“Cuando vos sos tan nihilista, eso te resta potencia”: entrevista a Alberto Laiseca (II)
Compartimos la segunda parte de la charla con el novelista y cuentista rosarino, publicada originalmente en los años 90 en la revista platense La muela del juicio.

(Viene de la primera parte)

Respecto del futuro literario, se habla de una novela sobre Vietnam, para la cual debe estar estudiando mucho también…

Estudio mucho. Es una novela muy difícil de escribir porque ahí porque en el Por favor… ¡plágienme!, hay que ser justo, y ser justo con Vietnam es muy difícil. Aparentemente es muy sencillo ser justo con Vietnam: o te ponés a favor o en contra de los norteamericanos, y se terminó: “soy pronorteamericano” y ya está, o “los odio a los norteamericanos”, y ya está. No, no es tan fácil. Esa no es una de las maneras de ser justo. Ser justo con todos los soldados que fueron allá, incluso con los jefes que los mandaron, requiere mucho estudio, mucho trabajo. Ser justo con el pueblo de Vietnam, qué significó para ellos la guerra, cómo los tocó, qué les dio, qué les quitó. Hay que estudiar mucho para eso, pensarlo y ponerse en el cuero de esa gente, lo que te imaginarás —como uno no estuvo allí— es un poco difícil, y no basta ver documentales o la cosa fácil de ver un napalm que quemó a un poco de gente y decir “Un horror” y ya está. Hay que analizarlo mejor. Para la novela de Vietnam sí, yo me pongo a estudiar. He escrito algunas páginas, fragmentos. La escribo por fragmentos y tengo que parar inevitablemente. Por eso es que la estoy atrasando tanto, porque estoy requerido por cosas como ganarme el puchero. Es la más pura de las verdades —y sin joda—, tengo que parar, a pesar de que gané la Guggenheim, que mucho me ayudó. Pero la Argentina es una máquina de devoradora de dinero, así que no me puedo dedicar, no estoy becado perpetuamente.

¿Y qué hace?

Periodismo.

¿No se dedica a traducir?

No porque no sé idiomas, salvo idiomas imaginarios. Pero nadie me ha pedido que traduzca del chino imaginario como traduciría y muy bien, supongo. Me he dedicado toda la vida a hacer falsas traducciones —risas—. Pero desgraciadamente…

… el mercado es cruel…

Sí, es cruel. Piden traducciones literales, no sé. “La muela del juicio” en chino tiene que decir también “La muela del juicio”, te das cuenta. No sé idiomas.

¿La novela de Vietnam es lo único que está escribiendo?

Estudio mucho sobre distintas cosas. Había una época en que pasé seis meses estudiando física, por el placer obviamente no me voy a recibir de físico. Después dejé eso y a raíz de que mi pueblo ahora cumple cien años, voy a dar una conferencia sobre magia, entonces, estuve estudiando sobre magia también, para refrescar cosas. También estudio, qué sé yo, astrología —risas—.

¿Cómo cree que se relaciona El jardín… con toda esta especie de moda new age, donde todo el mundo se dedica a hablar con los ángeles?

En primer lugar cada vez que me hablan de new age, y no porque me haga el tonto, debe ser que tengo mala memoria, no me entra el concepto, no entiendo bien qué es new age, siempre me lo explican y siempre me olvido.

Lo que circula es una especie de versión muy light que mezcla cierta forma de religiosidad, estética del cuerpo, vida sana, vuelta al budismo, ecología, sumado a cosas como la astrología.

Ah, eso… yo no tengo nada que ver con eso. 

Está claro que no, pero la pregunta apuntaba un poco a detectar si se produce algún tipo de choque con eso…

Yo no le doy pelota. No puede haber un choque porque ni me ocupo de esa gente, no tengo nada que ver. El drama es demasiado serio. O sea, los combates del esoterismo pesado existen de veras, no es hacer un poco de meditación, un poquito de horóscopo para señoras gordas, y cosas por el estilo. La cosa es muy pesada y muy seria como cuento ahí en la novela. No hay nada light en mi novela.

En realidad la pregunta tenía que ver con que ingresara a un caldo cultural general que tenía un punto de contacto…

 No, ningún punto de contacto. Ellos se mueven en un mundo y yo me muevo en otro. Ni siquiera como enemigos me dedico a combatirlos, y ellos supongo que ni me leen.

