Por qué estamos obsesionados con Elena Ferrante
A quince años de la publicación de La amiga estupenda, la novela que inició la saga napolitana de las amigas Lila y Lenú, el fenómeno Ferrante no para de crecer. El misterio por la identidad de la autora, el vínculo desidealizado de los personajes y la exotización del sur italiano, entre las claves del furor.

La editorial Lumen acaba de publicar la saga La amiga estupenda en un único volumen de 1700 páginas que reúne los cuatro libros que Elena Ferrante dedicó a la amistad entre Lila y Lenú. La publicación del primer tomo data de 2011 y, a quince años de su lanzamiento, la obra experimenta un nuevo rebrote de fama. A esto se suma que generaciones más jóvenes están descubriendo la novela y compartiendo sus impresiones en redes sociales, y que el año pasado The New York Times la ubicó en el puesto número uno de las mejores novelas del siglo XXI. Desde su aparición, el primer volumen ambientado en Nápoles vendió más de diez millones de ejemplares en cuarenta países y dio origen a una serie de televisión producida por HBO.

En el renacimiento contemporáneo de la saga hay algo más que un “efecto aniversario”. La amiga estupenda ha sido adoptada por nuevas generaciones, que leen la novela desde coordenadas distintas a las de sus lectores originales. Para muchos jóvenes, acostumbrados a pensar la identidad en términos de autoficción, narrativa fragmentada y emociones contradictorias, la saga ofrece una honestidad afectiva que dialoga con la sensibilidad actual. La relación entre Lila y Lenú, hecha de lealtad, competencia y violencia emocional, resuena con un modo de entender la amistad que las redes sociales han vuelto más visible: vínculos intensos, cambiantes, a veces “tóxicos” y, sin embargo, indispensables. En ese sentido, la novela parece anticipar la centralidad de la amistad como espacio político y emocional, un territorio donde se debate la identidad tanto como en el amor o la familia.

El resurgimiento no ocurre únicamente en el plano intelectual o afectivo sino que se traduce, de manera literal, en desplazamientos físicos. En los últimos años la llamada “Ferrante fever” ha generado un fenómeno extraordinario de turismo literario. En distintos países surgieron clubes de lectura y proyectos colectivos que organizan viajes a Nápoles para recorrer los lugares asociados a la ficción. Algunos clubes de fans, como @clubferrante, diseñan itinerarios que llevan a los lectores por las plazas y calles que la novela convirtió en símbolos. Estos tours representan la necesidad de que la ficción adquiera cuerpo, que la lectura se vuelva experiencia vivida. Para muchos fans, caminar Nápoles es una forma de confirmar la novela, de verificar su atmósfera, de redescubrir físicamente el territorio emocional del texto. Esta búsqueda tiene ecos rituales: lectores que peregrinan hasta barrios periféricos no por su atractivo turístico convencional, sino porque allí imaginan la infancia de Lila y Lenú, su educación sentimental, sus miedos, sus trayectorias. 

Lo interesante es que esta apropiación del espacio literario no proviene únicamente de lectores extranjeros fascinados por la exotización del sur italiano. También muchos napolitanos relatan que la saga los llevó a reencontrarse con su propia ciudad desde un ángulo distinto, que Ferrante reconstruye en modo áspero, complejo y profundamente vivo. 

Otro factor que alimenta el interés es el misterio que rodea a la autora: no se le conoce el rostro, la edad ni el pasado (ni siquiera es seguro que sea una mujer), y se niega a brindar entrevistas. En un panorama literario donde incluso los grandes escritores recorren festivales, podcasts y plataformas para sostener su presencia pública, la decisión de Ferrante de retirarse y dejar que la obra hable por sí misma es un gesto elocuente y radical. Esa abstinencia, tan contracultural en tiempos de autoexposición, ha contribuido a la mística de su figura y, probablemente, al éxito de su literatura.

La serie My Brilliant Friend, producida por HBO, adapta las novelas napolitanas de Ferrante

La amiga estupenda es el primer libro de la saga napolitana y sigue la amistad entre dos niñas del barrio, Elena, la narradora, y Lila, desde la infancia hasta la adultez, en un Nápoles de posguerra marcado por el milagro económico de los años cincuenta, las revoluciones sociales y sexuales de los sesenta y setenta, y la crisis política e ideológica de los ochenta en adelante.

