Dos años antes de su muerte, Editorial Omnívora publicó el último proyecto de Javier Trímboli, Tulio Halperín Donghi. La herencia está ahí. Diez entrevistas comentadas (2023). En su rol de compilador, Trímboli pretendía renovar la figura de THD como historiador, intelectual y narrador por fuera de la “apropiación académica que lo embota”.
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1.
Resulta compleja la lectura de Tulio Halperín Donghi: la herencia está ahí. Diez entrevistas comentadas. Javier Trímboli compilador (Omnívora Editora, 2023). No contiene una unidad temática. Son entrevistas que recorren diferentes años, diferentes entrevistadores, y los más diversos temas. Según explica Trímboli en su prólogo, el libro intenta volver a Tulio Halperín Donghi (en adelante, THD) a partir de un diálogo con sus textos. Busca reactivar a THD sacándolo de “la apropiación académica que lo embota” y despegarlo del interés exclusivo del especialista. Escribe Trímboli: “En esta tensión más bien sorda se ubica este libro. Quiere remover de conformismo y de razón burocrática a una pieza de lo que, en alguna otra época que ni nos animamos a añorar, se hubiera llamado tradición”. De algún modo, el prólogo de Trímboli está envuelto en una especie de melancolía por una expectativa que no llegó a concretarse: la revisión de la obra de THD como una figura preponderante dentro y fuera de la academia.
2.
Como propone THD, pensar nuestra Historia no es necesariamente buscar una certeza sino asumir una incomodidad: la de vivir sin comprender del todo. ¿Cómo se lee un presente que es, por esencia, indefinido? ¿Cómo narrar una experiencia que no ha cerrado aún su forma? Todo La herencia está ahí puede leerse desde esa incomodidad. Y, también, como la manifestación de cierta actitud de THD, que persiste en diferentes épocas de su vida, con sus diferentes edades y desde lugares diferentes. Persiste en él un modo de posicionarse ante los hechos del presente y ante los hechos de la Historia. Un modelo de pensamiento totalmente esquivo a opinar desde la urgencia del momento, porque comprende que dar con la verdad histórica siendo contemporáneo de un proceso histórico es imposible.
3.
“Hoy me parece que la Historia va a los tumbos por donde puede”, dice THD en una entrevista publicada en Ñ, en 2005. Lo único que sabemos del futuro es que diferirá del presente, decía Borges. Ambas citas contienen una duda, pero a la vez expresan una convicción y una aceptación: la de saber que la cosa se mueve más allá de nosotros y que nunca vamos a poder captarla del todo.

4.
P: ¿Cree que en un futuro cercano aparecerán en escena historias que ofrezcan visiones generales, ahora perdidas en esta fragmentación?
THD: Uno supone que la gente hace historia de algo porque quiere ver más claro algo que ya percibe de bulto.
La respuesta, en apariencia inocente, es en el fondo seductora porque sugiere una deuda y un dilema. Una deuda con quienes nos precedieron; un dilema porque, ¿qué es, en el fondo, lo que se percibe de bulto? En su respuesta, THD insinúa que es el presente. ¿Pero no podemos decir lo mismo del pasado, no se percibe como algo velado, oculto? ¿Algo que hay que descubrir antes que sólo observar?
Siempre es difícil la relación con el pasado. Quizás simplemente porque ha sido escrito sobre la marcha de los acontecimientos, que en su tiempo fueron actualidad y hoy ya son historia. Pero THD nos deja un legado: el de la sana curiosidad que inspira la mirada histórica. La comprensión de que el hoy no se entiende sin mirar hacia el ayer. Mirar al mundo y al país con la perspectiva del pasado es un ejercicio de comprensión sin el cual los hechos pierden espesor y cuesta relacionarlos entre sí.
5.
Cada época tiene sus singularidades específicas. Estables y, a la vez, pasajeras. Tal vez, el problema de nuestro tiempo no sea —como en otras épocas— que se reprimen ciertas expresiones, sino la coacción a expresarnos. Estamos desbordados —y desgastados— de tanto hacerlo: no dejamos de hablar, de opinar, de emitir juicios sin pausa. Estamos empujados a tomar posición, a decir algo siempre. En ese murmullo constante, callar puede ser una forma de alivio y, sobre todo, una condición para que aparezca una idea singular, algo que realmente valga la pena ser dicho. Uno advierte en THD cierta duda, cierta incertidumbre, cierta vacilación que, lejos de convertirse en un defecto, es una virtud. No se siente obligado a decir una verdad. Tal vez sea más provechoso no interesarnos tanto por el contenido de sus respuestas —aunque estén plagadas de joyas— como por su actitud. El modo de decir ya es, por cierto, una posición política.
6.
Uno puede preguntarle al pasado lo que quiera para iluminar el presente, sabiendo siempre que el pasado no es el presente: “De tal manera que uno se pregunta a partir del presente pero va a recibir respuestas que ya no aluden al presente sino que aluden al pasado”, dice THD. Problema que corre por doble vía. El historiador siempre estudia algo que no vivió para comprender lo que vive. Su campo de acción es el pasado (y el presente, que está a un segundo de ser pasado). En ese no haber vivido hay un vacío imposible de recomponer. Pero, por otro lado, THD plantea la idea de que “una de las pocas ventajas, si no la única, que tiene el historiador es saber lo que ocurrió, es decir, aquello que no conocen aún los protagonistas de ese momento”.
