Dandy plebeyo, elitista con aspiraciones de masa, solitario y suicida, Vicente Luy concentró su vida en la escritura y los placeres. En este perfil, extraído del libro Materiales sensibles, el editor y escritor Sebastián Maturano narra su vínculo con el gran poeta cordobés.
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Conocí a Vicente Luy. Pero qué es conocer. ¿Alguien puede asegurar haber conocido a alguien? Quizás la afirmación sea demasiado determinante, pero responde a un hecho objetivo.
Debe ser distinto leer a Vicente no habiéndolo conocido, y mucho más leerlo con ese halo de misterio y leyenda que ronda a los poetas suicidas, pero, a decir verdad, el Vicente que yo conocí tenía poco de leyenda y mucho de final.
Luy concentró su vida en la escritura y los placeres, intentando conjurar, tal vez, la muerte de sus padres y una herencia material y simbólica pesada. Decía que yo conocí a Vicente, podría decir que al último, un hombre a punto de cumplir los cincuenta, delgado y de hombros estrechos, que parecía cansado, triste, apagado, pero que, sin embargo, no perdía la ironía ni el sarcasmo, el particular humor que lo caracterizaba.
Vicente hablaba como recitaba sus poemas. Algo pausado, en voz baja, una calma tensa. Como si susurrara. Tenía algo de niño. Un niño viejo. No sé cómo habrá sido el Vicente de los ochenta, el de los noventa, el de los primeros dos mil. Me lo puedo imaginar por sus libros, por sus poemas, y lo imagino vital, enérgico, alguien que disfrutaba de la vida, pero siempre con una fuerte tendencia a la autosupresión, una suerte de despilfarro suicida.

Mi primer contacto con su poesía fue en 2010, cuando leí La sexualidad de Gabriela Sabatini. Al libro me lo había prestado la Kolo, préstamo, a su vez, de nuestra amiga Juli B. Me gustaron algunos poemas, otros no. Me molestaba cierta disposición que tenía el libro, que utilizaba distintas tipografías para diferenciar poemas de una época y otra, de un libro y otro, pero sin una búsqueda visual en relación con la escritura, sólo diferenciar etapas bajo un criterio de diseño gráfico. Pero era un poeta de la ciudad que nos atraía. Escribía de una manera directa, cruda, algo trash, nada refinado, y eso nos gustaba.
La biografía vicentiana es conocida por un raid de hechos furiosos y a veces escandalosos: sus padres murieron en un accidente de avión cuando él tenía pocos meses, cinco, para mayor precisión. Viajaban a Nueva York, pero el avión se estrelló en San Pablo poco tiempo después de despegar. No hubo sobrevivientes. De ahí en adelante vivió con familias adoptivas —donde fue maltratado— hasta los siete años, momento en que el poeta español Juan Larrea, su abuelo, se hizo cargo de su crianza.
Abandonó el colegio en la adolescencia, cuando tenía catorce años, y dijo en ese momento: “no tienen nada para mí ahí”. En 1980, tras la muerte de Larrea, y con diecinueve años recién cumplidos, quedó definitivamente huérfano. Heredó una pequeña fortuna que gastó en autoediciones, pequeños lujos, fiestas, amigos y novias. A mediados de los noventa empapeló la ciudad de Córdoba con fotos de desnudos de él y sus amigos con la leyenda “lo esencial es invisible a los ojos”. Vicente contra-publicitario, Vicente guerrillero pop de la contra-comunicación, dandy plebeyo, rocker perdido, elitista con aspiraciones de masa.
Pagaba viajes en remís que lo llevaban de Córdoba a Buenos Aires, o de Sierras Chicas a Córdoba, No hay nada + espiritual que el dinero. El viaje podía incluir paradas de visita en casas de amigos o partidos de tenis. Hasta que el dinero comenzó a escasear, vendió las propiedades que tenía y llegó a estar en la calle.

Para pensar a Luy es probable que haya que tener en cuenta su año de nacimiento: 1961. Es decir que pertenece a esa generación que vivió conscientemente la dictadura pero fue demasiado joven para intervenir en la militancia de la época. Es la generación inmediatamente posterior a la de los setentistas. Curtió adolescencia en tiempos de represión y juventud durante el alfonsinismo, su poética y su modo de concebir la política atravesada por la escritura cristalizarían a fines de los noventa, esto si tomamos en cuenta sus poemas y el modo en que ingresa lo político en sus versos exprés.
A principios de 2011 nuestra amiga Soledad nos dijo que en la clínica donde trabajaba había conocido a un tipo que decía ser poeta. Como sabía que leíamos poesía pensó que tal vez lo conociéramos. El poeta estaba internado en una clínica de San Vicente, recuperándose de un intento de suicidio. Era Luy. Soledad nos contó que estaba deprimido y vivía uno de sus peores momentos. Decidimos, junto a la Kolo y Juli B, armar una cajita donde pusimos unas acuarelas, unos pinceles, un dibujo, unos lápices, una carta y un afiche serigrafiado del colectivo Insurgentes donde aparecía el verso que dice: ¿Quién, o no existe, o está siempre del lado de los que ganan?