Se llevarían un chasco…

Sí, seguramente… Yo no soy vegetariano, creo que el hombre es omnívoro, por eso tenemos la dentadura que tenemos, para comer de todo, como el chancho, que es uno de mis animales favoritos, como para Salvador Dalí. Creo que una vez su mujer, que estaba enojadísima con él, le dijo, entre otras cosas más fuerte, “Sos un cerdo”, y él le dijo “¡Ah! Me gusta eso, sí es verdad”. Y ahí se le pasó la bronca a la mina. El chancho es omnívoro y los humanos también. Tendríamos que parecernos un poco más al chancho.

La cualidad didáctica que busca en los libros se relaciona con ciertas lecturas que se relegan a la adolescencia, Verne, Haggard…

Quizá no lo cito, pero pienso en Verne. Lo respeto mucho. Claro que yo no creo que ésas deban ser lecturas de la infancia o de la adolescencia únicamente. Los recomiendo encarecidamente como lectura aún hoy, aunque nadie me dé pelota. Rider Haggard sobre todo. Incluso Sinuhé el egipcio de Mika Waltari. Mika Waltari estuvo 28 años para escribir esa novela, —está bien que en el medio escribió otras cosas— se documentó, estudió muchísimo. Además hay que tener respeto por esas cosas: hacer vivir ese período, que cada personaje resulte convincente. Uno se encuentra con la novela escrita, la puede leer ingenuamente y decir “Qué bueno, qué lindo”. Ponete un poco a pensar. Vos das por supuesto que los tipos que están en la novela son vivientes. ¿Sabés lo que le costó al escritor hacerlos vivientes a esos tipos? Además no hay cuatro, o cinco, o diez personajes; hay cientos de personajes, todos distintos: hombres y mujeres, sacerdotes, soldados, médicos, mujeres prostitutas, prostitutas buenas y malas, mujeres simples, hombres simples. Está un molinero fiel que tenía un bubón en el cuello, pobrecito. Hay que laburar mucho para hacer una novela así. Mika Waltari toma partido, tal vez por los que no debiera tomar partido, pero es un hombre muy honesto al que yo respeto mucho.

Es parte de la biblioteca anómala de la que hablábamos hoy…

Sí. A Mika Waltari no se le da bola, como me dijo una vez una persona que conocí, ya era un escritor con bastante fama en ese momento, me dijo “Esas cosas no se leen”, “bueno, no lo leas vos si no querés”. No sabés lo que te perdés.

Roberto Arlt

Respecto de la cuestión de tomar partido, usted dice en una nota que lo que le resta peso a la tesis de Arlt es el hecho de dar tanta importancia a la protesta libertaria —en esa cosmología de lo ético, lo místico, lo práctico y lo estético—, que pareciera el factor dominante. 

Quiero que quede en claro: yo considero que un escritor puede ser grande y llegar a las máximas consecuencias tenga la tesis que tenga. Puede incluso ser libertario o cualquier cosa, puede ser bolche, nacionalsocialista, democrático. No es delimitante la ideología. Pero tiene que trabajar en los cuatro mundos: la ética, la estética, la mística y la práctica. Yo no sé bien qué dije ahí…

Dice exactamente así “a Arlt el excesivo detenimiento en la protesta libertaria le restó tesis”.

Como que le dio más pelota a eso… ni me acuerdo haberlo dicho, pero no está demasiado en desacuerdo con lo que yo pienso. No recuerdo haberlo dicho, pero podría haberlo dicho.

Está en “El pensamiento literario”.

En este momento lo único que se me ocurre es el no darle pelota a los cuatro mundos. Se puede ser un gran escritor sin creer en lo sobrenatural, hay gente muy grande que no ha creído en lo sobrenatural y han sido grandes artistas. Yo no sé si Wilde creía en lo sobrenatural. Era creyente pero un creyente muy libre. Cuando trata de los fantasmas trata de ellos para reírse como en El fantasma de Canterville. Pero aunque negara y pusiera su énfasis en la estética, como si fuera lo único, es porque estaba ya harto de la ética que le habían encajado los puritanos. No quiere decir que no tuviera una idea, sí la tenía. Era un poco como decir “Ustedes han hinchado tanto las pelotas con esa ética suya, que yo me voy a dedicar a cultivar la estética”. Pero Wilde tenía todo. Aunque no haya creído en sobrenatural, están presentes también la mística, la práctica, porque no se puede tener estética sin práctica diaria, práctica en la vida sobre todo, —eso último se nota en la obra— y la ética y la estética. En el caso de Arlt, más eso que digo ahí, el problema mayor de Arlt, era el nihilismo, más que la protesta libertaria. Cuando vos sos tan nihilista, eso te resta potencia, te resta fuerza para hacer tus cosas. Más bien yo pondría el énfasis ahí, porque después de todo, hacer una protesta libertaria no tiene por qué —pensándolo mejor, aunque lo haya dicho— restarte obra. Después de todo la tesis libertaria es una tesis, siempre y cuando vos tengas tesis vas a hacer grandes cosas. Porque si sos nihilista creés pero a la vez no creés. Ni si quiera creés demasiado en lo libertario. El nihilismo te quita fe y eso te restringe la obra, entendés.

