ni tanto. Después de solidarizarse con Harwicz, los firmantes de la solicitada celebran “que la Universidad de Granada haya declarado que no adoptó, aprobó ni respaldó la retirada de la invitación, reafirmando su compromiso con el pensamiento crítico y el pluralismo”. En criollo: se lavaron las manos y recularon en chancletas. ¿Qué nos queda? Intelectuales pro-Palestina, brigadistas, “militantes” como los calificara la propia Harwicz, que al menos tuvo la delicadeza de corregirse: antes los había comparado con las Juventudes Hitlerianas.
En diálogo con Jorge Fernández Díaz por radio Mitre la autora maldita se animó a más: “Me castigan por ser la mala judía”. Después, subida al caballo del paladín: “Lo que yo quiero es defender la libertad”. Le advirtieron que iba a haber manifestaciones en su contra: “Me la banco”, aseveró. Contó, por último, que la bajaron del festival por no poder garantizar su seguridad física. Suspendo toda ironía para recordar que lisa y llanamente es un espanto que suceda algo así. Digo recordar porque no señalo nada nuevo: si me pusiera a denunciar la violencia en abstracto, la cultura de la cancelación y el escrache por deporte, sumaría una voz más a las tantas que todos los días se quejan a coro y con justicia. Juan Villoro, voz coral por antonomasia, sale a bancar a Harwicz y aclara: “Estoy en contra del genocidio palestino y del fanatismo de Hamás”. Notifíquese y archívese.

Tengo algo en contra de Ariana Harwicz
Lo digo en serio: escribo este ensayo desde el invencible despecho, desde la más completa animosidad. No escribo para defender ninguna causa justa. Me mueve el encono personalísimo contra esta pobre alma torturada por los avatares de la cultura, llamada Ariana Harwicz.
Mi sinsabor con ella tiene larga data y remite a una mezquindad meramente literaria. Este es nuestro lore. Hace algunos años, cuando Twitter todavía era Twitter, desde mi cuenta personal con cincuenta seguidores tuve el atrevimiento de citarle un tuit. Era una burrada sobre Madame Bovary, donde una Harwicz lectora se maravillaba del poder de la buena literatura contra la literatura burguesa, a la cual calificaba de aburrida, insulsa y redundante. Lo curioso es que Madame Bovary, según ella, quedaba en la esfera de la literatura no burguesa. Mi réplica era un chiste sobre esta candorosa manera de leer Madame Bovary, una novela increíble, revolucionaria y, desde ya, cien por ciento burguesa. Harwicz entiende o entendía —ojalá haya cambiado de parecer— que el texto de Flaubert deja de ser burgués en el momento en que se constituye como sátira de la burguesía provinciana francesa del siglo XIX. Algo así como pensar que los poemas de Lord Byron o Catulo pierden estatus de nobleza al burlarse de sus camaradas de banquetes y contertulios.
La novela, especialmente la novela del siglo XIX, es el género literario burgués por excelencia; nació para deleite, representación, autoconciencia y crítica de la propia clase burguesa. Una novela escrita por el hijo ocioso de un médico acaudalado, en una casa de campo de Normandía, recién vuelto de un viaje por Oriente. Una novela que huele a tabaco en hebras, vino de Borgoña y roquefort. Escrita por un autor burgués, con minuciosidad burguesa, para entretener y escandalizar en partes iguales a un público burgués. ¿Cómo no va a ser literatura burguesa? Cervantes empezó el Quijote como una sátira de las novelas de caballería que él mismo veneraba. La sátira nunca es enteramente corrosiva; como toda sustancia de calidad, comporta un lado balsámico. La sátira más efectiva nace en el seno de lo mismo que critica, porque la crítica más completa, la más verdadera y la más audaz se alimenta del autoconocimiento.
Por supuesto que no argumenté nada de esto en el tuit. Ella tuvo la bondad de contestarme, pero tampoco argumentó. Simplemente me mandó a leer. A leer bien, según creo recordar. Mis dos likes cayeron humillados ante la avalancha de likes de sus seguidores. Ella, por supuesto, no recordará nada. Yo sí.
