Espectros, cartas escondidas y bosques que devoran la lógica unen a las protagonistas de Twin Peaks y Trenque Lauquen, de David Lynch y Laura Citarella. La desaparición femenina puede ser un gesto que desordena las miradas que buscan explicarla.
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En muchos relatos clásicos (el policial, el melodrama, la tragedia) la desaparición de una mujer es menos un misterio que un punto de partida para una maquinaria masculina que busca nombrar, explicar, reponer eso que falta. Un cuerpo ausente activa detectives, padres, maridos, comunidades enteras que necesitan ordenar ese vacío, devolverlo al sentido que conocen, cerrar lo que se abrió sin permiso. Desde la mujer perdida del noir hasta las víctimas que el true crime convierte en propiedad del relato ajeno, la ausencia femenina suele ser un territorio donde otros hablan por ella, donde la mirada se organiza para restituir lo que esa mujer interrumpió al desvanecerse.
Pero también hay otras mujeres perdidas que no obedecen al mandato de ser halladas, desapariciones y derivas que se abren como una grieta donde la mirada ya no sabe cómo operar. Hay algo invulnerable en una mujer que se pierde, una forma de fuga, un modo de desactivar la mirada. En esa huida, a veces hacia el bosque, a veces hacia una laguna, a veces hacia el fondo de una imagen, hay una afirmación secreta, una decisión de existir sin estar completamente disponible. Pienso en dos Lauras, la de Twin Peaks y la de Trenque Lauquen, que se mueven bajo esa misma constelación. Las dos desaparecen, y en esa desaparición exponen la falla del mundo que las rodea, el deseo de los otros por entenderlas, devolverlas, nombrarlas, de cerrar el misterio que ellas abren.
En Twin Peaks, Laura Palmer está muerta desde el principio, su cuerpo aparece a orillas del río, envuelto en plástico, y su ausencia activa la maquinaria de sentido de un pueblo entero que se organiza alrededor del enigma de su muerte. Es un centro que nadie puede alcanzar del todo, que continúa irradiando desde otro lugar. En Trenque Lauquen, la película de Laura Citarella, otra Laura (bióloga, lectora, investigadora) desaparece también, pero la suya no responde a un crimen, sino a un impulso propio, el de seguir los rastros de otras mujeres que existieron antes que ella, adentrarse en una cadena de enigmas que se entrelazan entre cartas ocultas. En ambas historias, el misterio no está en “quién lo hizo”, sino en qué hace la mirada ante la desaparición. Las dos Lauras son miradas y perseguidas, una por un detective, otra por dos hombres que la buscan por caminos, radios y mensajes. Ambas son materia de investigación, pero también sus propias autoras. Citarella filma una mujer que desaparece por voluntad; Lynch muestra una que ya no puede elegirlo.
Laura (interpretada por Laura Paredes) encuentra una carta de amor escondida en Autobiografía de una comunista sexualmente emancipada, el libro de Alexandra Kollontai. A partir de ahí sigue la huella de Carmen Zuna, una mujer de otra época que también se dio a la fuga y dejó detrás una hija, un amante, una vida. La investigación se vuelve una suerte de espejo y mientras Laura busca a Carmen, ella misma empieza a desvanecerse de su propia vida, del trabajo pendiente, del novio que la espera, del mapa. Es como si la lectura, ese entrar en el enigma otra mujer, terminara por absorberla. Lo que se lee en las cartas de Carmen no es solo un amor perdido, sino quizá las pistas para continuar la vida de otra. En cada carta se insinúa una posibilidad de transmisión, una manera de dejarse habitar por otras voces.

