Ellas, Ellos, Las visiones venenosas y el premio Hebe Uhart

Fermín Eloy Acosta volvió a ganar un premio y publicó su segundo libro, Las visiones venenosas. ¿Qué se premia en una novela? ¿Cuáles son las constantes que aparecen en la obra incipiente de un autor joven? Mercedes Alonso invoca la mirada de Hebe Uhart y se pregunta por los concursos literarios, las tradiciones y las guiñadas de ojo a los géneros de moda.

Foto de portada: Ana Laura Acosta

Cuando Fermín Acosta ganó la Bienal de Arte Joven en 2019, la novela Bajo lluvia, relámpago o trueno me gustó tanto que me propuse leer las otras dos ganadoras para ver qué se estaba premiando. Pero no era la Bienal, no eran los premiados: era él.

En el premio Hebe Uhart, en cambio, Acosta está solo. Es un elegido, como creen que son las cuatro mujeres que en Las visiones venenosas, la novela premiada y editada por Ediciones Bonaerenses, esperan la aparición de Ellos, Las cosas, la entidad indeterminada —una o múltiple, humana o no— que las convocó, que va a volver, que tiene un plan para ellas. Mientras, ellas viven en la quinta Susana, una casita entre varias que alojan otros grupos con los que no tienen contacto y que más que nada adivinan, atisban, espían. Para llenar la espera, especulan: Ellos son bichos, son viejos, son feos, son uno solo. Sobre ellas mismas, Belita, Elsa, Graciela y Olga, se consideran especiales. La novela junta sus voces, pero Olga, la última en llegar, tiene el punto de vista privilegiado. Las otras le hablan a ella. 

En Bajo lluvia, relámpago o trueno, la novela anterior de Acosta, la narración reposaba en la voz de una de las mujeres que cruzan la pampa —tres, más la madre muerta de dos de ellas y el tuerto que conduce el carro. En Las visiones venenosas el procedimiento se refina. Donde antes hablaba una, ahora hablan todas, pero lo que las distingue, lo que las hace especiales, no son las voces. Ni sus tonos ni sus giros particulares están subrayados. Todas hablan de un modo similar, quizás por la cohabitación prolongada. Las marcas personales de cada una son los gestos: agarrar el cigarrillo, acomodarse los anteojos, mover las manos sobre la mesa. Las visiones venenosas es una novela sobre cosas, como quizás Bajo lluvia, relámpago o trueno fuera una novela sobre bichos.

Las visiones venenosas (2025, Ediciones bonaerenses)

Ellas, las mismas

En una escena que se repite, las cuatro mujeres de esta historia se reúnen en torno de la mesa cubierta por un hule ajedrezado. La indicación es precisa: decir hule no es cualquier cosa, no cualquier mesa, en cualquier lugar o cualquier tiempo se cubre con ese sucedáneo del mantel. Se reúnen ellas con la consigna de contar un episodio importante de sus vidas al que pueden agregarle, sin aclararlo, un detalle inventado. 

En otra escena, también reiterada en la novela, Elsa escribe en un cuaderno sin parar, sin levantar la vista ni la birome. Registra, especulan las otras y nosotros, los lectores. Las visiones venenosas tiene el ritmo hipnótico que podría tener el supuesto registro, la notación de lo ininterrumpido: las cuatro mujeres comen, fuman, se van a dormir, recorren el espacio interior y exterior. El ritmo de sus acciones es pausado, como el de las palabras de la novela; no se atropellan, pero tampoco llegan, necesariamente, a ningún lado. Ni la escritura de Elsa arma sentido ni las otras saben cuál es el límite de la espera ni tenemos por qué pedirle revelaciones o grandes acontecimientos al relato. De la escena de narración alrededor de la mesa, la novela de Acosta tiene la incertidumbre, la imposibilidad de discernir lo inventado, el límite del género: ¿es un relato fantástico o la historia de una conspiración?

