Es el cumpleaños de Charly y Saer está invitado
Una casualidad, una fecha, puede ser la puerta que abre a una conexión insospechada entre la narrativa musical de Juan José Saer y la música genial de Charly García. Facundo Basualdo afina el oído para leer Glosa en clave sonora y retornar de forma obsesiva al veintitrés de octubre.

Una fecha. Es un modo clásico de empezar. “El veintitrés de octubre de mil novecientos sesenta y uno pongamos —qué más da”, dice en el primer párrafo el narrador de Glosa, la novela posdictadura de Juan José Saer. Y nadie, al menos hasta donde pude ver, hizo una relación obvia desde esas primeras líneas: el día en el que Leto y el Matemático caminan veintiún cuadras hablando sobre un cumpleaños en el que ninguno de los dos estuvo, Charly García estaba celebrando su cumpleaños número diez. Ese mismo día. 23 de octubre de 1961.

¿Saer escuchaba a Charly? ¿Charly habrá leído alguna vez a Saer? ¿Se habrán conocido Saer y Charly? Hasta donde sé, la respuesta a todo es no. Pero vayamos por otro lado.

Tocaba el piano como un animal

Publicada en 1986, Glosa es una novela sencilla de explicar en su argumento principal, o superficial: dos personas, Leto y el Matemático, se cruzan en una esquina y caminan juntos veintiún cuadras rectas y hablan, centralmente, de un cumpleaños en el que ninguno de los dos estuvo. Lo que más atrae, lo que la hace una novela fundamental de la narrativa nacional, son las capas con las que está construida. 

Su estructura, por ejemplo, está dividida en tres partes casi iguales en extensión (unas 70 páginas), marcadas cada una en 7 cuadras: “Las primeras siete cuadras”, “Las siguientes siete cuadras” y “Las últimas siete cuadras”. En el ensayo “Sonido, tiempo, forma: una escucha musical en los textos de Juan José Saer”, Omar Corrado dice en forma de pregunta: “¿Cómo evitar la mención de las ‘tres veces siete poemas’ en que se articula el Pierrot Lunaire de Schoenberg?”. Ahí hay una pista.

Además, Schoenberg, casualmente o no, es a quien escuchan el juez y Angelito en Cicatrices, la novela de Saer publicada en 1969. La música clásica entonces ya era un insumo en la escritura de Saer. Otro punto en común con Charly.

En el preciso Esta noche toca Charly, publicado por Gourmet Musical, aunque relativiza el genio en la infancia del músico, Roque Di Pietro da cuenta de que ya “tocaba el piano como un animal” en el detalle de su formación. Gracias a los archivos del Conservatorio Thibaud-Piazzini, Di Pietro reconstruye cómo desde 1956 hasta 1964, entre los 5 y los 13 años, Charly estuvo frente a su instrumento predilecto en la audición de fin de año que siempre organizaban en octubre (quizás ahí empezó la tradición de hacer un recital para su cumpleaños). 

En 1961, el día elegido para la audición anual fue el 7 de octubre, dieciséis días antes del cumpleaños número diez de Charly y de la caminata que Saer transformó en memorable en Glosa. Ese año fue la primera vez que Charly cerró el concierto de alumnos del Conservatorio: todavía con pantalones cortos, tocó Invención en Do M de Joan Sebastian Bach, Sonatina en Fa M, movimientos Allegro y Rondó de Ludwig van Beethoven y Allegro risoluto de Stephen Heler.

Un tiempo después, Charly abandonó esa formación clásica en lo formal, pero nunca en la intimidad de su composición. Di Pietro destaca que “hay claras pruebas de esto en los directos de Sui Generis, en diversos fragmentos del álbum Música del alma, en ‘A los jóvenes de ayer’, en los momentos piano bar de los shows de Yendo de la cama al living o Clics modernos (…), la manera de armonizar o sus composiciones atravesadas por el perfume de lo clásico”. Que “Desarma y sangra” no sería igual sin esa formación, que “20 trajes verdes” sin Erik Satie, que “Waitin’”sin Liszt, que “Canción para mi muerte” sin Hayden.

Un relato que sea forma pura

No sabemos si Saer compartía el don del oído absoluto con Charly, a quien se lo descubrieron entre 1959 y 1961, pero el escritor santafesino también tenía cierta percepción musical que se puede ver en Glosa.

Cuando se publicó, Saer dijo: “escucho mucha música, y frecuentemente su perfección formal despierta en mí la nostalgia de un relato que sea forma pura, (…) Se puede decir también que el ritmo de la prosa, las repeticiones, la aparición de los distintos temas, su desarrollo y entrelazamiento son de naturaleza musical”.