Hacia el corazón de Fire Walk With Me, la película realizada con posterioridad a la serie, pero anterior al relato,se revela el secreto que Laura Palmer había sido abusada sexualmente durante años por su padre, Leland, que es a la vez poseído por un demonio llamado BOB. Lynch no habla solo de un horror individual, doméstico, busca en una constelación más grande una alegoría del mal estructural, de algo que viene de otro lugar, que corrompe cualquier voluntad y se repite hasta el infinito. Cuando Laura comprende que BOB/Leland quiere convertirla en su heredera, encarnarla como nuevo cuerpo del mal, decide morir. Rechaza la eternidad del abuso y la posibilidad de repetirlo ella misma. Es desgarrador ver cómo se entrega a las manos que la matan de una forma tan cruenta. Lynch filma esa muerte como una salvación, una ascensión divina. En el último plano, Laura llora y sonríe mientras un ángel se posa sobre su hombro, rezando por ella. Es la única vez que la vemos en paz.
Años después, en The Return, el agente del FBI Dale Cooper intenta salvarla, desandar el tiempo, impedir su asesinato, y así, sin quererlo, interrumpir su paz final. Pero al hacerlo, la condena nuevamente a la escena de su violación, la devuelve al lugar donde todo comenzó. Laura suelta un grito desesperado que es entre miedo y memoria. Su voz rompe el tiempo y el espacio. Están en el lugar incorrecto. Cooper no puede comprender que la salvación de Laura fue su propia decisión de morir, su negativa a seguir siendo un instrumento del mal.
Encuentro algo en común entre las mujeres de Citarella y la Laura de Lynch, creo que todas esconden un secreto que no quiere ser revelado. Podríamos pensar que las dos Lauras son variaciones de una misma imagen: una mujer que se desplaza hacia los márgenes del relato.. En ambas ficciones, los hombres creen que el misterio existe para ser resuelto, pero esa intriga aparece como otra cosa, una zona más opaca, de intuición y deseo. Laura Palmer fue devorada por la mirada, mientras que la otra Laura aprende a desaparecer de ella. En Trenque Lauquen, Laura abandona todo y se adentra en la espesura del enigma, como si buscara una forma distinta de vida. En lugar de morir, elige devenir otra, quizá un eco de Carmen Zuna o de Elisa Esperanza, esas otras mujeres que, antes que ella, también eligieron perderse. Los hombres que la buscan narran su ausencia como una crisis, una locura, quizá, una descompensación emocional. No pueden imaginar que su desaparición responda a otra cosa.
Hacia el final de Trenque Lauquen, Laura ya no habla, es casi primitiva, se convierte una con la naturaleza. La miramos acostada a la vera del río un rato largo durante un anochecer, la cámara oscila entre el panorama, da toda la vuelta, y al volver a Laura, como regalando un último truco de magia, ella se esfuma. Laura Citarella restituye la posibilidad de una fuga, no como una tragedia imposible, sino como una forma de libertad. En la superficie quieta de la laguna, la película escribe la versión opuesta de un cadáver flotante. Laura Palmer es víctima del ojo (de su padre, de todo un pueblo, de la cámara misma, de los juguetes hechos con la figura de su cadáver envuelto en plástico), la Laura de Citarella toma una posesión del misterio, no desaparece porque la destruyan, sino porque elige atravesar el umbral. Y sin embargo, ambas están unidas por una energía común: una luz invulnerable que emana desde su fuga.
Las dos Lauras son espectros de distinta materia, una está condenada a repetirse como mito del dolor, la otra inventa el mito de su propia fuga. De alguna manera ambas logran lo imposible de existir fuera del ojo que las creó. Entre la televisión y el cine, entre el bosque y la laguna, las dos Lauras parecen tocarse. En su fuga hay una promesa. Que desaparecer pueda ser también una manera de seguir mirando, desde un lugar donde nadie más pueda alcanzarlas. Hay algo invulnerable en Laura Palmer eligiendo morir. Hay algo invulnerable en Laura Paredes volviéndose nada más que un rumor en el paisaje. Hay algo invulnerable en una mujer que se pierde, porque en su pérdida se libera de la necesidad de ser encontrada.