Fue nuestro regalo de lectores. Soledad se lo entregó y esto alegró a Vicente, que al poco tiempo de salir de la internación nos escribió un mail donde decía que quería conocernos.
De: Vicente Federico Luy <vicentefedericoluy@hotmail.com>
Para: Sebastián Maturano <nueveochentay4@yahoo.com.ar>
Fecha: viernes, 8 de julio de 2011, 16:01
Kolo, Sebas, bon giorno.
Después de la hermosa cajita (contestando a mil me olvidé de agradecer el dibujo) pensé que al salir de la clínica quizá nos viéramos; tomar un vinito (que yo no puedo pero bueno…) charlar un rato, conocerlos un poco.
En fin, que acá estoy, solo como un poeta que entró y salió de la locura, al que la gente mucho no se le acerca.
Tengan ambos un lindo día
vicente
Fue por primera vez a nuestra casa del barrio General Paz algún día de un invierno de hace una década. Lo recibimos con vino y una cena. Sonaba Giros, de Fito Páez, y Vicente hizo algunos comentarios sobre el bandoneón sintetizado y el sonido del disco. Le mostré algunos dibujos y le conté de un texto que estaba escribiendo, me dio algunas ideas.
Al leer su poesía reunida, titulada Escribir no es importante (Caballo negro, 2020), se pueden establecer conexiones desde el primer Vicente al último. Aunque las relaciones no sean formales, sí son temáticas. Es una obra, es un cuerpo, y si bien él como poeta parece descolgado de la escena literaria cordobesa de todos los tiempos, tal vez no sea tan así.
El verso corto, el poema breve, y el remate son las características fundamentales del Luy más conocido y quizás el más potente. La economía de medios desplegada por el poeta no se ajusta tanto a la cantidad de caracteres como a la sintaxis y a la puntuación. Arriesgo una hipótesis: a Vicente no le interesa tanto la musicalidad de la frase como su mensaje, y el modo cortante en el que éste puede materializarse. Entonces lo que le importa es menos el juego de palabras que la respiración de los versos en función de comas, puntos y cortes. Más que frases, Vicente hace oraciones lapidarias, oraciones-látigo, sirviéndose de la máxima aforística. El mensaje por sobre la forma, o más bien la forma al servicio de vehiculizar la efectividad del mensaje.
El supuesto mensaje, a su vez, no es unidireccional, sino, por lo general, irónico. Luy es un poeta decidor, que traslada lo oral en forma de eslogan publicitario a su escritura. Importa la frase, no el fraseo, la economía de medios y lo eficaz del mensaje antes que el ritmo o la sonoridad de palabras entre palabras.
Tal vez pueda reconocerse la influencia en él de una suerte de americanismo proveniente del realismo sucio: se sabe del gusto de Luy por Carver y Bukowski, y desde allí tal vez se lo pueda relacionar más con una parte de la narrativa producida en Córdoba en las últimas décadas que con la poesía, si bien por su historia y su personalidad siempre fue un solitario.

Al primer encuentro en General Paz le siguieron otros. Aunque sólo recuerdo tres. Uno fue mientras Vicente paraba en la casa de Soledad, que en aquel entonces era su pareja y estaba de guardia en ese momento. El departamento, ubicado a dos cuadras de mi casa, nos convertía en vecinos. Era un viernes por la tarde, pasé en la bici a saludarlo y lo encontré muy deprimido, en estado de crisis, con los ojos llorosos. Hablaba bajito y lento, me contaba que se quería matar. Vicente fumaba porro, los dos fumábamos tabaco, y pronto se hizo una bola de humo en el living. De a ratos se iba a la pieza, se tiraba en la cama y lloraba como un niño para el que no existe consuelo. Charlamos varias horas y en algún momento, noche adentro, regresé a mi casa. Pasé a visitarlo de nuevo al día siguiente. Vicente seguía en el mismo estado. Lloraba con un sollozo extraño, atravesaba un momento de sufrimiento puro. Compré algo para cocinar y almorzamos juntos. A la tarde, o a la siesta, Sole volvió del trabajo y yo me fui.
