Una lectura del último libro del poeta Martín Gambarotta, una serie de reflexiones y ensayos críticos en torno a la literatura, la política y el presente.
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El misterio está encantador
Martín Gambarotta trabaja con el misterio, o con una imagen cortada, que no llega a verse del todo, por eso se sabe relativamente poco de él, o, mejor dicho, se sabe lo que él quiere que sepamos: que nació en Buenos Aires en 1968, que publicó los libros Punctum (1996), Seudo (2000), Relapso + Angola (2005), que pasó parte de su infancia en Inglaterra entre 1977 y 1983 (“no hace falta dar detalles, pero en un momento la política se vuelve para mí un asunto familiar”), que fue uno de los editores, en 1996, del sitio poesía.com, que obtuvo algunos premios, que forma parte de eso que fue llamado, de manera difusa, poesía de los noventa. No es poco, entonces, lo que se sabe.
No obstante, también puede decirse que en ese no decirlo todo que opera en el modo en que piensa la escritura, pero también en cómo construye su figura autoral, Gambarotta toma cierta posta de Los Redondos, que preferían escuchar a bajar línea, aunque la práctica artística, tanto en la banda como en el escritor, estén, siempre, contaminados de elementos políticos. Pero también podría pensarse, por el lado de las vanguardias, en la consigna que proclamaba la revista Literal en los sesenta: intrigar, conspirar, no dar el golpe.
Esa definición hecha de imágenes no imprecisas, sino iluminadas a media luz, guarda un poder. Resguarda un poder. Dice Gambarotta en la sección “Entrevistas” de Literatura de base (Mansalva, 2024): “Me hace ruido autocomentarme. A la vez de eso se trata, es un poco inevitable. Pero está bien no dar muchas pistas. Parte de la búsqueda de sentido es que todo parece estar dando pistas acerca de algo: ese parece ser el asunto, dar pistas y no estar del todo seguro hacia dónde llevan.”
Quizás por eso el libro lleva una aclaración: “Compilación y epílogo de Emilio Jurado Naón”. Es decir que el autor es el que firma (y aparece fotografiado) en la tapa, pero el que reúne y ordena los textos (ensayos, prosas, conferencias y entrevistas), si seguimos el enunciado transcripto, es Jurado Naón. Esa es otra forma de prolongar cierto juego con la ambigüedad, dar señales, ser el centro y a la vez ocupar una disposición táctica de correrse del medio, desplazarse, pero no para no hacerse cargo, sino para no gastar la idea, no entregarse a la maquinaria policial y vigilante omnipresente: con las redes sociales todos somos, hoy, un poco espías.
Más que una compilación, Literatura de base es una miscelánea. ¡Miss Eliana!, se ve uno tentado a escribir después de leer, o seguir leyendo, el libro, porque cierto juego de palabras de los “hablados por la poesía” (Ricardo Zelarrayán) aparece no en cada frase, pero casi, de los textos de Gambarotta, un nombre que puede remitir a gamba rota, “el de piernas quebradas”, o: “el quiebra piernas”: una suerte de cinco de mediocampo al estilo Simeone, que corre toda la cancha, a veces sin que se note, pero que cuando tiene que patear, no duda en hacerlo al ángulo superior izquierdo.

Las guerras
Quizás porque lo publica Mansalva, quizás porque mucho de los textos fueron escritos en un tiempo que hoy parece lejano —en menor medida durante esa entidad llamada “los noventa” y en mayor medida en esa otra entidad que se llamó a sí misma “la década ganada”— Literatura de base recuerda a Los libros de la guerra (Mansalva, 2008), de Rodolfo Fogwill. Pero si aquel libro reunía los textos que Fogwill escribió en los años ochenta bajo el influjo de lo que hoy podríamos llamar “ilustración oscura” (Silvia Schwarzböck), es decir, desde cierta posición enunciativa que colocaba al autor de Los pichiciegos no tanto en el lugar del mal, sino en lo que no podía decirse o pensarse en público durante la primavera alfonsinista, el de Gambarotta nos hace pensar cómo se podía escribir sobre literatura y política durante la larga, y tensa, primavera kirchnerista. Y esto hace que Literatura de base se vuelva un libro importante para pensar aquel tiempo, pero también nuestro presente: ¿cómo escribir en tiempos mileístas?