THD nos muestra las dos caras de la moneda: cómo recomponer el vacío de lo no vivido y cómo comprender, a su vez, que nuestra propia contemporaneidad está inserta en un proceso histórico, de ahí que eso nos impida verla con más claridad. Contemporaneidad que es, al mismo tiempo, virtud y defecto, principio y final, astucia y problema. La opacidad de lo inmediato. ¿Un callejón sin salida? Habría que esperar siempre que este presente se convierta en Historia para comprenderlo bajo una lectura en retrospectiva. En una entrevista de Carlos Pagni para ADN Cultura —el extinto Suplemento Cultural de La Nación—, THD lo expresa así: “Influye simplemente la distancia en el tiempo y ver en ese proceso apoyado en algo que no es lo que era en aquel tiempo”.
7.
P: Hay observaciones suyas que van más allá de ese uso de fuentes literarias. Hablo de cierta imaginación literaria para presentar a los actores de un proceso. En estas memorias hay un caso simpatiquísimo que es el de esa biblioteca a la que usted veía mimetizarse con la imagen de un cuadro de Eva Perón que tenía sobre la cabeza. ¿Cuál es el límite en una explicación histórica de ese recurso?
THD: La narración es un instrumento del historiador. No porque toda Historia sea narrativa sino porque una de las formas de presentar un fenómeno histórico es simplemente contarlo (…). Lo que uno hace cuando trata de entender la Historia es muy parecido a lo que hace cuando trata de inventar una historia, es decir, encontrar los nexos para explicarla”.
En 1979, Puig publica Pubis angelical, novela citada por THD. En ella, Ana, una exiliada política argentina que vive en México, es internada en una clínica y, después de una operación, no comprende lo que está sucediendo ni lo que sucedió. En palabras de THD, esto “permite al autor hacer de su propia flaqueza (él tampoco entiende), una fuerza”. La incomprensión —que el historiador no puede asumir, pero el narrador sí— como una fuerza vital de la lectura histórica.

8.
La Historia es siempre Historia contemporánea. Consciente o no de esto, Soriano escribió No habrá más pena ni olvido en 1974, pero se publicó en 1978. Una “satírica observación del fenómeno peronista”, según el propio autor, Soriano escribe bajo los efectos aún persistentes —aún bajo esas sombras, como decía Fogwill en La herencia cultural del proceso— de los desbordes de ese presente tumultuoso.
“¿Cómo narrar lo incomprensible?”, se pregunta José Pablo Feinmann en el prólogo a No habrá más penas…. La literatura de Soriano deja en evidencia las múltiples capas que recubren el sentido histórico. ¿Por qué pretender de la Literatura respuestas definitivas, cierre de temas o conclusiones de sentido, cuando la Historia misma no las tiene? Quizá debamos esperar, antes que una respuesta, una digresión: un movimiento que al desviarse nos aporte posibilidades impensadas de ramificar el sentido histórico.
9.
¿En la sombra de qué pasado encontramos la clave del enigma actual? He aquí la cuestión para THD: ¿En qué pasado apoyarse? ¿Cómo establecer los puntos de conexión? No se trata de inaugurar un tiempo nuevo sin vínculo con el pasado, sino de pensar en su continuidad. Sin duda, la virtud de THD es hacerlo escapando de los lugares comunes, de las posiciones estereotipadas. En una de las entrevistas finales, le preguntan:
P: “Su Historia contemporánea de América Latina tiene dos prólogos: uno a la primera edición, de 1967, y otro a la segunda, de 1988. El primero es optimista y casi combativo. El segundo es la negación del primero desde una postura pesimista, aun podría decirse que conservadora. ¿Cuál sería la mirada del prólogo actual?”
THD: “Ya no escribiría un prólogo. En el primer prólogo y todavía residualmente en el segundo, estaba presente la idea de que la historia se mueve en una cierta dirección y tiene una meta. Hoy me parece que la historia va a los tumbos por donde puede. Lo más sabio es no hacer pronósticos”.
10.
Entre los muchos nombres que comentan las entrevistas —Julia Rosemberg, Federico Vázquez, Jordana Blejmar, León Lewkowicz, Camila Ahuat—, el de Juan Laxagueborde puede ayudarnos a pensar un cierre a la lectura de La herencia está ahí….
Su comentario corresponde a la entrevista que realiza Carlos Pagni, ya citada. Es de 2008, es decir, seis años antes de fallecer THD. En ella, Pagni mide su entrevistado por las respuestas o, más exactamente, por esas formas asociadas a lo no dicho: lo no dicho definido por aquello que se dice y que no es percibido sólo como falta (aunque también eso que falta se define por lo que hay, como un agujero en la pared existe por los ladrillos que lo rodean). Y nos revela la figura de un hombre marcado por una especie de cansancio. Comenta Laxagueborde: “entristecido por todo lo que no se puede notar. Lo que pudo notar y lo que no se notó de lo que dijo”.
Un hombre que parece ya estar vencido por la vida —¿quién a esa altura de la vejez no lo estaría? —, pero que sin embargo rescata a los archiveros argentinos y “resalta el valor de los rituales como fuente de la comprensión y al azar como un elemento de ayuda para la llegada a temas de investigación que nos entusiasmen. Reivindica al peronismo por ser “gente que estaba inventando algo” y contrapone esa imagen en movimiento con una sensación de que “estamos todos un poco cansados”. Podríamos decir que THD cree en la invención y le agrega conflicto y paradoja. Además, piensa en sus lectores y en qué es lo que les ha dado. Piensa en la posteridad. Quizá sin darse cuenta, Laxagueborde responde esa pregunta: ¿qué ha dejado THD a sus lectores, a los ya concebidos y a los que vendrán? “Por una cuestión física y por la predisposición permanente de Halperín a pensar los destinos, siempre están —¿estamos?— avanzando hacia un punto que muchas veces no sabemos cuál es. Por esa dificultad se justifica su lectura”.