Estrenada en septiembre de 2025, Palestina 36, de Annemarie Jacir, pone en primer plano los años previos a la Nakba y la responsabilidad británica en la instalación del proyecto colonial sionista en Palestina. La politóloga y especialista en culturas árabe y hebrea Carolina Bracco se detiene en el rigor estético del film, las tensiones de clase y el papel central de las mujeres en la resistencia, mientras inscribe la obra en el entramado histórico que desembocó en 1948 y en el despojo del pueblo palestino.
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“¿Crees que el hombre crece? No, nace de repente: una palabra, un momento, penetra su corazón con un nuevo latido. Una escena puede arrojarlo desde el techo de la infancia a la aspereza del camino”. Estas palabras, escritas por Ghassan Kanafani a su hijo, se deslizan subrepticiamente en Palestina 36 como un mensaje cifrado que conecta el pasado con el presente y el futuro. Kanafani -escritor, periodista, cuadro del Frente Popular para la Liberación de Palestina y, quizás, el más destacado intelectual palestino de todos los tiempos- fue asesinado en 1972 por los servicios secretos israelíes. Obsesionado por comprender la historia como condición para conquistar el futuro, nos legó el compendio más lúcido y condensado de la revuelta palestina de 1936-1939 -recientemente traducido y publicado en castellano-, concebida como un punto de inflexión en la historia de la colonización de Palestina.
Desde allí parte Annemarie Jacir para exponer las condiciones que gestaron aquella revuelta: las bases materiales que la sostuvieron y las complicidades que la socavaron. La película se inscribe en el linaje de otras obras fundamentales como La puerta del sol (basada en la novela del libanés Elias Khoury y dirigida por el egipcio Yousry Nasrallah, 2004) y la célebre serie siria La experiencia palestina (escrita por Walid Seif, 2004), que supieron poner en escena con maestría las aldeas y los campamentos palestinos. Sin desconocer el histórico vínculo emocional y político que ha unido a directores y escritores árabes con la causa palestina -que ha gravitado durante décadas como aglutinador de las esperanzas y las tragedias de la región-, Palestina 36 se distingue por ser la primera película de este tipo íntegramente escrita y dirigida por una cineasta palestina.
Como es habitual en el cine de Jacir, a veces criticado por su deliberado afán pedagógico, cada detalle está construido con meticulosidad. En estas notas al pie propongo una lectura de algunos de esos elementos que convierten a Palestina 36 en una película indispensable para comprender las condiciones materiales, sociales y políticas que hicieron posible la creación del Estado de Israel en 1948 y el consecuente despojo del pueblo palestino.
Pan o balas

Si bien existe una vasta filmografía sobre la Nakba -sobre todo en el campo del documental-, prácticamente nada se ha filmado sobre el período anterior, aquel que señala la responsabilidad histórica de Inglaterra en la instalación del proyecto colonial sionista en Palestina. En Palestina 36, el foco narrativo está puesto -quizás de manera excesiva- en el rol victimario de los británicos y de la élite árabe, mientras que los colonos y dirigentes sionistas aparecen en un segundo plano.
En ese marco, Palestina 36 se inscribe como una obra pionera en abordar este período con rigor histórico y sensibilidad estética. Paisajes, vestuarios y decorados están cuidadosamente construidos. Al igual que Darin Sallam en Farha (2021), Jacir expone las tensiones y fracturas internas de la aldea, rompe con la romantización de la vida campesina y da cuenta de los conflictos de clase y lealtad, epitomizados -también como en Farha– en la figura del traidor.
La presencia destacada de la población cristiana y su compromiso con la defensa nacional, así como la inclusión de mujeres negras y beduinos, constituye uno de los puntos más sólidos del film en su voluntad de mostrar la diversidad de la sociedad palestina. El dialecto de la aldea imaginaria de al-Basma contrasta con el árabe de las clases altas de Jerusalén y de sus “notables”, a pesar de algunos deslices del actor tunecino Dhafer L’Abidine en su interpretación de Amir Basha, director de un periódico local que termina negociando con la Agencia Judía (denominada Comisión Sionista en la película).