En una conferencia sobre vanguardias argentinas, Gambarotta dice:
“Por qué éste es un momento para dar un debate y por qué éste es un momento tal vez adecuado para plantearse el tema de las vanguardias: porque es un momento de búsqueda política, entonces si nosotros tomamos a Pound en su dimensión justa, y a otros vanguardistas a los que no estoy nombrando, creo que está bastante claro el gesto de búsqueda política. Y este gesto, que se puede llamar un gesto vanguardista de búsqueda política, se presenta para ellos en un momento donde no está del todo claro hacia dónde va a disparar la política. Digamos, está operando en un momento de incertidumbre y de búsqueda política. Y éste, creo que está de más decirlo, es claramente un momento de búsqueda política”.
La fecha del texto no queda clara, sólo se informa que fue publicado en 2003, pero no se consigna si fue leído (escrito) ese mismo año o, quizás, en el 2002. La duda con ese dato no es menor, dado que, si bien el fragmento puede ser interpretado como un referente a la crisis de 2001-2002, la situación en 2003, si bien no era clara, se despejaba un poco más, aunque hasta cierto punto.
De todas formas, el punto es que ese “momento de incertidumbre y de búsqueda política” es, sin dudas, algo que podemos tomar para pensar el presente político, social y económico actual, donde parecieran haberse “aclarado” algunas cosas, después de todo gobierna un grupo de rufianes de serias tendencias reaccionarias. Sin embargo, el horizonte sigue teñido de algo que podemos intuir, aunque no sea claro, sobre todo para pensar el campo opositor a este gobierno. En ese punto, y en otros tantos que exceden el espacio de este texto, Literatura de base abre preguntas que interpelan y son fundamentales para el contraataque.
Discutir con un cuchillo
En Literatura de base se despliegan textos de una lucidez analítica que sobreviven al paso del tiempo. Escribe Gambarotta en 2014: “Por el momento, ser ministro de Economía tiene más peso político que ser tuitero. Muchos ministros de economía en el pasado tuvieron luego una carrera política. ¿Existe un candidato nacido de las redes sociales? Seguramente falta poco para eso”.
Algunos ensayos fueron escritos en años, como se decía, donde las cosas no estaban tan claras, aunque las cosas en la gran llanura de los chistes nunca parezcan estar claras —salvo “la verdad eterna” de decir que “en Argentina siempre estamos antes de una devaluación y después de una devaluación” (Alejandro Horowicz)—, aun cuando a la luz de los acontecimientos, y la vorágine que los hechos políticos suscitan, nunca se esté a salvo de caer en el error: ese es el riesgo.
Por eso Gambarotta advierte en el comienzo: “No se trata de imponer estos criterios por encima de otros: se trata, simplemente, de sostener que son criterios válidos para escribir, con la adrenalina que provoca el riesgo de estar completamente equivocado.” La cita aparece en el segundo texto del libro, Soltar la lengua. El habla de la poesía contemporánea argentina, publicado originalmente en la revista Otra Parte en 2005, y no se presenta como algo programático de la totalidad del corpus; sin embargo, se la puede leer como una manera de encarar la escritura de ensayo, pero también la de poesía, como una intervención firme y a media voz, sin grandilocuencia, donde el combustible de la máquina que escribe es el riesgo que conlleva, siempre, hablar en público: “Twitter es una herramienta maravillosa. No se puede discutir contra una herramienta. No se puede discutir con un cuchillo”.
Zonas temporales
“Los setenta terminaron en enero de 1989 con el intento fallido del Movimiento Todos por la Patria de copar el cuartel de La Tablada”, se lee al comienzo del texto No los han vencido. De Cavallo a Kicillof. Esa frase da cuenta de algo que recorre al libro, que no es un “historicismo” y ni siquiera la Historia en mayúsculas, sino más bien algo que podría denominarse “zonas temporales”, que implican temporalidades difusas pero más densas que una periodización de años divididos en segmentos que delimiten hasta acá o hasta allá.
Una zona temporal es algo más orgánico y menos estático que “la Historia”, una manera de acercarse al pasado como una entidad viva, como una mancha voraz que hay que saber leer si uno no quiere ser devorado: “Leer no es tener un libro en las manos, es un clima de época”, Horacio González dixit.
