El actor y director habla sobre su nuevo unipersonal, Paraíso, en donde interpreta a un recién trasplantado. Además, recuerda sus primeros pasos en el teatro, resalta la importancia de formarse y se ríe con su obsesión juvenil por Vittorio Gassman.
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En el hall del Teatro San Martín, Luciano Cáceres está sentado frente a una taza de café. Saluda con cordialidad. Su mirada es transparente y potente a la vez. Acaba de terminar la función de Paraíso, el unipersonal que estrenó el viernes 13 de marzo pasado en la Sala Cunill Cabanellas y que, desde abril y hasta junio, se podrá ver en el Teatro Regio (Av. Córdoba 6056).
Escrita por la española Inmaculada Alvear y dirigida por Ignacio Rodríguez de Anca, con versión de Dany Mañas, Paraíso cuenta la historia de Juan Valero, un empresario que recibe un trasplante de corazón y que, a partir de ese suceso, sus días cambian rotundamente. El nuevo órgano le permite entrever otra vida.
Llevás muchísimos años trabajando en cine, teatro y televisión. ¿Quién te dijo en su momento “hacelo”? ¿Cómo surge la vocación por la actuación?
Luciano Cáceres: Viene anterior a que yo nazca. Mi papá tenía un teatro independiente, durante la semana vivía ahí porque tenía un trabajo en la municipalidad de Buenos Aires. O sea, dormía en el escenario, sacaba los colchones abajo y dormía ahí. Era un teatro que se llamaba Teatro de la calle Rincón, un reducto importante en los 70. Mi madre trabajaba en la municipalidad, estaba casada con un ingeniero. Ahí lo conoció a mi papá, pasó por esos colchones, y fruto de ese amor prohibido nací yo, concebido literalmente en el escenario (risas). Cuando era muy chico mi papá fue actor y director, pero no se pudo dedicar de lleno. Pasó por mil laburos: vender billetes de lotería por los bares, en estaciones de servicio. En un momento hacía un unipersonal que se llamaba El hombre y sus muñecos, me lo sabía de memoria. Encontré muy de chico la vocación. Somos seis hermanos y soy el único actor. A los 9 empecé a estudiar, a los 10 Alejandra Boero me becó y a los 11 hice mi primera obra. Hace 38 años que hago teatro.
¿Tenés algún recuerdo específico de esa época?
Recuerdo que cuando tenía 3 o 4 años estaba sentado en la platea, acá cerca, fue una función en la Caja de Ahorro, en diagonal al Congreso. De tanto escucharlo a mi viejo aprendí el texto, lo decía antes que él. Un día estaba en la platea y una acomodadora se acercó y me dijo: “No, no podés estar acá, te están mirando todos”. Me acuerdo todavía de la obra. Me llevaron a bambalinas, y desde ahí podía ver a mi papá siendo otro desde cerquita, a la altura del escenario, y espiaba a la gente que estaba mirándolo. Ahí me di cuenta de que ese era el lugar donde quería estar.
¿En algún momento pensaste en hacer otra cosa?
Todo el tiempo. En su momento me anoté en Historia y en Abogacía en la UBA, pero después siempre estaba ensayando y tenía varios laburos. Era muy complicado estudiar porque tenía que sobrevivir y, además, quería seguir haciendo teatro, entonces siempre iba a dos o tres clases y ya está. A los 19 abrí mi teatro con un grupo de amigos, Quintino Espacio Cultural, en Boedo. Viví seis años en la cabina de luces de ese teatro. Tiramos todas las paredes, construimos un entrepiso y en ese entrepiso había una cama, un escritorio, una biblioteca, un silloncito y un ropero. Pasé por momentos de más o menos laburo, pero siempre haciendo, generando. Pienso: “Che, debería tener algo, estoy grande, qué va a pasar…”, pero ya está, otra cosa no voy a hacer.

¿Te acordás de tu primera audición importante? Esa que te marcó de alguna manera.