Si bien en su primer libro Caricatura de un enfermo de amor lo lírico y la tercera persona son la tendencia en poemas que parecen largos, al menos en relación con su poética posterior, las obsesiones o “temas” de Vicente (humor negro, sexo, dinero, dios, enfermedad, suicidio) ya están presentes, e incluso desde lo formal aparecen astillas de lo que luego sería su poesía exprés: “Lo peor es que si muero no tengo a quién le den el pésame. / Estoy muy mal organizado”. Este libro, aparecido en 1991 en el sello Último Reino, se compone, según puede leerse en su poesía reunida, de un cincuenta por ciento de poemas escritos entre 1979 y 1981: se trata de una antología, un rasgo que será frecuente en su obra posterior.
Al momento de publicarse Luy tenía treinta años, se podría decir que no era un poeta precoz o estrictamente joven. Tal vez habría que leer Caricatura… como un libro bisagra, pero también más apegado a los ochenta que a los noventa. Pasarían ocho años hasta un nuevo libro, y en ese tiempo el país sufriría una serie de transformaciones sociales, políticas y económicas que lo tornarán irreconocible.
En ese tiempo Vicente participó del grupo Verbonautas y los poemas que aparecieron en su segundo libro, La vida en Córdoba, autoeditado en 1999, se pueden rastrear por lo menos desde 1995. En esa década Luy estuvo en estrecho contacto con Buenos Aires y la poesía que se producía allí en ese momento, de la que incorporó rápidamente algunos elementos. Quizás ese “incorporar elementos” no sea tanto una influencia como un “también se puede hacer esto”, una suerte de permiso que abrió algo que ya estaba presente en su poesía.

Otra vez, en el cumpleaños que una amiga celebraba en la terraza de su casa, Vicente estuvo durante el tiempo que duró el festejo sentado en el piso, sin hablar con nadie, apartado.
Unos meses después, en el barrio General Bustos, donde nos habíamos mudado con la Kolo hacía poco tiempo, nos juntamos a cenar. La escena se repetía: Vicente estaba deprimido, decía que no podía escribir, que estaba quemado por las drogas psiquiátricas. Aunque igual algo escribía y mencionó el título de un libro que estaba armando, que no se corresponde con ninguno de los publicados en vida, ni póstumos. En un momento de la noche nos dijo que necesitaba acostarse. Le ofrecimos nuestra cama y ahí durmió algunas horas hasta que se hizo la hora de partir. Era el mes de diciembre de 2011, eran sus últimos momentos en la Tierra.
Durante ese año nos vimos de manera discontinua, creo que se enojó porque no lo visitábamos lo suficiente. En mi caso era el primer año que vivía en Córdoba y estaba casi todo el tiempo buscando trabajo o trabajando. Cada tanto nos llegaban noticias de que Vicente intentaba matarse: con venenos, pastillas, saltos arrepentidos. Miraba avisos de alquiler de departamentos en pisos altos, pedía citas simulando interés y probaba alguna ventana… Pero no se animaba, tenía miedo de tirarse y no morir. Hasta que se animó. Un amigo lo invitó a pasar unos días en Salta y uno de esos días Vicente saltó.
En La vida en Córdoba quizás puedan rastrearse algunos contrastes, incongruencias y contradicciones de Luy: un libro de poesía editado a la manera de los libros de arte de la editorial Taschen: grueso papel ilustración, reproducciones de obras plásticas en full color, tapa dura; un libro de factura enciclopédica en su configuración de objeto, un libro ladrillo, pero de poesía, a diferencia de lo que suele ser habitual en los libros de poemas, que son flaquitos, livianos, de pocas páginas, en tapas austeras y de pocos colores. Esa misma tensión está en la poesía de Luy, que puede relacionarse, tal vez, con algunos aspectos de lo nombrado como poesía de los noventa en ciertos parámetros estéticos. Pero si esa poesía tenía componentes de lenguaje coloquial, barrial o suburbial, la de Luy le agrega una marca de clase y desclase, un aristócrata rocker en clave mesiánica, que habla desde un púlpito aunque esté en el sillón del living de su casa con la tele encendida y una Heineken helada; o en su jardín tomando un gin tonic al lado de la pileta.
Una tarde de febrero de 2012, cuando regresaba del trabajo, a mitad de camino me encontré con la Kolo. Vicente se había suicidado. Unos días después se hizo una especie de funeral sin cuerpo en Casa 13, donde fueron amigos, conocidos y lectores. Se regalaron algunos ejemplares de La sexualidad… No sé bien por qué, si por una pelea olvidada, o por la bronca de la muerte de Vicente, revoleé el libro a La Cañada, que llevaba poca agua, y de a poco se fue sumergiendo, arrastrado por la corriente.
Literatura + enfermedad = enfermedad; sentencia en forma de título que Roberto Bolaño usó para una conferencia de hace diecisiete años. Y la máxima parece cumplirse en el caso de Vicente, que hizo de la poesía lo más importante, no sólo en el papel, sino en el total de su vida, porque como se dice, escribir es el acto final de la escritura, escribir se escribe todo el tiempo, y en el caso de Vicente fue su vida.