Ahora en serio, ¿se entiende lo que hago? Automodelaje de autor. Elijo mi cruzada: Madame Bovary es una novela burguesa. Me defiendo con uñas y dientes contra una referente de la cultura, que publica desde hace años en editoriales de primer orden. ¿Se ve lo heroico de mi postura? Elijo una adversaria, la nombro, la señalo como “el poder” y reafirmo por oposición mi lugar como “marginal”. Listo: ya publiqué mi figura de autor. Ahora me queda escribir algún texto digno de publicar, o al menos publicar un texto digno de haber sido escrito.
Y que me publique Anagrama, claro.
Solidaridad en las ligas mayores
Muy conocida es la anécdota y por eso la cuento a vuelo de pájaro. En uno de sus tantos exabruptos autoritarios, el peronismo cometió la torpeza de “ascender” al bibliotecario Borges a inspector de conejos y aves de corral. La Sociedad Argentina de Escritores organizó una cena de desagravio. Asistieron las cabezas más preclaras de la intelectualidad oficial. Hubo arengas tiranicidas y discursos indignados. Resulta significativo que el propio Borges no haya querido pronunciar el suyo, cuya furia panfletaria era impropia de su temperamento: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez”.
Encuentro que Borges recibió el agravio con algo de perplejidad. Sus palabras son coléricas, pero hay en ellas cierto recurso borgeano a la ironía que nos ofrece una pista: no parece preparado para la ocasión. No se la esperaba. Lo más abominable de las dictaduras, dice, no es la crueldad, sino el fomento de la idiotez. Está genuinamente sorprendido.
Por suerte para él, ya en esa época contaba con la solidaridad de las ligas mayores. Ariana Harwicz juega también en esas ligas. La diferencia es que en su discurso no hay un ápice de perplejidad borgeana. Nuestra campeona moral deja ver todas las costuras de su verba pretendidamente incendiaria. Habla de libertad, habla de época, habla de oscurantismo y de censura. “Tienen algo contra mí”, dicen, “me castigan porque soy así, porque soy asá”. Y nos muestra los estigmas, las cicatrices burdamente pintadas con marcador.
Toda esta impostura patética, insisto, no tendría nada de reprochable si se tratara de un escritor alucinado por el deseo de labrarse una identidad. Celebro, de hecho, las ganas de llamar la atención. Pero cuando tu discurso revolucionario está buenamente sostenido por las antenas de radio Mitre y hasta el coach filosófico del macrismo Santiago Kovadloff se mete a bancarte… Sospechá de vos mismo. “Contá los cubiertos”, diría un crack en el arte de cultivar la propia imagen con ayuda del lobby.

Martirio final
Cuando observo a los distintos poderes mediáticos haciendo nado sincronizado y coincidiendo virtuosamente en el discurso, entonces intuyo que algo va mal. La elaboración del sentido común funciona así. Ungir a los paladines de la buena cultura y canonizar a los mártires oficiales es una tarea de máximo cuidado.
Todos aportan algo: desde Jorge Fernández Díaz con su compasión sin reservas hasta Página/12 con su berrinche inofensivo, pasando por el silencio elocuente de Sudestada. De hecho, no descarto que este articulito sea subsidiario de ese sistema de legitimación. Tal vez yo mismo esté colaborando en la construcción del mito Harwicz al escribir estas palabras.
Todo buen mito necesita un título épico. ¿La mala judía? Peligroso y confuso, demasiado cerca del judío errante. ¿La mártir de la cancelación? Bien de fuerza y de concepto, pero se presta al doble sentido.
Todos tenemos derecho a nuestro mito personal.
Punto para Harwicz: supo mitificarse como “la escritora que se anima a decir lo indecible”. Tal vez algún día se anime a hacerlo desde las ligas menores. La estaremos esperando con los brazos abiertos, camarada Harwicz. No hay acá tan buenos modales como en La Sorbona, pero somos gente bien.