En varios de tus textos recurre a la figura de Borges…

Y Borges aparece ahí en El jardín… perseguido por un montón de chichi —risas—…

Además es una presencia en Por favor… ¡plágienme!

Bueno, en Por favor… ¡plágienme! hay todo un cuentito dedicado a Borges. Lo tuve muy presente de manera hasta consciente en ese libro, por lo menos dos veces…

Toda esa cuestión con Shakespeare…

Sí, eso es obvio. También un cuentito que tal vez por defecto del autor Laiseca no se notó. Lo del juego de ajedrez es una especie de homenaje a Borges, a la reina Victoria, el juego de ajedrez de los chinos que está hacia el final del libro. Ahí no está el estilo de Borges, porque Borges escribía de una manera muy distinta, pero lo que si rescaté es cierta ontología de Borges, cierto ver desde afuera ciertos dramas como si le pasaran sin tocarlos. El juego de ajedrez chino es diferente del juego de los occidentales: viene la dama occidental que es la reina Victoria y los hace mierda a cañonazos y terminó con el imperio. Una posición un poco estatutaria de Borges, como si estuviera atrás, un tic que Borges tiene a veces, ¿no sé qué me querían preguntar?

Solo marcar su presencia, incluso en un tipo de escritura que aparece muy distinta…

Qué sé yo… Yo a Borges lo tomo como lo que es, creo que soy bastante justo. No podemos pedirle a Borges lo que Borges no da, me conformo con lo que dio. Tenía sus limitaciones, que no lo hacían menos grandioso, pero a cierto nivel era completamente al pedo pedirle algunas cosas. Tuvo también mucho que ver con su propia vida. Es un hombre —y lo dijo él mismo— que no vivió algunas cosas, que no las pudo vivir. Lo que dijo de haber sido feliz nunca también se transmite a su obra: hay ciertos libros que nunca pudo escribir, también. Así como es arriba es abajo, dice el dogma de magia. No podía escribirlas, no por falta de capacidad intelectual claramente. Esto lo sabía perfectamente, y hasta lo confesó de manera pública, no es ni un descubrimiento mío ni una acusación. Lo dice él con toda sinceridad.

Foto: Télam

Volviendo a Vietnam, ¿el cine norteamericano ha sido más o menos justo con Vietnam? Suponemos que no.

No he visto ninguna película que haya sido enteramente justa con Vietnam, salvo una. Tampoco esa película es justa con Vietnam, pero es más justa con uno de los lados. Es Hamburguer Hill (La colina de la hamburguesa). En ella está tomado casi sin argumento. Como si a mí me dan un fusil y un reportero de guerra me filma hasta que me matan. Después agarra a otro soldado y lo empieza a filmar. O varios reporteros filman a cada uno de los tipos, y a medida que los van matando dice “yo ya terminé mi película; ya se murió el fulano”. Luego eso va a un archivo enorme y luego se compagina la película con los 272 soldados que tomaron Hamburguer Hill. Es muy intenso eso, porque en los descansos los soldados hablan de las cosas que les pasan. Hay que entender algo para empezar a ser justos con Vietnam: Hubo muchos locos, mucha gente chiflada, muchos sádicos, como en todas las guerras. Pero hubo gente que tuvo que ir ahí sí o sí. O porque la llevaron o porque la ideología —enfatiza— hizo que se ofrecieran como voluntarios lo que también es una manera obligatoria de ir. Hay algo que te hace ir a una guerra. Hubo cosas muy injustas. Por ejemplo: hay un pasaje en esa película donde un tipo está enganchado por segunda vez. En general, a los que se reenganchaban los mataban al primer mes de reenganche, esto es un clásico en los reenganches. Es una pausa en un combate. Ya intentaron tomar la colina, y los cagaron a tiros los vietnamitas del norte. Esa colina estaba defendida por Vietnam del norte, por los más duros. Les habían largado napalm a cagarse, les habían largado bombas de fragmentación a cagarse, con cañones. Aparentemente no podía haber nadie vivo. Hubo como veinte intentos de tomar la colina hasta que finalmente la tomaron. En uno de esos intentos —iban tomando de a pedacitos, muy cortitos, por anillitos—, en un descanso, con sólo dos metros hechos y con la colina de la que faltaba casi todo para subir, estaban unos fumando unos cigarrillos, otros tomando una lata de coca, otros una lata de cerveza, pero sobre todo fumaban todo el tiempo, con la mirada de los mil metros, algunos. La mirada de los mil metros sólo existió en Vietnam y en ninguna otra guerra. 

