Todo lo que cae. Sobre Jorge Bonino, Jorge Baron Biza y Vicente Luy 
A partir de una nota sobre los cuatro jinetes del apocalipsis cordobés, Manuel Moyano Palacio escribe su propia serie de suicidas de la ciudad pozo: ¿qué marcas han dejado sus obras y sus caídas en la literatura argentina? ¿Cuáles son los ecos que aún reverberan desde las baldosas de Córdoba?

Un título de este estilo resulta jactancioso, pero no puede dejar de serlo. Es un título que nace de una nota que Fede F. me mandó algunas semanas atrás. La nota se llamaba Los 4 jinetes del apocalipsis cordobés y estaba firmada por un tal Paranaländer. Como no conocía a su autor, se la mandé por WhatsApp a Mati R. y me respondió Seeeeeeee. Me aclaró que Paranaländer es el pseudónimo de Cristino Bogado, un escritor paraguayo, poeta y promotor de no-se-sabe-bien-qué tipo de genialidades. La nota sobre los jinetes cordobeses ganó toda mi atención. La bajada comenzaba con estas líneas: 

Baron Biza, Stirner usa ácido. Bonino, pizzas del Di Tella. Del Barco, Artaud en la guerrilla. Ducasse, el poeta de familia cordobesa que deseaba que el mundo fuera un gran ano. 

Ya está. No necesitaba más que esa serie de nombres puestos uno al lado del otro. La nota en sí eran apenas unas líneas más que dibujaban esos perfiles. Raúl Baron Biza, Jorge Bonino, Oscar del Barco y el Conde de Lautréamont puestos en fila sobre el fondo de la ciudad-pozo, como Antonio Oviedo llama a Córdoba en su nouvelle Manera negra.

El gesto de Paranaländer me pareció genial. La risa me sacudió al recordar que Diego Tatián había escrito en su libro Contra Córdoba que existía una posible familia cordobesa del Conde a la que visitó en 1868 y le leyó pasajes de su libro maldito. A su vez, Tatián sugiere que el barrio Ducasse podría llamarse así porque esa parte de la familia del Conde de los Cantos de Maldoror vivió ahí —en la actualidad, en el barrio abundan los talleres mecánicos y las gomerías, y en una calle sin salida está la puerta roja en la que residía Mariela Laudecina, otra jinete para la serie.

Analizando la nota de Bogado, me di cuenta de que Jorge Bonino, estudiante de arquitectura en Córdoba, claro que iba bien con Del Barco. Sobre todo porque se encontraron alguna vez en los últimos días del que fuera un artista del Di Tella y también porque Oscar le dedicó algunas páginas importantes a su figura. Bonino murió cayendo al suelo desde alguna altura, aunque en su caso se trató de un intento de suicidio como informó en un lapsus la enfermera del Neuropsiquiátrico de Oliva donde se desencadenó el final. Y en algún lugar los dos se conectaban con Raúl Baron Biza, el novelista criminal que se mató el mismo día en que le largó un vaso de ácido a la cara de su mujer. También en su sangre había plasma de origen cordobés. También esa cosa apocalíptica.

La serie de jinetes me pareció muy atinada, pero algunas preguntas me asaltaron rápido: ¿y el hijo de Baron Biza? ¿Y Jorge Baron Biza, crítico de arte y decadentista? ¿Y el autor de El desierto y su semilla, nacido en Buenos Aires como su padre pero cordobés por destino? Para continuar su tradición familiar, también Jorge fue un suicida. Saltó por la ventana el 9 de septiembre de 2001. 

Donde hay dos, caen tres. Vicente Luy. Otro ángel roto contra el piso… Y así se armó mi propia serie: Jorge Bonino, Jorge Baron Biza y Vicente Luy con la psicogeografía de Córdoba de fondo. Con el pozo de la cultura como marco, como la tildamos con unos amigos en un grupo de WhatsApp: la ciudad de una cara cincelada por el ácido y un cerco de sierras ocultándola del mundo.