Los medios de comunicación ocupan un rol central en los intentos de apaciguar la revuelta. En la película se muestra cómo el periódico de Amir Basha publica artículos escritos por sionistas, traducidos al árabe bajo seudónimo, así como la inauguración de la radio Jerusalem Calling en marzo de 1936. Según los registros de la época, este servicio buscaba “educar a los campesinos nativos” y satisfacer las necesidades culturales de los colonos, aunque en el contexto de la revolución fracasó en su intento de contener la radicalización popular.
Amir Basha representa a un sector que buscó posicionarse desde la ilusión de preservar privilegios e intereses de clase sin advertir -como señala uno de los personajes centrales del film- que “los judíos no vienen a vivir con nosotros, sino a reemplazarnos”. Los campesinos percibieron antes que nadie el peligro, al ver cómo los británicos entregaban sus tierras a los colonos. Trabajaban en el puerto cobrando apenas un cuarto del salario de un trabajador judío, sin días de descanso ni derecho a huelga. Ya en 1935, la Federación de Trabajadores Palestinos había advertido al gobierno que tendría que garantizar a los trabajadores “pan o balas”, frase que Jacir pone en boca de Khaled (Saleh Bakri), un jornalero que, empujado por el hambre y la injusticia, se convierte en revolucionario.
Un burro llamado Lord Balfour, el autobús que une Jerusalén con Damasco, los milicianos que acuden desde más allá de las fronteras -impuestas por los colonizadores franceses e ingleses- para luchar contra la partición de Palestina, y la referencia a Izz al-Din al-Qassam, mártir sirio que lideró las revueltas de 1935 e inspiró la revolución iniciada un año después, son detalles apenas insinuados que dan cuenta de una producción cuidada y de una selección minuciosa. Nada es casual en Palestina 36.
Desde una de las primeras escenas, cuando Yusuf (Karim Daoud Anaya), el joven chofer de al-Basma que articula la historia entre el campo y la ciudad, entra a la casa de su jefe. Allí se encuentra con su esposa vestida de hombre, escribiendo a máquina y escuchando El huerfanito, un son cubano que había llegado a Londres a comienzos de los años treinta, editado por Gramophone. En ese momento se establece un entramado simbólico preciso. Khoulud, interpretada por Yasmin al Masri, escribe bajo el seudónimo de Ahmed Canaani fervorosas columnas nacionalistas y se convierte en uno de los personajes más destacados del film, como ocurre con todas las mujeres que lo habitan. Cuando la tensión dramática alcanza su clímax, suena la versión en árabe de esta canción, popularizada por la cantante siria Asmahan en ese mismo 1936.
Quien da vida no muere jamás
Palestina 36 es, ante todo, una película sobre mujeres que resisten: resisten los mandatos sociales, la violencia colonial, la ocupación y la autoridad imperial. Mujeres que se inscriben en una tradición de lucha que las antecede y las proyecta hacia el futuro, articulando una memoria femenina de la resistencia palestina que atraviesa generaciones.
En el espacio rural, esta genealogía se encarna en la relación entre tres generaciones de mujeres: la abuela Hanan (Hiam Abbas), la madre Rabab (Yafa Bakri) y la hija Afra (Wardi Eilabouni). En el vínculo entre ellas se inscribe una pedagogía de la resistencia, un saber transmitido que articula apego a la tierra, memoria política y continuidad histórica. “Tenés algo más poderoso que todo el Imperio Británico”, le dice una generación a la siguiente, condensando una ética de la persistencia que atraviesa el film. La resistencia aparece como una práctica cotidiana, sostenida y heredada.
