Uno de los barrios más antiguos y emblemáticos de Buenos Aires, en la mirada de un recién llegado.
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Texto y fotos de Juan Maisonnave
San Telmo no es un barrio, es un estado mental. Un poeta beatnik podría escribir su San Telmo of The Mind, robándole el título a Lawrence Ferlinghetti (que él le robó a Henry Miller).
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A fines de agosto me mudé a dos cuadras del Parque Lezama. Enseguida noté el cambio en la intensidad. Está en el aire, un aire denso, electrificado, que te coloca en un estado mental alterado, mezcla de misterio, frenesí y melancolía, como si fueras de una sesión de espiritismo a una rave. En las veredas estrechas, promiscuas de San Telmo todo el tiempo pasan cosas, escenas de las que participás aunque no quieras y que te hacen sentir parte de algo más grande, pero no me refiero a una identidad, sino a una acumulación caótica de narraciones sin sentido que el propio barrio produce. No hay manera de que eso no te afecte.
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Doy algunos ejemplos.
A las diez y diez de la mañana, vi a un adolescente sentado en un umbral de la calle México que desayunaba una raya de cocaína usando dos billetes de mil (uno hacía de “superficie”, el otro de canuto). En Bolívar vi a dos fisuras, flacos como un alambre, bajar por el declive de la calle en una silla de oficina rescatada: uno empujaba al otro, que iba sentado en la silla de escritorio —rueditas, tapizado rojo furioso—, divertido como un chico con su bici nueva. Vi a Santiago Artemis montadísimo, tapado de piel y botas de caña alta, en la inauguración de una muestra de arte, conversando animadamente con la economista Mercedes D’Alessandro (también tapado de piel). La vi a Mariana Enríquez, sola, pasar frente al bar Bocanada, campera de cuero y mirada nerviosa. De repente, un hombre de unos treinta años se arrodilló en plena vereda obligando a los peatones a esquivarlo, hizo la señal de la cruz tres veces y se puso a rezar delante del portal de una iglesia cerrada. Saliendo de Coto, sachet de leche en mano como única compra, una mujer de unos sesenta años, en bata y pantuflas, dijo, en voz muy alta y para ella misma, “este pueblo ya no tiene ni conciencia de clase”. Bajaba por Brasil en dirección a 9 de julio.

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Todavía quedan restos de bohemia y de punk en San Telmo, pero en general aparecen como ecos nostálgicos. El tango, casi sin excepciones, es un consumo para turistas. No perdió el aura este barrio que el año que viene cumple 220 años, pero se diluyó un poco entre el ejército de rappiters que surcan sus calles angostas a toda velocidad y te pueden llevar puesto, la mala fama de ser el barrio de los “fisuras”, y la impresión de estar detenido en el tiempo, como el monstruoso edificio en la esquina de Caseros y Bolívar que nunca termina de empezar a construirse. Desde 1871, cuando las familias ricas, corridas por la fiebre amarilla, cambiaron el Sur por Recoleta o Retiro y el barrio fue ocupado por inmigrantes, trabajadores del puerto y estibadores, San Telmo cambió mil veces: de barrio popular y obrero a corazón de la bohemia y el arte, de la gentrificación a la turistificación, ruinas coloniales y Airbnb; en los 90, reviente, noche y política. Con el tiempo fue desplazado por barrios que vinieron a ocupar el lugar que San Telmo ocupaba en otras épocas, como Villa Crespo o Chacarita. Nadie niega que sean buenos barrios. Pero vuelvo al principio: San Telmo es otra cosa, un estado mental al que se accede a través de su intensidad y se parece a una alucinación colectiva porteña, por momentos vital y muy estimulante, a veces decadente y un poquito sórdida.
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Un amigo me dice: “Dejá de romantizar San Telmo”. Ok. Toca hablar entonces de los fisuras. Es muy difícil hacerlo sin pisar el palito de la corrección política o la sociología berreta. Pero ahí voy. ¿Se acuerdan que Ramiro Marra eligió hacer del miedo al fisura el centro de su campaña? Resultado: 2,62%. Entre Marra y los fisuras la gente se quedó con los fisuras. Se sabe: la Pandemia detonó todo, los que ya estaban en el fondo de la olla y para sobrevivir vendían medias en el subte, el tren o la calle, terminaron de caerse y fueron más abajo todavía. Todos sabemos de qué hablamos cuando decimos fisura. Son los linyeras y los sin techo de la distopía del siglo XXI. El linyera, en comparación, nos suena cándido, evoca la tira de Tabaré, y cierta mansa pasividad; los sin techos viven en la calle, pero cada tanto la Red de Atención a personas en situación de calle les ofrece un Parador, existen en los registros del Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad. En cambio, los fisuras se desmarcan completamente de los estereotipos del mendigo suplicante que pide limosna sentados afuera del Coto o del chino, y de los que tiran un colchón o unas mantas en la vereda. No, los fisuras están totalmente afuera del sistema pero además reemplazaron la pasividad, la depresión y el pedo triste por la manía: nunca se quedan quietos, caminan por las calles a la caza de cualquier cosa que les sirva, piden una ayuda sin dejar de caminar, revisan un container y después otro, entran al bar a vender o a pedir comida o agua y siguen, siempre caminando con la mirada medio perdida y las sustancias y la adrenalina, siempre moviéndose en la urgencia del día de una punta a otra de la ciudad. En San Telmo, los veo cruzar Independencia o Garay con el semáforo en verde, como si practicaran un deporte de alto riesgo. Los autos los esquivan entre bocinazos, ellos siguen su larga marcha por los bordes peligrosos de las cosas.