La muerte del artista

En noviembre de 2017 escribí mi libro sobre Jorge Bonino. Para ese momento hacía dos años que vivía en Buenos Aires, exiliado de Córdoba, aunque todavía conservaba algo del orgullo terruño de mi origen. O quizás sólo retenía una añoranza por los pagos propios. Redacté el texto en quince días. Estaba sin laburo fijo y me dedicaba a hacer todo tipo de changas relacionadas con la escritura. Corrección de textos, edición y ghost writing. Lo que más hice fue reescribir, a veces escribir da capo, tesis doctorales insulsas que odiaba profundamente. 

Recuerdo que mientras avanzaba en el libro, sentí que Bonino se convertía en un amigo. Al borde de la locura o la estupidez, me hice amigo de un muerto. Estaba muy solo por esos días. Para avanzar en la gesta de mi Bonino, usé el método de Héctor Libertella para redactar El árbol de Saussure. Tipear dos horas, dormir tres. Escribir tres horas, dormir dos. Mantuve las persianas del departamento bajas durante los quince días de trabajo. Apenas salía a comprar comida y birras. Perdí la conciencia del tiempo. La diferencia entre la noche y el día se borraba. El círculo circadiano se hizo excéntrico. Pero con esa modalidad, llegaba al excentricismo de mi héroe. Y lo logré: entre mis manos quedó un ensayo que se movía lateralmente, como decía el texto introductorio, sobre un conjunto de fragmentos que se llamaron Jorge Bonino

En aquellas páginas dediqué líneas enteras a la invención de la lengua desmadrada que Bonino usaba en sus performances de los sesenta y setenta, tituladas Bonino aclara ciertas dudas y Asfixiones o enunciados. También perseguí su estela en su paso por Córdoba capital, sus años en la París del mayo francés, e incluso el retorno a su tierra natal, la ciudad de Villa María, donde impartió clases de música en un colegio primario.

El libro fue una suerte de salvavidas para mí. Un manotazo de ahogado que daba con un madero para sostenerse. Pero hoy, menos romántico, sus líneas me resultan un retazo para llegar a donde quise llegar desde el principio. Su muerte. La muerte del artista. Escribí que Bonino no se había tirado por el hueco de la escalera en el pabellón del Neuropsiquiátrico donde estaba encerrado, sino que se había dejado caer.

Caerse sobre una cara

Jorge Baron Biza en la isla de Creta, en 1980 (Foto: https://jorgebaronbiza.com.ar/)

Jorge Baron Biza terminó de escribir El desierto y su semilla, su única y autobiográfica novela, en 1995. Dos años después la presentó al premio Planeta y ni siquiera fue seleccionada. Al año siguiente pagó su publicación en la editorial Simurg y en la solapa escribió su apretada biografía en dos párrafos. En el primero se lee: 

Una gran corriente de consuelos afluyó hacia mí cuando se produjo el primer suicidio en la familia. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en un océano vacilante y sin horizontes. Después del tercero, las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro en una habitación que está a más de tres pisos. En secuencias como esta quedó atrapada mi soledad.

Primero se mató su padre Raúl el mismo día que le arrojó un vaso cargado de ácido a la cara de su mujer, Clotilde Sabattini, hija del famoso gobernador cordobés Amadeo Sabattini. Años más tarde se quitó la vida ella, con la cara irrecuperable, en una dialéctica entre imagen e iconoclastia que el hijo desplegó hasta las últimas consecuencias en El desierto y su semilla. Y finalmente se suicidó la hermana menor de la familia, María Cristina. El destino de Jorge estaba cantado.

El 2001 no fue solamente el año de la debacle nacional argentina. También fue el año en que nadie cerró la ventana de la habitación donde estaba Jorge. El impacto del cuerpo al caer sobre la calle Obispo Trejo en medio de la oscuridad atrajo la atención de los vecinos de la zona, en su mayoría estudiantes de otras provincias que atestaban los balcones del barrio Nueva Córdoba. La cabeza del suicida se reventó contra una calle igual de rota que el resto de las calles de la ciudad. Las caras de la ciudad pozo. Su cabeza, donde tenía la novela familiar incrustada, caía otra vez sobre la tierra, como sus páginas habían caído sobre la cara de su madre Clotilde. 

Todo está mal

Entonces, Luy. Vicente Luy, el poeta que se bajaba de sus poemas sin ahorrarse el tránsito de las agarradas. Lo que está mal está mal. Pero lo que está bien también está mal. Charlalo con tus padres. Este poema parece dirigido a Jorge Baron Biza. Todo está mal: hay que hablar con los padres. En el fondo, como en el fondo de la ciudad de Córdoba, resuena un aforismo kafkiano. El mal es el cielo estrellado del bien.