Estaba trabajando en mi teatro independiente, de cartero a la mañana y en un kiosco a la tarde, y en un momento, mirando la tele, dije “yo puedo estar ahí”. Dejé los laburos que tenía y empecé a buscar trabajo. Ahí llegó la primera audición comercial para Rompiendo códigos. Me la tomaron Norma Aleandro y Helena Tritek, el protagonista era Arturo Puig. Me acuerdo de que no tenía ni para viajar. Me había armado una performance y como quería música me llevé los grabadores, antes eran muy grandes. No tenía ni para las pilas. Llevé un alargue, el grabador, y caí al Maipo con todo eso. Entré a la audición y pregunté: “¿Dónde puedo enchufar esto?”. Quedé en esa obra y bueno, a partir de ahí, con momentos mejores o peores económicamente, siempre tuve laburo. El poder de la autogestión es lo que me marcó. Mucho cine independiente, mucho teatro independiente.
¿Cómo llegas a protagonizar Paraíso?
Estaba con Muerde [obra de Francisco Lumerman, protagonizada por Luciano, que recorrió 90 ciudades con más de 230 funciones] y empecé la búsqueda de otro unipersonal, pero quería una obra de ciudad, no rural como Muerde. Busqué material por todos lados. Leí que Paraíso se había estrenado en Madrid en 2023, me interesó el tema y conseguí que me enviaran el material. Justo viajaba para allá por una película. Hicimos una lectura dramatizada con la autora y todo fluyó.
Otra vez un unipersonal, pero totalmente distinto al anterior.
Quería meterme en la transformación de un tipo en la ciudad, y por eso también el contrapunto más técnico desde la puesta: utilización de cámaras, luces, escenografía con tecnología. En contrapunto con Muerde, en donde en el escenario está la mesa, el aserrín y no mucho más.
¿Qué desafío te implica este tipo de trabajos?
Obviamente es un desafío enorme porque estás solo en el escenario, aunque siempre está el equipo apoyando. Lo que me permite es mayor libertad. Con un elenco se depende de las agendas de todos, de los tiempos de todos, y desde que me animé a esto, porque muchas veces me habían ofrecido unipersonales y no me animé, descubrí que me da mucha libertad de agenda. Si sale una película, puedo hacerlo, o programar de tal manera para que las cosas fluyan sin perjudicar a nadie.

¿Qué te pasó cuando leíste el material de Paraíso? La donación de órganos es el puntapié inicial, pero la obra va mucho más allá.
Sí, lo que puede pasarle a una persona luego de un trasplante es la lectura primaria, pero lo más interesante que tiene, y donde fui ahondando, es en la subtrama. Sobre todo los momentos bisagra que atravesamos alguna vez y cómo eso te puede transformar. Uno por ahí está en busca de la zanahoria y no ve lo realmente importante.
Sin haberla visto antes, tuviste mucho olfato para poder decir “quiero leer esta obra porque me interesa el tema”.
Leo de todo, estoy atento a la dramaturgia internacional constantemente. Creo que esa es la responsabilidad que uno tiene como actor y como director. Cuando doy charlas los pibes que se están formando me preguntan: “¿Qué hay que hacer?”. Les digo: “Formarse, porque esto que para vos es novedad se viene estudiando hace muchos años”. Después está el hacer, la segunda pata fundamental. Todo lo que estudiás y no lo ponés en práctica se va perdiendo. Cinco minutos de escenario por ahí no te lo dan diez años de estudio. La otra cuestión es descubrir tu particularidad, tu manera de hacer las cosas, tu punto de vista, tu ideología. ¿Cuál va a ser la diferencia de que quieran a Luciano y no a otro? Cuando yo me quería parecer a otro, no quedaba en ningún lado. Muchos se creen con el poder de decir qué es lo que tenés que hacer. Y a mí eso mucho no me gusta.
Claro, vivir de la actuación y no quedarse en la zona de comodidad es un riesgo.
Sí, por la experiencia de mi viejo y mis compañeros de Andamio 90, que eran gente que trabajaba de otra cosa y además hacía teatro independiente, no pensé nunca que iba a vivir del teatro. La única vez que fantaseé de chico con que iba a ser un actor de cine fue cuando vi a Vittorio Gassman (risas). Incluso tenía una libretita, mi segundo nombre es Vittorio, y Giardino es mi tercer apellido, el único italiano que tengo. Fantaseaba con que iba a ser actor y mi nombre artístico era Vittorio Giardino. En 2020, plena pandemia, protagonicé una película en Roma [El nido, de Mattia Temponi] y me vino ese recuerdo. Me lo había olvidado hasta ese momento. Fue una locura esa experiencia, viajé en el único avión que salía por semana a Europa, estuve ocho días de cuarentena en un departamento en Roma y de golpe arranqué a filmar una película. El único argentino, una locura.