¿Qué es la mirada de los mil metros?

Es cuando vos estás así (representa la mirada, actuación que alcanza un alto grado de eficacia en ánimo de los reporteros) y te quedás así. Vos sabés que a ese tipo cuando está mirando así no tenés que hincharle las pelotas porque te pega un bayonetazo. Es una mirada muy jodida esa, cuidado. Entonces a ese tipo que tenía esa mirada uno le dice que se mueve como un veterano. “No, este es mi segundo año” le dice el otro (Laiseca remeda el tono aparentemente distraído y la voz baja). Porque hablan así. No hablan con miradas aceradas estilo John Wayne —nueva imitación— o Kirk Douglas en La patrulla infernal. El primero le pregunta: “¿Y qué sos boludo vos? ¿cómo viniste acá de nuevo?”. El otro sin ofenderse para nada le dice: “No, sabés qué pasa, yo ya era corto —al que le faltan pocos días para irse— y yo tenía una novia. Recibí una carta de ella y me dijo que no quería ser más novia mía” (está todo muy bien actuado, tal como seguramente era). “Sí, me dijo eso, y que se había metido en un movimiento pacifista. Dice que lo nuestro fue una mierda, que somos unos asesinos de niños. ¿Cómo ‘asesino de niños’? ¿Asesino de niños de qué? Entonces yo volví acá cuando se me terminó el año y cuando llegué me encontré con unos animalitos muy lindos, de pelo muy largo que les llegaba hasta el culo. Esos animalitos tenían puestos unos vestidos floreados muy suaves y me tiraban caca de perro en la cara. Y me decían lo mismo que me dijo mi a novia: ‘asesino de niños’. Entonces ahí fue donde yo decidí engancharme por segunda vez, para por lo menos estar con mis amigos”. Lo mataron ese mismo día al soldado. Además está todo sacado de cosas documentadas. Es un intento de ser justo con lo que realmente pasó en todos los lados, más allá de las ideologías; más allá si tenían o no razón esas chicas en tirarle caca de perro en la cara. Para mostrar todo el drama tenés que mostrar todo el drama. Ninguna película puede reflejar el drama completo, pero sí hacer un poco de justicia con alguna parte de la cosa.

¿Y Apocalypse now?

Es una película que me gusta mucho. Muestra algunas cosas. Está mezclado también con las ideas de Coppola y no nos olvidemos que es un intelectual. En realidad Coppola no estuvo en Vietnam y filmó en Tailandia o Malasia, no sé dónde carajo. Coppola tiene en la cabeza —y no ha hecho un secreto de eso—Viaje al corazón de las tinieblas de Conrad, que está muy presente y confunde un poco la ideología. Yo al largo discurso de Marlon Brando, cuando recita Los nombres huecos de Elliot, no le doy pelota. Ese es Coppola-Conrad. Esa parte de Brando, en particular, no es Vietnam. En Vietnam nadie se ponía a hacer disquisiciones filosóficas de no sé qué cosa, era todo muy real. ¿Sabés cuál es el problema cuando te metés en una selva de bambú? Es que no ves al enemigo. Te molesta para girar el fusil, ese es tu problema. Te molesta si te empiezan a tirar y necesitás un segundo para sacarlo y meterlo, porque las cañas te están hinchando las pelotas. Esa es tu preocupación, no Los hombres huecos de Elliot. Tu problema es que no tenés que darle demasiado al gatillo porque te quedás sin balas aunque tengas otra carga más. Pero el problema es que cuando querés sacar la carga vacía y poner una llena, te mataron. No te podés dar el lujo de ser un gatillo fácil, tenés que ahorrar balas. Y sobre todo, tenés que tener el tercer ojo despierto. Hay tipos que se ganaron medallas por el tercer ojo. Esto no es invención, está sacado de los relatos de guerra de Vietnam. Un tipo estaba sentado con otros en el pastito. Estaban ya podridos por los mosquitos, por el sol y por la mierda, fumando un cigarrillo y tomando algo antes de seguir y después volver a la base. Este soldado tenía una M-60. El dice que lo hizo de podrido que estaba —yo no le creo—. Agarró la M-60 e hizo fuego. Saltaron dos vietcong que estaban con granadas para hacerlos cagar. Le dieron la medalla de bronce. Puede ser una casualidad. Qué casualidad que tres meses después también agarró la M-6O y también hizo cagar así a otros dos tipos. Le dieron la segunda medalla de bronce. Eso se llama tercer ojo, no es casualidad. Ese era el problema del tipo de Vietnam. Uno no está con Los hombres huecos, Elliot, un librito, no; las pelotas de Mahoma, no estás con nada de esas cosas, te pasan otras cosas.