En el espacio urbano, el film desplaza el foco hacia una manifestación de mujeres de las clases altas que lleva las demandas de los campesinos hasta el propio Alto Comisionado británico Arthur Wauchope (Jeremy Irons). Su respuesta es condescendiente y paternalista, “veo que son mujeres con gran pasión”. Así expone con claridad el lugar que el poder colonial asigna a la acción política femenina: un exceso emocional sin legitimidad política. La escena culmina con el anuncio de la inminente Comisión Peel, cuya recomendación de partición sellaría el fracaso de las expectativas palestinas dentro del marco colonial. La secuencia revela con nitidez la articulación entre género, clase y colonialismo, y muestra cómo incluso la participación política de mujeres “respetables” es desestimada cuando desafía el orden imperial.
Este entramado fílmico dialoga directamente con un momento histórico clave. El 26 de octubre de 1929 marcó un punto de inflexión en la historia política palestina: por primera vez, las mujeres lanzaron de manera deliberada un movimiento nacional organizado, inaugurado con el Congreso de Mujeres Árabes de Palestina en Jerusalén. Más de 200 mujeres de todo el país participaron del encuentro, aprobaron resoluciones ligadas a la causa nacional, expresaron su apoyo al Comité Ejecutivo Árabe y organizaron una manifestación cuidadosamente planificada en caravana de automóviles por la ciudad. De ese congreso surgió el Comité Ejecutivo de Mujeres Árabes, que pronto articuló una red nacional con filiales en distintas ciudades palestinas.
Casi un siglo después, este episodio fundacional fue recuperado por la cineasta palestina Mahasen Nasser-Eldin en La protesta silenciosa: Jerusalén 1929 (2019), inscribiéndose en una línea de trabajos que buscan reconstruir la historia palestina desde archivos y memorias femeninas. Palestina 36 se inserta en esa misma genealogía visual y política, reinscribiendo a las mujeres como sujetas históricas de la resistencia, no como figuras secundarias o simbólicas.
Durante la revolución (1936-1939), las mujeres campesinas y beduinas participaron activamente de la resistencia, y en 1938 una delegación palestina viajó a El Cairo para participar del Primer Congreso Feminista Árabe, donde la causa palestina ocupó un lugar central. En palabras del discurso de Maymneh al-Qassam, hija de Izz al-Din al-Qassam, ese compromiso transregional se consolidó porque “esta porción de tierra [Palestina] es el corazón palpitante del resto del mundo árabe”. El hecho de que la mayor reunión organizada de mujeres árabes se haya producido en defensa de Palestina evidencia la conexión estructural entre el desarrollo del feminismo árabe como movimiento y la lucha anticolonial. Las mujeres árabes no palestinas entendían las luchas en sus propios países como inseparables de la liberación palestina, principio sobre el cual se cristalizó el feminismo árabe como proyecto político.
En ese marco, las delegadas palestinas denunciaron la violencia colonial y la manipulación mediática que presentaba a los combatientes de la revuelta como “ladrones” o “bandidos”. Matiel Mogannam expuso cómo la propaganda sionista distorsionaba los acontecimientos de 1936 para legitimar la colonización. Esta conciencia temprana sobre el poder de la imagen y del relato conecta directamente con el proyecto cinematográfico posterior.
En este sentido, Palestina 36 dialoga también con la trayectoria de Annemarie Jacir, pionera del cine palestino contemporáneo y primera mujer palestina en escribir y dirigir un largometraje de ficción (La sal de este mar, 2007). Rastrear la carrera de Jacir equivale, en muchos aspectos, a rastrear la historia del cine palestino contemporáneo: desde Como 20 imposibles (2003), el primer cortometraje árabe en la selección oficial de Cannes, hasta sus largometrajes seleccionados como candidaturas palestinas al Óscar, su obra ha articulado exilio, género y colonialismo como ejes inseparables.Ver Palestina 36 en el contexto del genocidio en curso en Gaza y del actual proyecto colonial -que cuenta incluso con figuras como Tony Blair, uno de los arquitectos de la devastación de Iraq, entre sus ejecutores- ilumina la continuidad de las prácticas coloniales, pero también la persistencia de la resistencia palestina. Como escribió Ghassan Kanafani, “creés que la historia ha terminado, cuando en realidad está comenzando de nuevo”.