Volviendo a Paraíso, ¿qué te pasó con la lectura de estos dos personajes principales? ¿Cómo encarás el proceso de investigación para componer a los personajes?
Más que encarar, algo que aprendí después de haber dirigido a Leonor Manso cinco veces es el significado de “encarnar”. Hay algo que es la palabra encarnada. Sentía que Paraíso estaba más narrada que vivenciada. Entonces con Dany Mañas, el adaptador, y también con Nacho Rodriguez, el director, pensamos cómo habitar más que contar episodios. Hacerse cargo de que las cosas pasen, no que solo se cuenten.
Es interesante la construcción de lo femenino en Paraíso.
Lo femenino que aparece está bueno, y todo lo que transita ese personaje. Está la frase “Ya no recuerdo quién era, ya no, ni una palabra ni un sentimiento. Pero ahora sí sé que puedo ser todo”. Jessi [el personaje femenino de la obra] le abre la puerta a la emoción.

¿Qué se viene para la obra más adelante?
Vamos a Mar del Plata para Semana Santa, un ritual mío. A Chauvin, el mismo lugar dónde llevamos Muerde. Y después, seguramente, como es coproducción con “LAZONA teatro”, estaremos por España
Ahí está esto de la libertad de los unipersonales que hablábamos al comienzo…
Sí, totalmente. Con Muerde vamos a seguir, seguramente iremos al Teatro Roma ya por tercera vez, luego gira por Uruguay. Fui varias veces a Montevideo, pero ahora iremos a otras ciudades. El público uruguayo siempre me recibe de manera increíble.
¿Hay alguna herramienta o recurso que necesitás que esté para ganar tranquilidad y confianza en el escenario?
Tranquilidad nunca, siempre tengo miedo, cagazo total (risas). De alguna manera lo agradezco porque quiere decir que la llama está encendida. Las herramientas son todo lo que uno laburó, la formación, lo que viviste, lo que observaste. Porque de alguna una manera todos los personajes que encarno yo los vi. El otro día vi una entrevista de Agustín Alezzo en la que hablaba de la observación. Si uno se pudiera dedicar todos los días a observar, es un montón de material el que se puede recolectar. También la lectura, ver a otros colegas, otras puestas, otras películas, y conocer tu instrumento. Siempre dar un poco más, expandir un poco más el aire, la capacidad de la memoria, de las emociones, y eso se logra al entrenar constantemente.
Acabás de estrenar en cine Nene revancha, ópera prima de Gonzalo Demaría. ¿Qué se siente presentar una película nacional en este contexto?
Siempre es una alegría, un milagro, es como cerrar el círculo, porque uno hace la película para que se vea. La peli tuvo su estreno en el BAFICI, con muy buenas críticas, fue a La Habana y a varios festivales más. Estuvo en Madrid, en Miami, en algunos festivales del interior argentino. Gonzalo (Demaría) es un tipazo, además de un gran compañero. Cuando leí el guion le dije “está buenísimo, lo tenés que filmar vos” y ahí armamos el equipo. Nos ayudó mucho compartir tiempo con Luis Bazán, gran boxeador argentino y padre de Nahuel, parte del elenco de Nene revancha. También tuvimos técnica de boxeo para ciegos. Es importante que la gente la vea en salas así puede estar más tiempo.
Si pudieras enviarle un mensaje al Luciano joven que alguna vez dudó o pensó en hacer otra cosa, ¿qué le dirías?
Creo que ese tenía más certezas que yo ahora (risas). Pero el Luciano joven al viejo le diría: «Tranquilo, que todo se va a acomodar”. Porque yo crecí muy rápido, en la vida y de tamaño. A los 12 ya tenía esta altura, no encajaba, no conocía mi cuerpo. Y el de ahora, al joven: “No pierdas la ilusión”. Esto lo aprendí de mi amigo Mirko, que es uno de los mejores magos del mundo. En un momento me dijo: “Lucian, yo te puedo enseñar todos los trucos, pero te va a pasar lo mismo que me pasó a mí. Perder la ilusión”. Le respondí: “Está bien, entonces no me enseñes ninguno”. Y ahí está la clave, ¿viste? Lo que tiene que ser, te va a llegar, y la magia existe y hay que laburar para eso. Está bueno tener sueños, ilusiones, pero todo es trabajo.