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Y hablemos también del olor a pis en San Telmo (otra campaña, pero ésta más exitosa: Larreta sacó 8% olfateando orines). Las apretadas veredas producen un vértigo de comunión entre peatones, negocios, turistas, conductores y humanidad en forma de nube ácida. Por algún motivo inexplicable, los containers de basura de San Telmo producen en los varones una atracción irresistible. Ven uno y el deseo irrefrenable se activa: tienen que mearlo. Largamente, sin pudores, concentradísimos. Los ríos de meo corren como por una acequia en las junturas de los empedrados centenarios. Por eso hay mucho olor a pis en San Telmo. En verano, peor. Se mean con pasión los containers de Cliba apostados en las cuadras del barrio, no debe quedar uno que no haya sido ungido por la micción santelmiana. Una vez vi a un viejito medio estropeado vaciar su sonda de orina al lado del container. Descargó la bolsita ahí, no en otra parte, como un reflejo pavloviano que le quedaba de la época en que todavía orinaba con el pito detrás del container. Me dio ternura.
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Todos se conectan a la intensidad y ascienden espiritualmente a otro estado. Los vecinos, los fisuras, los ciudadanos ilustres. El coleccionista de arte y el feriante, la viejita que vende vajilla y tira cartas de Tarot y el contrabajista que desliza su instrumento enorme por calle Brasil, la hipster que compra discos en Eureka, los murgueros eternos, los rusos con sus hijos ultra rubios, el tipo vestido todos los días con su uniforme militar en Plaza Dorrego, y Mariano Llinás y Laura Paredes (vecinos del barrio) y el escritor Ricardo Romero (para en el Británico) y la escritora Gabriela Borrelli y la empleada trans de la panadería “Nueva San Telmo”, que discute con los fisuras porque entran a pedir algo para comer sin respetar los buenos modales (“buen día, ¿no?”).

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También conectaron con la intensidad del barrio Estela Canto y Borges. Desde lo de Bioy, hacían cincuenta cuadras para llegar al Parque Lezama. Ella vivía en Chile y Tacuarí. Sentados en el anfiteatro del Parque, tuvieron aquella famosa conversación en la que Estela le pide consumar. “O nos acostamos o no vuelvo a verte”. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: “¿Cómo, entonces no me tenés asco?” (Nadie romantizó el Sur tanto como él: “un mundo más antiguo y más firme”). Liliana Maresca paraba en la pizzería “Mi tío”, sobre calle Estados Unidos, la misma calle en la que vivía. Antes había vivido en el Marconetti, un edificio de principio de siglo frente al Parque Lezama donde se mezclaba el under porteño y los militantes políticos, algunos más tarde desaparecidos. Luis Felipe Noé murió en su casa taller de San Telmo en abril de este año, por eso circularon imágenes en las redes de Gaspar Noé en Bocanada rodeado de chicas muy jóvenes con una sonrisa perturbadora como una de sus películas. Witold Gombrowicz vivió en San Telmo. También Rosario Bléfari.
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Así me recibió —me infectó— el barrio: con todo su amor y toda su sordidez. Alcanza una corta temporada acá para sentir los primeros efectos, que después serán irreversibles. Quizás exagero un poco, pero es porque estoy haciendo el camino hacia un San Telmo de la mente, aunque no lo percibo como dice Ferlinghetti sobre su Coney Island, una “especie de circo del alma”, sino como escribe Pessoa, a quien siento más cercano, por melancólico y ensimismado, y porque vivió toda su vida en ese San Telmo europeo que es Lisboa: “Un manicomio de caricaturas”. Eso mismo.
