La fugacidad de todo esto
Romper la vida, decía un poeta, para ver qué hay adentro. A partir de escenas urbanas de la degradación social, actuales y pasadas, Sebastián Maturano rompe la época para descubrir de qué está hecho el mileísmo de nuestros días, asegura que vivimos tiempos de “merca y rivotril” y encuentra un eco de la descomposición en las palabras de dos grandísimos  poetas chilenos: Raúl Zurita y Nicanor Parra.   

Panorámica del detalle

Los bares están raleados. La gente hace compras básicas y cuenta las moneditas en Mercado Pago. Las casas de comida se vacían. Los taxis desaparecen. Los Uber (y sus réplicas) crecen. ¿Dónde están los caídos? ¿Miran la tele o YouTube, piensan qué hacer en silencio? ¿Cambiamos Pagni por Pergolini? 

El año pasado, en Alto Alberdi, cerraron muchos negocios. Pero como nunca nada se detiene, pronto aparecieron otros. Nuevas verdulerías, pollerías, dietéticas, peluquerías y fiambrerías arrancaron con el sueño de inventarse un trabajo en el largo tiempo del fin del trabajo. Muchos de esos negocios ahora languidecen, mientras nacen otros: una fiambrería en un garaje, una huevería en un jardín, ropa de feria en el comedor, y así. 

También hay más personas que duermen en la calle. También hay más niños que limosnean en el centro. De pronto, en la entrada de una casa, aparecen cúmulos de cartones que arman una trinchera de la que asoman uñas podridas, callos tiznados, piernas y brazos doblados, barbas grises, pieles rotas, gorras de lana artificial. Obras abandonadas, a veces frente de casas o grandes edificios, se convierten en habitáculos, como una gentrificación al revés.

Ese contraste se vuelve más grotesco en Nueva Córdoba: ahí se puede ver a un grupo de linyeras con sus cartones y colchones, tirados en la vereda, al mismo tiempo que en la puerta del edificio vecino, un joven recién llegado del gym recibe los sánguches de una conocida empresa local. 

Verdades

“Romper la vida”, decía el poeta Alejandro Schmidt. “¿Para qué?”, le preguntaron. “Para ver qué hay adentro”, respondió. 

Las cosas están rotas, ¿alguien escucha cómo suenan? 

Desde hace un tiempo pienso con cierta ingenuidad en una cosa: ¿se puede decir una verdad? Ya no digo escribir, sino decir, en una conversación, aunque sea una mínima, miserable verdad. ¿Cómo suena la verdad?

Los puntos de verdad y no verdad, los fracasos de una serie ficciones que operaron en la realidad y devinieron eslogan o monumento, fraguaron hace tiempo. Alcanza con recorrer la doxa digital que emiten politólogos, sociólogos y filósofos para advertir el consenso: estamos en un cambio de época. Chocolate por la noticia; eso se dice desde hace años, pero el resultado de las últimas dos elecciones, si llevamos la reflexión al orden estadístico del sufragio, confirma que una parte de la sociedad eligió otro camino. Al menos, por ahora, esa parece una verdad. ¿Sí? Tal vez. 

Yo sé que ahora muchos ven fascistas por todas partes o se enteraron de que la sociedad tiene “componentes” fascistas. Pero casi nadie recuerda el acuartelamiento policial de Córdoba de 2013. Eso que llaman “consenso social” o “comunidad” o “bien común” explotó, y la repetida distopía se hizo realidad: breve guerra civil a cielo abierto, en una noche larga en la que muchos no pudieron volver a casa: motociclistas anónimos saqueaban comercios y jóvenes vecinos, súper sacados, defendían “lo suyo” con rifles, apostados en balcones. Algunos se organizaron y armaron barricadas que decían “No pasar, comerciantes armados”. Otros se convirtieron en policías ad hoc y detenían a quienes consideraban sospechosos, en su mayoría obreros dedicados a la albañilería y la construcción, que nada tenían que ver con el bardo, simplemente regresaban a sus casas después de la jornada. A muchos los lincharon.

La mayoría de los linchadores eran jóvenes universitarios de clase media alta, bien educados, bien alimentados, bien mantenidos. Todo ese episodio quedó en el recuerdo con el nombre mediático de “Narco-escándalo”, pero debería figurar como una verdad, o como un hecho histórico, una suerte de neo-cordobazo, donde la lucha no fue de obreros y estudiantes organizados contra una dictadura, sino el caos, el sálvese quien pueda, mileísmo puro antes de Milei.

Saqueos en la ciudad de Córdoba durante el acuartelamiento policial, 3 y 4 de diciembre de 2013 (Foto: Diego Lima / La Nación)

Pesadilla

Durante muchos años el blog La lectora provisoria, a cargo del crítico de cine Quintín, tuvo de eslogan la frase “Esperando el fin de la pesadilla K”, que no aludía al personaje de Kafka sino a los años kirchneristas. ¿Está hoy un sector de la sociedad endeudada, mientras compra en Temu o paga las cuotas del viaje a Brasil, “esperando el fin de la pesadilla M”? Hay algo que suena en esa “M”, una suerte de Triple M: Menem-Macri-Milei. Hay algo ahí.

Vivir el presente como una pesadilla parece propio de un estado de inacción: el cadáver de mono de las primeras páginas de Zama, “muerto, todavía completo y no descompuesto”, retrata a un segmento social que quedó detenido. 