Lo mismo que en El jardín… en las novelas históricas, es la preocupación por lo que fue, por lo que pasó realmente, por no mentir… 

Sí, sí, la preocupación por no mentir. Cada vez que escribo una novela histórica yo hago lo mismo, trato de ser justo y sacar la verdad.

¿Pero qué lugar tiene el escritor u ocupa el escritor para lograr esa justeza?

Tratar de vivirlo, de alguna manera. Como yo no estuve en Vietnam tengo que vivir de alguna manera viajando, viajando desde acá, no sé cómo explicarlo.

También pareciera que es el escritor el que puede hacer esto… 

Ah sí. Yo he leído relatos de veteranos, son muy vividos y muy sencillos como este anterior, contado por él mismo. Tengo cientos de relatos de veteranos que he leído muchas veces. Pero el veterano no puede escribir una novela sobre Vietnam, a menos que sea escritor también. Entonces lo tiene que hacer uno. A uno le da un poco de vergüenza ponerse a escribir sobre Vietnam sin haber estado. La misma vergüenza que me dio cuando me puse a hablar de Egipto sin haber vivido en Egipto en la época de la construcción de la pirámide. Me da mucha vergüenza porque es meterse a hablar de cosas que uno quisiera haber visto pero no vio en verdad. El tema es cómo ser justo, cómo decir la verdad.

Como procedimiento último debiera ser la traducción a la manera en que Puig dice traducir/ transcribir de las conversaciones grabadas con un obrero brasileño en Sangre de amor correspondido, o como ya señaló, estudiando.

Sí, estudiando, porque como es obvio yo no puedo grabar esas conversaciones. En realidad yo no sé qué hacía el emperador Chin Tsi Huen Ti con sus mujeres cuando cogía con ellas, nunca lo vi coger con sus mujeres, lamentablemente. Mucho me hubiera gustado verlo con una máquina temporal, fuera de su alcance o me cortaba los hueváceos y era un eunuco más del imperio. Verlo desde afuera con la máquina temporal. Pero desgraciadamente no tengo esa máquina.

Pero está la novela…

La novela en realidad tiene que ser la propia máquina. No hay una máquina para fabricar la máquina, sino que la fábrica es la propia novela, se da esa contradicción.

Esto se leería como algo contrario a tanta poética antirrealista que anda dando vuelta. La suya que en apariencia parece ser de las más antirrealista, parte del presupuesto contrario…

Sí, así es. Si vos te fijás cuidadosamente vas a ver que lo realista está.

Pero la crítica pareciera haber acentuado más lo delirante que lo realista.

Sí, los delirios de Laiseca. Alguna vez se va a descubrir que el faraón está enterrado donde yo digo, que he hecho un estudio basado en textos antiguos, los pocos que han llegado hasta nosotros como Herodoto.

Dan ganas de ir a hacer pozos.

Puede ser, lástima que esas expediciones cuestan mucha guita. Realmente si yo tuviera esa guita, en vez de hacer la expedición a Egipto me dedicaría a vivir con mi mujer tranquilos, lo más chotos, ella haciendo sus ensayos y yo mis novelas y fuck you. Además que yo como pagano creo que es una profanación.

Es paradójico que se lea como no realista cuando el trabajo de escritura parte de lo reconstructivo… 

Lo que se ha dicho siempre es que sos realista o sos delirante, como si fueran incompatibles. Justamente la idea es que armonicen. No es en absoluto incompatible lo realista con lo delirante, uno es motor del otro.

