Mi vida en el INTA
El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria es otro organismo estatal herido de muerte por el gobierno de Milei. En esta nota, un investigador de carrera narra desde adentro el precipicio libertario.

Me acuerdo de que más o menos por el año 2005 daban una comedia romántica francesa que llevaba por título Ma vie en l’air. Era realmente ligera (como todo lo que viene haciendo la cultura de ese país hace décadas) y versaba sobre un tipo que, siendo instructor de vuelo, no obstante, les temía a los aviones. ¿La causa? Había nacido en un vuelo de Air France y mientras se asomaba al mundo su madre se moría en la labor de parto. Esto hacía que su situación fuese paradójica, ya que todo el tiempo estaba frente al abismo de eso que lo aterrorizaba y al final, cliché mediante, solo el amor (de Marion Cottillard) hizo que tomara la decisión de volar. La anécdota solo viene a cuento por el título que elegí para contar cuál ha sido mi experiencia en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), organismo histórico de la Nación Argentina, bastión durante décadas de los avances que se produjeron en materia científico-tecnológica y de extensión en el campo de nuestro país, hoy herido de muerte por la administración Milei-Caputo-Sturzenegger: tres caras o facetas (el bufón, el vaciador y el exterminador) que encarnan la figura perfecta de esta solución de muerte. 

Pero volvamos a mi experiencia de vida en la institución. Cuando yo estaba terminando mi carrera de grado (Licenciatura en Enología), la imagen del INTA se ofrecía como una posibilidad para aquellos que nos habíamos desencantado de las labores en bodegas y viñedos de Mendoza: las más de las veces, estos establecimientos se asemejaban a las fábricas que aparecen en Tiempos Modernos de Chaplin, con la diferencia que en vez de fabricar bulones se fabrica vino. Explotadoras a más no poder, utilizan a sus trabajadores, sean del rango que sean, como carne dispuesta a ser picada. Por su parte, el horizonte que presentaba INTA era el de una institución ordenada, con jerarquías y derechos delimitados y seguros para quienes desearan realizar investigación y/o extensión. Así fue como en el año 2011 llevé a cabo mi tesina de grado. Fue tan agradable trabajar ahí que volví, durante la Maestría en Viticultura y Enología, y posteriormente en el Doctorado en Ciencias Biológicas, a embarcarme en proyectos (fabulosos) que se conducían ahí. En total fueron siete años. El INTA fue a la vez el teatro de operaciones de cientos de experimentos (durante ese lapso logramos obtener levaduras que reducían el etanol en vinos), se gestaron amistades que, hasta el día de hoy, haciendo un postdoc en otro laboratorio de INTA (esta vez en Castelar), se sostienen. Digamos también, bajo la fórmula borgeana, que en INTA descubrí quien soy. 

Pero lamentablemente no todo fue espectacular durante ese tiempo. Poco a poco fui presenciando un vaciamiento lento pero progresivo. En un momento, durante la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, los salarios eran competitivos, se organizaron consorcios de trabajo entre el Estado y las empresas, había dinero para viajar a congresos y para comprar equipos e insumos. Es decir, se podía hacer ciencia. Durante la gestión de Macri, las cosas cambiaron: apareció el fantasma de la persecución ideológico-política, volvieron los despidos voluntarios menemistas y se achicó la bolsa de dinero destinada a la institución. 

La primavera albertista duró muy poco, un tanto golpeada por la pospandemia, otro poco por impericia, desgano o falta real de interés en el desarrollo científico tecnológico. Ya con Milei el ataque fue frontal: desde antes de ser electo se viralizó lo que Milei quería hacer con la ciencia. Hizo falta aliarse con expertos en la destrucción como el tándem Caputo-Sturzenegger, a quienes ya hemos visto hacer desaparecer cosas para materializarlas en cuentas off-shore de vaya a saber qué isla o paraíso fiscal. 

Un par de cuestiones para tener en cuenta la situación actual: el INTA, gracias a las facultades delegadas que le otorgaron a Milei, perdió su autarquía. En términos organizacionales, fue eliminado el consejo directivo, lo cual quiere decir que la toma decisiones (ingreso de empleados, aprobación de presupuestos, etcétera) ha sido eliminada y ha quedado supeditado a lo que Nicolás Bronzovich (actual presidente en rol de interventor) decida qué hacer. Los salarios están más bajos que el piso histórico (2002), hubo una importante fuga de masa crítica por la pérdida de competitividad salarial, sumado a los retiros voluntarios y la aceleración en la tramitación de jubilaciones. Luego se puso a disponibilidad al personal de las agencias de extensión para poder vender esos terrenos. Ya pasó con la Fundación ArgenINTA que estaba en Cerviño y Coronel Díaz y más recientemente con el AMBA ubicada en cercanías con el INTA Castelar. Evitar el ingreso, liberar personal, rematar tierras. Ya se ha visto eso antes. ¿Cómo prosigue? Ahora van por los derechos laborales de los trabajadores de planta permanente y no permanente, para poder despedirlos sin causa. Pero el tema sigue siendo el mismo: ¿Qué hacer?

La pregunta leninista (o chernishévskista, si nos ponemos quisquillosos) nos devuelve a una reflexión que Peter Sloterdijk propone en Estrés y libertad. En su libro, presenta una situación límite de un pueblo sometido por la tiranía. El balance de la población es que vivos valen menos, es decir, su vida es más insoportable, que la posibilidad de luchar (y morir en el intento) por cambiar el estado de cosas. Dado que nos acercamos al precipicio libertario (abro paréntesis para recordar una frase genial del libro que dice “la libertad es una cosa muy importante como para dejarla en manos de los liberales”) no nos queda más que luchar y denunciar a estos ladrones de medio pelo que ostentan el poder en nuestro país. El INTA es más importante que cualquier gestión de turno, es lo que permite que Argentina pueda aspirar a la famosa “soberanía alimentaria” y ser, a su vez, un país que ofrece todo tipo de productos de alto valor agregado, ya sean commodities o manufacturas.A la manera de un ritornello quizás sí tiene sentido evocar la fobia de nuestro personaje de Ma vie en l’air: tal vez sea el enfrentamiento contra el fantasma (de la desocupación, del vaciamiento, etcétera) la forma, la única forma, que tengamos la posibilidad de acceder a lo que nos hace felices. En mi caso es ser un científico que le devuelve a su país lo que hizo por su formación personal y académica.

Raúl A. Cuello

Las Heras, Mendoza, 1988. Licenciado en Enología y Magister scientiae en Viticultura y Enología. Coeditor de Partícula editorial. Colabora en medios culturales como Otra Parte Semanal y El diletante. En Instagram es @denkbild .

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