Los cielos cordobeses de los ochenta, noventa y dos mil en los que escribió Luy no son tan diferentes a los de hoy. Son cielos donde un sol criminal le quita el sonido a las cosas y las pinta de amarillo pálido. A veces, esos cielos se llenan de nubes grises y apelotonadas que van y vienen rebotando entre el cerco de sierras que rodea a la ciudad. En algunas oportunidades, cuando la sequedad del suelo choca con la humedad que empieza a bajar de arriba, se escuchan truenos incesantes y tímidos que apenas dejan caer algunas gotas. La tormenta pocas veces sucede. Pero hay días en que llueve de verdad y esa lluvia puede transformarse en un recital de piedras. El granizo lastima las cosas ya mudas y quemadas de abajo. Los autos se mueven a toda velocidad para guarecer la chapa y la pintura. Se esconden bajo algún árbol, en las estaciones de servicio, en los garajes de las casas. Quizás lo único que tienen de poético esos cielos es el corte que cala sobre ellos la dentadura serrana. Por eso la poesía cordobesa se escribe de arriba hacia abajo, en caída libre. 

Tal vez algo de esto haya tenido en la cabeza Luy cuando se tiró de un edificio. Año: 2012. Lugar, y la ironía es perfecta: Salta. La anécdota, como las de Bonino y Baron Biza hijo, es conocida. Estaba visitando un departamento en alquiler en el que se había interesado. La mina que laburaba en la inmobiliaria le estaba mostrando la propiedad y hablaba de cosas relacionadas a gastos y comodidades del lugar. En un momento el poeta mira la ventana, la abre y cae. No sé si se tira o se deja caer. Capaz no hay diferencia. Pero sí sé que los poetas son como los perros: para morir, se exilian. Vicente se fue a charlar con sus padres que habían muerto en un accidente aéreo cuando apenas tenía cinco meses de vida. Vivió su infancia y adolescencia con su abuelo Juan Larrea, poeta español exiliado en Córdoba.

En el libro No le pidan peras a Cúper Luy escribe un poema que define la poesía. Empiezo por la más obvia: ¿qué es poesía? En teoría, la única ciencia que se ocupa del problema. Sus versos como consignas o slógans imposibles, marca luyniana por excelencia. 

Ciudad cero

Ciudad de Córdoba, Argentina (Federico Manuel Echeverri Choux -Unsplash)

La ciencia, el problema, la poesía: describir ese lugar imposible contra el cual reventarse desde un octavo o noveno piso. Como describir la cara de la madre en descomposición, como se describe la ciudad de donde cada cual viene. Las palabras no alcanzan. Les falta todo. O son tan precisas que ya no son palabras. Son fantasmas que pasan entre las cosas y se convierten en cosas como el idioma que inventó Jorge Bonino en sus performances. 

El idioma cero, la cara cero, la ciudad cero: ahí está el problema. De a poco percibo que Bonino, Baron Biza hijo y Luy están en el mismo lugar. En el pozo. El arte que crearon nos sirve para seguir cavando en el pozo, para seguir cayendo de cabeza en la ciudad. 

Cada vez que pisás una baldosa en Córdoba, me dijo un amigo, te das cuenta que está rota. Pero no se mueve, no tambalea como las de Buenos Aires. Las baldosas de estas veredas están encastradas en el piso como partes de un cráneo que se chupa toda la carne para adentro. 

Escribió alguna vez Sarmiento como el más grande elogio al cráneo artista: Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que Córdoba. Ese es todo el arte, un desconocimiento radical de lo que hay afuera. La ciudad pozo te traga. Es un problema del que conviene ocuparse con toda la cabeza.

Manuel Moyano Palacio

Nació en Córdoba una gélida mañana de julio de 1987. Pesó 4 kilos y medio. A los pocos años escribió su nombre en una cartulina verde. Publicó los ensayos Disco Wilcock y Bonino. La lengua de la inocencia ; el libro de poemas Ética para nada y la novela La ciega. Actualmente escribe una biografía sobre Oscar del Barco. A veces sufre de presión y depresión.

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