Los escritores-peligro y la literatura brasileña

¿Qué significa para un autor o una autora “vivir de la escritura”? La respuesta parece no ser la misma en Brasil que en Argentina. Por Cristian De Nápoli.

 

Este texto que compartimos a continuación integra el libro de crónicas y ensayos sobre literatura En las bateas expuestas (Añosluz editora, 2020).

Los escritores-peligro

*Por Cristian De Nápoli

 

Hay un relato de ficción que se da muy bien en la literatura europea y, más cerca, en la brasileña, pero que apenas tiene peso en nuestra tradición local. Es un tipo de novela, y sobre todo de cuento o nouvelle, cuyo protagonista es un escritor famoso y exitoso que está harto del modo en que se gana la vida. No hablo del escritor cansado de fracasar en la búsqueda del batacazo, sino de historias donde al protagonista le va profesionalmente bien con sus libros y la angustia que vive no es por acceder sino por salirse del Negocio. En esos relatos, el héroe conoce y a veces domina la lógica que mueve al mundo (y a los prestigios literarios dentro de este) pero ese saber tiene la contracara de que conduce a su poseedor a una vida gris, burocrática y sin la felicidad del riesgo. Y todo ello dentro de una delicada arquitectura narrativa que hace suponer, en los escritores de carne y hueso que urden esas tramas, una vida profesional tranquila, sin amenazas. No es algo de ahora: en Brasil, ese tipo de relato ya asomaba en el siglo XIX en un genio como Machado de Assis, creador de una prosa sofisticada y calma que puede verse como el opuesto de nuestro pendenciero Sarmiento. Mucho más cerca, en los años dulces de Lula, ese tipo de relato pudo encontrarse en cuentos de Sérgio Sant’Anna y Joca Reiners Terron. ¿Qué es lo que lo hace posible? 

Brasil, nadie lo duda, es un país lleno de conflictos. Pero al menos en épocas estables –cosa que no se da hoy– esas tres enormidades que son la sociedad, el Estado y la economía brasileñas han venido bancando las condiciones para que muchas personas, quizás un centenar en cada corte de época, puedan vivir de lo que escriben o de dar charlas, clases y conferencias sobre su propia escritura o sobre cómo escribir.

No les irá como a Paul Auster o Michel Houellebecq, pero sí como a César Aira (y son unos cuantos). Algunos pueden vivir solo de derechos de autor. En conjunto sus libros venden varios miles de ejemplares al año en el propio país y además se traducen y, cosa bastante usual en Brasil, se adaptan al cine o la televisión. Anticipos/regalías y derechos de adaptación: si eso funciona ni siquiera necesitan –por lo común sí hace falta– esa tercera fuente de ingreso que, aunque todavía pertenece a la esfera estricta del vivir de la escritura, en parte obligar a bajarse del caballo: la redacción de una columna más o menos semanal en los periódicos. A eso se suman los ingresos por representar ao vivo el rol de escritor: conferencias, charlas, entrevistas, giras de promoción, viajes culturales. Hacer acto de presencia en Brasil no es poca cosa; en la inmensidad del territorio hay más de cincuenta ciudades que tienen ferias y festivales literarios estables, y cientos de pueblos donde un escritor puede ser enviado, por su editorial o por el gobierno, a encabezar una actividad. Y además están las delegaciones al exterior, los grandes viajes. Y además (del Estado y la industria editorial) está la red de instituciones como el CESC y el Itaú Cultural, que tienen un peso enorme en la agenda de eventos culturales dentro del país, y que pagan bien. 

Además hay que contar otras actividades que pueden estar muy al borde del “vivir de escribir”, tareas que se alejan bastante del rigor o el placer de urdir una trama con oficio, pero que ponen en juego, para emprenderlas, principalmente saberes de escritor (y no de traductor, editor, librero o taxista). Una muy común es la coordinación de talleres literarios; otra es la curaduría editorial (por ejemplo en la preparación de antologías varias: de nuevos narradores, de ciencia ficción, de fantasmas, de vampiros, de fútbol); otra es la inmersión como jurado en premios literarios (prestando el nombre de aval y a veces teniendo que lanzarse realmente a la lectura de manuscritos). Promovidos por los distintos gobiernos (el nacional, los estaduales, los municipales) y por entidades como Petrobras y demás, los premios y las “oficinas” (talleres) suelen obligar al escritor a viajar. Ya sea entonces porque es jurado o tallerista invitado o bien porque tuvo la suerte de dejar su casa solo para dar una charla descontraída en una feria de libros, bien puede ocurrir que un escritor brasileño esté trabajando una semana en Fortaleza, la próxima en Porto Alegre, y más adelante en Manaos, en Cuiabá, en Londrina. Si le gusta la vida de hotel, puede ser fascinante. Deberá cuidarse de no agobiar a sus lectores con novelas cuyo protagonista es un escritor que vive de gira.