En estas escenas se despliegan los gestos característicos de cada una y el vocabulario que permite nombrarlos. Así con todo: afuera no hay plantas, hay lengas, matojos, uña de gato, ceanothus, liquidámbar; la luz no ilumina, sino que peina, como el viento; la mirada se reparte, se desparrama, como el paisaje y las cosas en él (“la casa, la galería, el cuartito,la pileta, los árboles de adentro y los de afuera, el alambrado, el crataegus y el ceanothus, el descampado, el bosque”); también se echa un ojo, se alarga la vista, se vigila.

Fermín Eloy Acosta (Foto: Ana Laura Acosta)

La mirada y la precisión

Mirar es importante en Las visiones venenosas, también la precisión. “Tengo que ser precisa con las palabras”, repite la narradora de Miramar, de Gloria Peirano. No hay ningún vínculo en particular que una estas novelas más que este, las mujeres que cuentan, las escrituras pausadas; formas próximas de hacer y de entender la literatura. Porque las cuatro mujeres esperan a Ellos, Las cosas, la novela de Acosta compone inventarios de cosas. Uno es material: Elsa, Olga, Graciela y Belita recolectan la basura que aparece afuera; ordenan los objetos sobre una manta como si fueran a revelar algo, restos que son rastros de habitantes anteriores. Las palabras hacen algo parecido: enumeran lo que hay adentro, afuera, en el bosque, sobre la mesa. Lo mismo, pero para nosotros, los lectores. Quizás prestando atención a la materia que se acumula podamos saber qué pasa, qué va a pasar. La destreza de la novela es organizar la espera de las mujeres para hacer que participemos de ella: ¿hace cuánto no nos dejábamos intrigar? 

La precisión para nombrar la flora, la fauna, el territorio es algo que se dice muchas veces sobre muchos escritores (no todos, por eso no por repetido deja de ser valioso). Se podía decir de la primera novela de Fermín Acosta, llena de bichos y de sus sonidos. Las visiones venenosas extiende esa proliferación a las formas de nombrar el conocimiento: se distingue, se comprende, se especula o conjetura, se llega a saber, a entender. La novela se trata de eso que nos pone a la par de ellas, frente a las cosas.

Bajo lluvia, relámpago o trueno (2019, Entropía)

Ellos, los otros

Pienso en Hebe Uhart, a quien el premio de Ediciones Bonaerenses homenajea. Pienso en los personajes que habitan y hablan en sus ficciones, en la atención a las cosas cotidianas. Los premios deciden tradiciones y vínculos en la trama de la literatura. A veces, le ponen nombres propios. Hubo un Sara Gallardo, que premiaba mujeres; un Storni, de poesía. Hay un Cervantes, que premia en nombre de quien considera epítome de la lengua. Ediciones Bonaerenses está más cerca de los primeros, por su inscripción institucional y regional—aquellos, premios nacionales; este, provincial, a través de la editorial creada por el gobierno bonaerense. Hebe Uhart es, en principio, el nombre del territorio donde se premia y edita a escritores locales. ¿Un nombre puede significar algo más que un género literario y una marca de origen?

Se puede pensar en otros nombres inscriptos en la escritura de Fermín Acosta. Están Stanislaw Lem y J. R. Wilcock en los epígrafes de Las visiones venenosas; la espera es la trama de algunos notables: la tormenta de Santa Rosa en La vida breve, de Juan Carlos Onetti; el traslado en Zama, de Antonio Di Benedetto, nombrado en la contratapa de esta novela. No es que Acosta quiera parecerse a ellos, pero tampoco escribe en el vacío. 

En el lugar donde Ellas esperan la llegada de Ellos, percibo un eco de la novela de Kazuo Ishiguro Nunca me abandones, en esa voluntad esperanzada de distinguirse para ser, acaso, salvadas. Puede ser muy personal. Percibo otro de las distopías de aislamientos, mundos en crisis, comunidades de mujeres. Un eco, en definitiva, de la ciencia ficción elevada que se consume actualmente. Si el término no existe, podría: textos que no se dicen de género, pero le guiñan uno o dos ojos. En Las visiones venenosas no hay, agradezco, un mensaje, como en muchas distopías actuales, y hay, además, otras cosas. 

