El escritor Diego Cano aceptó el desafío de Bache y eligió las que, según él, son las tres mejores obras extensas del genial autor uruguayo.
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¡Qué difícil establecer un ranking en literatura! Todo ranking incomoda porque clausura matices y parece fijar una verdad donde sólo hay debate estético. Sin embargo, comparar obliga a explicitar criterios y ahí es donde empieza el trabajo crítico. El mío privilegia la invención, la concentración estructural y la potencia narrativa, y no responde al entusiasmo ni a la sensibilidad del momento. Entonces, una novela adquiere relevancia cuando introduce una fuerza capaz de alterar el curso del relato y de obligar a la escritura a descubrir lo que todavía no sabe. Esa operación necesita sostenerse en un movimiento interno que impulse la lectura, que genere continuidad, desplazamiento y expectativa sin depender de artificios externos. Y esa energía se consolida en una construcción que concentra sus materiales, donde cada escena encuentra su lugar dentro de un diseño que avanza, se pliega y se expande con coherencia. Cuando invención y construcción convergen, la novela alcanza una intensidad que la vuelve memorable.
Sobre la base de estos criterios, armé este ranking personal de novelas donde Mario Levrero despliega su mayor potencial.
La ciudad (1970)

La invención en La ciudad alcanza su cenit: Levrero abre un mundo con reglas propias, aprieta la estructura hasta dejarla tensa y, desde esa concentración, empuja una potencia narrativa que no afloja. No arranca “inspirándose” en Kafka: trabaja con Kafka como máquina de escritura, y lo dice sin vueltas: “Leía de noche El castillo y pasaba el día siguiente escribiendo La ciudad”. Y se nota. La ruptura del sentido que no cede a la potencia narrativa, sino que la absorbe en un continuo lleno de cosas disparatadas donde la invención brilla. Pero hay más. La escritura de Levrero, que aparenta sencillez, no quiebra la sintaxis ni la búsqueda de lenguaje: es potenciada con la imaginación permanente, convirtiéndose, para mí, en un Kafka mejorado. La ciudad fue la primera novela, publicada en 1970, y su lectura deja ver un procedimiento que fabrica espacios y arquitecturas tramposas, desplazamientos sin mapa y una lógica que se impone por continuidad, no por explicación: ahí la invención no decora, organiza la escritura.
París (1979)

París concentra con una nitidez admirable los tres criterios que vengo privilegiando: invención, concentración estructural y potencia narrativa. Desde la primera frase que martilla el narrador —“Si usted cambia esa naciente desesperación por una calma desesperanza…”—, el dispositivo se ajusta y no afloja. Levrero, nuestro Kafka rioplatense afinado, trabaja los deslizamientos y las incongruencias con una precisión propia: incorpora diminutivos, altera tiempos, introduce cambios sin lógica aparente —como observa Elvio Gandolfo— y deja que el sentido se desgaste de manera gradual, casi imperceptible.
El narrador llega a París, lo encierran bajo la acusación de monstruo y, al mismo tiempo, lo rodean de placeres; esa operación de encierro y domesticación activa un absurdo que empuja la trama sin necesidad de explicaciones. El sexo sórdido intensifica el clima y dialoga con el universo kafkiano, aunque la primera persona mantiene los sentidos en alerta y avanza a través de detalles mínimos percibidos antes que interpretados. Ahí radica uno de los núcleos más logrados de su escritura: la narración progresa por acumulación sensorial y no por moraleja.
Un aire de alegoría flota sobre la historia y, sin embargo, se disuelve en la ambigüedad; el relato invita a buscar claves y al mismo tiempo esquiva cualquier cierre tranquilizador. Esa tensión sostiene la estructura y concentra la experiencia. Publicada por primera vez en 1980, París confirma una etapa en la que Levrero ajusta su máquina narrativa hasta volverla compacta, inquietante y profundamente seductora. En medio de ese mecanismo brilla Angeline, personaje que intensifica la potencia del conjunto y deja una marca indeleble.
Dejen todo en mis manos (1998)