La puerta del viento (Mansalva, 2014)

¿Por qué literatura y no historia? ¿Qué ventajas puede tener escribir La mujer en la muralla o La hija de Kheops como novelas?

Entonces tendría que haber sido historiador, sinólogo o egiptólogo, que son otras profesiones, pero no es lo que a mí me movió. Yo respeto muchísimo esas disciplinas humanísticas pero no es lo mío. Es lo mismo que si me preguntaran por qué no soy físico teórico. Me interesa más la literatura.

De alguna manera pareciera que la literatura puede…

Investigar. Y de hecho tenés que ser un poco historiador, como si tuvieras que rendir una materia en la facultad. Hay que estudiar mucho para hacer una novela histórica. Para hacer una novela histórica obviamente hay que estudiar historia.

La literatura tendría el privilegio de poder marginarse de eso y a la vez englobar todo lo demás.

Sí. También es ciencia la literatura cada vez que fabrica la máquina del tiempo. La única manera de fabricarla es por nosotros, los escritores. Los científicos nunca van a poder fabricar la máquina del tiempo porque el pasado está muerto y no se puede viajar a lo que ya no está. Se pueden visitar las memorias del pasado. Tal vez algún día se construya una máquina con la que vos puedas filmar a los obreros construyendo la pirámide pero estás filmando lo que ya fue. Quizá algún día se fabrique esa máquina de filmación temporal, pero no para vivir temporalmente en el pasado, porque ya no hay pasado. Uno puede viajar a un lugar que existe pero no a un lugar que no existe. A nivel de memoria sí. Por el momento los únicos tecnólogos temporales somos los escritores.

Es un privilegio…

Sí.

¿Hay posibilidades de leer otro Laiseca pronto?

Tengo algunas cosas, siempre tengo. Vamos a ver, no me gusta anticipar. En ese sentido soy como los rusos que anunciaban los Sputniks después que ya estaban puestos. Lo que sí Ies puedo adelantar es que la novela de Vietnam va a demorar bastante todavía, debido sobre todo a la continuas interrupciones e incluso no va a ser para el año que viene la novela de Vietnam.

El trabajo de periodista lo mantiene apartado de la obra o ve relaciones…

Sí, hay relaciones. Vos sabés que yo casi siempre estoy de acuerdo con Wilde, y sin embargo hay dos o tres cosas, dos o tres conceptos que no comparto con él…

¿Que el periodismo arruina al escritor?

Ese es uno de ellos. Esa frase que decía “escribir para los periódicos deteriora el estilo”. Yo pienso que lo mejora. Te obligas a ser más claro, no tan laberíntico, te enseña el valor de la amenidad. Es mucho lo que sirve el periodismo. Es un bien, no un mal para el estilo.

¿Entonces pueden leerse las cosas que publica en los medios como parte de la obra principal?

Sí, más de una vez. Estoy bastante contento de muchas notas que hice y me alegra cuando alguien las leyó. No me avergüenzo de mi trabajo periodístico.

¿Dónde publica?

Me han publicado en distintos medios. Hace muchos años me publicaron bastantes notas en el diario La Capital de Rosario. Ahora estoy como secretario de redacción en una revista que se llama Biblioteca, de la que va a salir ahora el tercer número. También colaboro con Temas y fotos de Belgrano Rawson. Eso te da también bastante movilidad y cada tanto salen notas muy lindas, sobre distintos temas. Por ejemplo una nota que tuve que hacer sobre tauromaquia. Yo no sabía nada, ni siquiera cuál era la diferencia entre un toro y una vaca. Me leí todo el libro de Hemingway —él sí que sabía de tauromaquia— a quien le gustaban los toros y ese juego del torero con la muerte. Y aprendí muchas cosas que me enriquecieron. Hice una muy linda nota. No sabía un carajo y después supe un poquito. Como hacemos en periodismo. Podemos llegar a hacer una nota sobre física o sobre cuántos y un mes antes no sabíamos un soto de la ciencia, y no es que charlataneemos. Un periodista serio va y se informa. Como periodista finalmente entendés y hacés una divulgación, y eso está muy bien. El periodismo es altamente compatible con la literatura. Hasta creo que uno debería ser periodista aunque no tenga necesidad. Yo lo hago por necesidad.

*Publicada originalmente en la revista platense La muela del juicio en su número de diciembre de 1994-abril de 1995

Bache

Revista digital. Cultura y sociedad.

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