Pero no me interesa “la sociedad”, sino la verdad, y la pequeña conversación verdadera que se pueda entablar con cualquiera que se cruce en nuestro camino.

Chile

Tuve un amigo. Un amigo que escribía poemas, cuentos y novelas. Mi amigo era un escritor secreto. No publicaba. Destruía sus escritos. “Los ahogaba”, decía cuando los metía en un balde lleno de agua. 

Cuando me compartía sus textos yo los atesoraba y los leía como si fueran la verdad, o como si a través de ellos accediera a la verdad, que no estaba contenida en esas palabras, sino en el modo en que circulaban, en la manera en que llegaban a mí. Eran textos mecanografiados, porque mi amigo no tenía computadora, escribía a mano en papeles sueltos o libretas y después, cuando encontraba el tiempo o el espacio, los pasaba en una vieja Olivetti que alternaba el negro y el rojo, a veces mezclando los colores, lo que daba como resultado una letra amarronada, parecida al color de la sangre cuando se seca, o a las manchas de la cara de Travis Bickle en el final de Taxi Driver.

Con mi amigo, después de años de intensidad tardo adolescente, después de querernos, pelearnos, amigarnos y volver a pelearnos, nos alejamos. Pero hace unos años, tras una década sin vernos, nos volvimos a encontrar. Fue, al principio, un buen encuentro, aunque no fue difícil advertir que la vida nos había llevado por caminos diferentes, no en cuanto a la literatura, que es, podría decirse, nuestra pasión infinita, lo que nos unió en una larga temporada. 

Tomamos unas cervezas en un bar de la Alameda y después me invitó a su casa. No sé cómo (o sea, sí lo sé, porque estuve presente en el momento, pero no puedo explicarlo) mi amigo consiguió que la almacenera de la esquina, una peruana de expresión taciturna y desconfiada, le fiara un ron y un par de cervezas. 

Esa noche mi amigo me regaló una serie de poemas de Raúl Zurita con una característica particular: eran los poemas de Pastoral de Chile, una sección del libro que el poeta publicó en 1982 con el nombre de Anteparaíso. Pero no sólo eso: el ejemplar estaba hecho a mano, en hojas mecanografiadas por él mismo. Era un trabajo de copista que mi amigo había hecho con mucho cuidado, seguramente ensayando prueba y error en más de una oportunidad, porque el ejemplar que me entregó, que guarda una diferencia con el “original”, no tenía (casi) ningún error.

Pastoral de Chile se compone de doce poemas, que en Anteparaíso aparecen separados en dos grupos alternados entre otras secciones. No sé si fue leerlos en un rincón de la cordillera de los Andes, un paisaje que se repite en los textos, o el hecho de que fuera un ejemplar único, lo cierto es que los poemas me conmovieron como hacía mucho no me pasaba.

Pastoral… habita un clima opresivo, los largos años en que Pinochet estuvo en el poder del estado chileno. El primer poema dice así:

Chile está cubierto de sombras
los valles están quemados, ha crecido la zarza
y en lugar de diarios y revistas
sólo se ven franjas negras en las esquinas
Todos se han marchado
o están dormidos, incluso tú misma
que hasta ayer estabas despierta
hoy estás durmiendo, de Duelo Universal

No sé por qué mi amigo me regaló Pastoral…. Quizás no hubo una razón, tal vez lo tenía a mano, tal vez sólo quiso que los leyera. Aunque desde su mirada paranoica todo guarde un significado, por supuesto, oculto, inaccesible. 

La fugacidad de todo esto

Quizás por Zurita, aunque no lo sé, hace unos días volví a Nicanor Parra a partir del fragmento de un poema de Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui:

No tengo nada contra los bailes de máscaras

a condición de que no se exagere la nota

nada contra la fiesta de la primavera

que cada cual se divierta a su modo

a condición de que nos demos cuenta

de la fugacidad de todo esto

de la precariedad de todo esto

de la irrealidad de todo esto.

Parra es un poeta sinuoso, un “pescado enmantecado” diría el Turco Asís: no es posible agarrarlo, cuando pensamos que va para un lado de inmediato cambia de dirección, puede afirmar la existencia de Dios y negarla al mismo tiempo, puede decir una verdad con una risa que dice “todo es mentira”. Sin embargo, la conclusión del poema es hermosa:

que cada cual se divierta a su modo/ a condición de que nos demos cuenta / de la fugacidad de todo esto / de la precariedad de todo esto / de la irrealidad de todo esto.

Estados

Vivimos en un tiempo de merca y rivotril. La sociedad metaboliza su estado mental entre polos extremos. “Milei es un estado de la mente”, escribió Lisa Cornell a comienzos de 2024. No hablo de “la grieta”, ni de las facciones políticas de turno, sino de una cosa más particular y a la vez más general: el combustible del día a día: merca para subir y negar, clonazepam para bajar y seguir. O al revés. (Es una metáfora, no se tomen todo (tan literalmente), por favor). ¿Y la verdad? Ahí anda, escurridiza entre las mentiras, entre los falsos dogmas, descuartizada entre la resignación, los sueños, las ilusiones, omnipresente en cada rincón, en la búsqueda del fuego y su momento.

Sebastián Maturano

Sebastián Maturano (1984). Escritor, artista plástico y editor de Borde Perdido Editora. En narrativa publicó Diario de la fobia (Borde Perdido, 2020), los libros de cuentos La otra piel (Borde Perdido, 2022), Lo que enferma (Eloísa Cartonera, 2023) y Bestia extraña (Paradiso, 2024).

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