Uno de los grandes malentendidos alrededor de su lectura está en las primeras cien páginas. Muchos lectores abandonan antes de alcanzarlas, desconcertados por el ritmo o por la aparente falta de dirección. Pero en una obra de 1700 páginas, que ese inicio esté dedicado a construir el apego y la dependencia que definirá para siempre el vínculo de Lenú con Lila es fundamental. En esas capas iniciales Ferrante deposita las claves que permitirán comprender lo que seguirá. La mayoría de las reseñas recomienda leer la saga porque “explora la complejidad de la amistad femenina”, pero esa lectura se queda en la superficie: la novela ofrece dimensiones mucho más potentes que justifican su lugar como una de las obras más influyentes del siglo XXI.

Sin caer en el facilismo de clasificarla como “novela para mujeres”, su importancia radica en la forma en que despliega una posición psíquica femenina capaz de generar identificación, incluso a setenta años de distancia. Es difícil tomar partido sin traicionar algo: Lenú es quien quiere huir del barrio y construir un camino propio, pero también quien sufre por amor y necesita ser mirada. Lila es la que posee la inteligencia más feroz, pero también la que no logra romper la condena territorial e histórica. 

Ambas encarnan fuerzas internas opuestas que muchas lectoras reconocen como propias: juntas componen ese diálogo mental de ángel y demonio, impulso y freno, que nos suele acompañar toda la vida. La literatura como identificación es un abordaje superficial de la posición lectora pero es innegable que resulta tentador sentirse interpelado por pasiones humanas universales.

Para muchos lectores, caminar Nápoles es una forma de confirmar la novela, de verificar su atmósfera y redescubrir físicamente el territorio emocional del texto.

A esa contraposición evidente se suma una tercera presencia que complejiza aún más la relación: Ferrante actúa como una conciencia adicional dentro del relato. Aunque la narración esté en manos de Lenú, el texto no le pertenece por completo. La autora opera como una correctora invisible que modula y desestabiliza la mirada de su narradora: la obliga a admitir su envidia, su mezquindad, sus distorsiones. En esa tensión aparece una especie de “doble autoría”: Lenú escribe, pero Ferrante (que se llama igual que su protagonista) reescribe. Este principio convierte a la saga en un experimento sobre la imposibilidad de contar la propia vida sin la intrusión de un otro. El pacto con el lector se vuelve inestable y no sabemos del todo si confiar en Lenú. Esa incertidumbre abre un espacio crítico que vuelve la novela más inquietante y verdadera.

A partir de este triángulo la obra despliega una ética de la contradicción. La historia avanza sacudida por fuerzas opuestas: deseo y culpa, educación y violencia del barrio, maternidad y ambición, ascenso social y fidelidad al origen. Ferrante no resuelve esas tensiones sino que las deja vibrar. Por eso la saga puede leerse como un Bildungsroman contemporáneo, donde la formación no conduce a una identidad estable, sino a una conciencia cada vez más fracturada.

En ese proceso, el barrio funciona como un dispositivo mental que define qué se puede imaginar y qué no. Es un superyó colectivo que retiene, castiga y limita. Lila encarna el genio salvaje que el barrio no sabe contener y termina destruyendo. Lenú, la promesa meritocrática que intenta escapar, aunque siempre arrastre su origen como una cicatriz. Sus trayectorias muestran cómo la desigualdad condiciona incluso el derecho a pensar: quién puede estudiar, quién puede escribir, quién puede permitirse tener ideas.

My Brilliant Friend (HBO)

La amistad entre ellas está radicalmente lejos de cualquier intento de idealización. No es una amistad tierna ni sorora: es un campo de batalla afectivo donde conviven la fascinación y el odio, la dependencia y la traición. Pero es también el vínculo más íntimo y duradero de sus vidas, el que las sostiene y las destruye. Ese realismo sin consuelo es una de las apuestas más audaces de Ferrante: mostrar una amistad femenina profunda sin volverla ejemplar ni edificante.

Finalmente, sobre todo el relato se cierne la pregunta por la desaparición. Desde la primera página sabemos que Lila desaparece y que la novela, anclada en la vejez, retrocede en el tiempo para intentar descifrar el sentido de ese acto conclusivo. Nadie sabe dónde está: su ausencia no es policial, sino existencial, un gesto deliberado de borramiento. La saga entera puede leerse como la larga preparación de esa fuga, o como la constatación de que hay vidas tan desbordadas que no soportan ser fijadas en un relato. En ese acto final se concentra la médula de la obra: la tensión entre existir y desaparecer, entre narrarse y sustraerse, entre el yo que busca inscribirse en una historia y el yo que elige, finalmente, escapar de ella.

Agustina González Carman

1982. Licenciada en Cs. de la Comunicación (Universidad de Buenos Aires), especializada en comunicación de la gestión pública. Escribió sobre arte, moda y cultura en Revista PACO, El Canciller y el suplemento Moda & Belleza de La Nación. En 2022 publicó su primera novela de ficción, Ventanas Rotas (17 grises).

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