La zona temporal que aparece con mayor insistencia en el libro ocupa parte de los años ochenta y los primeros noventa, ceñida, fundamentalmente, a cuatro “hechos” que en los textos aparecen condensados en imágenes: el bajón de la primavera alfonsinista y lo que se cocinaba en ese fracaso, el auge neoliberal del menemismo y la brutal represión de las policías provinciales sobre los jóvenes, el ataque al cuartel de La Tablada, y la “deshilachada” columna de la Juventud Peronista “comandada con un megáfono por Patricia Bullrich”, que era “la más pequeña —pero la más ruidosa— en las manifestaciones conjuntas que organizaban las juventudes políticas contra las recetas del Fondo Monetario Internacional” en la década del ochenta.
La zona temporal tiene su epicentro en dos prosas que podrían formar un díptico, una especie de insistencia, una preocupación por algo que pasó y produjo una fractura, aunque la fractura ya existiera de antes. Esos textos son el que Gambarotta dedica a Gulp!, el primer disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y el que cuenta, de una manera particular (a medio camino entre la crónica y la ficción, sin ser una cosa ni la otra, como si para narrar ese hecho hubiese que encontrar una nueva manera para contarlo, una manera que se aleje de lo periodístico y el informe policial), el copamiento frustrado al cuartel de La Tablada por parte del MTP de Gorriarán Merlo, el “Comandante Pelado”, que lleva de título El álbum rojo.
El álbum rojo propone la idea de la lectura estratégica de una coyuntura histórica para intervenir política y artísticamente (“editar en el momento justo es parte del concepto de una obra”), algo que, desde la concepción de Gambarotta, no puede entenderse por separado. Por eso El álbum rojo puede ser el disco Oktubre de Patricio Rey o el copamiento del cuartel de La Tablada como hecho artístico (es decir político) fallido. 1986, fecha de publicación del segundo álbum de Los Redondos, y 1989, fecha del asalto fallido que sepultó a parte de una joven generación política posterior a la de los setentistas.
Es difícil de entender, a ojos de ayer y hoy, las razones del copamiento a un cuartel en ese tiempo. Más allá de todas las explicaciones que se dieron del asunto y que Gorriarán explicó en más de una entrevista: la idea de la defensa de la democracia, asediada en ese tiempo por los levantamientos carapintadas. Gambarotta dice: “De hecho el asalto específico a ese cuartel solo adquiere algún sentido si se lo toma como un acontecimiento performático suicida para subrayar el fin de la lucha armada en un continente”. Pero esto tendría que leerse no tanto como un estar “fuera de la realidad”, sino como estar demasiado conectado a ella: “la anomalía no está en que alguien esté desconectado de la realidad, sino en que esté demasiado conectado con la realidad”, dice Gambarotta en una entrevista ubicada hacia el final del libro.
Decir que los setenta terminaron en 1989 conlleva una toma de posición fuerte, que conecta, otra vez, con Los libros de la guerra. Porque lo que flota debajo de esa lectura es la idea de que en democracia el aparato represor del Estado siguió intacto.
Fogwill, en 1982, lo decía con una distancia cínica: “Aunque son propiedad del Estado, nadie ha devuelto los centenares de picanas eléctricas que estuvieron en uso durante los últimos años”. Gambarotta, décadas después, con distancia estadística: “En la década de los 80, la Argentina tenía uno de los promedios de fuerzas de seguridad por habitante más altos del mundo.”
Y aquellos tiempos no estaban, aun en plena primavera radical, para “piano bares”. Es aquí donde la escucha como antesala del habla (otra línea central del libro) hace su aparición, porque había alguien que sí escuchaba lo que pasaba: Patricio Rey, encarnado en la lírica de Carlos Solari, quien, dice Gambarotta, escuchaba lo que pasaba y anticipaba lo que sucedería, “de ahí que, en retrospectiva, sea un poco inevitable que Solari, como una especie de hermano mayor, se les quede hablando a los únicos que están dispuestos y en condiciones de recibir su mensaje: los chicos que iban a ser molidos a palos por las fuerzas duhaldistas en el conurbano y en la costa en la década entrante, los noventa”.
Mensajes encriptados para el poder, no para sus destinatarios. El momento anterior a lo que se fragua, luego, como “hecho artístico”, es decir, antes de que se sepa si es arte o no, si es poesía o no, si es una canción o no. Esa escucha que implica un habla con un otro como una manera de hacer política o arte. ¿Quién escucha hoy?