“La música colabora en la delimitación de las zonas fundantes de la saga saeriana”, señala Corrado en su ensayo. Detalla, de sobra, el desglose de la estructura y la disposición de sus elementos (la entrada de Tomatis y su salida, por ejemplo, justo en la cuarta cuadra del segundo tramo; digamos en la mitad de la segunda parte, por ende de la novela), los sonidos del ambiente (las bocinas, las voces, las frenadas, los pasos), los silencios (y los pensamientos), el trabajo con la repetición y la forma de construir en muñecas rusas. Una imagen que usa Saer, con la caja de cereales Quaker Oats: “Sombra, baldosas grises, sol lateral, cordón, empedrado, cordón, baldosas grises, sol lateral, sombra”. Eso es cruzar una calle.

“Creo mucho en la literatura como un orden rítmico, musical, no puedo escribir si la frase no va sonando silenciosamente en mis oídos o mi mente mientras la escribo. En realidad, estoy más preocupado por problemas de ritmo que por problemas narrativos o de sentido”, dijo el santafesino, un año después de Glosa, en 1987.

La palabra glosa tiene varios significados. Saer mismo le había dado un marco, al título y a la novela, en una carta en la que se postulaba para una beca de la Fundación Guggenheim: “Naturalmente, el título tiene en cuenta la etimología de la palabra glosa: lengua. El resto no podría, aunque quisiese, precisarlo de antemano”.

Glosa también es una “explicación que se pone al margen como aclaración de un texto escrito” y, en la música, es una “variación que diestramente ejecuta el músico sobre unas mismas notas, pero sin sujetarse rigurosamente a ellas”. Leto y el Matemático, como si fueran esos músicos, charlan sobre un cumpleaños en el que no estuvieron porque se olvidaron de —o tal vez no quisieron— invitarlos, del que quedaron marginados, y recrean las discusiones de esa noche, sobre mosquitos o el tropiezo de un caballo. El cumpleaños como un mismo texto, una misma canción, pero distinto.

Lo mismo puede decirse de Charly y sus propias canciones: no hay vez que las interprete iguales. En los dos tomos de Esta noche toca Charly, Di Pietro muestra esas variaciones. Con su propia obra e incluso con las reversiones ajenas: en 2001, por ejemplo, Charly dijo que “Canción para mi muerte” la había compuesto junto a David Bowie, en la misma habitación, mientras él componía “Purple rain”, antes de cantarlas sobre la misma melodía.

El tiempo es tu desgracia

Otro puente más: tanto Saer con Glosa, su mejor novela, como Charly con Clics modernos, “el primer disco democrático” y su mejor álbum, abordan la dictadura como una herida política imborrable, que ya se vislumbra desde la cita a Faulkner en el epígrafe: “el tiempo es tu desgracia dijo mi padre”.

Como dice Pedro Yagüe sobre la literatura de Saer en su libro Engendros: “la política no aparece ni como tema ni como mensaje ni como panfleto ni como explicación. Sino como marca. La historia social y política es una marca en la vida de los personajes, aquello que permite explorar la singularidad de su existencia”. 

Pero si transita casi su totalidad en la mañana del 23 de octubre de 1961, ¿cómo puede ser una novela central en la narrativa argentina de posdictadura? La respuesta está en el final (y me guardo el spoiler). Un salto temporal hacia 1979, un fast forward que nos producirá un “efecto intensamente melancólico” antes de cerrar el libro. En Seamos realistas (a pesar de todo), sus clases sobre el autor santafesino, Aníbal Jarkowski acentúa ese salto: “la prolepsis que narra lo que ocurrirá con Leto nos dice que será el que es esa mañana de octubre”. La dictadura, el reclamo por los desaparecidos en Europa del Matemático, Montoneros y la militancia clandestina (y ya descreída, sin fe) de Leto, la depresión de Tomatis yendo de la cama al living, la pastilla de cianuro…

“A lo largo de la narrativa de Saer, lo más íntimo y lo más público, la fragilidad individual y colectiva, se intercalan como marcas de una misma cicatriz”, agrega Yagüe, “el ir y venir, este juego entre tiempos temporales, es el modo en que su literatura nos acerca a la experiencia, a las marcas políticas y su duración”. En el final de Glosa el narrador cuenta que Leto “presiente cuánto les hace falta de extravío, de espanto y de confusión a las especies perdidas”. Igual a preguntarse “¿por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá?”, como hace Charly en “Plateado sobre plateado (huellas en el mar)”. No sabemos si uno escuchó o leyó al otro, pero en aquel presentimiento, en esa pregunta, antes de (volver a) perdernos, antes de irnos tan lejos, se condensa un modo de mirar la historia reciente, de revisar las formas en las que intervenimos para mejorarla. Es una herida todavía abierta que reverbera en la conmoción que ambas obras, que Saer y Charly todavía generan.

Juan José Saer (foto: Silvana Colombo)

Últimas notas