 

 

Una vez escribí un poema que se llama “Arquero volante” y un amigo brasileño no supo cómo traducir el título. Los argentinos que juegan al fútbol saben de qué hablo: el arquero volante es el que puede moverse por toda la cancha como cualquier jugador. 

Es algo que pasa en el fútbol amateur: se juega con arquero volante cuando los que se juntaron a pelotear son pocos. En Argentina es muy común, sobre todo entre los chicos. Los dos equipos que se enfrentan pueden tener ese privilegio o bien, si además de ser pocos forman un número impar, entonces el equipo con un jugador menos tiene arquero volante.

Tuve que preguntarles a los mexicanos que conocía: “¿Cómo se dice ‘arquero volante’ en México?”. Y a los chilenos y a los uruguayos: “¿Ustedes cómo dicen ‘arquero volante’?”. La mía no era una curiosidad gratuita; quería sacar a mi amigo de su embrollo. Él me contaba que estaba trabado, que no surgía la palabra. Hasta que en un momento me dijo: me falta el significante porque a mi país le falta el significado. El arquero volante en Brasil no existe, remató. Al otro día me mandó un mail resolviendo (traduzco): “Lo único que me queda es usar una expresión del futsal: goleiro-linha”. Pero el texto que estaba traduciendo mi amigo hablaba de chicos jugando al fútbol en la calle, no de padres de familia que van de la oficina al club de futsal. Era otra cosa, aunque quizás la única cercana. El problema se dirimió sin resolverse –como tantas otras cosas– y goleiro-linha me pareció bien, y desconecté. Era lógico que en Brasil no hubiera arqueros volantes. En un país de 180 millones de habitantes enseguida se consiguen diez personas, en cualquier cuadra de cualquier ciudad, para jugar un picadito, y no hay necesidad de un arquero que sea tan lanzado como para llenar esos huecos que deja la escasez.

En paralelo fueron llegando los resultados de la pesquisa en la Patria Grande. De Chile me dijeron que el arquero volante existe, sí, y que se llama arquero-jugador. Me pareció curioso que los chilenos, que tienen excelentes poetas, en vez de inventar hayan caído, para este terreno, en una triste denotación. También desde Uruguay se me informó que existe y acá, pese a que tengo una idea muy poco poética de la literatura uruguaya, me fascinó el nombre que le pusieron: golero-peligro. 

* * * 

Intuyo el oficio de casi todos los que escriben no solo poesía sino también narrativa, teatro o ensayo no académico en Argentina: son escritores-peligro. Como los arqueros volantes, en principio lo suyo es hacer determinada cosa (atajar / escribir). Pero en los hechos, y dada cierta escasez, se pasan el tiempo haciendo otras cosas: gambetas y corridas a lo largo de la cancha; traducciones, correcciones, maquetaciones y un largo etcétera. No es lo mismo, creo, suspender seguido las cuitas y deleites de la escritura por la obligación de un taller literario que dedicar ocho horas al día al trabajo en un centro cultural, una biblioteca o una librería. 

Dar conferencias en veinticinco ferias del libro cada año no es lo mismo que dar clases en secundarias. Leer novelas inéditas como jurado no es lo mismo que leer novelas inéditas como corrector. No sé qué es mejor ni qué es peor, pero no es lo mismo. 

Conozco, aunque solo por mi condición de lector, ese fantasma del que hablé al principio: el de una rutina profesional sin riesgo, sin aventura, que hace que en países de Europa y en Brasil surjan esas historias de escritores hartos de sus compromisos. Por momentos envidio ese fantasma; otras veces, mirando el lugar donde normalmente trabajo y vivo, siento que prefiero este peligro argento por encima de esa comodidad “extranjera”. Pero tampoco tengo que olvidarme de que, en contrapeso con su encanto, el peligro en Argentina tiene una característica muy insidiosa: es recursivo. Por ejemplo, alguien que es un escritor-peligro decide abrir una librería con unos amigos para asegurarse un ingreso estable, pero en realidad lo que hace es volverse un librero-peligro sin garantías de llegar a fin de mes a menos que se busque otras changas complementarias. O alguien que leyó demasiadas notas sobre el auge de las pequeñas editoriales argentinas y decide convertirse en editor confiando en que hay un espacio orgulloso y nítido para los libros que va a publicar: alguien, en suma, que se convierte en un editor-peligro. Y que además de escribir y editar tendrá que trabajar en Yenny o en Metrogas.

Parece ser que donde manda el trabajo, el trabajo cansa. Y que donde se impone la aventura, la aventura también. 

 

* (Buenos Aires, 1972) Escritor, librero y traductor de literatura en lengua portuguesa e inglesa. Publicó cinco libros de poesía –El pueblo le canta a sus familias disfuncionales (Añosluz editora, 2020), entre ellos-, una compilación de cuentos –Darth Vader y yo– y ensayos, crónicas y reseñas en distintos medios. En las bateas expuestas (Añosluz editora, 2020) es su primera reunión de ensayos y crónicas en un libro.

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Cultura de relleno. Revista digital.

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