En el comienzo del siglo XXI, las reescrituras, reimaginaciones e intervenciones explícitas sobre textos del pasado tienen una centralidad bastante visible. Pero también existen reelaboraciones parciales. La literatura es un diálogo incesante y los escritores, cada vez más formados académica y profesionalmente, tienen las referencias a mano. Se escribe demasiado pero también se leen determinadas cosas que marcan el campo. No me refiero al campo intelectual, sino a una práctica material; arar en la tierra, marcar la cancha. En ese funcionamiento, hay una alternativa más o menos crucial entre hacerse cargo o esconder la mano. 

Las visiones venenosas pone el diálogo a la vista. Las referencias, cuando las hay, pero, sobre todo, la posibilidad de imaginarlas. El juego que propone la novela de Fermín Acosta, que es un lector, no es de reconocimiento; el inventario no sirve a la lectura como no sirve para descubrir quiénes son Ellos. En cambio, propone la atención, la demora sobre las cosas, la eventual construcción de un mapa de sentido. Una práctica para que las sigamos a Ellas en su modo de leer.

La aventura inmóvil

Si en Bajo lluvia, relámpago o trueno había viaje, en Las visiones venenosas hay quietud. Pero como en el movimiento había una espera, hay aventura en lo inmóvil. Más que contradicción, el conjunto que forman las dos novelas, incipiente obra de Acosta, enlaza los contrarios. 

Se puede pensar con la figura de los mapas. En el primer libro, la comitiva lleva uno que sólo mira Pedernera porque es quien maneja o porque es varón o porque sabe hacerlo, al contrario de la que nos habla, que sólo accede a él para descubrir que no puede descifrarlo. En esta nueva novela, las cuatro mujeres trazan mapas para dar cuenta de lo que las rodea: una lectura y una escritura del territorio, un modo de mirar, un inventario. 

Si se hicieran mapas de las novelas, el primero mostraría la pampa atravesada por una línea sinuosa y el segundo sería semejante al plano de un espacio cerrado, recorrido por movimientos mínimos y reiterados. El afuera existe —es de donde provienen las historias que se cuentan— pero no podría representarse porque las conexiones físicas no son visibles. En el territorio de la espera de Las visiones venenosas hay un vacío muy diferente al “desierto” que se puede atravesar en Bajo lluvia, relámpago o trueno

Voces, espera, aventura trazan líneas dentro de la literatura; componen, también, un mapa. Las novelas de la Bienal de Arte Joven de 2019 que comenté al principio de esta nota estaban construidas en torno a voces. Tres mujeres, una por cada parte de la novela que forma un todo de pueblo carnavalero en Esto que me pasa, de Fremdina Blanco; una mujer adolescente, rodeada por otras dos, su madre y su abuela, en Chau chau chau, de Florencia Gómez García. A diferencia de esas, de tanta otra literatura joven y no tanto, las voces que hablan en las novelas de Fermín Acosta no pueden confundirse con la suya. No porque sean mujeres escritas por un varón, sino que no puedo imaginar ningún rasgo biográfico compartido. Es otro el género que está en disputa. 

En el juego o entrenamiento de Las visiones venenosas que consiste en contarse fragmentos de sus vidas hay una declaración de principios literarios. No porque pueda haber detalles inventados, sino por la pregunta que se hace Olga antes de empezar: “qué cosa de mi pasado era lo suficientemente interesante como para ser contada”. La novela propone una fuga. Como si la respuesta siempre fuera negativa, como si no pudiera haber nada interesante en las historias personales, la presunción de que las cuatro mujeres son elegidas corre el foco hacia otras formas de vida y otros modos del relato. Son tres elecciones encadenadas: las que toman ellas para contar sus vidas, la que hace Fermín Acosta para escribir ficción y la que realizaron los jurados del premio Hebe Uhart, Miguel Vitagliano, María Teresa Andruetto y Hernán Ronsino. Ellas agregan detalles, él les inventa un mundo, ellos premian esa apuesta. Todos a favor de la invención. ¿Es eso lo que consagra Ediciones Bonaerenses en nombre de Hebe Uhart? ¿Es el proyecto literario de Acosta? Habrá que saber esperar.

Mercedes Alonso

Profesora y Licenciada en Letras por la UBA. En Instagram es @mewalonso

Últimas notas