Dejen todo en mis manos entra en este recorte por la eficacia con la que articula invención y potencia narrativa. Levrero toma una intriga policial —la búsqueda del autor de un manuscrito histórico— y la convierte en un dispositivo de avance: el enigma empuja la acción, ordena los episodios y sostiene el ritmo mientras el narrador se permite desvíos, escenas laterales y digresiones disparatadas que alimentan el humor. La lectura fluye con una naturalidad que provoca sonrisas constantes y, por momentos, carcajadas francas; esa energía cómica no distrae, al contrario, compacta el relato y lo vuelve ágil.
El diálogo con Kafka aparece más en ciertos motivos que en la arquitectura formal. El desplazamiento del protagonista activa situaciones incómodas, aunque aquí la deriva adquiere un tono paródico antes que opresivo. La sexualidad intensifica ese vínculo: las mujeres rodean y desean al narrador con una insistencia que recuerda a Karl Rossman, a Joseph K o a K, pero el registro inclina la escena hacia el humor y la ironía. Esa operación desplaza la angustia metafísica hacia una comicidad consciente del género que manipula.
La atmósfera del interior uruguayo concentra otro de los logros de la novela. El espacio se construye con precisión, con detalles que fijan clima y ritmo, incluso cuando la voz narrativa se expande en descripciones más demoradas. Esa textura ambiental sostiene la tensión y refuerza la coherencia del conjunto.
Dentro de la serie policial de Levrero, esta novela despliega con claridad su gesto más simpático: utiliza el género para jugar con él, desmontarlo desde adentro y reírse de sus convenciones sin abandonar la intriga que lo motoriza. El resultado ofrece una pieza breve, sencilla en apariencia, corta en extensión, intensa en su eficacia y profundamente disfrutable.
¿Y La novela luminosa?

Si uno mira el conjunto de la obra, se vuelve difícil ignorar que en Mario Levrero conviven dos líneas claramente diferenciables. Una trabaja la ficción como dispositivo: invención, desplazamiento, ruptura del sentido organizada como estructura. Ahí la narración fabrica sus propias reglas y sostiene la tensión del verosímil. En esa zona se inscriben La ciudad, París, El lugar (podría perfectamente disputar un puesto en este top tres) y también Dejen todo en mis manos, entre otros textos donde la imaginación no se limita a producir extrañeza, sino que organiza el relato y lo empuja hacia adelante.
La otra línea desplaza el centro hacia la primera persona y hacia la experiencia directa del yo. La tensión ya no se concentra en la arquitectura ficcional sino en la exposición de la conciencia, en el registro diarístico, en la observación minuciosa de la propia vida y de la propia imposibilidad de escribir. En ese registro se ubican La novela luminosa (2005), El discurso vacío (1996) y Diario de un canalla (1972). No hay menos trabajo formal —la sintaxis sigue siendo precisa, el tono está medido y el lenguaje buscado—, pero la energía narrativa se vuelve introspectiva, más cercana a una literatura del yo que en las últimas décadas ha ganado centralidad y reconocimiento público.
Entre estas dos estéticas, que conviven con igual cuidado de lenguaje y alta sensibilidad, mi inclinación es evidente. Me interesa más el Levrero que organiza el disparate y construye mundos con reglas propias, donde la huella kafkiana y el cruce con el policial funcionan como motores. Por tanto, queda afuera de este top tres, deliberadamente, La novela luminosa. Muchos la han señalado como la cima de Levrero, y entiendo esa lectura: el diario expone una sensibilidad desnuda, un registro íntimo que ha generado adhesiones fervorosas. El propio título juega con la ambigüedad: ¿novela?, ¿luminosa?, cuando lo que se ofrece es un diario que bordea una novela y nunca termina de encarnarla. Esa tensión tiene su encanto.
Mi elección responde, sin embargo, a un criterio estético distinto. No discuto la experiencia sensible que ese libro produce, simplemente no es ahí donde reconozco el punto más alto de su obra. Cada lector establece su vara. La mía se inclina hacia aquellos textos donde la escritura se tensa y se organiza con mayor intensidad, y donde la invención ocupa el eje de la escritura. Desde ese lugar —discutible, claro— quedan estas tres novelas en el top de Mario Levrero.